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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

Archivos de autor: Ángel Aguado

El capitán Ahab, el abuelo Darwin y el tío Ángel

01 domingo Nov 2020

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Lorenza Cobián

»Se me tiene por misógino, por rechazar a las mujeres, no hay ni una mujer en el relato, en esas seiscientas y muchas largas páginas que explican el cortejo, el amor que le hice a mi amante marina. En los barcos no hay mujeres, dicen que nunca conocí mujer, que mi matrimonio con esa jovencita de Nantucket, padre y esposo a la vez, fue una excusa por parecer hombre decente, que la dejé a los pocos meses de la coyunta, que no valía para eso porque nunca lo ejercí, que puede haber en mi carácter la sombra de la sodomía, encerrado en mi camarote con aquellos cinco extraños personajes. Pero, ¡es mentira! Yo soy un marino, un capitán ballenero, el gran capitán Ahab y estoy casado con la mar, ella es mi amante caprichosa y cruel, la que me obsequia con crepúsculos encendidos de fuego en los trópicos y la que me maltrata con tempestades y derrotas de lavas de hielo en los polos.

Moby Dick, de Editorial Fher, Bilbao, 1967. Contiene todo lo necesario para hacer feliz al lector sin someterle al desabrido texto de Melville, cuyo nombre, curiosamente, no aparece en la portada.

»Sí, yo soy el oficial Starbuck, el segundo de Ahab. Dicen que represento la faceta sensible, más humana, más terrena y contrapuesta a la personalidad obsesiva del vengativo cazador enfadado con el mundo. Un mundo que apenas si conoce, por donde casi no ha deambulado porque ha pasado una gran parte de su vida embarcado e ignora incluso el amor de una mujer. Se ha casado con una jovencita a la que dobla la edad, y a la que ha dejado varada en puerto, a la espera de un hijo para culminar el motivo que impera en su vida, la venganza sobre la ballena asesina que le arrebató una pierna, el leviatán marino, el monstruo, el mal escondido en las profundidades de las aguas al que persigue y por el que llevará al desastre a sí mismo y a toda su tripulación. Es un ejemplo de la obsesión irrefrenable que aboca a los pueblos al fracaso colectivo y a su destrucción siguiendo al líder mesiánico, al profeta que les seduce con sus cantos de sirenas, con sus cantos de ballenas. Leviatán: el monstruo marino, el demonio, el inconsciente colectivo de la maldad. La ballena es la mente turbada y poblada de criminales pensamientos, el mar-infierno femenino que arrastra al hombre al desastre y a la fatalidad secuestrado por la mujer, por la ballena, la hembra que con sus voces seductoras conduce al hombre a la tragedia y a su destrucción. Y sí, le era fiel, le acompañé hasta la muerte sin escuchar sus consejos que me incitaban a que no siguiera sus órdenes, que me pusiera a salvo. Me obligaba la obediencia, como tiene que hacer un marino honorable. Ahab murió por el amor de una mujer.

»Sí, Moby Dick es mi mujer, el caníbal femenino que me devoró la pierna, la hembra que envenena mis sueños, por eso debo poseerla, destruirla, por eso dejé a mi dulce esposa y emprendí la pesadilla de perseguir al monstruo. Sí, vivo obsesionado con su captura, con amarrar a estribor su cola como un trofeo, como una venganza, como el resarcimiento de una afrenta. Soy el capitán Ahak, pero mi sed de venganza, mi sed de mal es parecida a la del capitán Hank Quinlan. Moby Dick, ¡te odio!, no pararé hasta matarte, eres mi principio y mi final. No necesito más mujer que tú.

»¿Que por qué estaba en aquella factoría ballenera de Algeciras como un muchachito revoltoso disfrazado de Boy Scout? Yo era un científico, un estudioso de la fauna. Un amante de los animales. En aquella época, en 1924, no había sentimientos respetuosos con el ecosistema. Lo que ahora entendemos como “ecología” no existía entonces. Viajé a la factoría ballenera para estudiar la anatomía de los diferentes cetáceos, mamíferos que poblaban los mares de la península, de esqueleto no muy diferentes del que usted, capitán Ahab, usted, Charles Darwin, usted, capitán Fitz Roy y yo, Ángel Cabrera tenemos. Las ballenas se cazaban por millares en el estrecho de Gibraltar. Quizás ahora abanderaría el movimiento contra su caza y afearía a Japón su holocausto de ballenas y delfines. Les reprocharía a los japos que prosigan otra vez el exterminio de animales tan bellos sólo para suministrar de carne a una población que crece sin parar, para regodearse aún más en su irrefrenable gula. Necesitarían cinco océanos Pacíficos para alimentar a esa masa de habitantes depredadora. Sí, aquello fue una masacre horrorosa, miles de ballenas muertas para engordar los beneficios de una compañía danesa que apenas si dejaba réditos en Algeciras y utilizaba a la analfabeta población como mano de obra barata y desechable. Pero ya lo decía usted, querido abuelo Darwin: la especie animal de superior rango e inteligencia ocupará cualquier nicho que quede vacío y se apropiará siempre de los dominios de especies de rango inferior y hará de las demás, objeto de su depredación, incluidas las clases sociales humanas más depauperadas, los trabajadores humildes que poblaban el estrecho.

Ángel Cabrera Latorre en la Factoría Ballenera de Algeciras, en 1924.

»Poco podía saber el capitán Ahab de mis teorías del origen de las especies porque su historia terrorífica apareció en 1851, seis años antes de que yo lanzara mi gran teoría de la evolución de las especies, en 1857. Aunque es posible que tal vez nos cruzáramos en el Estuario del Río de la Plata, siendo yo un jovencito apasionado y aventurero, pues con el capitán Fitz Roy y en su barco, el HMS Beagle, nos adentramos por aquel territorio hostil y desconocido en aquel viaje iniciático y feliz en el que tanto descubrí y tanto reflexioné. Veintiún años tenía entonces.

  »¡Por allí resopla, por allí resopla! Ahora son frecuentes los avistamientos de ballenas azules en los mares de Guetaria, la cuna de Juan Sebastián Elcano. Yo describí en mi libro “Fauna Ibérica. Mamíferos”, publicado en 1914, la captura que se hizo allí en 1872. Una de las seis cazas documentadas que constan a lo largo de cuatro siglos en las costas del Cantábrico y Atlántico. Sin embargo, en seis años, de 1921 a 1927, se cazaron 3600 rorcuales y 300 cachalotes en la Factoría Ballenera de Algeciras, dejando a los cetáceos al borde de la extinción. Los balleneros vascos ya las cazaban en el siglo VII y casi se extinguen en el mar Cantábrico, de donde desaparecieron durante siglos.

Physeter Catodon. Lámina dibujada por Cabrera que aparece en la página 383 de su monumental obra «FAUNA IBÉRICA. MAMIFEROS», publicada en 1914. Las láminas de Cabrera están catalogadas como Bienes de Interés Cultural y se conservan en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en Madrid.

«5 de julio de 1832. —Largamos velas y por la mañana salimos del magnífico puerto de Río. Durante nuestro viaje hasta el Plata no vemos nada de particular, como no sea un día una grandísima banda de marsopas en número de varios millares. El mar entero parecía surcado por estos animales, y nos ofrecían un espectáculo extraordinario cuando cientos de ellos avanzaban a saltos, que hacían salir del agua todo su cuerpo. Mientras nuestro buque corría nueve nudos por hora, esos animales pasaban por delante de la proa con la mayor facilidad y seguían adelantándonos hasta muy lejos». Eso escribía yo en mi diario de viajes en el Beagle. Ahora de eso no queda nada, si acaso, alguna ballena franca que siente la misma curiosidad infantil por acercarse al ser humano que en aquellos años remotos.

El abuelo Charles Darwin

»Sí, yo las vi también, aunque ya no tantas en mi viaje de ida a la Argentina en octubre de 1925, hace ahora 95 años. Nos adentramos en el Estuario del Río de la Plata en el vapor Lipari. Recorrimos el mismo itinerario que cuatrocientos cinco años antes, el 12 de enero de 1520, había navegado Magallanes y Elcano en sus naos Victoria y Trinidad. Aquellos aventureros que creían haber descubierto el paso austral del Atlántico hasta el océano Pacífico y que tuvieron que retornar, desolados por el desconocimiento de aquella geografía, por el mismo estuario hasta desembocar nuevamente en el Atlántico y descender varios miles de millas hasta dar con el ahora llamado Estrecho de Magallanes, el paso natural, terrible y peligroso, donde los dos océanos se juntan.

Réplica de la nao Victoria, en la que Juan Sebastián Elcano concluyó la primera vuelta al mundo, periplo que duró desde el 10 de agosto de 1519 hasta el 8 de septiembre de 1522.

»Los barcos, el mar, la aventura, los descubrimientos, esos son nuestros vínculos: El Pequod, el Beagle y el Lipari. Nuestros hogares en los que emprendimos las travesías al nuevo mundo, a otros mundos. A Ahab le llevó a su autodestrucción. Yo, seis años acodado a la borda de un bergantín de 28 metros de eslora. Así ideé el origen de las especies. Y Cabrera a la aventura de una nueva vida en un nuevo hogar donde realizar las ilusiones, tal vez los triunfos que la raquítica España le impidió.

»Sí, hay otros barcos célebres que se llenaron de perdedores en busca de un destino mejor: El Sinaia, que apenas catorce años después de que yo desembarcara en La Plata, llevó a los republicanos españoles acogidos por México, por el general Lázaro Cárdenas. El Alcántara, en el que viajaban, ajenos a sí mismos, tal vez ignorándose el general Rojo y el filósofo Ortega, tan sobrado este de pensamientos brillantes como aquel de derrotas, agotados por la demencia que se había apoderado de sus patrias, tan próximas como distantes. O el Winnipeg, aquel paquebote que desembarcó en Chile a más de 2200 españoles que venían de la derrota. Fue el 3 de septiembre de 1939, dos días después de que se declarara el infierno de la Segunda Guerra Mundial.  O el Semiramis, aquel barco que llegó del olvido tantos años después cargado con una división de prisioneros sacrificados para glorificar al Caudillo, que los puso bajo vigilancia, no fueran a inocular con sus microbios soviéticos el nacionalcatolicismo triunfante de El Pardo. O la goleta alemana “Jungfrau”, cuyo capitán cuenta a usted, capitán Ahab que ha visto al monstruo en el mar de Java, alimentando su sed de venganza. O el “Samuel Enderby”, un barco inglés fletado por la empresa del mismo nombre, “Samuel Enderby & Sons”, una compañía dedicada a esquilmar los mares y los lugares por donde navegaba, que persiguió sin éxito a una ballena muy blanca y con una joroba enorme que lucía en sus lomos los arpones de todos aquellos que quisieron apropiársela. O el barco Essex, a las órdenes del capitán Pollard, de Nantucket, hundido en 1820 en el pacífico supuestamente por una gran ballena. O el Union, matrícula de Nantucket, que naufragó en las Azores en 1807. Mentiras, todo mentiras, que perturbaron su mente revanchista, capitán Ahab, habitada por fantasmas y el deseo de autodestruirse.

»Y el San Juan Nepomuceno, capitaneado por Cosme Churruca, matemático, astrónomo, científico y héroe de guerra que encontrará la muerte el 21 de octubre de 1805 en la Batalla de Trafalgar, donde actuaba de grumete un joven llamado Gabriel de Araceli. O Celestino Mutis, que exploró lo que hoy es Ecuador y Colombia de 1786 hasta su muerte, en 1808. O la expedición científica de Alejandro Malaspina, que en pleno estallido revolucionario francés, entre 1789 y 1794, recorrió en las corbetas Descubierta y Atrevida las costas americanas del Atlántico adentrándose en el estuario de La Plata. Todos aquellos marinos que sentían la fascinación por los mares del Sur.

»Y hay otros barcos y otras expediciones contemporáneos a las publicaciones de Moby Dick y a El Origen de las Especies: La Comisión Científica del Pacífico. Capitaneada por Marcos Jiménez de la Espada a bordo de las fragatas de guerra Covadonga, Resolución y Triunfo. Aquella expedición científica emanada del colonialismo de la vieja Europa, de la vieja España, recorrió de 1862 a 1865 los territorios ignotos de ultramar. Atravesaron un continente de un océano a otro. Una expedición que coincide con la Guerra de Secesión norteamericana y con los estertores de un reinado que acabaría en huida, en exilio de lujo. El de Isabel II, una mujer inmadura e incapaz, heredera de las vesanias de su progenitor, el rey felón. Otra ballena blanca.

Fragata Resolución, 1863.

»Queequeg es el buen salvaje, el Emilio de Rousseau que contrapone su inocencia de hombre primitivo a la brutalidad del individuo incrustado en la civilización occidental. Es la compensación simple y natural de Ismael, es el Viernes de Robinson, la naturaleza salvaje libre de maldad frente a la irracionalidad del colonizador europeo. O americano, como Ahab, de Nantucket, un puerto cerca de New York, el nuevo mundo donde han confluido todos los aventureros que buscaban una meta al otro lado de Europa.

»Y opuesta a la figura de usted, capitán Ahab, está la del capitán Robert Fitz Roy, que con tan sólo veintitrés años comandó el HMS Beagle. Fitz Roy, un marino ilustrado, un científico interesado por los descubrimientos, cuatro años mayor que yo, Charles Darwin. Quizás fuera eso, la juventud lo que nos unió en esa aventura por los mares del Sur, dos mentes abiertas a la investigación, al progreso y a la ciencia.

»Sí, yo, el capitán Ahab he leído decenas de veces la biblia. Releo constantemente los versículos de Jonás y su pecado de desobediencia. Y cómo nuestro señor todopoderoso le castigó con la expulsión de los cielos arrojándolo a las tenebrosas profundidades marinas. Tal vez le salvara el vientre de la ballena, tal vez Dios, nuestro señor magnánimo y generoso, reservara para Jonás el perdón, le refugió en el interior del pez y le devolvió a la playa indemne. El monstruo se transformó en guía y rumbo feliz para Jonás. Yo no tuve tanta suerte, la ballena me segó la pierna y más tarde segaría mi vida y la de todos aquellos que embarqué en mi desgracia. Recibí el castigo de Dios por mi soberbia. Viviré eternamente en los infiernos abismales del océano.

Ilustración original de la Editoria Fher, 1967.

»El arzobispo de Canterbury arrojó sobre mis teorías evolucionistas todo el azufre de sus doctrinas religiosas porque mis razones científicas competían con los preceptos de su fe ciega. “El Origen de las Especies” proyectaba luz sobre sus tinieblas y evidenciaba que sus argumentos anglicanos sólo se apoyaban en el éter de la ignorancia ajena. Entonces me condenaron y prohibieron leerme, otra nueva inquisición que me negaba la evidencia del conocimiento crítico. Se convirtieron en escualos que se tragaban cualquier silogismo procedente de la observación y del estudio. Condenaron al naufragio todo aquello que competía contra su espuria espiritualidad y su riqueza material en la tierra. Era eso, el pensamiento, la razón y el conocimiento ponían en jaque el lujo de su existencia acomodada. Distrajeron la mente de sus acólitos con aquella fábula de la procedencia humana de los simios. ¡Ridículos! Aún hoy abundan legiones de creacionistas convencidos de que un dios omnipotente creo el mundo en seis días y a la mujer de una costilla de Adán; Que es el sol el que gira sobre la Tierra o que el mundo es plano como el mantel de la mesa de popa donde los oficiales del Pequod se sentaban para almorzar. Están convencidos de que hay que hundir en las profundidades marinas a todo aquel que no sea temeroso de su dios, que una ballena gigante se tragará a los incrédulos, que Moby Dick resurgirá victoriosa para tragarse a los paganos seguidores de la razón. 

»Que mi padre, el obispo Juan Bautista Cabrera Ivars, fuera el primer primado de la Iglesia Anglicana en España fue para mí motivo de orgullo. Mi padre nunca me adoctrinó en el fanatismo religioso. Era un ser libre e interesado en el conocimiento que, enamorado de mi madre cuando profesaba el catolicismo, buscó la manera de profundizar en sus dos amores, el amor a Cristo y el amor a mi mamá, Josefa Latorre.  Por eso se entrevistó con el general Prim en Gibraltar, un lugar entonces poblado de ballenas que yo estudiaría cincuenta años después. Prim, el libertador, el valedor de Amadeo de Saboya, el héroe del levantamiento contra la reina de los tristes destinos, una mujer inmadura e incapaz obsesionada con levantarse las faldas y descolgar los calzones de sus amantes. Aunque bajo el patrocinio de ella se emprendiera la Comisión Científica del Pacífico. Prim, también un aspirante a espadón como Narváez, su enemigo político, que murió asesinado en la calle del Turco, esquina a la calle Alcalá. Por ese amor a la verdad que me inculcó mi padre pude yo interesarme por la ciencia y emprender todos aquellos viajes y exploraciones por El Rif y por las estepas de la dura Patagonia. Hay, en verdad, un paralelismo en los deseos de aventura que emprendimos el capitán Ahab, el capitán Fitz Roy, Darwin y yo en aquellas expediciones por los mares y las tierras del planeta Tierra. A los cuatro nos unía la curiosidad de los océanos infinitos y el saber sobre las criaturas que los pueblan. Teníamos necesidad de conocer, de desvelar y separar la ciencia de la superstición, la verdad de la creencia ciega, de elevar la razón por encima de la religión. Quizás fue el capitán Ahab el único que sucumbió a la sinrazón de su obsesión y quizás fuera eso lo que le llevó al error, su locura fue el origen de su destrucción atragantado en las entrañas del monstruo marino. Caronte varó su barca en las negruras del Hades. Ismael, al menos tú sobreviviste a la tragedia.  

     Ahab se pelea con la ballena como el lector con la novela. Es un relato de prosa áspera, farragosa, sobrada de párrafos y explicaciones vacuas que nada aportan a la narración y entorpecen su lectura hasta extremos heroicos. Incluso se recomienda, para su conocimiento esencial, una versión juvenil publicada por la Editorial Fher, en 1967. No falta a la verdad y evita la jungla de palabras inútiles brotadas de la personalidad trastornada del autor, Herman Melville. Hay en Moby Dick infinidad de páginas sobrantes, de explicaciones añejas, estorbos que el lector avisado obvia, un laberinto de explicaciones que reclama de buena voluntad y sosiego para no abandonar el barco, para no abandonar su lectura. Es una narración cargada de materia inútil, de lastre estéril, como los restos de las ballenas que enseñorean las bordas, babor y estribor del Pequod, y que sólo sirven para llenar de hedor literario, al menos no de perfume, la narración aventurera. Y esas referencias bíblicas constantes que parecen emanar de la obsesión de un profeta. Fue un pozo profundo de dudas y prevenciones el que las religiones horadaron en la mente permeable de los colonizadores de Nueva Inglaterra, que se transmitieron durante generaciones amalgamadas en lecturas religiosas. El miedo irrefrenable que sembraron los predicadores en aquellas almas cándidas que cruzaron el Atlántico rumbo a lo desconocido emerge del inconsciente alterado de Ahab en sus viajes oceánicos. A esas sentencias del libro sagrado se aferra como a una oración, como a su salvavidas Ahab para justificarse su derrota. Curiosamente, es el ataúd de un salvaje, un idólatra adorador de cabezas reducidas —tal vez metáfora del cerebro mínimo humano capaz de pensar—, lo que salvará al protagonista, Ismael, del naufragio colectivo. Como si en una cabriola, en un coletazo de la ballena, esta hubiera decidido preservar la inocencia del legado del buen salvaje polinésico sobre la estulticia de las religiones de Occidente.

La novela Moby Dick pasó desapercibida en su publicación (1851) y Melville, considerado en su época como un mal escritor, fue olvidado absolutamente durante décadas hasta que los existencialistas se fijaron en él y recuperaron el relato. Gran parte del éxito posterior, del reconocimiento que la novela goza en la literatura norteamericana (necesitada de obras que le den esplendor a su escasa producción reducida a los dos siglos de su existencia como nación) se lo debe a Albert Camus, que en 1952 ensalzó la novela y le dedicó notables elogios que llegaron a Hollywood. Quizás sea más placentero ver la película de John Huston que leer el tortuoso libro. El genio de Huston realizó la película en 1956, protagonizada por Gregory Peck, en el papel del delirante capitán Aha. Y con la brillante aparición de Orson Welles (que interpretará al corrupto capitán Hank Quinlan dos años después en Sed de Mal) en un papel secundario, el sacerdote Mapple. El cura loco que desde el púlpito aterroriza a su parroquia de fieles con su sermón sobre Jonás y su viaje a Tarsis, al lejano Cádiz, la embocadura del Mediterráneo, el lugar antiguamente poblado de ballenas donde deberá redimirse de sus debilidades y buscar la verdad, una verdad oscurecida por la amenaza ominosa de los leviatanes bíblicos.

José María Valverde, erudito crítico literario y especialista en la obra de Melville, escribió en 1987 para Planeta una introducción a Moby Dick digna del genio de su autoría. Es más, casi resultan más interesantes las anotaciones de Valverde y sus análisis tan ortodoxos como freudianos que las paranoias de Ahab y su psicosis con la ballena, un animal pacífico ajeno a la brutalidad de los hombres. Si al lector aún le quedan ganas de adentrarse en las faunas de la ballena hágalo en la edición que Austral ha reimpreso en septiembre de 2019, con las notas originales de Valverde.

Que el monstruo y los idus de noviembre les sean propicios, lector aventurero.

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Madrid, otra vez

17 sábado Oct 2020

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 1 comentario

Rafael Alonso Solís

En memoria de Juan Santiso, periodista eterno, guerrero invencible, que falleció en Madrid la madrugada del 16 de octubre de 2020 durante la última lucha que había emprendido. Buen viaje, compañero del alma.

Ramón Gómez de la Serna, creador –junto con Larra, Umbral y Valle-Inclán– de alguna de las miradas literarias más personales sobre Madrid, escribió en una ocasión que la Puerta del Sol era «la vitrina del pasado pintoresco», refiriéndose a que en ese epicentro urbano se habían manifestado auroras boreales, anunciado levantamientos militares, jaleado y denostado reyes, y asesinado, de certeros disparos, a líderes políticos. Como el pasado siempre llama más de una vez, sigue siendo el lugar donde desembocan los ríos subterráneos de la ciudad, donde los titiriteros en paro se transmutan durante unas horas en esculturas de imposible equilibrio por unas pocas monedas, y donde las dos Españas se parten la cara cíclicamente.

En Madrid, al igual que en otras ciudades sin mar, a veces se inauguran sus puertos –como hacen o hacían, una vez al año, los habitantes del Valle del Kas–, o se construyen albercas para pobres –como hizo Franco con el Parque Sindical, para que se mezclaran los fluidos y se facilitara la difusión comunitaria de las enfermedades de la época–. En sus barrios chinos ocultos aún se esconden rincones portuarios, en los que el olor a marisco descompuesto se mezcla con el de alcobas de comercio oscuro y el de fritangas de entresijos. En algunas esquinas, es posible toparse con corsarios jubilados, de patillas alargadas y piernas de madera de chopo, con púgiles sonados que creen recordar sus triunfos inventados en el Campo del Gas, o con yonquis supervivientes que comparten cartones para pasar la noche con visitantes llegados de lejos en los soportales de la Plaza Mayor. Cerca de allí, hace poco más de un año, recordando la profecía angustiosa y fracasada de la ciudad durante su sitio histórico, dos mujeres adolescentes proclamaron durante horas que Madrid sería «la tumba del fascismo». Desgraciadamente, en el viejo corral de comedias por cuyas noches paseó por última vez Max Estrella, orinándose de pena y frustración a la puerta de su casa, no parece que ese deseo se vaya a consumar.

Como si se tratase de un plan trazado en los laboratorios donde cocinan las élites, o como si fuese simplemente una coincidencia cogida al pelo, Madrid ha sido elegido como uno de los escenarios de una batalla que no solo se libra allí, pero que en el caso de España suele terminar de mala manera y siempre la ganan los mismos. Y si, también hace un par de años, por sus calles, sus huertas, sus depósitos y sus atochares –por utilizar hallazgos de Ramón– corrió un vientecillo de esperanza con nombre de Manola, ahora ha vuelto a adoptar el aspecto de un garaje sucio, poblado de humo, con una clara y bien definida división por clases sociales, y en el que ondean banderas de guerra. En forma de aviso cobarde y repugnante, anoche, a martillazos, con alevosía y en el aniversario de su nacimiento, por orden del alcalde y siguiendo las exigencias de los herederos de un franquismo que permanece, los funcionarios municipales arrancaban la placa dedicada a Francisco Largo Caballero, quien fuera pintor de paredes de pisos al estucado, sindicalista, socialista y legítimo presidente del Consejo de Ministros durante la guerra civil española. En su crecimiento como ciudad teatral y cuna del esperpento, en Madrid se han amalgamado los detritus de los señoritos y las fatigas de los inmigrantes. Su actual deriva al disparate y el liderazgo de la derecha más extrema que han asumido sus gobernantes, sin embargo, no es la consecuencia del destilado ultraliberal o la chulería pija de una psicópata, sino de la estrategia de un partido político que, incapaz de aportar una propuesta sensata a la situación sanitaria de la ciudad, y recientemente condenado por apropiarse de fondos públicos para su beneficio y el sobresueldo de sus dirigentes, ha decidido comenzar la guerra precisamente allí.

La Puerta del Sol. Todas las fotos de Terry Mangino

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La fragilidad del sistema

03 sábado Oct 2020

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

La principal debilidad de la respuesta española a la pandemia es el resultado de la fragilidad del sistema sanitario, con recursos humanos reducidos y escasez de equipamiento e infraestructuras especializadas, como consecuencia de las políticas anteriores y las restricciones de inversión en el sector público, especialmente las desarrolladas por el Partido Popular a nivel nacional y, con el ejemplo paradigmático de Madrid para mayor gloria del modelo. Modelo que, según su líder, se aplicaría al resto del país, si tuviera los votos necesarios. El coronavirus encontró así un terreno fértil para su expansión en un adelgazado sistema público de educación, sanidad, protección social, investigación y desarrollo tecnológico, con limitadas capacidades defensivas. Ello justifica un análisis independiente de la situación de partida y del impacto de las medidas adoptadas, con objeto de reforzar las estructuras sanitarias y prevenir las emergencias futuras, como se ha solicitado por diferentes representantes de la investigación biomédica.

En ese sentido, acaba de publicarse un estudio internacional basado en la respuesta de cinco países asiáticos y cuatro europeos (Alemania, España, Noruega y Reino Unido), que implementaron medidas restrictivas frente a la expansión del virus (Emelin Han et al. Lessons learnt from easing COVID-19 restrictions: an analysis of countries and regions in Asia Pacifica and Europe. The Lancet. September 24.2020.). Según los autores, cualquier estrategia debería basarse en un equilibrio entre la epidemiología de la infección y las consecuencias económicas y sociales de la movilidad restringida, lo que está directamente relacionado con la necesidad de que las autoridades sanitarias tengan una visión clara de la situación y sean capaces de transmitirla de forma sencilla y eficiente a la sociedad, con objeto de que sea comprendida a todos los niveles y facilite una implicación directa de la población afectada. En varios países europeos no siempre ha sido así, y en el caso de España han faltado explicaciones claras de los criterios utilizados y del peso de cada indicador, en un contexto en que la educación sanitaria de la población era insuficiente. Incluso ahora, basta contemplar cómo el uso generalizado de mascarillas en la calle, incluso en zonas poco concurridas, cambia en el momento de entrar en un bar y formar un animado corrillo en la barra, mientras el número de cañas o vasos de vino va reduciendo progresivamente la distancia interpersonal. A ello contribuye la polarización política, notablemente más agria en España que en el resto de Europa, con los partidos de la derecha utilizando de forma irresponsable la emergencia sanitaria con el único objetivo de debilitar al gobierno, precisamente en un momento en que este tiene que afrontar una situación extrema y tomar decisiones, sin aportar una sola idea que no sea la de sostener lo contrario, poner en tela de juicio la legitimidad salida de las urnas, y enfundarse en las banderas más queridas por las posiciones ultras europeas y norteamericanas.

Sin entrar en detalles, el estudio publicado en The Lancet refleja que, en general, no ha habido diferencias cualitativas en lo que se refiere a las medidas adoptadas, incluyendo el sistema de vigilancia –diagnóstico, rastreo, aislamiento y cuidados–, los equipos de asesoramiento y decisión organizados, el control de las fronteras o la organización de la desescalada. Respecto a esto último, es evidente que en España no se cumplió correctamente, en parte por la confrontación política mencionada, con Madrid como escenario del terror. La responsabilidad de la situación, en este caso, no se limita a la torpeza y soberbia de su presidenta, a la insignificancia de su vicepresidente –ese hombre que desempeña su papel con la invisibilidad respetuosa de un jefe de planta de unos grandes almacenes–, y a la tibieza acorchada de la oposición socialista, sino a la dirección nacional del Partido Popular, cuya carencia de ideas y planteamientos parece llevar a una huida hacia delante, que acabará, antes o después, con su sustitución y anuncio del siempre prometido viaje al centro.

En la comparación entre los países asiáticos y europeos analizados, destaca una mayor rapidez en las respuestas en aquellos que habían pasado por experiencias previas, en los que la población estaba adaptada a sufrir restricciones en lo que se refiere a las interacciones sociales. En cualquier caso, aún no se dispone de datos suficientemente explícitos ni fácilmente comparables, y debería esperarse a una evaluación independiente y rigurosa para poder alcanzar conclusiones. Hay un factor diferencial, sin embargo, que en el caso europeo destaca con la tozudez de los números y no necesita interpretaciones sofisticadas, y es el estado del sistema público de salud en todos sus aspectos. Como ejemplo representativo de la notable discapacidad española, coincidiendo con la primera ola de la pandemia este país disponía de 10 camas de cuidados intensivos, mientras que Alemania tenía 34, junto a una estructura de atención primaria depauperada, residencias geriátricas sin medicalización y un preocupante engrosamiento del sector privado, especialmente en autonomías gobernadas por el Partido Popular. Una situación que únicamente puede contrarrestarse con inversiones decididas y sostenidas en el sistema público de salud, en educación e investigación, y con la puesta en marcha de un programa urgente de formación e incorporación de personal en esos sectores. Para todo lo cual resulta irrelevante el pataleo de la oposición conservadora, las arengas de batallón o el ondear de las banderas, como máxima expresión del pensamiento vacío.

Rafael Alonso Solís es excatedrático de Fisiología y exvicerrector de la Universidad de La Laguna, Tenerife.

Fotos de Terry Mangino

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El hombre de mi vida

06 domingo Sep 2020

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Gabriel de Araceli

      »¡Magnífica! Con un par, con lo que hay que tener, tú sola, Pitita, enfrentándose a esos policías nacionales del ministro al que dieron un bolso en lugar de cartera, que nos ha robado a nuestros policías de siempre. ¡Hombre!, ¡que ya está bien! Que siempre la policía ha sido nuestra policía y no la de ese ministro mari, mari.

     Doña Pitita está eufórica, la saludan por la calle porque es la heroína del barrio bien de Madrid. Que aparezca en el periódico de referencia en España detenida por media docena de hercúleos policías ha llenado de envidia a sus mejores amigas y a ella la ha catapultado a la fama. ¡Rodeada por tanta carne masculina! Es como Agustina de Aragón, o de Callao, enfrentándose ella sola a las peligrosas turbas de extrema izquierda bolivariana que gobiernan el país. Negacionistas del virus o de que el hombre llegara a la Luna, antivacunas, tierraplanistas, o creacionistas convencidos de que el universo lo creó un dios barbudo en seis días hace seis mil años forman un retablo de conspiranoicos que ha encontrado en las manis antimáscaras las mismas razones antisistema contra las que sus abuelos levantaban los adoquines en el 68 parisino. Todo tiempo tiene sus contradicciones y la acción-reacción del péndulo de la historia ahora se mueve por el arco de la reacción, o de la contra. Los rebeldes buscan causa que les dé un sentido a su existencia.

      Veinte años antes, en 2000, Pepe Carvalho buscaba en “El hombre de mi vida”, la penúltima novela de la serie escrita por Manuel Vázquez Montalbán, una explicación a un mundo que, de repente, no comprendía. El detective se estaba haciendo mayor. Entonces eran los diferentes ismos que poblaban la Barcelona posolímpica lo que emponzoñaba su entendimiento, ya fuera catalanismo, barcelonismo, nacionalismo, satanismo, catarismo, sectarismo o pujolismo, ambiciones previas que desembocaron en el actual estado de la decadencia de las cosas. Por vez primera Carvalho se ve a sí mismo como jubilado, lejos del mundanal ruido, afrontando la oscura vida a la que le enviará la escasez de una pensión pública.

Manuel Vázquez Montalbán en El Escorial, 1990. Foto de Terry Mangino

     Tiene Carvalho un aburrimiento existencial. Y cobran protagonismo Charo y Biscúter. Vuelve ella a la renovada Barcelona, ya mayor para ejercer su oficio, tras seis años retirada en Andorra, el lugar que hiciera suyo la dinastía Pujol. Y regresa para sugerir al hombre de su vida que le acompañe en las tardes del otoño que se aproxima. Y Biscúter aparece convertido en un reputado cocinero que llena con la alegría de unas ostras la nochebuena triste del detective, la del fin del milenio. Un detective empeñado en demostrarse su vigor con una mujer de ida y vuelta, Yes, personaje extraído de “Los mares del Sur! Aquellos años de esplendor masculino y estos de anacronismos impropios del detective, que apenas si encuentra placer ni en la gastronomía ni en la quema de libros, ajeno al motivo por el que ha sido contratado: el asesinato de uno de los herederos de la alta burguesía catalanista.

      Está llena la novela de esas reflexiones y frases rotundas que acompañan a cualquier Carvalho: “Siempre tienen razón los días laborables”, o “Lo que peor se arruga es el sexo y el carisma”. Quizás le falte carisma a la novela, incompleta, confusa, recorriendo regiones extrañas de iluminados redentores nacionalistas y servicios secretos periféricos, de clanes religiosamente financieros y banqueros devotos de la eucaristía, de amantes innecesarias venidas del más allá, sin dar solución al motivo que la origina, ese asesinato sin resolver, esa investigación sobresaltada que lleva al desinteresado detective al radicalismo absoluto. Una huida que será el punto final de su profesión y el comienzo del viaje alrededor del mundo que Carvalho y Biscúter emprenderán en “Milenio”, la novela póstuma de Vázquez Montalbán, fallecido en octubre de 2003, en Hongkong, sin imaginar que veinte años después los fantasmas que desfilan al final del milenio ante los ojos del detective han recobrado carnalidad y se han hecho los dueños del castillo. Un castillo ocupado por doña Pitita y sus compañeros de conspiración antisistema, antimáscaras, los héroes de la contra.

     Si usted tuviera que escoger entre la Literatura y la vida, ¿qué escogería? La literatura.

Lea a Carvalho, cualquiera, incluso si no es “El hombre de su vida”.


Milenio

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¡Vivan los novios!

16 domingo Ago 2020

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Agustina de Champourcín

      Un cóctel con croquetas, pollo asado y ensaladilla rusa. Valdepeñas, tinto. Café, anís del Mono o coñac Tres Cepas. Las señoritas fumadoras, escasas, eran obsequiadas por el padrino, el hermano del novio, con cigarrillos rubios de tabaco inglés. Faria para los caballeros. Ese fue el menú con el que celebraron la boda Tina y Ángel. Aunque pocos podían ofrecer un ágape así a los invitados, no corrían buenos tiempos. En 1959 España estaba al borde de la bancarrota y el consumo de carne en esa fecha por habitante era inferior al de 1936.

      Las novias no siempre iban de blanco al altar, obligatorio, el altar, por el Concordato firmado por el Generalísimo con el Vaticano en agosto de 1953. Con posterioridad, en septiembre de ese año se firmó el acuerdo con USA por el que Franco entregaba el territorio español a los yanquis a cambio de tanques viejos de la guerra de Corea. Eisenhower se dio un garbeo por Madrid, casi un día, el 21 de diciembre de 1959. Franco corrió a hacerse la foto (obra de Jaime Pato, aquel grandioso fotorreportero) con Dwight. Ir de blanco era un gasto que las novias no podían permitirse. Era más práctico casarse con un vestido de fiesta que pudiera utilizarse después en ocasiones señaladas, como las bodas de las amigas. Las modistas imitaban los modelos de Balenciaga, el creador de moda y de la elegancia, que tenía entre sus musas a Sonsoles de Icaza, marquesa de Llanzol, también conocida por ser la amante de Jamón Serrano Suñer, el concuñado falangista al que La Collares vetó su asistencia a las fiestas que cada 18 de julio se celebraban en el palacio de La Granja. En la Puerta del Ángel, un barrio madrileño, había un hombre lobo. Enrique Villalba, amante y pío padre de familia. Jefe local de Falange, también cerrajero y depredador de hembras. Alardeaba, tras pimplarse el quinto tinto en el bar Casa Vela, siempre invitado, de que «éramos como dioses, los amos del barrio [paseo de Extremadura y aledaños]. Venían las mujeres a pedir trabajo a la comisaría de Falange de la calle Guadarrama. Eran casi todas viudas de rojos, la que quería trabajar tenía que pasar por la piedra. Yo solo me follé a más de veinte, a algunas varias veces. ¡Fue la hostia!».

      Aquello era la hostia. Sí, las que repartía el régimen. En 1956 la tensión crecía en la universidad. Un año antes había fallecido José Ortega y Gasset, el de la España Invertebrada que tan de moda está ahora: “Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo”.  Los hijos de las familias patricias protestaban por la represión del gobierno. A la lucecita encendida de El Pardo no le cupo más remedio que detenerlos. Y los calabozos de la DGS, la Dirección General de Seguridad, que estaban en la Puerta del Sol, sí, debajo del reloj, y en la que comenzaba su ascensión imparable el supercomisario Conesa, se llenaron con los herederos de aquella oligarquía que tan comprensiva era con el Caudillo. José María Ruiz Gallardón (papá del Gallardón cheli), Dionisio Ridruejo (qué hace un chico como tú en un sitio como este), Ramón Tamames (¿cómo qué?, ¡comunista!), Javier Pradera (un agasajo postinero de la crema de la intelectualidad), Enrique Múgica (la importancia de llamarse Herzog), Sánchez Dragó (desde la Internacional al Mein Kampf pasando por el Cara al Sol), y Miguel Sánchez Mazas Ferlosio (hijo, hermano, cuñado, tío de la creme), entre otros excelentes muchachos pasaron varios días a la sombra. La tensión entre falangistas, militares y monárquicos crecía y su Excelencia lo arregló repartiendo café con leche. Cesó en febrero de 1956 al ministro de Educación, Joaquín Ruiz Giménez, democristiano, y al secretario general del Movimiento (de qué movimiento no importa porque entonces nadie se movía) Raimundo Fernández Cuesta, camisa vieja, viejísima. El rey de bastos estaba más fuerte que nunca, era un frenesí cinegético el que emprendía día sí y día también. El mismo Pacón, su primo y ayudante, se indignaba para sí del tiempo que Paquito pasaba con la escopeta al hombro que tú bordaste en rojo ayer. «He acompañado al Caudillo en el Azor a Bermeo. Franco es feliz cuando navega en su barco» escribía Pacón en su diario privado el 16 de agosto de 1955. ¡Ay, ay, ay! ¡Qué felices seremos los dos! Por su parte, Federico Sánchez se paseaba de incógnito por los madriles desolados de su infancia a pesar de que Luis Miguel Dominguín no le había conseguido el pasaporte, por más que se lo pidió a Camulo Alonso Vega. Mientras tanto, todos los palmeros y taxistas madrileños mentían sobre sus fantasías eróticas con Ava Gardner, que no tenía ningún remedo en llamar a Perón maricón. Ay, ¡qué felices seremos los dos y qué dulces los besos serán, pasaremos la vida en la luna viviendo en la casita de papel!

      Los noviazgos entonces se eternizaban y pasaban los días y él desesperado y ella, ella contestando quizás, quizás, quizás… El matrimonio era la única manera de poderse aliviar tranquilamente de aquellos sofocos de la entrepierna que acometían a los novios. Pero cómo, cuándo, dónde. Hay una maravillosa tesis sobre los “Usos amorosos en la España de Posguerra”, de la amorosa Carmina Martín Gaite, madre, esposa, tía, cuñada de todos los Sánchez y de todos los Ferlosios y la niña bonita de la intelectualidad. De aquellos ardores, o necesidades de amor nació una grandiosa y poblada generación de niños españoles. El baby boom de los sesenta lo llaman los demógrafos. La Luisi, el Jesus, el Geli, la Chus, la Merche, la Afri, la Tere, el David, la Cani, la Maite… Cachito, cachito, cachito mío, bendigo la suerte de ser tu amor…

     Y había que hacerse la foto de novios para decirles a todos los seres queridos que por fin, por fin podían aliviarse de los ardores sin pecado y sin el regaño de la mamá, mira a ver si te deja preñada y después si te he visto no me acuerdo, que los hombres lo único que quieren es lo único. Así que las fotos de boda era lo más importante porque se certificaba que uno se convertía en adulto, en respetable señor don y señora de.

Y de viajes de bodas… Pues de viajes de bodas ni hablar. Rosario y Alfonso se marcaron la tarde de su himeneo un tango a media luz los dos, a media luz los besos, crepúsculo interior. Y al día siguiente ella se fue a trabajar como criada en una casa bien de la calle Barquillo. Alfonso, albañil, lo celebró hormigonando las casitas de papel del poblado de Caño Roto, en los Carabancheles, donde vivirían poco después. Luisa y Miguel alquilaron una habitación con derecho a cocina en ca la Venancia, una viuda de un jonsiano de los de Ledesma Ramos que cayó en el Alto del León. Esa diferencia entre ser viuda de un jodío rojo o de un caído por dios y por España. Y a la Tina y al Ángel no les cupo (cabió, diría un castizo) más remedio que cohabitar en una habitación sin vistas de las dos que conformaban el pisito de la abuela Luisa. Eso sí, aún quedaban tres hermanos solteros, la abuela y una tía viuda más en el nido familiar distribuidos por la cocina y el pasillo. La realidad que supera a la ficción. El Pisito. Petrita y Rodolfo, Mari Carrillo y López Vázquez en aquella esperpéntica tragicomedia de Marco Ferreri.

      En fin, mujer, si puedes tú con dios hablar pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar… Rosario y Alfonso; Tina y Ángel; Lupe y Lulio; Piedad y Daniel; Luisa y Miguel; Encarnita y Antonio… para qué quiero tus besos si tus labios no me pueden ya besar.

          Tina y Ángel se casaron en la iglesia de Santa Cristina, sita en el Paseo de Extremadura, en la Puerta del Ángel, en Madrid, al otro lado del río Manzanares, obra neomudéjar de Repulles y Vargas construida en 1905. Sus padrinos, Lulio y Teresa, hermanos del novio. Y fueron felices y comieron perdices y a los demás les dieron con los huesos en las narices. Eso fue el día de san Roque, 16 de agosto de 1955.

    Rosario y Alfonso.1950
    Rosario y Alfonso.1950
    Rosario, Alfonso, la hermana de Rosario, su marido, su hermano, su madre y Luisa, hermana del novio. 1950.
    Rosario, Alfonso, la hermana de Rosario, su marido, su hermano, su madre y Luisa, hermana del novio. 1950.
    Agustina y Ángel.1955
    Agustina y Ángel.1955
    Tina y Ángel 16 de agoto de 1955
    Tina y Ángel 16 de agoto de 1955
    Lupe y Lulio, octubre de 1955
    Lupe y Lulio, octubre de 1955
    Piedad y Daniel. 1958. Piedad vive en Barcelona, tiene 90 años y cada día sube los cuatro pisos hasta su vivienda.
    Piedad y Daniel. 1958. Piedad vive en Barcelona, tiene 90 años y cada día sube los cuatro pisos hasta su vivienda.
    Invitación de boda de Daniel y Piedad
    Invitación de boda de Daniel y Piedad
    La abuela Luisa, Piedad, Daniel y el tío Serapio. 1958
    La abuela Luisa, Piedad, Daniel y el tío Serapio. 1958
    Antonio, Daniel, MIguel, Luisa y la abuela Luisa en fecha indeterminada
    Antonio, Daniel, MIguel, Luisa y la abuela Luisa en fecha indeterminada
    Miguel y Luisa el día de su boda, 9 de noviembre de 1959.
    Miguel y Luisa el día de su boda, 9 de noviembre de 1959.
    Luisa y Miguel, 9 de noviembre de 1959.
    Luisa y Miguel, 9 de noviembre de 1959.
    Encarnita y Antonio. 1961
    Encarnita y Antonio. 1961

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    Los Caprichos de Ceres

    12 miércoles Ago 2020

    Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

    ≈ 3 comentarios

    Teodosia Gandarias

         HANC MARGINIS EXIGUITAS NON CAPERET. Conjeturas. Ezequías y Fermat. El verso y el logaritmo. Una poesía tiene algo de matriz vectorial, un polinomio de letras que tiende a infinito, una derivada de asonancias cartesianas. “Diálogos de amor de León Hebreo”. Es su última obra, edición crítica del manuscrito original que Suárez de Figueroa, “El Inca Garcilaso de la Vega”, tradujera del Diálogo Humanístico escrito por León en 1502. Sofía y Filón, la sabiduría y su amante dialogando en la arcadia de Getafe. Ezequías Blanco procede de la Castilla que el paso de los siglos ha hecho eterna. Pasó su juventud de escucha atenta en Salamanca, donde aprendió a amar al castellano y a recostarse en los poetas que engalanaban los altares con sus trinos y sus aguas desbordadas de alejandrinos. San Agustín García Calvo: libre te quiero como arroyo que brinca de peña en peña. Libre es su verso, hay canto de jilgueros y amarillo en sus palabras espaciosas. Truenan los parques con algarabía de golondrinas palabreras. Están su poemas llenos de gentes que se afanan y luchan. Ezequías escribe ecuaciones diferenciales entre los árboles, en los bancos, ensartando un cántico de jirones de oro. Y está su luna llena recargando con versos los corazones candentes._DSC0017 (2)

          Cada farola tiene una historia que contarte. Ex-catedrático del lenguaje y editor de revistas de vanguardia. Necesitaba no quedarse sin márgenes donde anotar su amor por la escritura, tanto como Fermat por su conjetura, y se sacó de su chistera la que ha sido la revista de referencia en la literatura española durante décadas. Algo rebelde, es un niño Chole mochilero y romántico de guedeja blanca y mirada clara, underground. Por su revista han pasado los clásicos, los modernos, los posmodernos y los antiguos, los mejores autores contemporáneos de la lengua castellana, los mejores fotógrafos, los mejores pintores, los mejores artistas: “CUADERNOS DEL MATEMÁTICO”. El matemático era Puig Adam, que escribió libros junto con Rey Pastor para los escolares a los que tanto enseñó Ezequías en su instituto de enseñanza media de la villa getafeña.

    Último volumen de CUADERNOS DEL MATEMÁTICO, editado en marzo de 2018. Una pieza perseguida por los bibliófilos.

         “Por un puente de sueño sube hasta el sol el pobre carro. Viene herido de lejos por las aristas duras del caleño. Hábilmente lo vira el lento arriero —ya auriga por la luz—. Ya tú basterna de la dicha”. Son versos de “Los Caprichos de Ceres”, II Premio Nacional de Poesía “Ciega de Manzanares”, de 2003. En el verano, Ezequías se va con Sancho el Bravo y con sus monos que estornudan —sólo hay una clase— a su barenostrum de Paladinos del Valle, en Zamora, a escribir por los márgenes sus conjeturas y sus teoremas consonantes. Bares, qué lugares tan gratos para conversar, no hay nada como escuchar sus poemas de amor en un bar bebiendo valgas —valdepeñas con gaseosa, sangría—: “Al noble y seco barro lo seducen diosas rubias de paja. En mullidas praderas se prepara su tálamo. Besos de peces nadan por el gozo de adobe y una cisnera oficia el rito que el agua enlaza para siempre”. Leyendo a Ezequías Blanco sí se cumple la conjetura de Fermat para todo número n >2. Y,  an ≠ bn +cn , porque sus números, sus versos, sus palabras son mágicos y no necesitan demostración alguna. Buscaré cada día los lugares donde nadie confunde los caminos donde muy poco importan las derrotas… Son versos de Tierra de Luz Blanda, su último poemario escrito cuando batallaba por restablecer su salud, ya recuperada.


           Pedro Puig Adam fue matemático, profesor y poeta. Alumno, colaborador y amigo de Julio Rey Pastor. Otro insigne matemático relacionado con la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), que bajo la dirección de Santiago Ramón y Cajal y desde 1907 supuso un despertar en las ciencias y en las enseñanzas en España. Después, la larga noche del nacional franquismo enmudeció la voz de la rima y el número y los avances científicos, educativos y poéticos de aquel período de esplendor de la JAE se redujeron oficialmente a enumerar una lista de reyes visigóticos, instruir en el espíritu nacional o a loar la unidad de un imperio iniciado por otros reyes aún más católicos. La primera edición de sus ELEMENTOS DE GEOMETRÍA es de 1926. El ejemplar corresponde a la séptima tirada, en 1956.


    Sólo hay una clase de monos que estornudan

    Tierra de Luz Blanda

    BARE NOSTRUM

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    MILENIO

    04 martes Ago 2020

    Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

    ≈ 5 comentarios

    Qué leer en los tiempos del virus X


    Gabriel de Araceli

    —Huele mal, mamá, huele mal.

        Suena a través de la pared con el vecino la voz de Carlota. Sus dos años la convierten en un angelito que alivia la soledad del encierro, trae un poco de alegría durante el asedio del virus.

    —No huele a nada Carlota, y tómate la leche.

     

          A 57 muertos nadie los reclamó durante la pandemia, ya habían muerto en vida, olvidados por los suyos, sin el consuelo del adiós, de la mano sobre el hombro, del beso de la despedida. Cuando sus cadáveres empezaron a ser un problema el gobierno regional madrileño decidió asumir el costo de los entierros. Nadie escucha las palabras de los niños. Posiblemente algún niño pregonara el olor de algún muerto sin que nadie le prestara atención hasta después de muchos días cuando el hedor se hizo insoportable. El angelito tenía razón: Huele mal. La vida huele mal.

         Manuel Vázquez Montalbán se murió sin hacer ruido lejos de todos, en Bangkok, el 18 de octubre de 2003, apenas unos meses antes de que su último Carvalho, MILENIO, se publicara, hijo póstumo y huérfano de un mundo ajeno y desconocido para la edad provecta del antiguo espía. Desprende MILENIO el olor a naftalina de los recuerdos perdidos, de las cartas de amor juveniles encontradas en los anaqueles de la memoria. Carvalho comienza el siglo despidiéndose de un mundo imposible de reconocer para sí mismo. Entonces, ¡qué sería ahora! Va acompañado de su leal Biscúter, su Sancho amigo, que a lo largo de la novela, como en el Quijote, se carvalhizará en un trasvase de personalidades, biscuterizándose Carvalho hasta perder el detective el protagonismo de las diecinueve anteriores novelas y pasar a ser un secundario admirador de la sabiduría del escudero. Son la mangosta y la cobra hipnotizadas entre ambas por la mutua contemplación. Y de Dulcinea, de Charo, de la madame retirada que gobierna su tienda de macrobióticos y complementos dietéticos en el puerto olímpico apenas si hay el recuerdo de alguna llamada telefónica para solicitarle fondos. La constatación de la inevitable derrota hormonal de la entrepierna. Es un hombre maduro que ve próxima su decadencia, al que las superpotencias, las guerras, hambrunas, tragedias, terrorismos, las pelagras institucionales religiosas, ya sean cristianismos o islamismos, espionajes, globalización, emigraciones, epidemias, nacionalismos periféricos y demás virus que le amenazan en su itinerario global le pillan fuera de juego, convertido en un escéptico, en un resignado superviviente que intuye un futuro de refugiado en alguna residencia de ancianos, diana de virus coronarios, un pirómano retirado que sólo quema un libro —inacabado, encima— a escondidas y en el que apenas si sobrevive la gula como vicio arrepentido de todos los vicios y pecados.  Y es su huida un repaso a su militancia juvenil en la izquierda radical, una búsqueda por las estrellas de lo que no pudieron conseguir en la Tierra, una catarsis penitente de apariciones de personajes y lugares por donde ejercitó su oficio de sabueso huelesobacos.

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    Manuel Vázquez Montalbán en El Escorial, 1990. Foto de Terry Mangino

         MILENIO se publicó en dos partes por decisión editorial: MILENIO CARVALHO I. Rumbo a Kabul; y MILENIO CARVALHO II. En las antípodas. Un guiño del editor quizás para emular las dos partes del Quijote, de sus salidas del campo de Montiel a Barcelona, en ese itinerario mimético del que parte Carvalho para repararse los entuertos, desfacerse de sus agravios y enfrentarse a los malandrines de su conciencia. Son casi 900 páginas de frases rotundas y narrativa fácil urdida por el oficio de MVM, la última vez que ejercitó la novela el autor, aunque apenas unos días antes de su fallecimiento publicara su última columna, el 3 de octubre de 2003, sobre un marciano que ahora parece ocupar las catacumbas del pleistoceno histórico, ahí enfrente, sin embargo: “De cómo don Mariano Rajoy se convirtió en un ovni”.

         Huele mal, sí, la historia de una vida a veces huele mal y uno se encuentra al final del camino con detritus escondidos, con las palabras de un angelito inocente que le revelan la verdad de la derrota. Quizás, los casi veinte años transcurridos le hayan hecho formar parte a Carvalho de esas estadísticas de viejecitos abandonados a los que delata su olor nauseabundo muchos días después de muertos. Aunque Carvalho siga vivo en la memoria de los amantes de la novela montalbiana. Quizás se fue pronto Vázquez Montalbán, tal vez fue inteligente y decidió apartarse en esplendor, bien comido, bien bebido, bien viajado, antes de que el paso del tiempo le señalara con la uña negra de la ignominia de la existencia. Jesús Galíndez, Muriel Colbert, don Angelito, Ulises, Homero, Bouvard y Pécuchet, La vuelta al mundo en ochenta días, Cinco semanas en globo, tal vez el coronel Kurtz en su guarida de Camboya o en su ascenso de comerciante por el río Congo, el Níger del Biscúter, henchido el escudero de sorprendente verborrea et diplomé en soupes et sauces pour L’Êcole de Gastronomie de Jacques Minceur.

         Un siglo XX que se acaba, un milenio que empieza, un viaje a ninguna parte el que emprende Carvalho para acabar prisionero de su memoria, de sus actos, entre las rejas de la vida a su regreso a Marte, a Vallvidriera. ¡Que le aproveche!


    carvalho_milenio1             milenio-carvalho-ii


    «Luego le haré unos higos a la siria. Rellenos de nueces y cocidos en zumo de naranja. Bajas Calorías. En lugar de mucho azúcar le pondré miel.
    –Lees demasiado, Biscuter.
    –Tendría que echarle un vistazo a la Enciclopedia Gastronómica que me he comprado a plazos. Parece increíble lo complicado del espíritu humano. ¿A quién cree usted que se le ha ocurrido rellenar los higos de nueces y cocerlos en zumo de naranja?
    –Probablemente un sirio».

    (El delantero centro fue asesinado al atardecer)


    Enlaces relacionados con Carvalho y Manuel Vázquez Montalbán

    Pepe Carvalho tras las huellas de don Quijote

    El agente Rojas ND507

    Pasionaria y los siete enanitos

    Son o fueron

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    Tranquilo Jordi, tranquilo

    19 domingo Jul 2020

    Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

    ≈ 3 comentarios

    Rafael Alonso Solís

        LA MONARQUIA ES UNA INSTITUCIÓN que requiere fundadores para imponer el origen, y súbditos que aguanten sus consecuencias. Es de suponer que sus defensores disponen de argumentos para defenderla, pero muy dudoso que quienes la sufren se los crean. No cabe duda de que tanto el casting como los mecanismos de renovación son sencillos. Respecto al primero, no se requieren propuestas ni concurso de méritos. En cuanto a lo segundo, suele ser una combinación entre los orígenes mágicos o la implantación por la fuerza. En unos casos se arranca la legitimidad de las entrañas de la roca, como en las leyendas de Arturo de Bretaña; en otros, algún milico la instaura o la reinstaura para garantizar las ataduras. Desde ese momento, la herencia queda instalada en el lugar que debería ocupar la democracia, con lo que el mito fundador se sobrepone a la capacidad, la inteligencia o la moralidad de quien porta la corona.

         Precisamente por proceder de las sombras, no es de extrañar que a los príncipes les chuleen las brujas, como en el caso de Macbeth, o que en las horas de oscuridad se les aparezcan los fantasmas de la memoria, como le sucedía a Hamlet. A los monarcas de cercanías quienes se les pueden aparecer son las amantes —no se sabe si agradecidas o despechadas— y los inspectores de hacienda. Una vez escribí que, en este país, los reyes suelen hacer tres discursos importantes. En el primero, aceptan la responsabilidad del cargo y juran los principios de quien les nombra; ya vendrá el momento de cambiarlos por otros. En el segundo, después de haber agitado las medallas frente a la tropa, hacen como que nos salvan la vida. En el último, cercana la caída del telón que da fin a la tragicomedia, anuncian su retirada. Durante los intermedios, van dando pinceladas de ingenio o de cinismo, como en aquella aparición del rey, ahora emérito, a punto de terminar 2011, cuando exhortó a sus súbditos a ser honestos, sin inmutarse, y enfatizó aquello de que la justicia era igual para todos.

         Es cierto que la historia de Juan Carlos de Borbón, desde su llegada a España hasta el momento en que parece estar haciendo las maletas, parece extraída de una telenovela o un drama de baja calidad, tal como se refleja en la excelente investigación de Álvaro de Cózar. Cuando aún era príncipe, solía recorrer los colegios mayores de la capital para hablar con los universitarios de su generación. En una ocasión, en que se le estaba haciendo tarde por el intercambio de chistes, en un alarde de comicidad, dijo: «Me voy para casa, no sea que Sofía me esté poniendo los cuernos», lo cual fue muy reído por la concurrencia. Cuando se observa la evolución del gesto del rey emérito puede que se aprecie el poderosos efecto de los genes, especialmente los que se refrescan poco, si no se tiene cuidado con la dieta. Aquel joven monarca, al que muchos auguraban un reinado de corta duración, exhibía por entonces el semblante de alguien un poco asustado, con la expresión de quien no sabía, exactamente, qué hacía allí, pero ya había aprendido a cuadrarse gallardamente ante la milicia. En la madurez, su rostro fue adquiriendo ese aire campechano que le dio tanta celebridad. Anunciándose el crepúsculo, en esa época en que comienza a preparar su jubilación para retirarse a tierras más soleadas, su rostro ha ido tomando un aíre pícaro —por decirlo con mesura—, como si nos hiciera un guiño de complicidad y nos recordase que él también comparte —a su nivel, claro— las mañas de Lázaro de Tormes.

         No cabe duda de que, en lo que se refiere al emérito, ha funcionado un efectivo pacto de silencio, en el que ha estado implicada la mayoría de la clase política, pero también la prensa, aunque los rumores sobre sus devaneos sentimentales y su presunta carrera como comisionista de éxito siempre hayan estado ahí. Hoy mismo, en un artículo de portada en el diario El País, se dedican ocho párrafos a defender a la realeza por parte de Pablo Casado, Felipe González y el presidente de la CEOE, dos a transmitir con prudencia la postura de UP y una la del Gobierno. Merece la pena recordar que fue una perspicaz periodista de derechas, conocida supernumeraria del Opus Dei y con excelentes fuentes de información en el estamento militar, quien se atrevió a hablar sobre el, presuntamente, oscuro papel de Juan Carlos de Borbón en el 23F, más allá del guion oficial.

         Después de habernos caído del caballo, no parece que existan muchas dudas de que la conducta del rey emérito ha sido cualquier cosa menos ejemplar. Pero esa convicción, junto a la conclusión a que llegue la justicia, debería tener otras consecuencias y aprovechar la oportunidad para responder, con serenidad y sin demasiada prisa, a dos cuestiones: si la institución monárquica tiene alguna utilidad para la convivencia y el bienestar de este país, y si tiene un respaldo mayoritario o, siquiera, significativo. Dependiendo de las respuestas aún cabría, en su caso, una tercera: ¿de qué manera y cuándo se debería iniciar una renovación de la puesta en escena?

    viñeta_vazquez_sola

    Viñeta de Vázquez de Sola dibujada durante el coronavirus


    ESPAÑA INVERTEBRADA

    Hace 100 años, en 1920, Ortega y Gasset publicó en el diario El Sol una serie de artículos y ensayos que reflexionaban sobre la identidad española y los problemas políticos que padecía. Todos los artículos se publicaron en forma de libro un año después con el título de ESPAÑA INVERTEBRADA. Lo que a continuación se expone es un extracto del capítulo 5 titulado PARTICULARISMO.

    José Ortega y Gasset

           Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario: Monarquía e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales; han fomentado, generación tras generación, una selección inversa de la raza española. Sería curioso y científicamente fecundo hacer una historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Ahora bien: el error habitual inveterado, en la elección de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo.

          …El Poder público ha ido triturando la convivencia española y ha usado de su fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados… Porque vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro… Por eso decía Renan que una nación es un plebiscito cotidiano… Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir.


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    Viñeta de Vázquez de Sola dibujada durante el coronavirus

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    Voluntario de cocina durante el 15 M 2011 en la Puerta del Sol
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    Aurora, poetisa
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    George Mocanu, mosca, 52Kg. Fue en 1997 subcampeón del mundo amateur en Budapest y olímpico en Sidney en 2000 con su país, Rumanía.
    George Mocanu, mosca, 52Kg. Fue en 1997 subcampeón del mundo amateur en Budapest y olímpico en Sidney en 2000 con su país, Rumanía.


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