Agustina de Champourcin
Abres el libro olvidado en el estante y recobra la luz, navega de nuevo a toda vela por la imaginación del lector, aspiramos de nuevo su magnetismo, el aroma mágico de sus palabras impresas, sus tesoros enterrados en sus páginas. Jim Hawkins, Long John Silver, el capitán Smollett, la Hispaniola; tal vez Galíndez enfrentándose al sátrapa Trujillo; o Sánchez Mazas frente al pelotón de fusilamiento del que saldría ileso: ¡Adelante, siempre adelante!; o Carlos Deza y Cayetano Salgado luchando por el amor de Clara Aldán; o Mauricia la Dura explicándole a Fortunata la verdad de su vida; o el escudero dudando del sano juicio de su señor; o Guillermo Brown burlándose de Roberto y Ethel, sus hermanos que no le entendían; o Azarías, Paco el Bajo y el señorito Iván, ¿quién es nuestro padre, Delibes o Camus?, paternidad compartida; o desvelar la correspondencia íntima entre Marichu y Dionisio, aquel rebelde con causa restregándole la jeta al Caudillo con un par; o Pedro, Dorita y el Cartucho entre ratones para salvar a la humanidad del cáncer, aquella genialidad amarga del psiquiatra perseguido que se estrelló al poco en un cambio de rasante, sesenta años ya… Los puestos de viejo del Botánico, ya estaban en 1936, según cuenta Agustín de Foxá en su novela “Madrid de corte a checa”, el refugio de las miradas curiosas que pasean por el torbellino de libros encallados en el abandono. ¡La noche de los libros! Tal vez esta noche algún lector aventurero reflote el velero de papel del fondo de la biblioteca, ice la vela del libro náufrago, lo guíe con ventura por la rosa de los vientos de la fantasía y lo dirija al buen puerto de la lectura del placer.

Alex de la Iglesia navega entre los libros de la Cuesta de Moyano buscando quizás algún crimen ferpecto que trasformar en película, tal vez una acción mutante con la que recrear a toda la comunidad en el día de la bestia. El secreto está en los libros. En esos libros de viejo que encierran los recuerdos de los que los leyeron antes, subrayados, anotados, corregidos a mano de erratas, con dedicatorias sentidas: “A la memoria de mi amigo Félix R. de la Fuente”, dedica Miguel sus “Santos Inocentes”; de compromiso de la feria del Retiro: “para Ángel de su buen amigo Francisco Umbral”; o con el afecto candente de un amor que los convierte en ejemplares únicos: “Te querré siempre, mi chatita, tuyo hasta el final”. Pronto llegaría su epílogo, aquel libro que estrecharon unos brazos, ahora abandonado en un montón de páginas amarillentas. Abres un libro viejo y le das nueva vida, renace de sus cenizas, despierta de su sueño eterno. Y te rescata de tu realidad aburrida, te conduce por los laberintos de la fantasía que antes que tú recorrió otro aventurero desconocido.

Emilio Pascual y Marina Sanmartín charlan de libros en la Biblioteca Nacional. Susana Santaolalla lleva la rueda del timón, piloto de altura para marcar el rumbo en la conversación. «El libro es lo que cuenta y lo que lector reconstruye cuando lo lee», dice Marina, escritora, librera y lectora compulsiva, vicio o virtud que le inculcaron sus padres. Y perdona, o comprende, cuando a veces algunos lectores le roban libros en su librería madrileña de la calle del Pez. «Tal vez no puedan comprarlos». Emilio tiene en su casa más de 22.000 libros. Dicen los que saben que 300 es ya una buena suma para cualquier lector. No soporta Emilio, contumaz lector, los libros con las esquinas dobladas. Ni las erratas, que corrige con lapicero sobre el mismo papel. Fue su padre, en el erial de los pueblecitos castellanos de los tiempos heroicos, el que le compró una cartilla para que aprendiera a leer y a escribir. Vicio o virtud que practica a diario. Treinta años tardó Emilio en afianzar sus “Bibliotecas imaginarias”, en ponerlo a navegar, libro que se puede empezar por cualquier parte según el gusto del lector, que cada uno compone a su medida, sólo surcando los mares de su capricho hasta llegar al puerto de su elección. La dicha del navegante ilumina la noche del océano de los libros. Le seguirá a poco la entrega del “Cervantes”, ese premio a la paciencia o a la ciencia del componedor de letras redondillas.
La noche de los libros, el bulevar de los sueños dormidos, hazme un sitio en tu montura, libro amigo, libro antiguo olvidado en la playa de las letras, en tu mar, en el páramo de folios amarillos, despertaremos mañana entre letras, contigo redondillas y versales, llévame, amigo encendido a tu lugar.

Fotos de Terry Mangino
ENLACES RELACIONADOS
Las bibliotecas mágicas habitadas por libros imaginarios
Los amores asimétricos de Galdós
Leer a Gonzalo Torrente Ballester
Dionisio Ridruejo: Rebelde con causa
