Rafael Alonso Solís

         EN 1968, una juventud inquieta se enfrentó a los poderes del imperio para alterar el curso de la historia. Cada generación dispone de oportunidades para cumplir con alguna de las obligaciones no escritas de la especie, una de las cuales, precisamente, es evitar su desaparición. Quienes se manifestaban contra la guerra de Vietnam parecían convencidos de que su movilización cambiaría el mundo, y de que bajo los adoquines se encontraba la cálida arena de la playa, con lo que bastaría arrancarlos para darse un baño. Puede que la mayor debilidad de aquel intento radicase en que sus protagonistas hacían la revolución solo por la mañana, durante las horas de clase. Sin embargo, más allá de la lírica contenida en el eslogan, debajo de los adoquines no estaba la playa, pero sí, quejándose, el planeta. Tres años antes, en 1965, los ejecutivos de una compañía petrolífera habían consultado a diversos expertos acerca del futuro, localizando el foco en el año 2000. Mientras que la mayoría de los consultados especuló sobre los avances tecnológicos que se avecinaban, James Lovelock –conocido por haber desarrollado la “hipótesis Gaia” hacia 1960– se atrevió a predecir que el problema principal durante el segundo milenio sería el medio ambiente. Previamente, Lovelock había inventado el detector de captura electrónica, con el que fue capaz de medir la contaminación atmosférica por derivados hidrocarbonados, y que sirvió, años después, para cuantificar el crecimiento del agujero en la capa de ozono. Cuando, en marzo de 2008, Lovelock fue entrevistado por The Guardian acerca de sus predicciones a mediados del siglo anterior, el científico británico dijo que había ocurrido, “exactamente”, lo que él pronosticara. La “hipótesis Gaia” considera al planeta Tierra –Gaia era la diosa que lo representaba en la mitología griega– como un macro-organismo capaz de autorregular su funcionamiento mediante un sistema homeostático, un mecanismo dinámico de corrección de las funciones alteradas que se da en los organismos individuales. Aunque las ideas de Lovelock fueron, incluso, ridiculizadas por algunos biólogos evolucionistas, los mensajes de la propia Gaia han ido dándole la razón. En su libro La venganza de Gaia, publicado en 2006, Lovelock acertó en su predicción de lo que ocurriría en 2020: que las variaciones climáticas extremas serían habituales, amenazando con una devastación global que afectaría a amplias zonas del planeta. Buena parte de las posiciones de Lovelock son discutibles, incluyendo su hostilidad hacia las energías renovables y su desprecio hacia el movimiento verde, pero parece que su visión de Gaia ha resultado profética. A pesar de que él mismo, hace solo un par de años, reconociera en una entrevista que no es posible predecir lo que va a ocurrir en el planeta en 5-10 años, “porque demasiadas cosas pueden cambiar inesperadamente”. Ahora, un virus al que no se esperaba se ha extendido como si no existiesen barreras, y nos ha mostrado que la humanidad podría ser diezmada en unas pocas semanas, reduciendo, al mismo tiempo, la contaminación de los mares y los cielos. ¿Habrá sido la respuesta de Gaia?

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