Rafael Alonso Solís

     A finales de año titulé una columna como “A mí la Legión”. Es el grito de guerra de un cuerpo militar al que gusta proclamar su idilio con la muerte, desde que fuera creado por Millán Astray, siendo comandante de Infantería, en 1920. Fundada para enfrentarse al moro en la guerra colonial de Marruecos, fue un instrumento perfecto para la represión contra los obreros asturianos en 1934, cuando se levantaron contra el gobierno presidido por Alejandro Lerroux. Con Franco como su jefe natural, la Legión se unió a los sublevados en el golpe de Estado de 1936, y actuó como punta de lanza de la resistencia frente a la política descolonizadora en el norte de África a finales de los cincuenta. Cuentan los médicos que le atendieron, que el dictador, durante su estancia en el hospital por una flebitis crepuscular, gustaba de pasear por la habitación marcando el paso, mientras sonaban marchas militares y, previsiblemente, el varonil himno de la Legión, lo cual ejercía un notable estímulo sobre la movilidad del enfermo. “Si fuese cierto –decía yo– que hay dos Españas, con una siempre dispuesta a evangelizar a la otra, la Legión sería el cuerpo místico de la que se considera a sí misma grande, libre y elegida”. Para que no haya dudas acerca del ideario que inspira su alma castrense, hace dos días se publicaba una fotografía en un diario digital, de ésas que le permiten a Millás echar una mirada esclarecedora y contárnoslo. Pablo Casado y un legionario se estrechan la mano con fuerza mientras se miran a los ojos con pasión. La sonrisa del presidente del PP no es como las que prodiga todos los días en cualquier circunstancia, sino más auténtica, al tiempo que de su pecho cuelga una medalla con los colores de la bandera española, que tal vez le han entregado los novios de la muerte en forma de condecoración iniciática. Casado, algo más alto, dirige su mirada hacia abajo con respeto y gesto de posesión. El legionario, con la cerviz ligeramente inclinada, levanta sus ojos hasta encontrarse con los de quien podría ser su jefe político y sonríe igualmente, mostrando sus dientes superiores en una actitud algo vampírica, pero que no está exenta de un aire indudablemente seductor; como si estuviese pensando, “qué apuesto eres, ladrón”. Es la fotografía del encuentro entre dos machos que se entienden, se gustan y se admiran, y que parecen decirse: “aquí me tienes, tronco, cuando quieras y para lo que haga falta”. Un poco por detrás de la pareja, ya en segundo plano, se ve a otro varón que contempla la escena con emoción contenida y parece esperar turno. Algo a la derecha, otro participante en el acto habla con alguien que no sale en la fotografía, mientras apoya con decisión su mano diestra sobre la zona en que se supone descansan el corazón y los sentimientos. Al fondo, varios grupos charlan de sus cosas y, seguramente, comentan el éxito del evento. Mujeres… no se ve ninguna.

 

 

 

 

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