Gabriel de Araceli (textos); Terry Mangino (fotos)

     ¡Que te follen! le sueltan las Love Madrid, muy chonis ellas, al reportero dicharachero que las fotografía, haciéndole una obscenidad con el dedo.

     No, las Love Madrid no son sindicalistas. Seguramente el 1º de mayo les importe un coño y sólo aspiren a figurar diez segundos en alguna peli de Alex de la Iglesia. Suponiendo que sepan quién es Alex de la Iglesia. No, su reivindicación femenina, su conciencia social no da para hacer un máster. Tampoco lo pretenden ni deben ser prejuzgadas por pensar eso. Si en la Puertalsol alguien les suelta un euro por retratarse con sus cuerpos serranos, ¡tan contentas! Y si no, ¡que te den!

     Refugio Sánchez Emperador sí estaba afiliada a Comisiones. Se tiró treinta y cinco años trabajando en el metal, en Canillejas, en una fábrica de circuitos impresos. A punto de cumplir sesenta la reforma del Mariano la puso de patitas en la calle con una indemnización miserable. Cinco años en el paro, tres de ellos sin cobrar una puta pela y se ha jubilado con una pensión de 750€.

     —Después, en el Revuelta nos tomamos un blanco con bacalao —se dicen lo excompañeros del metal en el Paseo del Prado. Entre Neptuno y la batucada los jóvenes desafiantes de la tricolor miran al personal con cara de capitanear una compañía de operaciones especiales.

     —Hace.

    Refugio se junta con Joaquina, jubilada, también del metal; con Fernanda Claudín, septuagenaria, de la CASA de Getafe; con Trifón Cañamares, fresador en la Pegaso; con Marcelino Redondo, histórico de la Perkins; con Paulino, de la Peugeot de Villaverde; con Federico Sánchez, de la Barreiros; con Nicolás Gutiérrez, preso en Carabanchel; con Juana Doña, maestra en Yeserías; con Manolo Garnacho, estuquista del sindicato del andamio, con… sombras de un pasado de pleno empleo y agitación social.

     Y todos parecen recobrar el vigor veinteañero del grito reivindicativo bajo la pancarta —¡en pie famélica legión!—, como si corrieran delante de los grises o besaran a sus novias/os en la penumbra desconchada de un portal. Aunque la tamborrada moleste un poco los oídos. ¡Pii, pii, pi, pi, piii! ¡Mira que dan por culo los jodíos pitos de los compañeros músicos! —se dice el compañero Garnacho—. Todo sea por la causa obrera.

     —El compañero Moisés Fernández nos va a hablar sobre el convenio que Amazon quiere imponer a todos los compañeros y compañeras trabajadores y trabajadoras de la empresa de distribución más capitalista y más salvaje del mundo, que amenaza con destruir nuestros puestos de trabajo.

     Y el compañero Moisés se abalanza sobre el micro y habla a empellones a la masa proletaria, a la compañera Izaskun, que apenas le escucha mientras se lía un peta, para compartir, oye, que aquí todos somos colegas; al compañero Barry Gota que hace fotos sin parar; a Feli Vegana, la compañera kelly; a los compañeros y compañeras que entran desde Atocha empuñando las litronas a guisa de banderas revolucionarias. ¡Atruena la razón en marcha…!

     —El que quiera ser águila, que vuele. El que quiera ser gusano, que se arrastre, pero que no grite cuando le pisen. Sin lucha no se consigue nada. Ni un paso atrás. Salud y libertad —suelta a tirones el compañero Moisés—. Si luchas, puede que pierdas, pero si no luchas, ya has perdido. A ver si se dan cuenta los capitalistas que son los trabajadores y trabajadoras, son los que hacen Amazon, y de una vez dan lo que se pide y son más humildes porque lo real y lo que hace nombre a una empresa son sus trabajadores y trabajadoras. Y nada más. Salud y fuerza amigos y amigas, hermanos y hermanas, no nos callamos. Y después del encuentro nos vemos en el Café Potemkin para debatir nuestra lucha con una pinchada de música reggae y una cafeta proletaria, compañeros y compañeras. ¡Es el fin de la opresión!

     Tímidos aplausos de los compañeros y compañeras amazonos y amazonas al entusiasmado discurso de Moisés. Pasan disciplinados los japos y fotografían a los compañeros y compañeras sindicalistas y sindicalistos como si formaran parte del Reina Sofía, del escenario turístico. Una rubia yanqui, o eso parece, se morrea en una esquina con un punki autóctono con rastas, moreno como un carbón. Agrupémonos todos en la lucha final.

     —¡A la rica papa frita, a la rica papa frita!

     El compañero argentino Diego Armando se infla a vender chucherías entre Cibeles y Sol. Y el sindicato de manteros y lateros extiende sobre el cemento sus bolsos falsos, sus zapatos falsos, sus camisetas falsas entre la solidaridad falsa de los asistentes.

     —La de Cristiano, 30€ —le dice el negrota al manifestante de Orcasitas. Pero la suelta por diez rápidamente, no sea que pierda la presa. En la manifa hay mucho público de Orcasitas, de Vallekas, de San Blas, de la colonia de San Fermín, de Manoteras. Casi tantos como los turistas que llenan Alcalá. Soufflons nous-mêmes notre forge, battons le fer quand il est chaud.

     —No se cabe —le suelta Refugio a Fernanda cuando ven la fila de guiris que bloquea la puerta del Revuelta. El bar está tan lleno como toda la Puerta Cerrada. Se jodió el blanco y el bacalao. La culpa la tiene el turismo, la globalización, que llena Madrid de extranjeros el primero de mayo y el dos de mayo y el tres de mayo… ¡todos los días!

     —Joder, ni un chato puede tomarse uno en su pueblo —gime desolado el compañero Garnacho, del sindicato del andamio—, todo invadido de forasteros en busca de lo auténtico. La puta globalización, la puta globalización de los cojones. Y los derechos de los trabajadores, de los pensionistas, ¿qué?

     Y los viejos sindicalistas se meten en un DIA y se compran unas mahous y unas aceitunas de sobre con las que acompañar las patatas fritas.

     —Todos al suelo, que viene Barrionuevo, gritábamos enfrentándonos al compañero José. ¿Os acordáis?

     —Pues, anda, ¡que lo que vino después…!

     Los compañeros sindicalistas se relamen con las cervezas en medio de la Puertalsol. La pensión da para poco, la brecha salarial, no más.

     —Lo mismo nos detienen, tú, que está prohibido beber en la vía pública —suelta el compañero Nicolás. Y todos se ríen, los labios espumosos de las birras.

     Las Love Madrid no son precisamente eso que pone en la pancarta: el trabajo digno y la emancipación juvenil. Siguen ahí, en mitad de la plaza. Ni se acercan a los sindicalistas a proponerles una foto, mucha pluma, mucho escote, mucha carne joven para tanto carca. Suena desde la tribuna otro discurso incendiario, ahora es una compañera sindicalista de flequillo batasuno. El género humano es la internacional.

 

 

 

 

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