Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

     Fiel al calendario vuelve otra vez la San Silvestre Vallecana. ¿Pero cómo, han pasado ya doce meses? Pues sí.  Otro año más ese tránsito, esas oleadas, esas muchedumbres zapateando, ese tsunami de atletas conversos corriendo los diez Km que separan el Madrid rico de la calle Serrano y del Estadio Bernabeu de la barriada obrera del Payaso Fofó y del campo del Rayo. Una metáfora de las diferentes Españas resuelta de noche, en calzoncillos fosforitos y a golpe de zapatilla.

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Más de 40.000 corredores desfilaron por las calles de Madrid la noche de San Silvestre 2017. La prueba internacional la ganó el Keniata Eric Kiptanui, en 27´29″. En mujeres ganó la etíope Gelete Burka, con 30’54”.

     Las carreras populares se han multiplicado por cien en los últimos veinte años. Hay pruebas deportivas en todos los pueblos de la patria atlética. Cualquier excusa vale para correr, desde la aportación para la investigación del cáncer de mama, la ayuda a los afectados del síndrome de… Asperge, la solidaridad con los desplazados de Siria, las fiestas del santo patrón, o la reivindicación del protagonismo de la mujer. Para inscribirse basta con pagar una cantidad que cubre los gastos de organización y que garantiza moralmente al atleta popular de que contribuye con su dinero a un bien encomiable y socialmente justo. Después de cruzar la meta, aún sudorosos, correremos a las redes sociales para exhibir sin pudor nuestra proeza, la marca conseguida, la alegría de compartir con un público anónimo e indiscreto nuestro metabolismo aeróbico, nuestro derroche calórico, los vatios generados, nuestro umbral de esfuerzo y la felicidad de desnudarnos emocionalmente ante cualquier analista que estudie nuestro consumo, nuestros gustos, nuestros gastos sin coste adicional alguno para él, para comercializarlo el año que viene al mejor postor. Un negocio, el regalo de nuestra intimidad, para los estudios de mercado. Sí, correr no sale gratis._DSC0047_web

    Y asalta la duda del mercantilismo que se oculta tras esta manifestación saludable. El deporte popular ha sufrido una metamorfosis propiciada por las multinacionales de equipamientos deportivos, interesadas en camuflar sus productos bajo el aura del beneficio saludable que reporta el ejercicio físico. Los fabricantes de ropa venden sueños espurios a los aficionados que corretean por los parques. A la felicidad por el sudor. ¿Cuánto gasta al año un corredor en zapatillas, cronómetro-pulsómetro-podómetro, mallas, gimnasios, camisetas, rodilleras, inscripciones, wifi, bebidas isotónicas, alimentaciones dietéticas, fisioterapeutas, calcetines y tiritas? ¿En qué condiciones, cómo viven, con qué salarios, con qué higiene y seguridad trabajan los proletarios del tercer mundo, allí donde las multinacionales fabrican la ropa deportiva que lucimos en occidente? Todos esos datos los tiene ese analista oculto en la red que vigila nuestras zancadas.

    También sería relevante evaluar la cantidad de basura textil que genera una prueba deportiva como la San Silvestre. Los aficionados se desprenden a lo largo del recorrido de la ropa que les molesta. Durante los diez Km es frecuente ver en la calzada las prendas que los participantes eyectan de sí mismos porque les molestan: guantes, bufandas, gorros, camisetas, sudaderas, chubasqueros, etc. yacen por el suelo abandonadas. ¿Una tonelada, dos? No hay datos, los corredores pueden conseguir otras a buen precio en la tienda de la multinacional que ha organizado la prueba. ¿Para qué preocuparse? Es el mundo rico que tira, solidariamente, lo que le sobra.


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