Rafael Alonso Solís

El año ha terminado con la simbología acusadora del cuerpo de una mujer en el fondo de un pozo. Uno más, sin que seamos capaces de frenar la caza y como si el grado de tolerancia ante el horror alimentase a la repetición programada hasta que se instaura la indiferencia. Como si se tratase de un ceremonial trágico y cruel, la aparición del cadáver de Diana Quer casi coincide con el segundo centenario del nacimiento de dos de los mitos literarios que han animado las historias de terror desde su génesis, en una villa de Ginebra, durante el verano de 1818. El monstruo tuneado que imaginara Mary Shelley era un sueño premonitorio, un adelanto de un futuro en el que la especie humana se fabricará a sí misma a partir de los retales genéticos que vienen de las estrellas, los restos orgánicos de las basuras y el reciclado de las carcasas de los móviles. Por el contrario, el vampiro intuido por Polidori, el depredador sexual por excelencia, venía del pasado eterno, del inframundo en el que se cruzan los instintos de los ofidios y la marca del semental, del guiso en el que se mezclan la muerte y el placer como expresión máxima del poder. Hace semanas, un periodista rellenaba el espacio en blanco de su reportaje de portada poniendo como excusa subliminal de un asesinato la conducta vital de una mujer. En otro tabloide reciente, el titular original que informaba de un crimen machista subrayaba la ansiedad que le había producido al asesino matar a su pareja delante de los hijos.

_DSC0205_webY Rajoy –ese patán que nos gobierna en cumplimiento de los peores augurios de Jaime Gil de Biedma–, daba el pésame a la familia de Diana Quer como quien lamenta la desaparición de la mascota, como quien describe poéticamente la conversión del petroleo en tenues hilillos de plastilina, o como quien descubre, en un alarde de ingenio, que la epidemia de asesinatos de mujeres no es cosa menor. Una de las últimas ofertas televisivas basadas en asesinatos en serie cambia la testosterona contenida en la sangre del vampiro por los estrógenos que nadaban en la de Elizabeth Bathory, reencarnada cuatro siglos después en una mantis vengadora. Pero todo es un espejismo, porque en el caso de la serie televisiva no se trata de una venganza cualquiera, sino de la ejecución programada y realizada con una impecable puesta en escena de una selección de violadores ocultos, de maltratadores de bien con los que nos cruzamos por la calle, saludamos con una sonrisa y a quienes deseamos un buen día. Y puede que ahí esté una de las claves que no queremos abordar, la de que el impulso machista vive aquí e impregna la sociedad y las relaciones humanas como un elemento importante de su construcción y de su desarrollo. Hay que asumir que en cada hombre duerme un violador en potencia, y hay que extraérselo para que no se manifieste. Lo cual únicamente puede hacerse con la educación.

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Fotografías de Gabriel de Araceli tomadas en Madrid en diferentes manifestaciones antiviolencia durante 2015 y 2017

Machismo, ¡no, gracias!

 

 

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