Rafael Alonso Solís

    Cuando el intelecto se expresa a través de un ondear de banderas resulta muy difícil, al menos más que de costumbre, sacarle partido a algunas de las capacidades que se supone que la encefalización ha desarrollado en la especie humana a lo largo de siglos de ensayos y errores. Mejor opinar de poesía oscura, de mecánica estadística o de criptología pura, asuntos que, por su propia ambigüedad, permiten la gracia del matiz y suelen servir para enriquecer el lenguaje. Ayer se me ocurrió matizar una de las llamadas que nos hacen en las redes sociales con objeto de reclutarnos para alguna confrontación, tratando de señalar que estar a favor de “los” referendums, o de uno en particular –que debería haberse producido hace mucho tiempo, y en las condiciones adecuadas–, no necesariamente significaba estarlo a favor de “éste”. A pesar de ello, resulta que sí lo estoy, incluso a pesar de estar planteado con maneras de trilero y de sospechar que será utilizado para exaltar y apuntalar lo que desea su élite promotora, y no necesariamente lo que desearía una multitud de ciudadanos y ciudadanas que quieren votar, de una puñetera vez, y con toda razon. ¡Ah, el matiz! En el limitado espacio de las diez líneas –casi un ensayo para el facebook– se me ocurrió decir “dejémonos de banderas, que no son otra cosa que trapos de colores, y comencemos a pensar un poco, porque es bastante posible que la convivencia de la especie humana en el planeta, y seguramente su supervivencia, sea un asunto que debería llevarnos a reflexionar, primero, y a hablar después, más allá de la estúpida tribalidad en que la especie está metida”. La contestación –una contestación– fue rápida y mi tímida llamada a la reflexión fue calificada de “sesudo comentario”, identificándolo como un “rasgo típico de un nacionalista español que se niega a reconocer el derecho de autodeterminacion de los pueblos”. Reconozco que no sé lo que son los “pueblos”, y que cuando se utiliza esa terminología me temo que no se quiere decir nada, o que se quiere decir otra cosa. Últimamente he tratado de seguir el consejo de no beber si voy a navegar por la red de redes, y juro que en esta ocasión estaba totalmente sereno. Si la bandera es una forma barata y rápida de enardecer a las huestes, las redes ya se han hecho un hueco privilegiado en esa función. La red, por lo tanto, no sirve para hablar, ni menos para razonar con cierto sosiego, sino para felicitar por el cumpleaños, resaltar la belleza de una imagen o para insultar a quienes piensan de otra manera. Yo mismo lo he hecho –eso, sí, únicamente cuando había bebido–, y me he arrepentido de inmediato por la simplificación. La ventaja de pontificar en los garitos es que después no hay actas, mientras que en las redes sociales el sistema te puede devolver durante días y años la boutade que se nos ocurrió una noche de vino y rosas.

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