Viene de Patagonia (III)

Resumen de lo publicado: Ángel Cabrera Latorre fue un eminente zoólogo y paleontólogo que vivió en un convulso momento de la historia, durante la primera mitad del siglo XX. Y en dos mundos, España y Argentina, en los que brilló por su ciencia y por su humanidad.


Ángel Aguado López

EL VIAJE DEL BEAGLE se basa en las notas que a lo largo de casi cinco años, de diciembre de 1831 a octubre de 1836 tomara Charles Darwin en su expedición de circunvalación al mundo, sus mares del Sur. Fue publicado en 1839. En 1920 se publicaron en España los capítulos referentes a su aventura por el estuario del Río de la Plata y la extensísima Patagonia: UN NATURALISTA EN EL PLATA, traducido con bastante gracia y fidelidad por Constantino Piquer.

Con absoluta seguridad Ángel Cabrera Latorre leería esta obra y con seguridad quedaría grabada en su memoria y sería uno de los motivos que le decidiera a emprender su aventura argentina. El libro de Darwin es un escaparate apasionante de los sucesos que vivió un curioso y joven naturalista (contaba con 22 años de edad) por los confines del mundo. Su visión y sus análisis nos muestran a un observador racionalista e inquieto científico, adentrándose por paisajes desconocidos que busca los porqués del mundo que le rodea y emprende cualquier aventura con tal de desentrañar los misterios del comportamiento de animales o humanos, de sociedades tribales, de culturas diferentes. O los motivos que invocan los graves gobernantes para embarcarse en guerras absurdas, todo aquello que encuentra a lo largo de los miles de kilómetros de su andadura llama su atención. Durante su viaje se movió por tierra o por mar, a pie, a caballo, en carreta de bueyes, en un bote ballenero, en una canoa de piel de foca o en el HMS Beagle, capitaneado por el también ilustrado capitán Robert Fitz-Roy.

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Darwin, hacia 1860

Así, por ejemplo, califica al general Rosas, un estanciero con cientos de miles de cabezas de ganado y al que conoció personalmente como exterminador de los indios nativos del Río Negro. El general Rosas importó a Argentina la costumbre tan hispana de dar golpes de estado. O habla de la pobreza extrema y de la vida miserable de los nativos de Tierra de Fuego, un lugar inhóspito donde sus habitantes viven en un miserable primitivismo. O del gobernador de Santa Fe, un tal López, “que tiene una ocupación favorita: cazar indios… mató a 48 y vendió sus hijos como esclavos, a razón de 20 pesos por cabeza” [Un naturalista en el Plata, página, 85, Centro Editor de América Latina. 1977]. O del ambiente de violencia de pre-guerra en Buenos Aires, en noviembre de 1833. O de sus descubrimientos de huesos de cuadrúpedos extintos en la Patagonia como el megatherium, o el megalonyx, o el seodilotherium (mylodon darwinii): “…En Punta Alta me puse a buscar osamentas fósiles: en efecto, ese lugar es una verdadera catacumba de monstruos pertenecientes a razas extintas” [Opus Cit, pág. 45]. O relata el viaje de exploración a través del Cabo de Hornos y el paso por el Canal del Beagle (nombrado así posteriormente) a pesar de las tremendas tempestades y hostiles condiciones climáticas que asolan esa zona recóndita del extremo meridional de Chile.

La visión humanística que transfiere ese Darwin aventurero, ágil escritor y prolífico pensador sobre todo lo que observa, sus inquietudes intelectuales y sus necesidades de respuesta le llevaron a formular en 1859 su teoría evolutiva en EL ORIGEN DE LAS ESPECIES. Una obra densa y extensa, que requiere constancia y voluntad para ser leída, muy polémica y contestada por la comunidad científica oficial y religiosa de la época. Se abría al mundo un horizonte insospechado, la aportación de Darwin revolucionaba los principios creacionistas adoptados como ciertos, era la ciencia contra la creencia, un debate que a nadie dejó indiferente. Un libro que a buen seguro estaría tanto en la biblioteca de Ángel Cabrera como en la de los componentes de la Comisión Científica del Pacífico, que en esa fecha de 1859 a punto estaban de emprender otra aventura americana.

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Réplica de la nao Victoria

PRIMUS CIRCUNDEDISTI ME

El 12 de enero de 1520 la expedición de Magallanes se adentraría en el estuario del Río de la Plata creyendo que lo hacía en el océano Pacífico. Y el capitán superviviente de aquella aventura, Juan Sebastián Elcano, completaría la primera vuelta al mundo el 8 de septiembre de 1522, con apenas 18 hombres de los 234 que zarparon de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. A la tradición de los Austrias de promocionar expediciones de conquista y expolio por el nuevo mundo durante los siglos XVI y XVII se unió la ilustración borbónica del siglo XVIII con fines científicos y políticos. Había que relanzar la monarquía española, ya de segunda división. Las potencias europeas se disputaban los vastos territorios del Pacífico aún desconocidos en una carrera colonial y comercial en la que participaban las mentes más preclaras de las cortes. Entre 1778 y 1796 hay tres expediciones a Perú, Chile, Guatemala o Vancouver, con ánimo de recolectar y clasificar la flora de esos países. Celestino Mutis comandó la expedición e investigaciones a lo que hoy es Ecuador y Colombia de 1786 a 1808, fecha de su muerte. A esto hay que añadir la expedición científica de Alejandro Malaspina, que por las mismas fechas, entre 1789 y 1794, recorrió en las corbetas Descubierta y Atrevida las costas americanas del Atlántico (con estancia en el estuario de La Plata) y ambos lados del Pacífico en un viaje que, aún hoy, causa admiración. La fascinación por los mares del Sur.

 

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Expedicionarios de la Comisión Científica del Pacífico. Foto de Ramón Castro Ordóñez. Fecha posible: agosto de 1862.

Y aunque en el trono de España reinaba en 1860 un trozo de carne rijoso había, no obstante, personajes inquietos por la ciencia y el porvenir de la nación. Fue el empeño de un político gris, Antonio Aguilar Correa, y un científico, Mariano de la Paz Graells, a la sazón director del MNCN, los que impulsaron una expedición que seguía la tradición científica de las realizadas en los siglos anteriores y que reunió a lo más granado de la ciencia, no sin disputas y envidias propias del academicismo patrio, y que bajo la dirección de Marcos Jiménez de la Espada emprendió una de las más fascinantes expediciones que desde España se han realizado a América: la Comisión Científica del Pacífico.

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Fragata Resolución. Foto de Ramón Castro Ordóñez

A bordo de las fragatas de guerra Resolución y Triunfo los científicos Patricio María Paz (marino y naturalista), Fernando Amor (físico y entomólogo), Francisco de Paula Martínez y Sáez (zoólogo y botánico), Marcos Jiménez de la Espada (un renacentista en el sentido histórico del término), Manuel Almagro (médico y antropólogo), Juan Isern (médico y botánico), el fotógrafo y artista Rafael Castro y Ordoñez, y Bartolomé Puig y Galupy (médico y taxidermista) realizaron un apasionante viaje por todo el continente americano, que duró de 1862 a 1865, y que, tras innumerables penurias, contratiempos, disputas entre los participantes, dimisiones, envidias profesionales, e incluso el fallecimiento de alguno de los participantes (Castro, el fotógrafo, renunció y al regresar a Madrid se suicidó, contaba 31 años) completó una de las grandes epopeyas investigadoras llevadas a cabo por España, aunque la inestabilidad política del momento, la Gloriosa revolución de 1868, el sexenio democrático y la posterior restauración borbónica de 1874, la convulsa situación en que dejaron a la nación las largas guerras africanas y la pérdida de las últimas colonias enmascararan el esfuerzo y la entrega de aquel grupo de geniales científicos.

Una parte de aquellos inmensos fondos recolectados por la Comisión quedó depositada en el MNCN y fue Ángel Cabrera, discípulo y admirador de Jiménez de la Espada el que, en los primeros veinticinco años del siglo XX estudió y clasificó aquel material, quedando sin duda fascinado por la cantidad de los mismos y la calidad de las observaciones realizadas por Espada y su equipo. No es de extrañar que cuando se le presentara la ocasión de emprender él una investigación similar se aprestara a ello y fuera el aura del estuario del Río de la Plata lo que sonara en su cabeza. Su viaje a los mares del Sur.

Continúa en Patagonia (V)

Enlaces relacionados:

Patagonia (I)

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