La alcantarilla

Rafael Alonso Solís

      Al iniciar una nueva etapa como columnista me encuentro con un párrafo a medio escribir que parece puesto allí gracias al poder creativo del azar. Tiro del hilo y lo continúo. Cuando la mafia italoamericana –pionera en tantas industrias– se instaló en el nuevo mundo encontró el terreno idóneo para reinventar el negocio. La vieja sangre siciliana descubrió que la joven América, que los recibía con los brazos abiertos, era el lugar diseñado por la historia para desarrollar la innovación. Tampoco se trataba de un fenómeno estrictamente italiano –o romano, puesto que se dice que allí empezó todo–, sino eterno, aunque es cierto que el laboratorio vaticano ha mantenido su fortaleza experimental a lo largo de los siglos, y que las relaciones entre Dios y Satán siempre se han llevado mejor en el marco de los Borgia y en compañía de la curia. Para perdurar en los negocios y hacerlos rentables hay que desarrollar y mantener buenas conexiones con la clase política. Y para que la alianza funcione a la perfección es necesario almorzar de vez en cuando con los prestamistas, tener plumas y chapas en nómina y contar con la confianza del clero. El funcionamiento del sistema requiere igualmente una zona negra, un sótano oscuro en el que entrar con botas de agua o de montaña para poder chapotear sin miedo al contacto con la basura. Un conocido político español, autor de varias frases célebres por la claridad con la que edificaba un elogio al cinismo, dijo aquello de que “también en las alcantarillas se defiende al Estado”, o algo parecido. En realidad, ahí ya no se disfrutan viandas, sino que se consume jaco de baja calidad y se establece el reparto de las funciones. Hoy mismo Jesús Maraña, en un artículo publicado en InfoLibre, recordaba como, hace dos siglos, Romanones y Maura competían con el precio al que compraban votos en los procesos electorales, de forma que siempre ganaba el que disponía de más presupuesto. Para que la cofradía del crimen se asegure el éxito basta con que cuente con los fondos adecuados, pero también con un equipo experto en el manejo de la calle y en la manipulación de la realidad. Para eso se requiere una buena colaboración entre políticos con los escrúpulos adormecidos, policías habituados a moverse en el fango y plumillas renegados de su verdadera función social, decididos a asegurarse un patrimonio para el futuro. Cuando hace muy pocos años las plazas se llenaron de gente que no solo gritaba, sino que era capaz de discutir al aire libre y sin la tiranía del formato, el miedo comenzó a hacer temblar las columnas del sistema. Ahora sale a la luz –o se autoriza el fluir de la información– lo que sospechábamos: que una organización criminal, en la que han participado políticos, policías y periodistas, pusieron en marcha una operación dirigida contra las bases de la democracia, basada en las mismas prácticas que Vito Corleone había desarrollado en el Nueva York de los sueños rotos.

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