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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

Publicaciones de la categoría: Uncategorized

San Silvestre Vallecana

01 viernes Ene 2016

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Adidas, Carreras populares, Explotación laboral, Linet Masai, Mike Kigen, Nike, Rayo Vallecano, San Silvestre Vallecana, Sergio Salinero

El negocio de las carreras populares

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El keniata Mike Kigen ganó el pasado 31 de diciembre, en Madrid, la 51 edición de la San Silvestre Vallecana, carrera que se corre de noche desde el estadio Santiago Bernabeu hasta el campo del Rayo Vallecano (observen la diferencia estilística: estadio-campo; el Madrid, el Rayo), separados algo más de diez Km. entre el barrio rico de La Castellana y la popular barriada de Vallecas (barrio-barriada). El tiempo del bi-vencedor (también ganó el año 2014) fue extraordinario, inhumano, keniata: 27’37”, a un ritmo medio de ¡2’40” el Km! La primera mujer fue… otra keniata, Linet Masai, atleta llamada a ser una referencia en las pruebas de fondo, que hizo un tiempo de ¡31’40”!
Mike Kigen ahora es turco, renombrado Ozbilen Kigen. A los atletas de elite los países les conceden su nacionalidad sin ningún problema. Pasa también en España, donde la posibilidad de conseguir un triunfo exonera de reticencias patrióticas a los extranjeros, a los que las federaciones tratan con delicado mimo buscando el rédito de una medalla olímpica que expíe el maltrecho granero nacional._DSC0442_web
En la categoría “popular” repitió triunfo el atleta Sergio Salinero (¡30’09”!), que también ganó el año pasado, aunque fue descalificado porque corrió con la camiseta de su club, en lugar de llevar la camiseta publicitaria a la que obliga el organizador de la prueba. En total corrieron unos 38.000 corredores (ahora desde la imbecilidad colonialista del inglés que nos invade se llaman “runnings”), que aportaron cada uno 20 € para financiar los costosos gastos de la organización de la prueba (gestión, policía, protección civil, seguro de accidentes deportivos, asistencia sanitaria, etc. Multipliquen, por favor, 20×38.000), obtener una camiseta oficial, con el chip de identificación y cronometraje y el derecho a participar en la carrera pagando la publicidad que lucían en su indumentaria. Aunque en ella se infiltran infinidad de corredores que corren sin inscribirse y con el espíritu más “coubertiniano” de que lo importante es participar, haciendo de la carrera una fiesta de carnaval._DSC0422_web
Las carreras populares se han multiplicado por cien en los últimos veinte años en España. Hay pruebas deportivas en todos los pueblos de la geografía patria, que se desarrollan con cualquier excusa, desde la aportación desinteresada para la investigación del cáncer de mama hasta la colaboración para ayudar a las personas afectadas del síndrome de… Asperge, pasando por las carreras solidarias con los desplazados por la guerra de Siria, o las que reivindican el protagonismo de la mujer. Para inscribirse basta con pagar una cantidad, con la garantía moral de que así el atleta contribuirá con su esfuerzo a un bien encomiable y socialmente justo.
El deporte popular ha sufrido una metamorfosis propiciada por la mercadotecnia de las multinacionales de la moda deportiva, interesadas en comercializar sus productos a los deportistas domingueros. Los fabricantes de ropa venden sueños espúreos de bienestar a los aficionados que corretean por los parques. Cuestiones como el peso de la industria deportiva dentro del PIB, la creación de puestos de trabajo (en qué condiciones, con qué salarios, con cuánta duración), o la explotación (cuando no esclavitud) _DSC0481_webque sobre poblaciones del tercer mundo ejercen las multinacionales de la moda deportiva para conseguir precios irrisorios en sus productos que venden después al primer mundo rebasarían ampliamente el objeto de esta crónica, pero merecen analizarse detenidamente por parte del deportista.
Dato relevante sería evaluar la cantidad de basura textil que genera una prueba deportiva como esta. Los aficionados se desprenden a lo largo del recorrido de la ropa que les molesta. Durante los diez Km que recorre la San Silvestre es frecuente ver abandonadas en la calzada las prendas que los participantes tiran: guantes, bufandas, gorros, camisetas, sudaderas, chubasqueros, etc. yacen por el suelo porque los corredores no saben qué hacer con ellas. ¿Una tonelada, dos? No hay datos, pueden conseguir otras a buen precio en la tienda de la multinacional que ha organizado la prueba. ¿Para qué preocuparse?
Hágalo usted, señor lector.

Gabriel de Araceli_DSC0427_web©Fotografías de Ángel Aguado López

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¡Adiós, 2015; bienvenido, 2016!

31 jueves Dic 2015

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Campanadas 2015, Puerta del Sol

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Se acaba un año y sólo por llegar a la meta ya somos campeones, hemos pedaleado contra el viento y cuesta arriba en esta aventura existencial tan hostil y tan difícil. Sí, vencedores, aunque estemos perdidos en la clasificación general a más de tres horas del podio, aunque nadie nos recuerde. Escaparete Ignorado quiere felicitaros a todos ustedes/vosotros, héroes anónimos en la carrera de la vida. Porque seguir pedaleando un año más, el 2016, ya es un éxito._DSC0374_webCampanadas a mediodía. La Puerta del Sol se llenó de personas el 30 de diciembre durante la prueba del reloj de la torre del edificio de Gobernación.

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El territorio

30 miércoles Dic 2015

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Discurso del Rey, Territorio español, Unidad de España

Cuando alguien se refiere a la “unidad territorial de España” –lo que, con cierta ingenuidad, podría sugerir la idea de hogar, de refugio o de plaza pública–, parece hacerlo como si se tratase de un recinto, una ciudadela o un cortijo. El concepto de unidad se desborda con facilidad por sus márgenes y acaba mutando sin remedio hacia el de integridad, término sugestivo de cierto dinamismo, pero susceptible de precipitarse hacia la inalterabilidad de las cosas. El discurso invernal del rey tiene siempre ese tono y esa música de fondo, lo que, junto a los tapices que adornaron la escena en la última representación, indican un posicionamiento nada ambiguo en torno a su idea de España. _DSC0846_web2La misma que parecen compartir las dos fuerzas políticas a las que hemos dado el poder en este país durante las últimas décadas, cautivas de un españolismo de cartón piedra e incapaces de liberar al país de sus demonios. En un poema de su libro Moralidades, Jaime Gil de Biedma escribió que “de todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. En el caso del discurso real, la combinación de los tapices y bordados, junto a la elección del color de la corbata y de otros adornos escenográficos, no reflejan otra cosa que el ejercicio repetido de un oportunismo institucional. Escenificar el mensaje en los salones de palacio, en lugar de hacerlo en el despacho de trabajo o en la salita en la que se reciben las visitas, ha sido el elemento innovador aportado por los guionistas, en una especie de retorno al pasado glorioso de los tercios de Flandes. No hay que olvidar que el rey sólo es un empleado que cobra del presupuesto, y que los guionistas no son otra cosa que una prolongación del gobierno, responsables de escribir el discurso, revisar el estilo y ubicar los adjetivos sonoros en los lugares más adecuados para la entonación. El esfuerzo principal consiste en no decir nada. En el fondo, se trata de una suerte de deconstrucción, gracias a la cual el análisis posterior del discurso lo llevan a cabo los mismos que lo diseñaron, con objeto de poder alabarlo sin reparos y manejarlo a su antojo, haciendo como si les resultase ajeno o se asombrasen de su propia finura, de su precisión y de su gramática. Con lo cual el discurso se legitima o no por sus autores, que no sienten rubor ante el ejercicio de cinismo repetido, como si no fuesen los arquitectos de una trama agotada. La misma idea de legitimidad es tan despreciable como poco fiable, al tener su origen en la violencia creadora como resultado de algún tipo, aceptado o no, de dominación, al ser la consecuencia final del uso de las armas. ¿Qué significa, entonces, el territorio y qué sentido tiene su inalterabilidad? Me temo que se trate de conceptos etéreos, que se mueven entre la nada y la gallina, pero con un indiscutible potencial de distracción.

Rafael Alonso Solís

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La Luisi os desea en navidá mucha salú, parné y algo de felicidá

24 jueves Dic 2015

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Ama Rosa, Guillermo Sautier Casaseca, Kitin Nogueroles, Radio Madrid, Sociedad Española de Radiodifusión

radio_telefunken

«La Sociedad Española de Radiodifusión presenta: Ama Rosa. Novela original de Guillermo Sautier Casaseca. Con Juana Ginzo, José Fernando Dicenta, Matilde Conesa, Matilde Vilariño, Julio Varela y el gran cuadro de actores de Radio Madrid…»

A las cinco en punto de la tarde todas las mujeres del número 11 de la calle Antillón se reunían en el saloncito-dormitorio-trastero de la casa de mi abuela, frente a la radio Telefunken que los primos argentinos le habían regalado a mi papá por ser yo el primogénito varón y en un silencio sepulcral escuchaban, casi sin respirar, el serial radiofónico, la novela.
Allí estaban todas las vecinas de la escalera: la señora Misericordia, octogenaria, llegó a los cien años; su hija, la Julia, modista y casada con el Pedro, guardia civil por las mañanas y taxista por las tardes; mi abuela Luisa, siempre la conocí viejecita, viejecita; la Jacinta, recién casada con el Sandalio, el músico, que tocaba el clarinete en el Pasapoga; Pasaypaga, decían los castizos, entonces todos eran muy castizos; mi tía Luisa, que era novia del Miguel; mi mamá, Agustina, la Tina; la Natalia, que quería irse a Alemania con su novio fresador, que trabajaba allí en la Volkswagen; la Luisi, que aún estaba soltera; la señora Remedios, a su novio, miliciano, lo mataron hacía muchísimos años en el alto de El León, pero de eso nadie decía nada; la tía abuela Feliciana, inválida porque la atropelló un tranvía; la tía Juliana, viuda del tío Serapio; Marcelina la fea, unos culos de botella en los ojos, hija del tío Rascayú, un viejo malencarado de mirada torva, que decían, decían, que abusaba de ella; la señora Trini, que tenía un hijo barrendero empleado por caridad en el Ayuntamiento; la señora Casimira, cincuenta años, viuda de un jockey que falleció en un hándicap desdoblado. Por el patio interior subía un olor a repollo de la casa de comidas que ellas maldecían siempre:
«¡Huele toda la casa a coliflor, qué asco!» –chillaba mi abuela Luisa.
Sentadas en círculo sobre sillitas de tijera las mujeres remendaban calcetines, o zurcían ropas, o hacían punto, o no hacían nada, oído avizor a las declamaciones hertzianas. Mientras yo, un mocoso de cuatro añitos, me zampaba tirado en el suelo (no teníamos alfombra, nadie tenía entonces alfombras) una rebanada de pan con azúcar y mantequilla, una onza de chocolate Kitín Nogueroles y un plátano. Y desde aquel emplazamiento avanzado observaba con curiosidad inocente aquel mar de muslos regordetes, de patorras que se desbordaban sobre las sillas de tijera, las ligas a media pierna, las impecables braguitas blancas, algunas de perlé rizado por las que a veces se escapaban pelitos hirsutos que se agitaban trémulos, como oleajes al ritmo de los lamentos de la Ginzo. Aquello era como un regalo ofrecido a mi ingenuidad infantil, el único niño, ¡qué rico!, merendando golosón mi bocadillo de azúcar.
Después, con el tiempo comprendí que los besos, los pellizcos en mis mofletes y las caricias que tras la novela me propinaba la Luisi, que aún estaba soltera, quizás tuvieran que ver con el hecho de que ella se sentaba siempre más cerca de mí y era la única que no llevaba nada bajo la falda de tubo.

Gabriel de Araceli

viejasLa Luisi no sale en la foto


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La danza de las letras

23 miércoles Dic 2015

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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La Alfama, Lisboa, qué escribir, qué leer, Verona

grafitti_giulieta_web2Periódicamente, al menos una vez a la semana, uno se enfrenta al reto sublime del papel vacío con la sensación de haber gastado ya todas las ideas, de haber abordado todos los asuntos, de haber abusado de todos los tópicos. Si cada autor escribe una única novela, aquélla que le contó su abuela cuando era niño, le da la vuelta y la impregna de adornos ambientales, convirtiéndola en retazos de historia individual o colectiva, es posible que cada articulista sólo sea capaz de escribir una única columna, a la que retuerce una y otra vez, alargando el remate hasta alcanzar la última línea, adaptando el contenido al estilo de moda, a la audiencia y al estado de ánimo. Con lo cual, simplificando hasta los límites del absurdo, puede que no exista más que una sola novela, lógicamente construida a partir de las combinaciones posibles entre las letras de la infinita biblioteca de Babilonia, y a la que las diferentes encarnaciones de un autor patrón consiguen darle una cierta sensación de diversidad, en base a la elegancia del ropaje y a la calidad y duración de los afeites empleados para su exhibición en sociedad. También una sola columna, inicialmente vacía, en la que conviven la lucidez y la vanidad, y la que, únicamente en muy raras ocasiones, adquiere la categoría de literatura, más allá del texto de trinchera o del cumplimiento de algún pago por servicios en vigencia._DSC0190_web Otra cosa es la poesía, pero ahí se precisa la participación de algo más, quizá de alguien, ya se llame duende o inspiración, gracia o kundalini, la extraña materia de la que están hechos los sueños y que cuando estalla llena el alma de luz, invade el papel con su condición de inexplicable y, también en muy escasas momentos, es capaz de parar el mundo –o, al menos, ralentizarlo– para darnos la oportunidad de bajarnos, aunque sea en marcha. En las practicas más tradicionales del yoga se enseña a meditar sobre la sílaba primitiva, el primer sonido de la creación, según los maestros vedánticos. En la Biblia se comienza por situar el origen de todo en el verbo, la vibración significante, la palabra, la cual se multiplica impulsada por una fuerza interior hasta dar lugar al resto de sus congéneres gramaticales, a las montañas, los mares y los ríos, los seres vivos, el ritmo, la música, el lucero del alba y la bomba atómica. Uno ya ha escrito en varias ocasiones la asombrosa capacidad de las letras para combinarse sin que nadie les marque el destino final, la inteligencia interior que les permite acabar alcanzando la categoría de palabras, y su papel global en la construcción de un mundo que sólo se explica hablando o escribiendo, ya sean trazos o conciertos, sagas o frescos, y que, a pesar de que periódicamente se quemen los libros en que han conseguido aparecer, se guardan con todo cuidado en los archivos acásicos y en el inmenso almacén de la memoria. Tal vez, en eso consista todo.

Rafael Alonso Solís

(Rafael Alonso es médico y catedrático de Fisiología en la Universidad de San Cristobal de la Laguna, Tenerife)


_DSC0184_webFoto superior: Grafitis en el jardín de Romeo y Julieta, Verona. Resto de fotos: barrio de la Alfama, Lisboa. ©Fotografías de Ángel Aguado López.

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¿Dexe qué?

17 jueves Dic 2015

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Dexedrina, El Jarama, Espartaco Santoni, Rafael Sánchez Ferlosio

A veces iba tan pedo que me quedaba dormido en cuanto caíamos en la cama. A veces ni las besaba ni llegaba a desnudarlas, recuerdo una que tenía unos ojos rasgados de tigresa, una amenaza, sólo recuerdo eso. Cuando desperté estaba a mi lado, me acariciaba, se frotaba con su pecho el mío y yo, sonámbulo, la sonreía. Eso, creo, fue todo….

–Sólo escribes cochinadas –le dijo Carmelita Flórez. Terry Mangino la miró vencido porque su culo poderoso era un argumento irrefutable y tuvo que buscar en su intelectualidad más compleja algún pensamiento con el que enfrentarse a la verdad de la vida, a la vida, a Carmelita.
–No cariño, esto no son cochinadas. Son las memorias de Espartaco Santoni, un, digamos playboy, reconocido amante de cientos de mujeres, famoso en los desmadres marbellíes de los setenta y de los ochenta. Después se juntó con la vulgaridad cutre de Gil y Gil y entre muchos otros convirtieron aquello en una cloaca, o en un proceso judicial, que es lo mismo.
Y siguió tocándole las teclas al ordenata.

Aunque fallara ellas jamás se quejaron. Después comprendí que sus egos nunca les confiarían a las amigas que su noche conmigo fue un desastre, que inventarían cualquier fantasía, cualquier mentira para presentarse como odaliscas complacidas por el macho rugiente, por mí, por el gran Espartaco. ¡Qué lejos estaba la verdad!

–Un salido, un impotente, un viejo verde –le susurraba a gritos en la oreja la Flórez a Mangino leyendo en su nuca los párrafos que iban apareciendo en la pantalla.bolonia_ninfa_web
–No cariño, no fue ni un salido ni un impotente, fue un galán, famoso por haber amado a cientos de mujeres. Sus romances fueron célebres y las señoras se lo rifaban. Cuando acababan en sus sábanas después corrían para contárselo entre ellas, en secreto, todas: ¡Que me he acostado con Espartaco Santoni! Como Dominguín con la Gardner, lo primero que hizo fue gritárselo a sus amigotes. Las mujeres no son tan diferentes de los hombres.
«Hombres» pensó Carmelita rechupeteando un chicle y volvió la vista hacia aquel volumen roto que Terry tenía en su mesa como si de una reliquia se tratase. Siguió leyendo.

Nunca me lo he pasado mejor que en aquellos años de dexedrina en exclusiva y de furor escribiente…

–¿Qué es la dexedrina?, cariño –preguntó Carmelita mirando a Terry por encima de sus gafas de pasta negras. Terry descendió de su mundo literario y se encontró con aquellos ojos negros sin comprender la pregunta.
–¿Dexe qué? Ah, sí, una anfetamina, la tomaban mucho los estudiantes en los 60 para prepararse los exámenes, les daba mucha energía, aguantaban horas y horas sin dormir.
Carmelita pareció complacida con la respuesta. Siguió leyendo.

—¡Falta te hacía! Eso es. Que entendieras lo que es una muchacha, para que no la tuvieras por ahí, de mesa en mesa, como un mozo de taberna. Falta te hacía enterarte de una vez que una chica es asunto delicado —discutía con su marido a través del mostrador y le agitaba el gran peine negro delante de la cara—. Parece hasta mentira, Mauricio, que abuses de esa manera con tu hija. Me alegro que se la lleve; en eso le alabo el gusto, ya ves tú.

A Carmelita le gustaba aquella novela tan antigua y no las cosas tan guarras que escribía el Mangino. Unos chicos de excursión por un río, en un merendero, un domingo, podían ser ella y Terry.

—Eso está bien pensado —dijo Lucio —; una buena sangría se agradece, con estos calores. Y yo que ustedes, ¿saben lo que le echaba? Pues tres o cuatro cepitas de ginebra. Así el alcol que se pierde al ponerle gaseosa, se recobra, es decir, se compensa con el alcol de la ginebra, ¿eh? ¿Qué les parece la receta?
—Está bien; pero es que eso es mucha mezcla ya, y después a las chicas se les sube a la cabeza por menos de nada.
—Ah, bueno, en ese caso… Si ustedes quieren tener consideraciones con las faldas, ahí ya no entro yo. Pero le advierto que en mis tiempos no andábamos con esos respetos; se hacía lo que se podía. Se conoce que ahora…

Otras veces sí me sentía pletórico, como un caballo. Pero en el fondo me aburría representar el papel de macho, repetir una y otra vez la misma función. Follar se convirtió en un trabajo. Me perseguían, había cola esperándome. Era como una fábrica. Entraba a la cuatro de la mañana y salía a las ocho, cuatro horas follando, repitiendo mecánicamente frases, caricias, sonrisas, arremetidas, suspiros, abrazos, risas y gemidos…

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Terry levantó la cabeza del teclado y contempló a Carmelita embebida en su lectura. Carmelita era sorprendente. A veces se ponía tan burra que parecía sacada de las memorias del marbellí, Terry se acojonaba. O le daba por leer un libro cualquiera y parecía un ángel, calladita en un rincón horas y horas, extasiada en una página cualquiera.

—Cuidado no se caigan…—dijo el hombre—. Ustedes lo pasen bien.
Ya se alejaba por los árboles; «¡Qué ricos! ¡Tostaaos!» Sebas se daba media vuelta en el regazo de Paulina; le dijo:
—Anda, Pauli, lucero, ráscame la espalda un poquito.
—¡Míralo él!
—Si es que pica mucho, mujer.
—No haberte puesto al sol. Además, es peor si te rasco. Lo que te puedo hacer es untarte de nivea; eso sí.
—No quiero pringues; luego se pega todo el polvo.
—Entonces nada, hijo mío; lo siento. De rascarte, ni hablar.

Terry aprovechó que Carmelita no decía ni pío para seguir con lo suyo:

Con Tita todo era diferente. A poco de empezar ya andábamos gimiendo y enseguida nos llegaba el placer como un relámpago, nos retorcíamos como muelles descontrolados entre las paredes del cuarto, por el suelo, por el jardín, hasta en la piscina. Retumbaban nuestros cuerpos como campanas, ella me pedía tanto que parecía que me sacaba los hígados y yo sudaba y sudaba por complacerla porque era la única que de verdad me interesaba, porque era la…

—Menos bromas, que os quedáis sin sangría. El hielo está para pocas.
—¿No se lo habrá guardado Mely por dentro del bañador?—dijo Fernando—. A ver, Mely…
—Anda, búscalo, chato —le contestaba Mely—; a ver si te quemas. Pero va a ser del guantazo que te arreo.
—¡Pues si está aquí! ¿O es que no tenéis ojos en la cara? Se ha espachurrado un poquito, pero le queda sustancia todavía…

Maruja era lasciva y bruja, mucho, parecía una perra en celo, cochina y marrana, me provocaba delante de todos en los saraos de los Hohenlohe con una vulgaridad extrema. Bueno, ellos estaban encantados de que apareciéramos por allí porque sabían que montaríamos el espectáculo y después se hablaría durante meses de aquel día en que Maruja iba enseñando el felpudo rasurado, porque fue de las primeras que se afeitó el coño, que entonces todas llevaban unos felpudos de vikingas…

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«Joder, esto es una mierda, cada vez escribo peor –pensó Terry releyendo sus textos– no sé lo que me pasa, es de una vulgaridad suprema, aunque pondría cachonda a cualquiera de esas focas que leen la prensa rosa o ven la telebasura, aunque seguro que Espartaco lo hubiera firmado».
Terry seleccionó el último párrafo y le dio al suprimir. Suspiró más tranquilo, bueno, aquello parecía más coherente. Él quería escribir… bueno, lo que realmente él quería comunicar era el ambiente pernicioso de las fiestas marbellíes, que… aunque, en el fondo lo que intentaba explicar de los verdaderos amantes, los que de verdad interesan a las mujeres no son los fornicadores viciosos, no, son los… sí, los que se interesan por ellas, los que dicen frases cariñosas, con alguna picardía, eso, sí, los que… Levantó los ojos, Carmelita seguía enfrascada en su libro. Se apoyaba en los codos tirada en el suelo, inflando el chicle y explotando los globitos, plaf, plaf. Después se rechupeteaba los restos de chicle que le quedaban en los labios y volvía a inflar globitos y volvía a explotarlos, plaf, plaf. Terry la miraba, llevaba un pie descalzo y las medias rotas hasta la pantorrilla… llevaba, Terry no sabía lo que llevaba, miraba y miraba…

Todos miraban riendo hacia Santos y Carmen. Dijo Santos:
—¡Bueno, hombre!, ¿qué os pasa ahora? ¿Me la vais a quitar? —Echaba el brazo por los hombros de Carmen y la apretaba contra su costado, afectando codicia, mientras con la otra mano cogía un tenedor y amenazaba, sonriendo: —¡El que se arrime…!
—Sí, sí, mucho teatro ahora —dijo Sebas—; luego la das cada plantón, que le desgasta los vivos a las esquinas, la pobre muchacha, esperando.
—¡Si será infundios! Eso es incierto.
—Pues que lo diga ella misma, a ver si no.

Si no hubiera sido por La Tarzana todas las mujeres me parecerían iguales. Ella no, ella era primitiva, brutal. Tenía un culo redondo como una plaza de toros, dinamita picante como los chilis de mi país. Yo la seguía como un perrito faldero incapaz de resistir sus llamadas, cuando me galopaba parecía una salvaje, indomable, incansable. Una noche la penetré por detrás y cuando empezó a gemir y yo creía que la cosa ya estaba hecha de pronto estalló como una loca de dolor, de rabia, de sufrimiento atroz. –¡La almorrana, me has reventado la almorrana! –gritaba como poseída por un mal incurable. –¡Ay!, no sigas por ahí, detente, acuéstate aquí, ven, ven a mi lado, cariño

–¿Vienes?, cariño –y Terry echó a temblar cuando levantó los ojos de la pantalla y se encontró con Carmelita, o con la falda de tubo rajada de Carmelita y sus medias caídas y rotas y sus tacones, bueno, sólo uno porque iba del otro descalza en la esquina del salón donde parecía un ángel bueno. Carmelita, ¡ay, Carmelita! Terry hubiera querido terminar aquel reportaje sobre la virilidad y la caballerosidad de… sobre el ambiente marbellí, sobre la corrupción urbanística, sobre las mujeres que cabalgaban a los hombres, sobre las fiestas de alcol y anfetaminas, sobre los felpudos depilados y los paparazzis, sobre…
«Dexedrina –suspiró–, creo que la voy a necesitar».

Gabriel de Araceli


_DSC3021_web©Fotografías de Ángel Aguado López tomadas en Roma, Bolonia, puente de Titulcia (Madrid) sobre el río Jarama.


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Los Astados Unidos de España

14 lunes Dic 2015

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Adolfo Suárez, Adulterio, Agustín de Foxa, Amadeo de Fuenmayor, Carmen Pichot, Charcot, Derechos de la mujer, Eisenhower, Feminismo, Fernando María Castiella, Francisco Franco, José Antonio Laburu Olascoaga, Landelino Lavilla, López Ibor, Luis Carrero Blanco, Opus Dei, psiquiatra

Corría el año 1951 en una grande y libre España. Todo hace suponer que la libido del almirante Carrero Blanco, entonces subsecretario de la Presidencia, no fuera precisamente un tsunami a pesar de la numerosa prole que engendró, cinco hijos. El aspecto físico que luce en las fotografías, sin embargo, no le presenta como un ardoroso guerrero sexual, más bien parece de una naturaleza aburrida y de una personalidad anodina y ensombrecida por su apetencia enfermiza por el general Franco. Así pareció corroborarlo su amantísima esposa, Carmen Pichot, mujer de belleza considerable. El caso es que don Luis se pasaba todo el día obnubilado escuchando las parcas palabras del Generalísimo como su servil servidor y olvidó el débito conyugal con doña Carmen, que pensaba que aún le quedaban algunos años de esplendor femenino (tenía entonces 41) y decidió buscarse el cariño de un amante, un teniente coronel, que supliera el desafecto que sufría en su interior. De ello habla tanto Pilar Eyre (con bastante frivolidad) en su libro “Franco confidencial”, como Juan Pablo Fusi en su libro “Franco”, editado en 1995, como Manuel Vázquez Montalbán en su libro «Autobiografía del general Franco» (pág. 463).

1967-carrero_vicepresidente

Carrero jura su cargo de vicepresidente del Gobierno en 1967 arrodillado a la lucecita vigilante de El Pardo, detrás, a la izquierda, sí, Castiella.

El caso es que doña Carmen Pichot se alegró la vida durante algún tiempo entre ardores guerreros. El elevado (ascendido con posterioridad hasta una quinta planta, recuérdese) almirante supo de su deshonra y se paseaba por El Pardo dando cabezadas como si le pesase la testuz, sin ánimo ni consuelo. Agustín de Foxa, conocido poeta y aplicado franquista comenta con sorna el fúnebre padecer de Carrero durante los consejos de ministros, en los que su sillón se hallaba bajo un trofeo de caza, un ciervo probablemente abatido por el fragor cinegético de su Excelencia: «Lleva los cuernos con una naturalidad tan grande que parece que haya nacido con ellos, ¡qué gran hombre!».
Otro tanto sufría don Fernando María de Castiella y Maíz, insigne jurista y diplomático en el Vaticano de 1951 a 1956, al que con tanto visitar santos y besar anillos cardenalicios también se le olvidó el asunto carnal y tenía a su atractiva y emprendedora esposa, Sol Quijano Secades, trece años más joven que don Fernando, abandonada como monja de clausura, aunque fuese en palacios barrocos o neoclásicos.
Los dos cabeceaban sus desdichas como almas penitentes sin encontrar remedio y recibiendo de tapadillo las burlas sediciosas de los miembros de la nomenclatura franquista. De talante liberal, Castiella fue nombrado con posterioridad (1957-1969) ministro de Asuntos Exteriores y tuvo que renegociar con la pérfida Albión el asunto del Peñón, y con los USA las ominosas condiciones de amistad que en 1953 Franco había firmado regalando España a los yanquis por un plato de reconocimiento internacional y tanques viejos de la guerra de Corea. Que firmara antes el Concordato con el Vaticano (23 de agosto de 1953) que el acuerdo con los gringos (23 de septiembre de 1953) dice mucho de las querencias del Caudillo. A Castiella le honra que fuera el único ministro que se declaró partidario de conmutar la pena de muerte a la que Franco condenó a Julián Grimau, en abril de 1963. No lo consiguió y el caudillo grabó otra muesca más de sangre en su pistola.

Franco-despide-a-Eisenhower1

Franco despide a Eisenhower el 22 de diciembre de 1959 en la base americana de… Torrejón. A la izquierda el ministro Castiella, entre los mandatarios el general Vernon Walters.

El penar de tan nobles varones enterneció a un becario adelantado del régimen, que vio claro que con su mediar podía aliviar el corazón de ambos próceres y, además, iniciar una carrera política imparable. Un chavalillo entonces don Laureano López Rodó, de 31 años, que había jurado voto de castidad y que nunca conoció mujer, jamás, fue virgen a la tumba, ni una mala paja que se hizo, que todo eran flagelos, penitencias y cilicios.
Las desazones de don Luis enternecieron el alma blanca de López Rodó, que dado su manifiesto desconocimiento en asuntos mujeriegos encargó de la reconversión de la dama “enferma” a otro López, Ibor, que con la ayuda de otros dos psiquiatras numerarios del Opus Dei y dos sacerdotes (uno era Amadeo de Fuenmayor, jurista y moralista implacable, de presencia inquisitiva; el otro era el no menos inquietante jesuita José Antonio Laburu Olascoaga, que había experimentado los métodos del psiquiatra Charcot, director del  asilo para mujeres de La Salpetriere, París, en concreto el concepto de histeria femenina) reconvino a doña Carmen Pichot de forma tan efectiva y tan completa que la pobre mujer jamás volvió a dar queja a su marido y abrazó con fervor el brazo de la obra de monseñor Escrivá. Fue una transformación radical que la destruyó por completo y transformó su vida en un valle de lágrimas y en una agonía que, consecuentemente, fue recompensada con la vida eterna al lado de las santas Justa y Rufina, que tampoco conocieron varón.

1965.MinistroLopezRodo

Laureano López Rodó jura su cargo de ministro comisario del Plan de Desarrollo, 1965.

En premio a los servicios prestados don Luis elevó (elevación esta menos traumática) a don Laureano a los altares de El Pardo y fue el comienzo de una vertiginosa carrera en la que el Opus Dei siempre estuvo en las más altas cimas del régimen. Bueno, como ahora. Peor suerte corrió el amante castrense de doña Carmen, que fue apartado del servicio y desterrado, suponemos que por exceso de afecto.
Algo similar pasó en la figura del ministro Castiella, aunque en su caso no intervino la mano divina de la reparadora obra de dios. El peso extraordinario de aquellas cabezas prodigiosas llenaban de regocijo y callada burla los consejos de ministros del Generalísimo y el tiempo en el que se dieron, las renegociaciones de la presencia americana, la visita posterior de Eisenhower (1959), etc., fue la razón por la que ambos, don Luis y don Fernando María fueran conocidos en secreto como los Astados Unidos de España.

Nota. El adulterio no es delito en España. En 1978, en plena transición democrática, se derogaron los artículos 449 y 452 del Código Penal relativos al adulterio, siendo ministro de Justicia Landelino Lavilla en el Gobierno de Adolfo Suárez, al que don Luis había designado director general de Radio Televisión Española en 1969. No hay mal que por bien no venga, decía el Caudillo.

Gabriel de Araceli


_DSC0048_web

Los tiempos están cambiando. Manifestación a favor de los derechos de la mujer, Madrid, 8 de marzo de 2015. Fotografía de Ángel Aguado López

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Dolores

09 miércoles Dic 2015

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Clara Campoamor, Dolores Ibarruri, Feminismo, Machismo, Pablo Iglesias, Partido Comunista de España, Pasionaria, PCE, República Española, Sección Femenina, Victoria Kent, Violencia sobre la mujer

Buscando entre las efemérides de la fecha, hoy se cumplen 120 años del nacimiento de Dolores Ibárruri y 90 del fallecimiento de Pablo Iglesias. Al mirar hacia los iconos del pasado es imposible separar la querencia de la objetividad, y cualquier aproximación estará marcada por cierto tinte sectario o por la pertenencia a alguna cofradía. Uno era tan sólo una propuesta de adolescente que descubría cada mañana los afluentes de la Gran Vía baja –donde se mezclaban los vapores del Manzanares con los guisos de posguerra–, cuando un amigo me mencionó por primera vez a Dolores Ibárruri. Dolores_ibarruriA pesar de que los miembros de mi familia habían militado en su bando –tal vez por eso, ya que el miedo aún se olía en la calle–, en mi casa jamás se había pronunciado aquel nombre, como tantos otros que se musitaban con inquietud, mirando hacia los lados por temor a alguna amenaza inidentificable. Cuando le pregunté a mi compañero de juegos acerca de aquella señora contestó que, según su madre, “era una tía asquerosa”, lo que según la terminología de la época, la convertía en guarra, puta, rojilla y piculina, todo en un paquete definitivo, que permitía ocultar cualquier otro matiz con la facilidad con que la ideología se usa como arma de la infamia. Es decir, que Dolores era todo lo contrario a aquellas muñecas asexuadas que formaban las filas de la Sección Femenina, saltaban a la comba separadas de los chicos, se estiraban con pudor la falda para tapar sus rodillas, y se preparaban con fervor para servir el chocolate al finalizar el rezo del rosario en familia. Lo perverso es que aquella mala educación de los cincuenta asociaba con intención al sexo y al infierno, lo cual ha quedado impreso en el genoma de los intelectuales de la derecha. Basta leer lo que, aún hoy, ha escrito más de una vez Jiménez Losantos acerca de Dolores Ibárruri, sin darse cuenta de que en su alegato machista y en su pueril acusación de haber tenido amores con un hombre más joven le hace el mejor homenaje._DSC6355_web No es difícil suponer que el rechazo a la pasión de la mujer madura lo tuvo que sufrir Dolores también de sus camaradas, cuya moralina comunista no se diferenciaba demasiado de la fascista en cuestiones de bragas y braguetas. Pocas voces habrán reclamado, con mayor claridad que ella y sin darse demasiada importancia, el rechazo de la mujer “a servir como criada, a convertirse en una simple sirvienta nada más despertar de la inocencia infantil”. Cuando se escribe la historia del feminismo en España se suele hacer énfasis en su versión más burguesa y liberal, el de Clara Campoamor y Victoria Kent –más blando, incluso, el de la segunda–. Pero fue Pasionaria quien planteó la cuestión en sus verdaderos términos al afirmar que cualquier explotación de un ser humano por otro es doble si la explotada es mujer. Más de un siglo después, las cosas no han cambiado lo suficiente.

Rafael Alonso Solís

_DSC0200_webFotografías: Día de la mujer trabajadora, 8 de marzo de 2015, Madrid. ©Ángel Aguado López



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