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Decenas, quizás cientos de miles de personas abarrotaban el centro de Madrid estos días de Semana Santa para ver el …
27 domingo Mar 2016
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Decenas, quizás cientos de miles de personas abarrotaban el centro de Madrid estos días de Semana Santa para ver el …
20 domingo Mar 2016
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Viene de: Guillermo de Baskerville (III). Resumen de lo publicado. El franciscano Guillermo de Ockham, o de Baskerville tiene encomendada la educación del joven Adso, hijo del barón de Melk, un muchacho inquieto y preguntón. Responder a los requerimientos metafísicos de los jóvenes no es sencillo, sobre todo cuando media un plato de cocochas que se enfrían.
Pero no había acabado de dar un par de bocados a tan pétreo yantar cuando la voz de Adso resonó de nuevo, llenando de estridencias gregorianas la bóveda de cañón del refectorio.
–Pero, aun así, tiene que haber algo más, maestro. No puede ser tampoco el dinero, algo superior a la fama, a la libertad, al honor, a la mujer, qué es, maestro, qué es.
Guillermo de Baskerville comprendió que no podía ocultar por más tiempo el misterio que le reclamaba el joven Adso.
Y dispuesto a traspasar a otra generación la verdad de la vida se encomendó a los santos espíritus y a los ángeles de los cielos y al supremo hacedor para que le diera la fortaleza, la entereza, la clarividencia y la confianza necesaria en aquel momento decisivo que marcaría para siempre el buen hacer del joven Adso, y que la revelación que iba a descubrirle la mantuviera en secreto hasta el final de los días, para que sólo el muchacho pudiera disfrutar de la paz y la felicidad del arcano y también supiera del sufrimiento, desdicha y dificultades que el conocimiento de la sabiduría acarreaba porque su vida quedaría marcada y ya no sería igual, aquella verdad que a él le fue revelada por su maestro, al cual le fue revelado a su vez por otro maestro anterior, y así hasta la noche remota de los tiempos pretéritos. Adso esperaba expectante la palabra de Guillermo. Un gato negro salió de las tinieblas
del refectorio y en un descuido mordisqueó la cazuelita de las cocochas con deleite, miau. Guillermo de Baskerville entrelazó las manos de Adso de Melk, le apretó contra su pecho, sus corazones resonaban en el tímpano de la bóveda como los truenos de una tormenta. Dos gatos más, miau, miau, aprovecharon el descuido y se unieron al banquete de las cocochas. Casi se le corta la voz a Guillermo de Baskerville al pronunciar temeroso, muy bajito, muy despacio las palabras al oído del catecúmeno de Melk:
–Querido Adso, es el Atleti, es el Atleti, es el Atleti.
La cara de Adso de Melk se iluminó con la luz que enciende los rostros de los elegidos y una profunda paz inundó su espíritu, no volvió a preguntar nada a lo largo de los setenta y cinco años posteriores de su vida. Mientras, los tres gatos se disputaban con saña, con verdad felina los restos de las cocochas, miau, miau, miau.
Gabriel de Araceli
Si algún lector se sintiere estafado exímale al autor de cualquier responsabilidad, que ya advirtió al principio de la simpleza del relato: «Este cuento espúreo y vil no es más que un pequeño homenaje jocoso a Umberto Eco, porque nada es lo que parece y tras la fachada pétrea de la realidad no hay más que un decorado borroso de cartón piedra». En mi nombre, Guillermo de Baskerville
13 domingo Mar 2016
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[Resumen de lo publicado: Guillermo de Ockham, o de Baskerville es el preceptor de Adso de Melk, un joven inquieto que pregunta al maestro sobre los enigmas que mueven al hombre en su existencia. Las respuestas del sabio no convencen al novicio, que insiste en sus cuestiones. Guillermo no quiere revelar la verdad infinita y espiritual, porque también quiere alimentar al cuerpo mortal con un plato de cocochas y se le quedan frías.]
Guillermo aproximose la cazuelita de las cocochas a los labios. Un poco de perejil y de cebolleta verde, incluso sofrita hubiera sido ya relajo más próximo al pecado que actitud de virtuoso educador. Así que dispúsose a comer aquel merecido alimento, sin dejar que le afectase la confusión y el desorden que denunciaba el rostro preocupado del discípulo. Pero cuando con la calma monacal que le inundaba el espíritu a punto estaba de probar las cocochas, la voz de Adso resonó en la inmensidad del refectorio llenando de estupor el corazón de Guillermo como si se le hubiera quebrado.
–Pero tiene que haber algo más, maestro. Algo supremo, intangible, escondido, arcano… ni la libertad, ni el honor, ni la fama, ni la gloria, ni siquiera la mujer justifican la existencia del hombre. Esa búsqueda desmedida ha de sustentarse en un superior motivo. ¿Cuál es, maestro de Baskerville, cuál es el motivo, qué hay?
Guillermo de Baskerville sintió en su mano
que la cazuelita estaba fría como un carámbano y tentado estuvo de arrojársela a la cara a su inquisitivo pupilo. Pero la templanza franciscana que inundaba su espíritu pudo más que los deseos violentos y atemperó sus arrebatos con un discurso de arcipreste manriqueño, con la esperanza última de que las ansias de conocimiento del joven Adso se calmaran.
–Querido Adso, no querría enturbiar tu espíritu con ideas viles de avaro mercader. Por eso he preferido ocultarte la gran verdad que tanto me demandas. Porque si hay algo que mueve al mundo, hace correr al cojo y hablar al mudo eso es el dinero. E incluso nuestra santa religión se ve turbada por su poderoso y nefasto hechizo. Judas vendió a nuestro señor Jesucristo por treinta talentos de plata. El dinero hace muchos clérigos y muchos ordenados, muchos monjes y monjas, religiosos sagrados, el dinero les da por bien examinados, y a los pobres les dice que no son ilustrados. Gracias al dinero la vida se llena de placeres y dulzores. Deseado aun con daño hacia él corremos sin parar, cuando vemos el engaño y queremos dar la vuelta, no ha lugar. Sálvate del dinero en desmedida, querido Adso, que sólo te acarreará maldiciones y quebrantos. Toma lo que necesites para el recto vivir, pero sin llenar tus arcas de metales, que te traerán maldiciones y desdichas.
Guillermo no esperó comentario de Adso tras acabar la arenga, casi sin aliento y a duras penas arremetió con las manos la cazuelita de las cocochas, que frías como témpanos parecían un cristal sulfuroso. Pero no había acabado de dar un par de bocados a tan pétreo yantar cuando la voz de Adso resonó de nuevo. (Continuará)
05 sábado Mar 2016
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Los hechos referidos en la lápida superior sucedieron en el siglo X, la lápida es posterior, S XVI): AQUI YAZE VELASCO QUE FUE UNO DE LOS DOS CABALLEROS VELASCO SEÑORES QUE ARMO CABALLEROS EL CONDE HERNANDO GONCALEZ EL DIA QUE DIO LA BATALLA AL RREY ALMANZOR EN AUN AS LOS QUALES YBAN CON LA MISMA PERSONA DEL CONDE EN LA BATALLA QUE EL YBA
LA VERDAD
Viene de: Guillermo de Baskerville (I). Resumen de lo publicado. El franciscano Guillermo de Ockham, o de Baskerville tiene encomendada la educación del joven Adso, hijo del barón de Melk, un muchacho inquieto y preguntón. Responder a los jóvenes no es sencillo, sobre todo cuando media un plato de cocochas que se enfrían.
Ambos se miraron en silencio. La juventud es ese tiempo único en el que los interrogantes acucian el intelecto del hombre y en la búsqueda de la verdad los espíritus se agitan en océanos de inquietudes que pueden turbar, o aun pervertir las más nobles virtudes del alma virgen. Guillermo lo sabía, sabía que una duda irresuelta podía hacer zozobrar la voluntad del joven. Buscó un argumento en su infinita sabiduría, aunque a su avanzada edad no recordaba nunca haber sometido su conocimiento a tan exigente examen como al que el jovencito le sometía. Por otro lado, las cocochas le nublaban el entendimiento como no había previsto, quedarían frías, incomestibles. Improvisó una rápida respuesta.
–Quizás sea el honor lo que mueva al hombre a acometer empresas arriesgadas. Por la fama, por la gloria cruzan los hombres los océanos, los mares traicioneros, los desiertos intransitables, las altiplanicies y las selvas. Por el buen nombre se esfuerzan los hombres, pues nada hay mejor que ser respetado por sus semejantes y nada hay como la honra que decore con sus títulos los pabellones del espíritu humano.
Adso escuchó con respeto al viejo maestro, pero su mirada no denotó sino insatisfacción.
–Pero hay algo más, maestro. Tiene que haber algo más por lo que el hombre se sumerja en este valle de lágrimas, algo que explique la miseria de esta vida, este discurrir miserable sin compensación que todos sufrimos y en el que todos nos empeñamos.
Guillermo empezaba a cansarse de la persistencia de su alumno. Muchos discípulos había tenido a lo largo de una vida entregada a la enseñanza y al cultivo de las mentes curiosas que le habían asaeteado con interrogaciones, pero quizás por respeto a sus blancas guedejas o por sus razones escolásticas pocos de sus pupilos continuaban sus intrigas tras un par de cuestiones. Se contentaban con una explicación simple que sirviera tanto para aplacar al oyente como para reforzar la vanidad del orador. Sin embargo, Adso de Melk insistía e insistía en sus preguntas con la alegría espontánea de la juventud. Guillermo de Baskerville no estaba dispuesto a revelar la gran verdad suprema a un jovencito iluso y desconcertado. Además, se le estaban enfriando las cocochas, que adquirían por momentos un aspecto pustuloso.
–Quizás sea la mujer –dijo Guillermo, pensando que con esta respuesta el joven Adso saciaría su
sed de ciencia y le dejaría, por fin, probar aquella salazón, manjar celestial que como limosna le había dado un rico mercader genovés hacía ya algún tiempo, y que con el paso de los días desprendía un tufo que disculpaba su ingesta.
–La mujer mueve al hombre a enfrentarse a peligros infinitos. Por yacer con ella se arriesga el varón a los fuegos del averno y a contraer enfermedades corporales y horribles sufrimientos, a la locura, a ver mermadas o incluso perdidas sus haciendas, y a enemistarse con otros hombres y a traicionar convenios y alianzas, que a todos los afecta por igual el aroma de un coño, que en estos lances no hay freno ni medida, que todo está permitido en el amor, como en la guerra, pues la mujer llena de gozo o destemplanza a los hombres, es su felicidad o su perdición, riquezas y tesoros van a pique por ganar el favor de una mujer, que incluso las santas escrituras cuentan que por poseerla pierden los generales la gloria y sus ejércitos, que por refocilarse con hembra perdió Holofernes la cabeza, confundido por el embrujo de Judith y se perdió una batalla y una guerra y una nación y un imperio.
Guillermo aproximose la cazuelita de las cocochas a los labios…
(Continuará)
Fotos tomadas en Fuentidueña (Segovia); Monasterio de San Pedro de Arlanza y Barbadillo del Mercado (Burgos).
28 domingo Feb 2016
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–El truco consiste en menear la cazuela sin parar, para que el juguillo que sueltan las cocochas ligue con el aceite hasta que quede un todo gelatinoso y forme esa amalgama perfecta en la que se funden las esencias de las criaturas de los mares y las bendiciones de los espíritus de los bosques, que el Señor nuestro creador nos regala como una prueba más de su infinito amor, aunque pecado es, y capital, la gula en estos días tristes de la cuaresma. Pero no recreemos nuestro espíritu en la holganza, que martirizándonos con estos escasos alimentos con los que el señor nos provee no está ganada la salvación, y debemos perseverar en la oración y el sacrificio del cuerpo y en la búsqueda de la verdad para alcanzar la perfección y la sabiduría, la guía que ha de movernos por este mundo caduco y traicionero. Mira bien, querido Adso, pues en este inocente crepitar de la cazuela repleta de cocochas de bacalao van unidas el amor de Dios nuestro señor y el pecado en que caeríamos si tomando más de lo necesario para el buen sustentar del cuerpo abusáramos en el recreo del paladar. Y sólo al hombre le cabe tomar el punto justo de alimento que no ofenda a Dios nuestro señor, sino que lo alabe por su generosidad. 
Adso estaba confundido, no entendía muy bien, tras una semana comiendo hierbas, cuál era la diferencia entre la virtud de zamparse la cazuela de cocochas o la de caer en el pecado de la gula, porque en ambos casos la cantidad de pescado era la misma y tan exigua que no daba ni para pringarse un diente.
–Pero hay algo más, maestro Guillermo, tiene que haber más, algo más que el comer, algo que mueva al hombre en su camino de perfección, algo que dé respuesta a los enigmas que su curiosidad le plantea, algo que dé sentido a su existencia.
El joven rostro de Adso de Melk denotaba una preocupación próxima a la angustia. Guillermo de Baskerville
se mesó con mesura su barba rala y aunque incomodado por la insistencia de su pupilo esbozó unas palabras con las que creyó satisfacer definitivamente su sed de respuestas. Las cocochas exhalaban por el refectorio un aroma pecaminoso, demorar su zampa sería como arrojarlas a un pozo, pues de todos era sabido que se deben comer en el momento justo, que si quedaran frías se perderían sus crujientes propiedades y se convertirían en un duro emplaste más propio de brutos que de cautivados clérigos. Pero Guillermo no quiso que su discípulo quedase sin saciar su ansia de conocimientos y continuó su exposición. Se arrepintió.
–Quizás sea la libertad, querido Adso, la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.
Adso escuchó al maestro de Baskerville con sumisa devoción, pero su rostro denotaba que no era esa la respuesta que ansiaba oír de su preceptor. (Continuará)
23 martes Feb 2016
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Casi una vida ha pasado, pero aún hoy se siente un estremecimiento parecido al pánico al recordar aquella noche aciaga de los transistores cuando el picoleto bigotón nos apuntó miserablemente a todos los españoles con la pistola de la intransigencia y de la intolerancia. Cualquiera de los que vivieron aquella tarde-noche recuerda aún qué hizo, dónde estaba, con quién, cómo la pasó y cuándo recobró la paz. Los golpistas acojonaron al país entero, pero, más o menos se fueron de rositas con el beneplácito de la justicia militar tras la “sanjurjada” del 81. ¡Ha habido tantas en la triste historia de España! El bigotón del tricornio celebró los treinta años de su intentona bañándose tan ricamente en la playa. La trama civil no terminó de revelarse. Y las investigaciones sobre la actuación de la Corona y la implicación del Ejército en la conspiración golpista se vieron impedidas por el manto encubridor de los poderes fácticos, que nos distraen una verdad incómoda que algún día se desvelará.
“Anatomía de un instante”, el ensayo-novela de Javier Cercas, hizo un apasionado esfuerzo por desvelar las verdades escamoteadas al ciudadano. Centró su estudio en dos personalidades tan distantes en la historia como próximas en ese momento histórico que compartieron. El general Gutiérrez Mellado y el secretario general del PC Santiago Carrillo. Quizás algún día se sabrá todo, aunque sea tarde y sólo concite la curiosidad de los historiadores.
Pensando en los españoles jóvenes que no vivieron aquellos momentos y rescatando de la memoria fotográfica documentos arrinconados proponemos un repaso a los once fotogramas que la pericia y profesionalidad de Manuel Pérez Barriopedro, el fotógrafo de EFE, hizo en aquellos breves momentos en los que el teniente coronel golpista amenazaba a todos con su Star BMK 9 milímetros parabellum, como las de los etarras a los que quería combatir. Sin imaginarlo, Barriopedro nos dejó un testimonio fundamental para conocer los porqués del camino que España recorre con paso errático.
Fotograma 12A. Eran las 18.23 horas del 23 de febrero de 1981 cuando Manuel Pérez Barriopedro ha oído ruidos de jaleos extraños en el exterior del hemiciclo. Sin dudarlo, con su Nikon F3 en ristre cruza el hemiciclo de izquierda a derecha y toma el primer fotograma, una puerta lateral con un ujier vigilante. Para ello, se ha debido trasladar a toda prisa intuyendo que algo pasa sin saber qué. Unos segundos decisivos.

Fotogramas 13A y 14A. Barriopedro ha regresado a su posición original, la izquierda del hemiciclo. La película que llevaba en la cámara era la Kodak Tri X, 400 ISO, forzada a 1600. La luz del hemiciclo no permitía gran velocidad de obturación, como se ve en algunas partes de los fotogramas que resultan movidos, las manos del bigotón, por ejemplo, que se mueven como garras acechantes.
Fotograma 15A. El bigotón amenaza a la audiencia con su pistolón. Barriopedro ha cambiado la distancia focal. No sabemos si dispondría de un zoom, si no, era un campeón manejando objetivos (entonces los fotorreporteros llevaban no menos de dos cuerpos y cuatro-cinco objetivos).
Fotogramas 16A y 17A. El picoleto a lo suyo, amedrentar al españolito, ya sea un general, un diputado o un ciudadano de a pie. Hay un cambio de distancia focal. Entonces se hacían las mediciones manualmente. Aunque la iluminación del hemiciclo es uniforme en todos los puntos puede haber diferencias lumínicas en algunas áreas, en la secuencia todas las fotos están correctamente expuestas.
Fotogramas 18A a 22A. El teniente coronel ha bajado de la tribuna se ha enfrentado al general Gutiérrez Mellado zarandeándole sin conseguir derribarlo, después, sube de nuevo al estrado. Los picoletos se lían a tiros y los diputados se refugian tirándose al suelo. Todo esto en un breve espacio de tiempo, apenas unos segundos. Mantener la calma en una situación así no es sencillo. Tras el tiroteo y la extrema tensión vivida Barriopedro consiguió sacar el carrete escondido en un zapato. La Agencia EFE distribuyó las imágenes a todo el mundo. Gracias a su trabajo Manuel consiguió el premio Word Press Photo 1981, y contribuyó con ellas a que la información prevaleciera como un derecho fundamental en el devenir democrático de la sociedad española.

Barriopedro da una charla en un colegio a los nuevos españoles
El compromiso con la verdad informativa de Manuel Pérez Barriopedro a lo largo de 45 años daría para una película o una serie televisiva. Hombre discreto recuerda aquel día con la normalidad de uno más mezclado en su larguísima carrera como fotógrafo de prensa. Atiende a todo aquel que le solicita su opinión, pero no guarda especial predilección por aquellos tensos momentos del 23 F, pasó y fuera. Acude a dar charlas en colegios, centros culturales, emisoras de radio, universidades, televisiones o allí donde le reclaman para contar a las nuevas generaciones la historia que le tocó vivir y siempre tiene una sonrisa en los labios, porque hablan sus fotografías sin necesidad de palabras, es un periodista gráfico que no quiere protagonismos.

Manuel Pérez Barriopedro, en la puerta del Congreso con su Nikon F3, en enero de 2015.
Agradecimientos a Manuel Pérez Barriopedro por su gentileza. Texto y fotografías de Barriopedro: Ángel Aguado López.
08 lunes Feb 2016
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Dopaje, EPO, Eritropoyetina, Las Furias, Marta Domínguez, Memento mori, TAS, Tribunal de Arbitraje Deportivo
El viaje al inframundo de Marta Domínguez parece la venganza de las furias justicieras castigando la altivez de los mortales. Como Sísifo penitente Marta sufre la cólera implacable de Niké, la diosa griega de la victoria, que la persigue por burlar su confianza y encaramarse con la ayuda de un Caco eritropoyetínico al podio de Olimpia.

Marta corriendo la San Silvestre vallecana del 2009
Marta, Ticio amarrada a la roca de sus ominosos pecados y ahora devorada por el buitre, Marta siente en su fama el requerimiento de aquellos méritos espúreos que logró con mañas impuras. Si el pasado 19 de noviembre, el Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAS) la suspendió por tres años de la práctica deportiva (sin efectos posibles ya que estaba retirada de la competición) y la despojó de sus títulos, ahora, el 8 de febrero el BOE publica la retirada de todos los honores y prebendas que ostentaba por su condición de atleta de alto nivel: exenciones fiscales, privilegios para acceder a la universidad, de puntos extra en las oposiciones a funcionaria del Estado, etc. Marta vagando por el Hades, abandonada por aquellos que en el Partido Popular la auparon al Senado, por aquellos que la encumbraron interesadamente a los Elíseos de la gloria. Se cumplió la profecía, de nada le sirvió su excelencia salvando la ría en el 3.000 obstáculos, braceando soberbia sobre el tartán hacia la meta de la vida, antes se coge a un mentiroso que a un cojo, y ella cayó apenas alcanzado el honor taimado, porque la memoria, traicionera, no olvida y te espera en una esquina para cobrarte las deudas del juego, Marta, pobre barquita entre peñascos rota, memento mori, carne que se ha de comer el pico corvo de las erinias. Alecto, Megera y Tisífone no tienen piedad con los mortales.

Caco vencido por Hércules. Plaza de los Uffizi, Florencia
Ver más: Citius, Altius, Fortius
Texto y fotografías: Gabriel de Araceli
Ver más:
05 viernes Feb 2016
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En su ensayo sobre El Arte de la Discusión, Montaigne declaró su afición a dicha actividad humana, a la que calificó como “el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu”. Sin embargo, también advirtió sobre el riesgo de su práctica frente a “espíritus bajos y enfermizos”. La búsqueda de audiencia en el mundo del entretenimiento ha llevado a que la discusión alcance la consideración de espectáculo, sin que la calidad de los argumentos o la autenticidad de los discursos puedan asociarse al éxito de la producción. La mayoría de las cadenas de televisión ofertan sesiones de discusión que difieren poco en ritmo y estilo, y sin cuya dosis semanal el respetable parece falto de sustento. Con frecuencia los actores son los mismos, y repiten el sainete de teatro en teatro con escasas modificaciones de la puesta en escena, de la dicción o de la expresividad gestual. Lo malo es que el producto consumido no parece emerger de los “espíritus vigorosos y ordenados” que prefería Montaigne, sino que pertenece a un género sometido a un proceso de putrefacción, como si se tratase de un alimento en malas condiciones, al que una cocción apresurada y de laboratorio no es capaz de eliminar el mal olor. Discutir se convierte así, no en un ejercicio de intelectuales virtuosos, capaces de combinar con elegancia la esquiva y el acierto, sino de voceros de salón, cuya mayor habilidad no es la de confrontar con rigor las argumentaciones ajenas, sino dar gusto a una afición a la que previamente se ha reducido el buen juicio, sin otra intención que dirigirse a una parroquia que imaginan inmensa y que saben entregada, la cual no espera otra cosa que el recitado de una letanía diseñada para recordarnos, una y otra vez, que quien habla es uno de los nuestros. La práctica de la discusión pública exige la capacidad de afirmar una cosa y su contraria, sin otra limitación que el encaje con el objetivo comercial de colocar el producto en venta, a sabiendas de que la simplicidad rotunda tiene más opciones de salir airosa en el debate. En un mitin característico de sus mejores tiempos, Hitler entusiasmaba a las masas al afirmar que “un tanque es un tanque y una bomba es una bomba”, y en la misma línea de claridad, el presidente en funciones de este país ha asegurado que “un vaso es un vaso y un plato es un plato”. Son estas ideas fuerza las que, al parecer, mueven el mundo, y lo hacen sin caer en la debilidad de la reflexión, sin dejar espacio para la duda –precursora, inevitablemente, de la instauración de la melancolía–, y sin permitir asomo alguno de relativismo. La realidad, sin embargo, es otra cosa, y hay gatos –al menos, eso le pasaba al de Schrodinger– que están muertos y vivos al tiempo, la luz es a veces onda y a veces partícula, y el mismísimo Dios, según el brevísimo pontífice Albino Luciani, es, en ocasiones, más madre que padre.
Rafael Alonso Solís
