LA VERDAD

Viene de: Guillermo de Baskerville (III). Resumen de lo publicado. El franciscano Guillermo de Ockham, o de Baskerville tiene encomendada la educación del joven Adso, hijo del barón de Melk, un muchacho inquieto y preguntón. Responder a los requerimientos metafísicos de los jóvenes no es sencillo, sobre todo cuando media un plato de cocochas que se enfrían.

Pero no había acabado de dar un par de bocados a tan pétreo yantar cuando la voz de Adso resonó de nuevo, llenando de estridencias gregorianas la bóveda de cañón del refectorio.
–Pero, aun así, tiene que haber algo más, maestro. No puede ser tampoco el dinero, algo superior a la fama, a la libertad, al honor, a la mujer, qué es, maestro, qué es.
Guillermo de Baskerville comprendió que no podía ocultar por más tiempo el misterio que le reclamaba el joven Adso. guillermo_baskervilleY dispuesto a traspasar a otra generación la verdad de la vida se encomendó a los santos espíritus y a los ángeles de los cielos y al supremo hacedor para que le diera la fortaleza, la entereza, la clarividencia y la confianza necesaria en aquel momento decisivo que marcaría para siempre el buen hacer del joven Adso, y que la revelación que iba a descubrirle la mantuviera en secreto hasta el final de los días, para que sólo el muchacho pudiera disfrutar de la paz y la felicidad del arcano y también supiera del sufrimiento, desdicha y dificultades que el conocimiento de la sabiduría acarreaba porque su vida quedaría marcada y ya no sería igual, aquella verdad que a él le fue revelada por su maestro, al cual le fue revelado a su vez por otro maestro anterior, y así hasta la noche remota de los tiempos pretéritos. Adso esperaba expectante la palabra de Guillermo. Un gato negro salió de las tinieblas gato_dosdel refectorio y en un descuido mordisqueó la cazuelita de las cocochas con deleite, miau. Guillermo de Baskerville entrelazó las manos de Adso de Melk, le apretó contra su pecho, sus corazones resonaban en el tímpano de la bóveda como los truenos de una tormenta. Dos gatos más, miau, miau, aprovecharon el descuido y se unieron al banquete de las cocochas. Casi se le corta la voz a Guillermo de Baskerville al pronunciar temeroso, muy bajito, muy despacio las palabras al oído del catecúmeno de Melk:
–Querido Adso, es el Atleti, es el Atleti, es el Atleti.
La cara de Adso de Melk se iluminó con la luz que enciende los rostros de los elegidos y una profunda paz inundó su espíritu, no volvió a preguntar nada a lo largo de los setenta y cinco años posteriores de su vida. Mientras, los tres gatos se disputaban con saña, con verdad felina los restos de las cocochas, miau, miau, miau.

Gabriel de Araceli

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Si algún lector se sintiere estafado exímale al autor de cualquier responsabilidad, que ya advirtió al principio de la simpleza del relato: «Este cuento espúreo y vil no es más que un pequeño homenaje jocoso a Umberto Eco, porque nada es lo que parece y tras la fachada pétrea de la realidad no hay más que un decorado borroso de cartón piedra». En mi nombre, Guillermo de Baskerville

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