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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

Archivos de autor: Ángel Aguado

Las bendiciones de aumento

07 miércoles Sep 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Cuentos de verano (8)

LAS BENDICIONES DE AUMENTO
PRIMERA PARTE.–LA MUJER SATISFECHA

Félix María de Samaniego

Reñía una casada a su marido
porque no estaba bien favorecido
por la naturaleza,
y a gritos le decía:
—Fue una gran picardía
que con tan chica pieza
pretendieras casarte y engañarme
puesto que no podías contentarme;
marcha, marcha de casa,
pues tu fortuna escasa
te dio para marido sólo el nombre
y eres en lo demás un pobre hombre.
En efecto, salióse despechado
el infeliz al campo, contristado,
y, a muy poco que anduvo,
el buen encuentro tuvo
de un mágico, que al sol leyendo estaba
y en su libro a las furias invocaba.
Luego que vio al marido
el mágico le dice:
—Tú has venido,
amigo, a este paraje a remediarte
y yo te espero para consolarte:
por mi ciencia sé bien lo que te pasa
y ahora mismo a tu casa
te volverás contento.
Toma: ponte al momento
en la derecha mano
este anillo, que tiene virtud rara,
pues todo miembro humano
bendecido con él, crece una vara
a cada bendición rápìdamente:
pero, puesto en la izquierda, prontamente
mengua lo que ha crecido
por la derecha mano bendecido.
Al punto el hombre, lleno de impaciencia,
quiso hacer del anillo la experiencia:
lo pone en su derecha, se bendice
la piltrafa infelice,
y se la ve aumentar de tal manera
que, si el mágico a un lado no se hiciera,
con él diese en el suelo:
tan rápido estirón dio aquel ciruelo.
Alegre a su mujer volvió el marido
y la dice:
—Ya vengo prevenido
para satisfacer tu ardiente llama:
ven conmigo a la cama,
pero encima de mí has e colocarte
para poder mejor regodearte.
Sobre él luego se pone
la mujer, y al ataque se dispone;
y, viéndola el marido bien montada,
echó la bendición premeditada…
y otra… y otras corriendo, de tal suerte
que, alzándola en el aire el miembro fuete,
la moza en él clavada parecía
un esclavo que empalan en Turquía.
Viéndose contra el techo así ensartada,
pide al cielo favor. Entra asustada
la madre, y ante cuadro tan terrible
da un alarido horrible
diciendo:
—¡Santa Bárbara bendita,
qué visión tan maldita!
¡Venga un hacha que esté bien afilada
para cortar garrocha de tal porte!
Mas la mujer repuso atragantada:
—¡No, madre! ¡Rompa el techo, mas no corte!

Canecillo en la iglesia de Fuentidueña, Segovia, siglo XII

SEGUNDA PARTE.–EL CAUDAL DEL OBISPO

Ya recuerda el lector a aquel marido
que, por mágico anillo socorrido,
alzó en su miembro a su mujer al techo;
sepa también que, al cabo satisfecho
de su esposa y vengado,
en un medio dejó proporcionado
el lanzón monstruoso
y vivió en adelante muy gustoso,
dándole aumento o merma en ocasiones,
con derechas o zurdas bendiciones.
Un día, paseando alegremente,
llegó junto a una fuente
en donde, por azar, quiso lavarse
las manos, y en el agua refrescarse;
la sortija encantada
sacó del dedo y la dejó olvidada
allí, sin que cayera
en ello ni su falta conociera;
fuese, verificado su deseo;
y, a muy poco, el obispo de paseo
vino a la misma fuente deliciosa
y, viendo una sortija tan preciosa,
con tal hallazgo ufano,
se la coloca en su derecha mano.
Al tiempo que a su coche se volvía,
un pasajero le hizo cortesía,
a que el obispo corresponde atento
con una bendición, y en el momento,
saltando el trampillón de sus calzones,
ve salir de sus lóbregos rincones
un matamoscas, largo de una vara,
que igual entre mil frailes no se hallara.
Su Ilustrísima, al verlo, con el susto,
se empezó a santiguar como era justo;
pero, mientras más daba en santiguarse,
más veía aumentarse
por varas, a la vista,
su lanzón, sin saber en qué consista.
Los pajes al obispo rodearon
y a sostener el peso le ayudaron
de aquella enorme cosa,
encubriendo la mole prodigiosa
con todos sus manteos y sotanas;
pero estas diligencias eran vanas,
porque, apenas un nuevo pasajero,
se quitaba el sombrero,
viendo al obispo y él le bendecía,
cuando otra vara más se le crecía.
Por fin, cerca la noche,
como mejor pudieron, a su coche
llevan al Ilustrísimo afligido;
pero, para que fuera en él metido,
el cristal delantero le quitaron
y así la mitad fuera colocaron
de aquel feroz pepino
semejante a una viga de molino.
A oscuras, muy despacio,
al obispo llevaron a Palacio;
con trabajo pusiéronlo en el lecho
y de la alcoba abrieron en el techo
agujero por donde penetrara,
según su altura, aquella cosa rara.
La fama pronto lleva
de unos en otros la sensible nueva
del caudal que al obispo le ha crecido,
hasta que, sabedor de esto el marido,
de la sortija dueño,
trató de recobrarla con empeño.
Para ello en el palacio se presenta
y por seguro cuenta
menguar del Ilustrísimo el recado,
si un anillo le dan que habrá encontrado.
Admitiendo el partido,
el obispo, gustoso, al buen marido
entrega la sortija, y él con tiento
en su siniestra mano en el momento
la pone, y bendiciendo a su prelado,
vio por varas el miembro rebajado.
No quedaba al paciente
ya más que aquel tamaño suficiente
con que desempeñaba sus funciones;
pero viendo que a echar más bendiciones
se disponía el médico oficioso,
le ataja temeroso
diciéndole:
—¡Por Dios, que se detenga,
y no otra nueva bendición prevenga,
que me pierde con ella si porfía!
¡¡Déjeme al menos lo que yo tenía!!

Félix María SAMANIEGO
El jardín de Venus, 42

Paul Avril. Les sonnetts luxurieux. 1892

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Galería

Los gritos del silencio

02 viernes Sep 2016

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Esta galería contiene 15 fotos

Gabriel de Araceli A veces, entre las vomitonas con las que los grafiteros pintarrajean las paredes surge un grito desesperado …

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El cuervo

25 jueves Ago 2016

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(Cuentos de verano, 6)

Un tórrido lance de mozas y de arrieros

Félix María de Samaniego

En un carro manchego
caminaba una moza inocentona
de gallarda persona
propia para inspirar lascivo fuego.
El mayoral del carro era Farruco,
de Galicia fornido mameluco,
al que, en cualquier atasco, daba asombro
verle sacar mulas y carro al hombro.
Un colchón a la moza daba asiento,
porque el mal movimiento
del carro algún chichón no la levante.
(Lector, es importante,
referir y tener en la memoria
la menor circunstancia,
para que, por olvido o ignorancia,
la verdad no se olvide de esta historia.)
Yendo así caminando,
vieron un cuervo grande que, volando,
a veces en el aire se cernía
y otras el vuelo al carro dirigía.
—¡Jesús, qué pajarraco tan feote!
—dijo la moza—. ¿Y ese animalote
qué nombre es el que tiene?
—Ese es un cuervo —respondió el arriero—,
embiste a las mujeres y es tan fiero
que las pica los ojos, se los saca,
y después de su carne bien se atraca.
Oyendo esto la moza y reparando
que el cuervo se acercaba
al carro donde estaba,
tendiose en el colchón y, remangando
las faldas presurosa,
cara y cabeza se tapó medrosa,
descubriendo con este desatino
el bosque y el arroyo femenino.
Al mirarlos Farruco, alborotose;
subió sobre el colchón, desatacose,
sacó… ¡poder de Dios, qué grande que era…!
y a la moza a empujones
enfiló de manera
que del carro los fuertes enviones,
en vez de impedimento,
daban a su timón más movimiento.
Y en tanto que él saciaba su apetito,
ella decía:
—¡Sí, cuervo maldito;
pica, pica a tu antojo,
que por ahí no me sacas ningún ojo!

(Félix María Samaniego, El jardín de Venus, 19)


Gracias a Emilio Pascual por su excelso conocimiento de los jardines prohibidos del placer.



El jardín de Venus fue escrito por Samaniego en 1780, aunque sólo se distribuyó clandestinamente y fue publicado en 1921. La caricatura superior representa a la reina Isabel II fornicando con un burro, una forma sarcástica de propagar la lascivia irredenta y borbónica de la reina. Supuesta obra de los hermanos Becquer, Valeriano y Gustavo Adolfo, es de 1865-1870. Esa capacidad orgiástica de la hija de Fernando VII, la más grande polla del reino, es, sin duda, uno de los méritos por los que la reina cuenta con una plaza en el centro de Madrid. ¿Hay alguno más?

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Exilio y verdín

21 domingo Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Cuentos (versos) de verano (5)

Aurora Vélez

Mi abuela decía: no se es de donde se nace,

sino de donde se pace.

Ma grand-mère disait: on n’est pas de là ou l’on naît,

mais de là ou l’on mange.

 

El alma híbrida de los expatriados,

de los emigrantes, de los exiliados.

L’âme hybride des expatriés,

des immigrants, des exilés.

 

La identidad ancha y ciega ante la ley,

las velas extendidas, las uñas rotas.

L’identité large et aveugle face à la loi,

les voiles déployées, les ongles cassés.

Las cicatrices visibles y las que se esconden y

nunca se borran.

Les cicatrices visibles et celles que l’on cache et

disparaissent jamais.

 

El exilio impuesto, el que se hereda, el que se elige.

L’exil imposé, celui que l’on hérite, celui que l’on

choisit.

 

No se es de donde se nace sino de donde se quiere,

o de donde se odia.

On n’est pas de là où l’on naît mais de là où l’on aime,

ou de là où la haine.

 

Y el volver vuela como una cometa.

Et le retour s’envole comme un cervolant.

       Extraído de “De exilio y verdín” (Ed. Torremozas, Madrid, 2016)


El próximo 3 de septiembre, a las 19 H, sábado, Aurora Vélez ofrecerá un recital en Toledo, con acompañamiento de piano en Voix Vives, bajo la sombra de Garcilaso.pececitos


Enlaces relacionados

www.auroravelez.com

De exilio y verdín

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EL FARDO

19 viernes Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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CUENTOS DE VERANO (4)

      Este año se ha cumplido un siglo de la muerte del gran poeta Rubén Darío, El Príncipe de las letras castellanas. La corta vida viajera y errática del eximio escritor bien puede calificarse como intensa, ya que en sus escasos 49 años de existencia dejó una obra poética y periodística inmensa, recorrió infinidad de países, conoció y trabó amistad con lo más granado del universo literario de su época y fue embajador de su país, Nicaragua, en España. En Madrid, en la Casa de Campo (entonces finca cerrada propiedad de Alfonso XIII, comenzó su reinado en 1902; dado su cargo diplomático pudo Rubén Darío pasar a su interior acompañado por el gran don Ramón María del Valle Inclán) conoció en 1899 a la que fue el amor de su vida, Francisca Sánchez del Pozo, la hija de los guardeses, una mujer humilde nacida en Navalsaúz, Ávila. Rubén Darío (que estaba casado en Nicaragua con Rosario Murillo, que le negó el divorcio) y Francisca Sánchez conformaron una pareja de la que nacieron cuatro hijos, tres de los cuales fallecieron en edades tempranas.

      En 1907 ambos pasaron el invierno en la Cartuja de Valldemossa, Mallorca, como habían hecho en el invierno de 1838-1839 Frederic Chopin y Georges Sand.  El alcoholismo y las depresiones del poeta marcaron sus años finales y murió de cirrosis el 6 de febrero de 1916, en León, Nicaragua. Francisca Sánchez (doce años más joven que el poeta), que le sobrevivió hasta 1963, contrajo matrimonio con posterioridad y dedicó el resto de su vida a glosar y mantener viva la llama de la poesía y de la obra del gran Rubén Darío.

      El relato (inédito) original que se expone a continuación se encuentra en la Cartuja de Valldemossa, donde fue escrito. Se transcribe tal y como lo escribió, rápidamente, el poeta, con los errores ortográficos a vuela pluma, que no hacen sino añadirle una nota de afectuoso modernismo al calor poético de las palabras de Rubén Darío.

Notas de Gabriel de Araceli

Rubén Darío en 1915, un año antes de su muerte.

EL FARDO

Aún lejos, en la línea como trazada
por un lápiz azul que separa las
aguas y los cielos, se iba undiendo el sol
con sus polvos en oro y sus torbellinos de
chispas purpuradas, como un gran disco
de hierro candente.
Ya el muelle fiscal había quedado en
quietud, los guardas pasaban de un puesto
a otro las gorras metidas hasta las cejas
dando aquí y alla sus vistazos, inmo-
vil el enorme brazo de los pescantes el agua
murmuraba debajo del muelle, y el humedo
viento salado que sopla de mar afuera a la
hora en que la noche sube mantenía las lan-
chas cercanas en un continuo cabeceo, todos
los lancheros se habían ido ya, solamente
el viejo tio Lucas, que por la mañana se
estropeara un pie al subir una barri-
ca a un carretón y que aunque cojin
cojeando había trabajado todo el día,
estaba sentado en una piedra y con la
pipa en la boca veía triste el mar.
–¡Eh, tio Lucas¡ ¿–se descansa? –Si, pues,
patroncito– y empezo la charla esa
charla agradable y suelta que me pla-
ce entablar con los bravos hombres
toscos que viven la vida del trabajo
fortificante el que dá la buena salud
y la fuerza del musculo, y se nu-
tre con el grano del poroto y la
sangre hirbiente de la viña, yo veia
con cariño aquel rudo viejo y le
oia con interés.

Ruben Dario

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Comentario de textos

10 miércoles Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 4 comentarios

Cuentos de verano (3)

PASCUAL IZQUIERDO

     El profesor, ajeno a los síntomas de aburrimiento que muestran los alumnos, prosigue imperturbable su lección.

      —Escisión desfundamentadora y síntesis paródica.

      A pesar de la aparente impenetrabilidad de los sintagmas, se estudia —se trata de estudiar— la obra completa de Gil de Biedma.

      —Radicación telúrica del conocimiento desde el mito inicial de la revelación fundante.

      El ilustre catedrático habla con voz enérgica y pausada, no exenta de solemnidad circunstancial, separando de manera muy elocuente y discursiva las palabras y las sílabas, rindiendo —con claro dominio del énfasis— la debida pleitesía a la posición que cada una ocupa en la dinastía del lenguaje.

      Pero el bostezo ya se ha instaurado como signo perceptible en el rostro de buen número de alumnos. Sobre todo, muestra su claro predominio en el sector de jóvenes que ocupan los últimos asientos. Se trata de un grupo dinámico de postadolescentes que se mueven en otros registros expresivos y ya evidencian en su comportamiento que han perdido el respeto que se le debe a los lenguajes esotéricos que muy pocos comprenden. Porque ellos participan de otro tipo de códigos visibles.

      —Continuidad del esquema fundante de la alegoría y su desagregación metafórica.

      El ilustre catedrático advierte muestras de zozobra en las bocas de los alumnos aposentados en los últimos pupitres. Mira con su vista levantada y sólo vislumbra signos y colores que pertenecen a una posmodernidad más que difusa. Desde las nieblas de su púlpito analítico cree atisbar el trazo de un bostezo mayúsculo, de una boca completamente abierta como si fuera la oquedad donde habita Polifemo. O como si fuera una de esas grandes simas zamoranas que se ubican en los Arribes del Duero.

      Cierto revuelo de toses y murmullos, de frases en voz baja, que cualquier enseñante catalogaría dentro del apartado de los indicios racionales de protesta, se produce en las filas rebeldes. El ilustre catedrático, que tiene todavía llena la boca de frases que ni él mismo entiende, mira con ojos severos a los suburbios del aula donde se está incubando la sublevación.

      —Ascesis y frustración: fragilidad inasequible de las presencias en el ápice irracionalista de la iluminación diurna.

      Pronuncia estas palabras con la unción sacerdotal que todo iluminado por la lengua le debe a los códigos indescifrables y al principio se produce un silencio estrepitoso en el aire diáfano del aula, como si hasta los insectos microscópicos que pueblan las partículas hubieran suspendido su vuelo para tratar de descifrar tan excelso e insondable mensaje.

      Pero, tras este breve y profundo paréntesis, parece que una súbita zozobra se apodera no sólo de los últimos pupitres sino de todos los bancos de la clase. No sólo en ese extrarradio donde la presunta actividad intelectual puede derivar hacia la subversión y la protesta, sustentada en la incapacidad de desarrollar un esquema de interpretación que se tenga como tal, sino en todos los bancos y pupitres del aula. Una zozobra general, un relámpago de incomprensión y cólera, parece haber estallado en el ánimo colectivo de la masa discente.

      De pronto, un chico con barbas ralas y coleta extendida, que recubre parte del cabello con un pañuelo verde y muestra unos ojos extraviados en los límites de la interpretación consciente, proclama con voz rotunda y bien timbrada:

      — N s ibl q hb om l cmn d l tles?[1]

      Un silencio apoteósico, fugaz e inesperado se instala de pronto en el corazón de los discentes. Pero, tras analizar el mensaje, verifican que están en completo acuerdo con lo que dice el chico que tapa su cabello con un pañuelo verde. Un aplauso espontáneo subraya el apoyo total que le brinda al joven del pañuelo el conjunto de la clase.

      El ilustre catedrático vacila y muestra signos de flaqueza. Explora con sus ojos erráticos si existe en el espacio volumétrico del aula un lugar donde esconderse. Porque él nunca hubiera imaginado que alguien pudiera emplear un lenguaje más enigmático que el suyo.

      Otra voz se oye, esta vez pronunciada por una chica que viste ropas muy formales. Se trata de una joven que luce un largo pelo negro y posee un rostro que se camufla tras un discreto maquillaje.

      —A i e star nted o K s dc[2].

      ¿Y a quién no? ¿A quién no le gustaría entender, sin necesidad de traductor, lo que se dice?

      El ilustre catedrático se siente acorralado en los dominios que él mismo se ha empeñado en definir. Piensa durante unos segundos en imponer su autoridad docente y expulsar de la clase a todos los alumnos. Luego trata de comprender lo que sucede mientras se esfuerza en descifrar esos lenguajes misteriosos en los que, con una soltura para él asombrosa, se expresan sus alumnos. Los códigos cifrados que él ha tratado de articular durante más de cuarenta años de arduo y solitario trabajo se derrumban de repente por la irrupción deslumbrante y meteórica de la última modernidad, por la aparición inesperada de unos códigos más osados y abruptos que los suyos, de unos códigos para él más enigmáticos, para él también más sugestivos por su impenetrabilidad.

      Hace un gran esfuerzo para alumbrar una frase de despedida, pero ya no se siente capaz de sobrevivir entre títulos indescifrables y jeroglíficos. El mensaje sonoro que surge de la alumna predilecta que se sienta en la primera fila y que siempre le escucha con reverencia y admiración le precipita por completo en la zozobra:

      —Q t ay a t p e cl[3].

      No es capaz de descifrar el significado completo de la frase, pero sí de Vista previaintuir su sentido. Recoge sus papeles y el voluminoso libro donde se hallan impresas esas categorías axiomáticas de la interpretación y el análisis literario. Procura no caer en el precipicio que marca el escalón de la tarima y se dispone a abandonar precipitadamente el Aula Magna. Pero mientras camina por delante de los pupitres vuelve el rostro a los alumnos y se atreve a farfullar:

      —Conformación constitutiva del cotejo alegórico.

      Llega la frase a los docentes con toda la ingente carga de desprecio que encierra. Pero la respuesta no se hace de rogar.

      —L agr K n hbr n crtn[4].

      Siente como un nuevo bofetón en el rostro. Y se siente impelido a responder con vehemencia:

      —La complejidad en los planos del metaforismo…

      —K n hb n crtn[5].

      Desde la puerta, el catedrático ya no puede aguantar más. Trata de mantener la compostura, pero no puede evitar que un hiriente exabrupto salga de su boca:

      — N m d l gn[6].

      Se produce un momento de confusión entre los estudiantes. Pero, con inusitada premura, la joven de la primera fila responde:

      —La voluntad enfática de la persistencia figural te invita a que te vayas a la mierda.

      Una salva de aplausos rubrica el acierto de la intervención. Mohíno y derrotado, el ilustre catedrático cierra la puerta con cuidado y enfila el interminable pasillo que termina al final de la estupefacción.


[1] Nota del editor. En contra de la opinión del autor, quien no considera necesario traducir las expresiones que a continuación se pronuncian, como editores creemos en la conveniencia de facilitar al lector todas las claves de comprensión. Por esta razón, vamos a traducir en nota a pie de página las frases enigmáticas. Esta podría significar: «¿No es posible que hable como el común de los mortales?».

[2] «A mí me gustaría entender lo que se dice».

[3] «Que te vayas a tomar por el culo».

[4] «Le agradeceríamos que nos hablara en cristiano».

[5] «Que hable usted en cristiano».

[6] «No me da la gana».


 

 

 

 

 

 

 

Pascual IZQUIERDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Nota del editor. En contra de la opinión del autor, quien no considera necesario traducir las expresiones que a continuación se pronuncian, como editores creemos en la conveniencia de facilitar al lector todas las claves de comprensión. Por esta razón, vamos a traducir en nota a pie de página las frases enigmáticas. Esta podría significar: «¿No es posible que hable como el común de los mortales?».

[2] «A mí me gustaría entender lo que se dice».

[3] «Que te vayas a tomar por el culo».

[4] «Le agradeceríamos que nos hablara en cristiano».

[5] «Que hable usted en cristiano».

[6] «No me da la gana».

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La aventura equinoccial de Terry Mangino

07 domingo Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Cuentos de verano (2)

Gabriel de Araceli

Kinski era un tipo despreciable. Un sátiro, un pervertido, un histrión grotesco. Pendenciero, grosero, iracundo, violento, sus hijas le acusaron de abusos sexuales. El curare. Sin ruido. La cerbatana. Herzog desechó la idea de los yanomamis de acabar con él. El Dorado, la sinrazón, el delirio colectivo, los monitos aullando en la balsa varada. La música hipnótica de Popol Vuh… era un infierno rodar con Kinski en mitad de la Amazonía pantanosa y deslumbrante…

–Échame cremita –dijo Carmelita poniendo unos morritos que Terry no pudo resistir. Y con ojos amorosos agarró el tubo y empezó a embadurnarle la espalda con resignación fingida.

La verdad es que a Terry aquello de pringarse de grasa no le gustaba nada. Necesitaba las manos limpias para seguir con aquella historia del Kinski, el monstruo depravado capaz de los mayores excesos, un ser vomitivo, la cólera de dios. A Terry se le pasaban las horas escribiendo notas en aquellos cuadernos abarquillados que llevaba siempre encima. Anotaba lo que se le ocurría. Después, pasados los meses si por casualidad releía sus apuntes se sorprendía de las tonterías que ocupaban su atención y del interés en imponerse aquella disciplina literaria. Carmelita exhalaba almizcle y sudor. Terry tuvo que dejar su cuaderno en la arena y comprobó que la humedad de la marisma pringaba de sal tanto como la crema que extendía sobre la piel de Carmelita. Sentía que algo les observaba desde la penumbra del cañaveral. La soledad del carrizo inquietaba, las ranas croaban, los chillidos delirantes de las cotorras, las cigarras, el chapoteo de algunos patos huidizos. Una culebra se ondulaba en la charca cenagosa, la garza la apuntaba con el perfil de sus ojos entre las cañas y ¡zas!, disparó su flecha certera. El hedor vaporoso de la salina le inundaba los pulmones.

–Y un masajito, así, circular, como tú sabes –le dijo Carmelita, que se había desatado el biquini y mostraba al sol de la ciénaga el esplendor de sus tetas magníficas. El Mangino comprendió que las chicas siempre tienen razón. Klaus amenazó con lanzarle una estocada cojitranca y le escupió una blasfemia viscosa, las musas protestaron desde una esquina de su cuaderno, allí entre las azucenas olvidadas. Le extendió la crema por los hombros, por el cuello, por la espalda, llegó hasta el culo y se perdió por un instante en la selva secreta de la chica. La brisa mecía a Carmelita como una vela escandalosa sobre el rostro de Terry, que aspiraba el perfume de su nuca desnuda. Unos flamencos picoteaban a contraluz. Saltó una rana, ¡plof!, en la laguna los renacuajos se mezclaban con los cangrejos diminutos que teñían de rosa el limo.

Mangino amasaba la crema en circulitos sobre la piel de la chica, cuando apenas si la rozó el pecho se les dispararon las navajas del deseo. Nastassja parecía un ángel indefenso en María’s Lovers, confusa, la irrupción del cantante en su vida la deslumbró por completo. Esperas durante años y de repente, ¡zas!, se cruza un guitarrista en tu camino, como una garza de perfil que te roba la razón, o el corazón, que es lo mismo cuando te envenena el amor. Carmelita se aproximó más al Mangino, su melena parecía una medusa atrapando pececillos. Se despojó del bañador, la breña de su felpudo ennegreció la salina. Terry se dejó atrapar por aquellos labios jadeantes, indefenso como Nastassja, la madeja de Carmelita iba y volvía succionándole como un remolino. Pensó que el viejo Kinski se burlaba de él cuando le vio oculto entre las cañas.

–¡Chico, la vida es esto!, qué te creías, si quiero que los pájaros caigan muertos de los árboles, los pájaros caen muertos de los árboles.

–Pero, tú eras un hijo de puta, abusabas de tus hijas.

–Un cabrón, me violaba cuando apenas si tenía cuatro años –soltó Nastassja con una mueca de horror.

Aquella jungla de Carmelita… Terry se olvidó de todo, su pelazo le había rodeado la cintura como un muérdago invasivo, como una boa constrictora que le absorbía. La garza acechaba a una culebrilla. Vértigo, gemidos, frenesí y después un silencio inquietante. No se oía nada. Carmelita levantó la cabeza, le miró sonriente, la saliva le goteaba por la comisura de sus labios. El Dorado. Terry se tendió sobre ella y como pudo abrió con su lengua aquella broza de sargazos. Un sabor fuerte de almizcle le estalló a poco en la boca.

crepus_culo


Enlaces relacionados:

El corazón de las tinieblas

Apocalypse Now

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El hermano

04 jueves Ago 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Cuento de verano

El relato que se ofrece a continuación forma parte de la novela El hermano, escrita por Alfredo Fernández Alameda, de próxima aparición.

 

Madrid. Primavera de 1966. Madrugada

A las dos y media el negro Miguel estaciona el furgón en la calle de la Ballesta. Un poco más abajo del portal donde está la pensión América hay un bar. Aunque la puerta está cerrada, sobre el dintel hay un neón con dos copas y un corazón sobre el rótulo «Love Club», cuya luz va alternando el color rosa con el azul celeste. Llaman a la puerta y unos ojos negros con pestañas postizas se asoman al ventanillo.

—¿Es tarde para tomar una copa?

La cerradura gime y la puerta se abre un palmo. La chica de las pestañas grandes asoma la cabeza, mira a Miguel y luego se fija en Lorenzo.

—Este es muy crío paga pasag.

—No seas mala. Solo queremos un güisquito y nos vamos. Me llaman don propino y los años que le faltan a mi amigo me sobran a mí.

La chica de los ojos negros sonríe a Miguel. Abre la puerta lo suficiente y se echa a un lado para que pasen los clientes. Tras una cortina pesada de terciopelo granate está el bar. Apenas veinte metros cuadrados que incluyen mostrador, taburetes, un cheslong de capitoné, un sofá de dos asientos y un perchero. Sobre el mostrador, Gilbert Bécaud canta Si je m’en reviens au pays en un microsurco de 45 rpm que gira sobre un pick up.

—Pon un güisqui a estos caballegos, Vanesa.

La morenita de los ojos negros y acento francés desaparece tras la puerta del final del mostrador que, con toda seguridad, comunica con los reservados.

—Tengo Jhonnie Walker, Monks, Vat 69, J&B, Cutty Sark, Chivas… —Vanesa les muestra la espalda desnuda durante la enumeración.

—Si nos empiezas una botella a cambio de una propina, nos vale cualquier marca.

—Se ve que no eres nuevo —sonríe y coge una botella de Chivas—. Esta la acabo de abrir.  Apuesto a que no le pones pegas. ¿Lo sirvo solo o con agua?

Lorenzo dice que le da igual porque nunca ha bebido güisqui.

—Entonces con un poco de agua, un poco de hielo y unas almendras para acompañar— pide Miguel.

Vanesa atiende el pedido y luego les pregunta si son forasteros.

—Efectivamente. Acabamos de llegar con un encargo y queríamos tomar una copa antes de regresar.

—¿De dónde venís?

—De Zaragoza

—¡Ah! Pues yo soy devota de la Pilarica, mirad —se inclina sobre el mostrador y les enseña una medalla, poniendo ante los ojos de los muchachos unas tetas exuberantes, escasamente arropadas por la frágil telilla de una escotada blusa anudada al cuello—. Regalo por mi primera comunión. La hice en la Basílica del Pilar— dice con orgullo.

Miguel apoya el colgante sobre su índice y arrima la cara para ver de cerca la virgen y de paso rozar sin recato el pecho de la chica con la mano, sin que esta proteste.

—Muy bonita, Vanesa, y la tienes en la mejor compañía posible— la muchacha besa la chapa y la deja caer sobre el canalillo.

—Te refieres a esta compañía —baja la mirada a los senos al tiempo que los yergue, desafiante.

—¡Muchacha, que maravilla! Parecen duras como melones. ¿Puedo tocar?

—Claro, y si me invitáis, me tomo una copa con vosotros —Miguel dice que sí. Vanesa se prepara un Cardhu con hielo y sale del mostrador para unirse a los clientes. Como mide casi treinta centímetros menos que el hombre, Miguel tiene que flexionar las piernas para poder abrazarla desde atrás y sopesar con las manos la calidad del producto. En ese momento reaparece la francesa de las pestañas artificiales.

—¡Ah, vaya! Veo que os vais conociendo.

—No creas, jefa. Todavía no sé ni sus nombres.

—Yo me llamo Miguel, aunque mis amigos me llaman Negro.

—Que oguiginales —comenta irónicamente la recién llegada—. Seguid, seguid, no os integumpáis por mí. Estamos aquí paga hacegos felices.

Colette, que así se llamaba la morenita, sustituyó el disco de Bécaud por Il faut savoir, de Aznavour. Más tarde Sacha Distel, Yves Montad, Johnny Hallyday… Se ve que la cortesana añoraba su tierra.

Vanesa se apretaba a Miguel, colgada, ahora, de su cuello, al ritmo dulzón de las melódicas canciones. Al principio Lorenzo estuvo un poco retraído y no se atrevió a palpar las tetas que Vanesa le ofrecía, asegurando que confiaba en la palabra de su amigo, pero antes de que Yves Montad acabase la segunda, Colette, muy ligera de vestimenta para entonces, lo había llevado al diván y lo besaba, apretándolo contra sí, para sentir en la entrepierna el furor incontenido de la verga del adolescente.

Una hora después de haber entrado en el puticlub, Miguel se perdió tras la puerta del fondo en compañía de Vanesa, no sin antes advertir a Lorenzo de que él se ocuparía de la cuenta.

—Si quiegues que vayamos dentro nosotros también tendremos que espegag a que los muchachos acaben, caguiño. No puedo dejag el local desatendido; algunos clientes pueden venig todavía.

—No, señora. Tengo que irme ya.

Colette acompaña a Lorenzo hasta la salida, le da un último beso de despedida y le dice:

—No tagdes en volveg, mon amour, y tegminaguemos lo que hoy hemos empezado. D’accord?

La brisa fresca de la madrugada devuelve al muchacho a una realidad olvidada durante un rato. En la esquina con Desengaño, una prostituta negocia un servicio. Lorenzo entra en el portal de la pensión, que permanece franco también durante la noche, sube despacio para mitigar el quejido de los viejos peldaños de madera y accede a la pensión valiéndose de la llave que la Jeny deja sobre el cerco del portón de la entrada para los huéspedes noctívagos.

En la puerta de la habitación que suele ocupar hay una nota prendida con una chincheta. Lorenzo lee:

 La habitación esta ocupada. Puedes dormir en la de mi padre, que hay una cama libre. Ya está avisado.

Jeny.

La puerta del cuarto de Tina está cerrada con llave. Lorenzo golpea flojamente con los nudillos y espera. Como no hay respuesta, vuelve a llamar. Esta vez con un poco más de energía. Un ligero murmullo informa al chico que Tina se ha despertado y unos segundos después oye el pestillo.

—¡Vaya horas, hijo!

—Lo siento, se nos hizo tarde.

—Ve a dormir y mañana me cuentas.

—Mi habitación está ocupada.

—Lo sé —Tina se aparta el cabello que le cae sobre la cara—. Pero tienes cama en…

—¿Tu crees que voy a dormir con el viejo si puedo hacerlo contigo? —la interrumpe.

Tina asoma la cabeza y otea a izquierda y derecha, asegurándose de que el pasillo está despejado.

—¡Anda, pasa!, antes de que algún noctámbulo nos descubra y seamos la comidilla de la pensión.

Mientras Lorenzo se desviste ella va a la cocina a beber agua y regresa a los pocos minutos. Echa de nuevo la llave y se mete en la cama. Lorenzo, completamente desnudo, presenta una notable erección.

—¡Bien dispuesto vienes, niño! ¿Has estado ensayando?— ironiza Tina, al notarla—. Ya me contarás quién te ha puesto así, porque esta vez yo no he tenido nada que ver.

—A medias.

—¿Qué quieres decir?

—Que es cierto que venía caliente, pero al verte he terminado de encenderme.

Tina se incorpora quedando sentada. Pregunta:

—¿Y cómo es que venías caliente? —Lorenzo duda sobre si contarle o no la aventura. Decide hacerlo.

—Así que la zorra de Colette te ha puesto cachondo y ahora vienes a pagarlo conmigo…

Lorenzo advierte su error y trata de minimizarlo.

—Que va. Es verdad que me ha excitado, pero no he querido hacerlo con ella porque no dejaba de pensar en ti— miente sutilmente el mozo.

Tina retira las sábanas y sin abandonar la posición se desprende diestramente de la bragas alzando las piernas y declara:

—Súbete. A ver que puedo hacer por ti.anuncio_web

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