Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

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Valverde, Roglitz y Pogecar, los vencedores, los honorables.

      —NO TE VAYAS A LA GUERRA.
—No es la guerra, es solo una carrera en bicicleta.
—Lloverá, te sofocará un hervor de caldera, te congelarás en las bajadas, te granizará, caerás en las trampas de cualquier descenso, sangrará tu piel desgarrada por el asfalto abrupto, te dolerán las entrañas y sufrirás como un perro sarnoso, el cansancio infinito te roerá la voluntad como si una hiena te devorara las tripas. Para qué. Todo eso para qué, te preguntarás abandonado de la esperanza. Miles de Km por un campo minado de fatigas y pesares, una pesadilla de tres semanas, sinsabores, condenado eternamente a pedalear como Sísifo subiendo su roca por la montaña traidora para después caer al abismo de los infiernos de la clasificación general, el 102 de 176 condenados, a casi cuatro horas del líder, del vencedor. Sísifo pedaleando. Y si llegas a Madrid, chulapo mío, tu única recompensa será mirar la Cibeles, ni siquiera podrás refrescarte en la fuente porque los guripas la tendrán clausurada, el huerto abierto solo para Hipomenes y Atalanta. Y cuando llegue la noche, Narciso, ángel mío, no tendrás nadie que te socorra, nadie que te solace, sollozarás en la soledad de un hotel de carretera tan remoto como el amor que rechazaste, frío como un témpano y te ahogarás en la complacencia ignorante de tu belleza esquelética reflejada en la pátina de una laguna sin azogue. No vayas a la Vuelta, amor.

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Las chicas calientan antes del diluvio en que se convirtió la primera etapa, de dos, de la Vuelta femenina, 2019. En Boadilla del Monte, Madrid.

—Es el honor. ¡El honor! —Qué es el honor. El azahar de la derrota, el bálsamo con el que se alivian los perdedores, el néctar que consuela el sufrimiento infinito. Te cambio el honor por el amor. Por mi amor venéreo, mi placer extático contra tu pedaleo agónico. ¡Gózame! Mi arquitectura apolínea por el barro de tu clasificación remota, tus cicatrices por mi piel cérea, te derramarás sin fatigas por mi pubis y yo complaceré tus deseos oscuros con mis besos robados al dolor de las caídas. Quédate aquí, amor mío, en el jardín secreto de Atalanta, lejos de las cornadas de las curvas y el desaliento del viento de cara y las rotondas suicidas. El honor no es sino el consuelo de los perdedores.

Venus y Marte

Venus y Marte. Grupo de Antonio Cánova. 1820-1830. Museo del Prado, Madrid.

      —El deber me llama, mi corcel de carbono me espera en la espesura del laberinto del vellocino de oro, mi velocípedo, mi bucéfalo honroso. El honor no sabe de victorias. La victoria no sabe de honor, el honor sí sabe de gloria, amarga victoria la de los vencedores sin honor. Debo partir, subirme en mi jaca enjaezada de carbonos, tubulares y desarrollos imposibles: 54X11. Y si llego a la meta, al ágora, al Partenón, tal vez me espere la suavidad de tus senos acogedores, el oasis de tu vientre y tu melena aurea esparcida por la túnica del placer de los Campos Elíseos. Queda tú aquí, en tu jardín, mi Venus complaciente que tanto me desea, porque yo te deseo tanto como el vértigo de la carrera, vesania de taquicardias y asfixias, de fracturas y hemorragias, de derrotas y de glorias, de la gloria del forzado de la ruta. Del honor.

     Y Marte partió a la guerra, a la Vuelta en busca del honor.

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¡Este es mi chico! Fabio Jakobsen, ganador de la última etapa de la Vuelta 2019 “homenajeado” por su novia.

La Vuelta 2019

          Fueron 3272 Km distribuidos en 21 etapas; participaron 176 corredores de 22 equipos de los que acabaron 153. El “campamento” itinerante que mueve la Vuelta necesita más de un km cuadrado para extenderse, lo componen más de 3000 personas, 900 vehículos, más de 130 guardiasciviles, 60 de ellos motoristas, otras 30 motos de publicidad o medios de comunicación, media docena de helicópteros, un avión receptor-emisor de señales de TV y más de 400 millones de espectadores.

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A la izquierda, de azul, Luis León Sánchez, en el centro, de blanco UAE, Tadej Pogacar, tercer clasificado.

     El Honor

        Luis Ángel Maté se estrelló contra unas vallas publicitarias debido a la lluvia el 27 de julio de 2019 en la Vuelta a Polonia. El impacto fue tan grande que, gracias al casco, solo tuvieron que darle 60 puntos de sutura en la cabeza. La caída fue tan aterradora que el público presente no se atrevió ni siquiera a tocarle. El golpe fue tan fuerte que, otro compañero, el italiano Filippo Fortin, sufrió una perforación pulmonar provocada por la fractura de una costilla de la que aún hoy, 16 de septiembre de 2019, no se ha recuperado. Al día siguiente perdió la vida en otra caída el joven ciclista belga Bjorg Lambrecht. La guerra, o el ciclismo, se cobraba su cuota de vida. Luis Ángel Maté perdió mucha sangre, daba miedo su figura quebrada en el asfalto. En el hospital al que le trasladaron, en Cracovia, apostaron por transfundirle sangre. Él se negó. Pasó varios días hospitalizado y apenas si comía, devorado por el cansancio infinito que conlleva el ciclismo. El 24 de agosto, cuando comenzaba la Vuelta, su valor de hematocrito sanguíneo no llegaba al 37% y su hemograma rojo señalaba menos de 3.5 millones de hematíes, la hemoglobina en 11g/dl, síntomas de una anemia grave incompatible con el esfuerzo deportivo. Era una incógnita su participación en la Vuelta para la que se había preparado concienzudamente. El médico deportivo no recomendaba su participación, pero lo dejaba a su elección. Luis Ángel Maté decidió participar. Sufrió como un perro durante las 21 etapas, pero terminó victorioso, aunque fuera el 102. No sabe qué o cómo le aupó para que consiguiera cumplir aquella condena, aquella guerra perdida. Tal vez fuera el honor.

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Luis Ángel Maté en el hospital tras su grave caída, el pasado 27 de julio de 2019. en Polonia.