Gabriel de Araceli

            Iba yo a comprar el pan y me encontré con aquellos novios comunistas de antaño. Nicolás Sartorius, Cristina Almeida, Gaspar Llamazares y sus amigos charlando sobre la perversión del lenguaje. Casi en la clandestinidad, en el Foro Actúa, en el Rastro madrileño. Estaban en un sótano, como escondidos o huyendo del futuro que les llegó sin avisar. Había cierta nostalgia a la juventud pasada entre carreras delante de los grises, olía a consenso constitucional, a Comité Central y a pasillos del Congreso debatiendo una moción de censura. Pocos jóvenes entre el público pero aplicados, escuchando metódicamente las batallas de los abuelos.

Gaspar Llamazares, Cristina Almeida y Nicolas Sartorius durante la presentación del libro “La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños”, obra de Sartorius, el pasado 26 de noviembre en el Rastro madrileño.

     El lenguaje, esa máscara oral a la que todos recurren para engañar, para equivocar las palabras. «La mentira forma parte de la sociedad desde que existe. Necesita algo de verosímil y escucharse por una grey también mentirosa. Ahora a la mentira se le llama posverdad. La reflexión empieza a ser un lujo» dice Sartorius, patricio del pensamiento que ha escrito este libro “La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños” ante el cúmulo de perfumes que camuflan el tufo de las conversaciones cotidianas, ante el eufemismo habitual que corrompe las palabras y falsifica la realidad comunicativa de la tribu.

     «Ninguna cosa se dice por su nombre, se tergiversa, se banaliza, la lengua se llena de eufemismos. Se habla para que no se entienda nada, nadie. La usurpación de las palabras está cambiando las ideas de la sociedad. Emprendedor sustituye a empresario, economía de mercado a capitalismo, autónomo por cuenta propia a trabajador en precario y sin derechos. Las batallas ideológicas se empiezan a ganar o a perder por el habla. Se consigue la hegemonía cuando tus ideas, las ideas de los grupos de presión, se convierten en sentido común, en el sentido común de un registrador de la propiedad» reflexiona Sartorius sobre los usos que al lenguaje le da el neoconservadurismo actual que nos circunda.

     »Nacionalismo. Otra palabra de moda, bueno en su origen contra los imperios decimonónicos, tan liberador entonces como castrador ahora, contrario a las naciones y a los individuos, la lepra de unos pocos reaccionarios. El internacionalismo, señal de identidad de la izquierda, no puede existir con el nacionalismo. Son contrarios.

     Las palabras tienen vida propia y cambian de significado. Pasa con populismo, con populares.

     »Se habla de populismo como si fuera un éxito, cuando más bien es un fracaso universal. El neoliberalismo popular, la apropiación de la libertad individual por un grupo económico contrario al pueblo. Empezó en Chicago, con Milton Friedman. Y enseguida lo adoptaron Reagan y la Thatcher y los populares europeos. Ha vuelto la pobreza.

     »Socialismo y comunismo se han asimilado a la denominación de partidos políticos, cuando deberían asociarse a estadios de la sociedad. Nunca se ha llamado a un partido capitalista, se utiliza el eufemismo de liberal o conservador.

     »En los años del plomo etarra, a los terroristas desconocidos que atentaban se les llamaba “comando legal”, en lugar de comando clandestino. O se llamaba izquierda abertzale [patriota en eusquera] a los violentos, aunque los que luchaban por la libertad y por el progreso social pacíficamente fueran los peneuvistas, los comunistas o los socialistas, patriotas que no estaban manchados de sangre. Perversiones que enmascaraban la verdadera cara del terrorismo.

    «La democracia, el estado del bienestar y Europa. Esos son los tres pilares que unen a los españoles y es lo que está erosionando el populismo y camufla con su jerga ambigua la perversión del lenguaje. Si no ponemos remedio los nacionalismos periféricos acabarán con ese logro». Y propone Sartorius dos ideas sobre la reforma de la Constitución: «en el sentido federal y en la mejora de los derechos sociales: mantener los éxitos conseguidos en educación, sanidad, etc».

     Que reste-t-il de ces beaux jours? Esas tertulias demiúrgicas de los compañeros unidos por la izquierda. Enciclopédico Sartorius, brillante Cristina Almeida, cartesiano Llamazares, recuerdos de un parlamentarismo olvidado, sepultado por los exabruptos que invaden de crispación el debate político. La promesa del cambio gozoso de aquellos años, los sueños de aquellos novios enamorados, de toda una generación, de toda una época ahora convertidos en una disputa tripartita por el voto de la extrema derecha.

      Que reste t’il de nos amours?

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