Rafael Alonso Solís

Una hipócrita operación ha hecho a Coalición Canaria desempolvar una bandera que jamás fue suya. Hasta “símbolo de rebeldía y libertad” han llegado a escribir en algún mensaje de corte místico, como si formara parte de una campaña contratada en las rebajas. Las telas de colores no son mucho más que restos modernos de los viejos andrajos que comenzaran a agitar los antropoides al descubrir el juego de la guerra. Las banderas debieron constituir una forma simple de convocar a la batalla en una época de la historia humana en la que las palabras aún se estaban gestando, en la que el lenguaje carecía aún de significado, y en la que sólo los gruñidos articulados podían tocar a rebato. Por eso fue necesario enarbolar los tejidos pigmentados. Las banderas debieron nacer como estandartes embrionarios y simplones, adquirieron luego la condición de símbolos con la colaboración de los profetas épicos, y han acabado constituyendo argumentos para partirnos la cara. Que los seres humanos desperdicien la vida en la confrontación de trapos ilustrados, sin darse cuenta de que se trata de un material finito y con fecha de caducidad –al menos, por el momento, según el cronograma de la biología individual– es la demostración de que el maniqueísmo de base tribal y olor a hormonas de guerra todavía forma una parte crucial del alma y el corazón de la especie. Una especie que debería salvarse a sí misma utilizando el cerebro y sus consecuencias, y que debería comenzar a hacerlo antes de que sea muy tarde, pero que aún prefiere alimentarse de lo que crepita en sus bajos fondos con el fin de provocar embestidas. Por desgracia, el amor a los retales no es característico de ningún credo específico, de ninguna ideología diferenciada, sino que esta impreso en el genoma de la caverna y todavía es capaz de movilizar a las bandas de cazadores que recorren la jungla de asfalto, la selva urbana donde se escenifican los dramas primitivos. El ser humano aprendió pronto a comunicarse con sonidos. No mucho más tarde utilizó el lenguaje para describirse a sí mismo, para inventar historias y para recordar las que le contaron o visualizó en sueños, para construir una maraña de relatos donde cupieran todos, una vez que las mismas palabras adquirieran la capacidad de multiplicarse a sí mismas. Pero siempre guardó las banderas en un rincón de la choza para sacarlas de paseo en aquellos momentos en que el ondear de un trapo parece tener más valor que una idea. Universalizando un poema de Gil de Biedma –que él dedicara a España–, es como si los diferentes elementos que componen la Humanidad dedicasen buena parte de su existencia a ocupar o tratar de ocupar el espacio de los otros “con la vulgaridad y el desprecio total del que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros”. Agitar las banderas, del color que sean, es una prueba del fracaso de la política y una forma cínica de distraer a los abanderados.

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