Los celos de la tribu

Rafael Alonso Solís

 Si bien cada anuncio del Nobel de Literatura suele generar quejas, este año parece haber aumentado el tono. El motivo, al ser el premio de las letras, es estrictamente literario: los celos. La tribu de las letras incluye a los que escriben y publican, a los que escriben y no publican, a los que tienen el propósito de escribir, y a los que, siendo simples lectores, forman parte de la cofradía. Lope de Vega ridiculizaba a Góngora y a su cultismo, porque llamaba “chamelote a la mar”, “mosca del agua a la rana ronca” y “sarna de oro al trigo”, y lo hacía bajo el signo de los celos y de una no confesada admiración. Otra chufla tenía al referirse a él como “claro cisne del Betis”,  como cuando uno cita a un “ilustre economista tinerfeño” –eso sí, con el máximo respeto y arrobado por su gracia con el manejo del capote–. Más retorcido resultaba el poeta sevillano al llamar Lopillo al Fénix de los Ingenios, con el mayor de los desprecios. En el fondo, todo eso es literatura, y lo único relevante, lo único que importa, es la calidad de la misma, su música, su ritmo, su autenticidad. De vez en cuando a uno le gusta releer a Umbral, que tan bien hablaba mal de sus colegas. A Galdós lo llamó “maestro de obras” –lo que tomó de González Ruano–, se refirió a él como “el cadáver ni siquiera exquisito al que hay que enterrar”, o, rizando el rizo del desprecio, subrayó que calificaba a los garbanzos como “pequeños proyectiles vegetales”. Maestro del párrafo corto, y deficiente, aunque original, novelista –puede que por eso le cayese tan mal el grancanario–, Umbral siempre calificó muy bien y puso los adjetivos sobre autores que parecían merecerlos. Aunque puede que ni siquiera lo pensase, ni fuese el resultado de análisis ni reflexión alguna, simplemente que encajaba en la frase, y –como diría él– así. De Unamuno, al que respetaba, escribió que hacía mal la novela, el teatro y la poesía, y que no podía ser poeta porque carecía de oído y se lo impedía el moralismo. A Azorín lo despachó casi desde el titulo que le dedicó en Las palabras de la tribu, definiéndolo como un “chufero valenciano”. Y de Baroja, aunque reconoció que tenía pinta de escritor, acabó acusándolo de estilo descuidado, carente de recursos e incapacidad para escribir una novela. Curiosa afirmación, porque tal vez eso es de lo que siempre –eso sí, desde otro estilo– cojeó Umbral, cuya segunda novela, tal vez la que más encaje en ese género, sea Travesía de Madrid, una revisión de La Busca pasada por la modernidad del Café Gijón y con el toque de chapero literario que utilizó con frecuencia Francisco Pérez Martínez. Los escritores suelen ser así, celosos, ambiguos, cotillas, pijos y marujones. No otra cosa significa el pateo de los juicios que el premio de Dylan –que a uno le pone muy contento– ha generado en la tribu.

Umbral en su casa de Majadahonda, mayo, 2000. ®Ángel Aguado López

Enlaces relacionados:

El siglo de Dylan

 

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