Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

La figura y personalidad del rey Alfonso XIII están rodeadas por la polémica, cuando no el rechazo, desde el momento en que se alineó con la dictadura de Primo de Rivera. Recordemos su implicación en las catástrofes de las guerras africanas, la derrota de los soldaditos españoles, soldaditos valientes de remplazo en el Barranco del Lobo en una guerra que ni les iba ni les venía, en 1909. O su apoyo testicular al general Fernández Silvestre, responsable directo del Desastre de Annual, en 1921, cuyas responsabilidades y la sospecha de implicación directa del monarca en la catástrofe nunca fueron depuradas a pesar de la exhaustiva investigación llevada a cabo por el general Picasso; escrutinio que sepultó la asonada de Primo de Rivera. O el abandono en el que dejó a su familia cuando se embarcó el solo rumbo a Italia, el 14 de abril de 1931, sin contar con ninguno de sus más allegados. O la vida disoluta y alegre que emprendió en los 30 en Londres y Roma, donde recibía a las figuras profascistas implicadas en la Guerra Civil.

Sobre su participación interesada en el golpe de Estado, un autogolpe para algunos, la sociedad española del primer tercio del siglo XX y la difícil relación que tuvo con Miguel de Unamuno dialogaron Colette y Jean-Claude Rabaté, Javier Moreno Luzón y Anna Caballé en la Biblioteca Nacional el pasado 18 de septiembre de 2024.

Javier Moreno, Collete y Jean-Claude Rabaté y Anna Caballé en la Biblioteca Nacional durante el coloquio sobre Unamuno y Alfonso XIII.

«Unamuno fue un escritor muy censurado por los gobiernos monárquicos, tuvo que publicar mucho fuera de España, en Francia. Es, posiblemente, el escritor más citado por los políticos actuales, pero el menos leído», comienza la presentación Anna Caballé.

 Rey desde su nacimiento y coronado en 1902, a los dieciséis años, Alfonso XIII era la encarnación de la nueva España tras el desastre del 98. Unamuno conoce al rey, casi un adolescente, en 1904, y deposita en él sus esperanzas y simpatía. No así en la reina madre, a la que el rey adoraba, María Cristina de Habsburgo, austriaca, germanófila y partidaria de la Gran Prusia en la I Guerra Mundial. Además, Alfonso XIII se ve sometido a diario a la división y contienda femenina en palacio: el origen inglés de la reina Victoria Eugenia hacía difícil la convivencia entre ambas mujeres, que influían sobre el rey para acercarle a sus respectivas opiniones. Casa con dos mujeres mala es de guardar. Es a partir de 1914 cuando don Miguel se muestra crítico con las decisiones reales. Y durante el período que va de 1918 a 1924 el rechazo al monarca aumenta.

Jean-Claude Rabaté y Anna Caballé charlan sobre Unamuno y sus demonios. O sus ángeles.

«Para Unamuno, Alfonso XIII es un rey sin ideales, un frívolo, inconsciente, un botarete, un canallita, los discursos de don Miguel provocaban más expectación que los del rey. España era un país militarizado por las guerras africanas, había en esos momentos más de 600 generales que buscaban el apoyo del monarca. Y Unamuno denuncia la actuación del rey metido en política. Además, al catedrático le encantaba el Zola denunciante del caso Dreyfus. Por eso, él se siente auto-exiliado y rebelde con la situación política que impulsa la Monarquía. Algo que le lleva a exclamar: ¡No soy un intelectual, soy un pasional!», comenta Jean-Claude Rabaté.

«Unamuno se siente conciencia del pueblo. El rey era un corrupto, un jugador, un mujeriego enfermizo, el káiser Codorniu, responsable directo del Desastre de Annual. Prefería ser destronado que tronado [estafado]. Unamuno mantiene una posición ética frente a la corrupción del monarca. En 1920 se entrevista con el rey, audiencia a la que llega tarde y en la que le expone con acritud la actitud que debe de regir en un reinado ajeno a la política: “Lo mejor es que no tome ninguna iniciativa”, le dice al rey. Tras la caída de Primo de Rivera [28 de enero de 1930], el rey piensa que puede volver al reinado de antes, al de 1921. Y para ello se apoya en las figuras de Santiago Alba y Cambó, ambos también en el exilio francés. Los dos le exigen que sea un rey parlamentario sin que participe en el gobierno de la nación», resalta Javier Moreno.

Alfonso XIII en Londres en 1932. No, la dama que le acompaña no es Victoria Eugenia.

«Tras huir de Fuerteventura, en 1924, durante su exilio en París en 1930, Unamuno mantenía una tertulia en Montparnasse, en el Café La Rotonde, donde se encontraba con personalidades como Blasco Ibáñez, Eduardo Ortega y Gasset o Corpus Barga. Esas reuniones de conspiradores tienen voz en el semanario “España con honra”, financiado por Blasco Ibáñez e inspirado en el lema de los revolucionarios de 1868 contra Isabel II. Es uno más de los grupos opositores a la monarquía, que tiene como norma “el Deber de Insultar” desde la tribuna del periódico», explica Jean-Claude.

«Para Unamuno, Primo de Rivera es un pavo real. Es el general Martínez Anido el que tenebrosamente mueve la dictadura a la manera de Maese Pérez», apunta Colette.

Colette Rabaté durante el coloquio sobre Unamuno y su graciosilla majestad habsburgo-borbónica.

Y sobre las dudas al ideario republicano que Unamuno mantuvo a lo largo de su vida, Jean-Claude argumenta que «el 23 de junio de 1924, huyendo de su confinamiento en Fuerteventura y en escala en Portugal y en su aproximación al PSOE, “el partido más patriótico”, y a punto de ingresar en él, se entrevista con el líder socialista Andrés Saborit, que le desaconseja su afiliación: “Mejor fuera que dentro, don Miguel, porque fuera tendrá más influencia que si ingresara”. Unamuno regresa a España el 9 de febrero de 1930. En Hendaya sigue su relación con Eduardo Ortega y Gasset y con infinidad de notables de la política y la cultura, entre ellos Indalecio Prieto. María Zambrano estimaba enormemente a su maestro don Miguel. “España es un país abúlico e indiferente a su gobierno, aquí tenemos un régimen habsburgo-jesuítico” que imposibilita el diálogo».

«El mito de los Comuneros y su oposición al primer Habsburgo, el emperador Carlos, será el distintivo que guíe a los republicanos del siglo XIX. A él se adhiere Unamuno con las mismas dudas que le llevarán a apoyar el golpe de Estado del general Franco, del que rápidamente se retracta. “Yo fui un cándido”, afirmaba en noviembre de 1936 tras su encierro en la prisión de su hogar salmantino», recuerda Javier Moreno.

—¿Que si Unamuno fue envenenado por Bartolomé Aragón?, el falangista y último visitante que tuvo en su casa, dos horas antes de morir el 31 de diciembre de 1936. Chi lo sa?, —responde Jean-Claude.

Unamuno recibe a uno de sus últimos visitantes en su casa de Salamanca, pocos días antes de fallecer.


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