LECTURAS DE VERANO IV
Gabriel de Araceli
Leer la biografía de Santiago Carrillo, escrita por Paul Preston en 2013, un año después del fallecimiento del líder rojo, es sumergirse en la convulsa historia de España del siglo XX y repasar los acontecimientos que marcaron a una sociedad lastrada por siglos de gobiernos desacertados; es adentrarse en el devenir tembloroso de varias generaciones enfrentadas por la tragedia nacional que asoló al país, que consiguieron, en su último cuarto, una convivencia pacífica y razonable tras múltiples disputas y sangrienta lucha. Todo el libro está protagonizado por un actor secundario, el villano, el feo y el malo, que intervino, a veces oculto, invisible, mudo tras el telón del exilio, en el diseño de un país que intentaba alejarse del camino marcado durante décadas por la tragedia de una guerra civil.

Dos posturas dominan la historia de Europa del siglo XX.
Occidente: Cultura y filosofía humanista grecorromana, derechos y libertades del individuo que es un ciudadano, heredera de la democracia.
Y Países eslavos: Sumisión del individuo al poder central, al capricho omnímodo de una cúspide, a un grupo de autócratas que deciden el destino de sus habitantes, carentes de cualquier derecho, meros instrumentos de trabajo, números al servicio de un comité central de notables sin oposición alguna que ordenan su presente sin futuro. Ese camino quebrado de un lugar a otro marcará el olfato del Zorro Rojo y el rumbo subordinado de los militantes comunistas españoles que huyeron de su patria a sus órdenes.

Y es en esa contradicción, en esa diferente concepción de la estructura social de derechos y responsabilidades del ciudadano occidental-oriental, donde abrevan los actuales líderes supremos de los dirigentes simpatizantes con Moscú, para marcar la política y la lucha por el poder supremo, sometiendo a súbditos a sus habitantes y pugnando contra la civilización occidental, contra la idea de Europa unida como un territorio de libertades a la que pretenden destruir. El caso del líder húngaro actual es representativo de ese deambular errático de una sociedad eslava a medio camino entre integrarse en el estado del bienestar y las libertades que supone la Europa del Mercado Común, y la sumisión a la supremacía y a la amenaza exsoviética representada por la tiranía del Kremlin, envuelta en la guerra de Ucrania como perpetuación de la dictadura del proletariado y rechazo a las libertades del individuo. Otro tanto sucede en Bielorrusia.
La ideología de Carrillo y su práctica política se verá marcada por esa segunda concepción autócrata del ordenamiento social, así como su larga vida y las decisiones con las que influyó en el devenir de los compañeros de partido a su mando: el comunismo soviético.
La infancia de Santiago Carrillo, nacido en 1915, coincide con la efervescencia de la revolución bolchevique. Vivirá en su adolescencia todos los sucesos históricos que gravaron a sangre y fuego la realidad de España: guerra europea, represión sangrienta en las huelgas de Asturias de 1917, el entonces comandantín Franco ya apuntaba modales*; guerras del Rif, la dolorosa derrota de Annual; dictadura de Primo de Rivera; dictablanda de Berenguer, caída de la Monarquía, establecimiento de la II República, Guerra Civil, 2º Guerra Mundial, división del mundo en dos bloques antagónicos, Telón de Acero, Guerra Fría, Revolución Cultural de Mao Tse Tung en China… Y el largo exilio bajo la bota de Stalin. Al que Santiago admira, servil, y del que depende su economía de supervivencia.
¿Un cínico o un inteligente camaleón? En su ansia por medrar siempre estuvo dispuesto a traicionar o denunciar camaradas… La honestidad y la lealtad no figuraban entre sus cualidades, recoge Preston al comienzo del libro. Lo suyo era una ambición desmedida, una arrogancia infinita, una personalidad sin vida privada, subordinado todo a la dirección del Comité Central. El afán de notoriedad marcará su larga existencia, un ordeno y mando propio de un zar que dirige, a la sombra del Kremlin, a una parte belicosa del exilio con el deseo secreto de volver a la España prometida, de la que desconoce su realidad y para la que sueña un disfraz utópico de velos comunistas.
Y se aupará desde su tierna juventud a una cadena de sanciones, purgas y enfrentamientos con sus más próximos colaboradores para detentar a toda costa el trono del Partido:
Largo Caballero, su valedor primero y del que primero se separó; sus responsabilidades controvertidas en los fusilamientos de Paracuellos; acusado por Líster de cobardía en Brunete, siempre se enfrentarían por la jefatura; el trago amargo de aceptar el acuerdo Molotov-Ribbentrop; Edipo negando al padre, Wenceslao, para confirmarse de cara a los demás en su pureza comunista; el asesinato de León Trilla, el abandono de Heriberto Quiñones**, de Juan Comorera, de Jesús Monzón, contra Castro Delgado, la depuración de Francisco Antón, el novio de la jefa, el pase a la reserva de Pasionaria, el descrédito hacia Javier Pradera, la confrontación con su íntimo compañero de partida, Fernando Claudín, al que dejó en situación de precariedad negándole hasta el derecho a un subsidio de desempleo; contra Federico Sánchez, alias Jorge Semprún, que le reprocha su responsabilidad en la detención y fusilamiento de Julián Grimau***; que mamó durante décadas el maná de Stalin condenando a Tito, y obligado a tragarse el sapo del acercamiento a Belgrado de Jruschov, en 1956, tras el fallecimiento del dictador georgiano. O su enfado con el portugués Alvaro Cunhal, al que acusa, tras la Revolución de los Claveles, abril de 1974, de ¡marxista-leninista! O la sorprendente amistad, ya mediados los 70, con Berlinger y Marchais en su transformación al Eurocomunismo, el caballo de Troya de Moscú para penetrar en Occidente.
Y no hay que olvidar su empeño absurdo en la organización de la HNP, la Huelga Nacional Política con la que, en los cincuenta, pretendía derrocar al régimen del general Franco, desconociendo la realidad social y económica del momento en España por más que los análisis de Pradera, Semprún y Claudín lo desaconsejara. A los que después se ciñó en su acercamiento a la democracia. O su responsabilidad en la fallida invasión guerrillera por del Valle de Arán, en octubre de 1944, donde envió a la muerte a cientos de voluntarios, veteranos también en la Resistance.
Por no hablar de su entrada, clandestino con peluca, en los albores del reino de Juan Carlos, o de su inteligencia maquiavélica en la negociación en la España de la Transición, su protagonismo en la firma de los Pactos de la Moncloa y su mutación a ninguna parte con la que consigue el fracaso del PCE en las elecciones de 1977, 1979 y 1982, la escisión del PC en múltiples grupúsculos maoístas-prochinos-troscos-prosoviéticos-de-los-pueblos-de-España en los que terminará el itinerario comunista y el rechazo de sus seguidores.
Y su acercamiento, en 1991, al PSOE, al que abandonó en 1936, la casa común de todas las izquierdas, el albergue donde afrontar, calentito, sus últimos años de analista político en medios de comunicación y escritor de sus verdades. “Contra Franco vivíamos mejor”, frase atribuida a Vázquez Montalbán, cuyo hijo, Pepiño Carvalho, investiga su “Asesinato en el Comité Central”, podría ser el silogismo aplicado a aquel exilio que sufrió los rigores soviéticos en su ensueño de regresar algún día al país que los expulsó. En democracia, y en un régimen de libertades que permite cualquier expresión sin riesgo de ser expulsado, es más difícil imponer una línea oficial absoluta, y el afiliado tiene el derecho a elegir. “En la política el arrepentimiento no existe. Uno se equivoca o acierta, pero no cabe el arrepentimiento”, decía Carrillo, que acabó siendo un tesoro nacional y venerado, un florero decorativo olvidado en un ángulo oscuro de la tras-Transición.
La biografía de Santiago Carrillo que escribe Paul Preston podría calificarse de titánica, exhaustiva, colosal, rigurosa, escrupulosamente imparcial como corresponde a un historiador. Aúna el rigor académico propio de un autor erudito conocedor profundo de la memoria de España con la amenidad del reportaje periodístico. Es un repaso a un tiempo de largas décadas oculto al ciudadano y una fuente extensa de datos apropiados para el amante de la historia, para el investigador curioso y el veraneante ocioso. El político Carrillo, tal vez desconocido para la generación de jóvenes treintañeros, mantiene su interés para los estudiosos que se adentren en las razones que alumbran la actualidad. Y es un personaje propio de una novela de intriga cuando no de terror. El espía que vino del frío, el tercer hombre. Todo aquello, los veraneos en Cannes en casa de Teodolfo Lagunero, aquel mundo que se derrumbó con la instauración de la democracia se debía a la dependencia dineraria de Moscú. Aquellas vacaciones en la dacha de Crimea, la que ahora se ha anexionado el Kremlin, aquellos subsidios que el PCE recibía en París donde estaba prohibido, de manos del PC francés, provenían de las arcas del Politburó, del que Ignacio Gallego era el topo chivato. Sí, aquel rigor comunista fue financiado “Por un puñado de dólares”. Bueno, de rublos.

*Véase Franco. Caudillo de España. Pág. 44 y siguientes. Paul Preston. 1994. Grijalbo Editores
** Heriberto Quiñones estaba casado con Aurora Picornell, víctima de la represión franquista en Mallorca en 1937, cuyo retrato rasgó el pasado mes de junio el presidente del Parlamento balear, Gabriel Le Senne, perteneciente al partido de extrema derecha VOX, próximo ideológicamente a los que fusilaron a Picornell.
***Véase Autobiografía de Federico Sánchez. Jorge Semprún. Páginas 206 a 211. Premio Planeta 1977.
Extracto de la entrevista que hizo Feliciano Fidalgo a Santiago Carrillo publicada en EL PAÍS el 5 de agosto de 1991
P. ¿Desde cuándo sabía usted que el comunismo era una equivocación histórica?
R. Eso no es tan simple. No es una equivocación histórica. Yo me di cuenta de que la experiencia soviética iba al fracaso en los años sesenta y, definitivamente, tras la ocupación de Praga en 1968.
P. ¿Por qué los comunistas no reconocen haberse equivocado totalmente?
R. La historia crea necesidades que superan la voluntad de los hombres. Rosa Luxemburgo razonó bien cuando escribió que en Rusia el problema no era entre democracia y dictadura, sino entre el general Kaleri y Lenin. Fue una necesidad histórica en un momento dado; pero no echo a la basura todo el balance, y yo, personalmente, no me siento arrepentido.
P. El progreso, en el siglo XX, se ha realizado a pesar del comunismo. ¿Quién es el motor de ese progreso?
R. El motor es diverso. En lo político y en lo social, los comunistas hemos sido una parte; y luego ha habido el desarrollo científico.
P. España fue cruel con los comunistas, pero ¿el comunismo no ejerció un terrorismo intelectual contra todos?
R. En España se ha tenido más en cuenta lo ocurrido en la URSS que la acción del PCE aquí. Si se analiza esta acción, por las libertades sobre todo, no hay razón para hablar de ese terrorismo.
P. Oyéndole hablar ahora del hombre desbordado por la historia, ¿es posible pensar que el derrumbamiento del comunismo ha cambiado su vida, sus creencias?
R. No, desde mí libro Eurocomunismo y Estado había previsto la desaparición de esto. Y, por lo demás, sigo siendo ateo gracias a Dios.
P. Dijo que entre la justicia y su madre elegiría a su madre. Extrapolando, le recuerdo que usted dijo lo contrario, es decir, que el ideal comunista era antes que su padre. ¿Le hace temblar esto ahora?
R. En absoluto. Lo de mi padre hay que situarlo en su contexto. Fue en el golpe de Casado, en el que mi padre participó y empezaron a fusilar a mis amigos y camaradas. Había que optar: o con tus camaradas, o con los que fusilaban.
P. ¿Comentaría la trayectoria de Jorge Semprún?
R. No.
P. El Rey dijo después de conocerle: ¡Qué pena que sea comunista!". ¿Lo sabía?
R. Sí, y Adolfo Suárez también. De no haber sido yo comunista, el Rey no estaría tan tranquilo donde está.
P. ¿A qué seis personalidades mundiales, vivas o muertas, invitaría a su mesa para celebrar su cumpleaños?
R. A Mitterrand, Tito, Jorge Dimitrov, Largo Caballero, Castro y, quizá, a Ho Chi Ming.
P. Concluyendo, ¿vive con holgura hoy?
R. Mejor que nunca. Mire, lo que más llegué a cobrar cuando era secretario general del PCE y diputado fueron 90.000 pelas, porque lo otro era para el partido. Y ahora, con el periodismo, hasta me puedo pagar una casita en la sierra para el verano.





Fotos de Terry Mangino
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—Ava en la noche. Manuel Vicent. Alfaguara. 2020
—Un pueblo traicionado. Paul Preston. Debate. 2019
—Autobiografía del general Franco. Manuel Vázquez Montalbán. Planeta. 1992
—Mis conversaciones privadas con Franco. Francisco Franco Salgado-Araujo. Planeta. 2005
—Franco, el césar superlativo. Alberto Reig Tapia. Editorial Tecnos. 2005
—De la dictadura a la democracia. Historia de España. Tomo XXV. Editorial Cambio16. 1982
—Crimen y castigo de la reina de Tardajos. Rosario Consuelo González García. Oportet. 2023