Gabriel de Araceli

Hemingway escribía en su Underwood una historia de una guerra olvidada en España. La espalda no le perdonaba, ni la Gellhorn tampoco, allí, enhiesta, con aquella sonrisa cínica de mujer fatal. Key Largo, la Gran vía, Bocaccio, la Plaza Mayor, Vetusta… tampoco había tanta diferencia, lugares donde se asentaba la tragedia humana. De repente se escuchó una explosión horrible y Arturo corrió escaleras abajo. «¡Ilse, Ilse!» gritaba desesperado. Pero allí estaba la rubia en el vestíbulo de la Telefónica, como una Victoria de Samotracia alzada sobre los escombros, sonreía. Arturo Barea respiró tranquilo. La Regenta, azorada, salía del confesionario, don Fermín de Pas, el Magistral, henchido de soberbia, se sentía vencedor.

«Tengo que felicitar a todos mis amigos la p… navidad, no sé que decirles y mi ordenador no funciona». Terry Mangino estaba al borde del colapso, encima, su estilográfica se estaba quedando sin tinta. Eran muchos amigos… allí en New York, en París, en Londres, en Madrid, en Alepo… Sus lectores…

–Eres un romántico, Terry –le dijo Carmelita Flórez mientras se cepillaba el pelo–. ¿Tú crees que tus crónicas le interesan a alguien?

Terry se quedó mirando a la Flórez desconcertado. Carmelita vestía de negro, escote profundo, taconazos, labios de carmín.

–La gente quiere divertirse, no que les cuentes historias tristes en navidad, Terry, hazme caso, qué les importa que el Primark emplee esclavos en Bangladesh si después compran sus vestidos de quince euros en la Gran Vía. No puedes cambiar la mierda del mundo, Terry.

La Flórez estaba radiante con aquel vestido de 300 eurazos que él le compró en… sí, en el Primark de Londres. Recordó.

¡Garbancero, garbancero ! le llamaba don Ramón María a don Benito. Bueno, eran celos y envidias entre genios, algo muy corriente en el Siglo de Oro, o en la España actual. Don Francisco (Quevedo) no aguantaba a don Luis (de Góngora), y don Miguel, alias el manco, tenía unos celos injustificados del talento dramático de don Lope (de Vega). Incluso ahora, modernamente, don Arturo (Pérez Reverte) y don Francisco (Rico) se habían retado en el monte de las letras batiéndose en singular duelo de eruditos escribidores.

Ves, te lo dije –le dijo la Pardo Bazán–, no pierdas el tiempo escribiendo historias baratas de gente humilde. ¿Para qué? Escribe bien de los poderosos, de la Iglesia, de la Monarquía, adula a los banqueros. Así llegarás a lo más alto, y no con esas historias de la Bringas y la Fortunata, que no son más que unas casquivanas.

­–Señora, sin insultar, que una es muy suya y no tiene porqué aguantar a las condesas menopaúsicas. ¡Faltaría más! –contestó Fortunata con desparpajo.

Don Benito (Galdós) se quedó mirando el papel en blanco con su plumilla de acero y su tintero. Ni estilográfica tenía para escribir aquella novela abigarrada de la Plaza Mayor. Juanito Santa Cruz le hizo un guiño cómplice de hombre a hombre.

Don Francisco (Umbral) se estiró más aún en su sillón de Emmanuelle, sus blancas guedejas le daban a su tez una palidez albina. Se calzó en los cojones su Olivetti Lettera, ametrallaba un esplín de Madrid. Don Francisco era exquisito, jamás escribía antes de las dos de la tarde. Sobre un sillón, tal vez olvidada, una ninfa dormía su alborada de amor. Don Francisco le tapó con su bufanda el pecho dormido.

–La navidad me irrita, todas esas gentes abarrotando la calle Fuencarral, trasegando alcohol, felicidad lo llaman. Somos reos de la cibernética. No puedo ligar todos esos retazos que me llegan al caletre con mi pluma. Sin ordenador no soy nadie. No sé escribir. hemingway2¿Cómo podían contar sus historias tan bien toda esa legión de escribas, el Hemingway, don Benito, el Umbral, el Barea, Clarín… si no tenían más que un papel, no muy limpio, y una pluma de oca? –se preguntaba Terry. La Flórez había decidido quitarle los tirantes a su sujetador. Su vestido de fiesta resaltaba su tipazo.

Talento, eso se llama talento –le contestó la Gellhorn mientras se retorcía la costura negra de sus medias de nylon. Ernest la miraba embobado, incapaz de escribir dos líneas seguidas en la Underwood. Se llevó a los labios un trago de Johnnie Walker Black Label. Umbral también se metió otro lingotazo entre pecho y espalda. Su Olivetti disparó 666 caracteres en un momento.

Eso en mi pueblo se llama borrachera –gritó Fortunata con voz de verdulera del Mercado de la Cebada.

Benito, cuida los modales de esa pelandusca, que se te sube al bigote –le soltó, ducal, doña Emilia Pardo Bazán.

Señora, no presuma de lo que no tiene, señorío –le soltó la Fortunata herida por el veneno de la madama.

Don Benito empuñaba su plumín airoso de tantas acometidas femeninas. Sí, escribía lo que le echanse. Juanito Santa Cruz le guiñó otro ojo.

Ana Ozores de Quintanar humedecía sus sábanas cuando don Álvaro Mesía abandonaba su lecho, al alba, el pudor se lo impedía antes. Clarín no llegó a los 50.

–Eran unos genios, Terry, no te amargues. Escribian porque les salía de dentro. No necesitaban nada, sólo un papel y una pluma de oca.

–Eso me mortifica, Carmelita. No tengo talento.

El talento es escribir doce horas diarias, señor Mangino, sólo eso –le indicó Galdós levantando los ojos del papel.

Somos esclavos de los caprichos de las palabras –afirmó Umbral sin levantar los ojos miopes de su Olivetti Lettera. Don Francisco fue hacia la chica y recuperó su bufanda, ella incluso pareció alegrarse de mostrarle sus tetas magníficas.

Very, very woman –gritó Hemingway llevándose a la boca su quinto Black Lavel, –no bebas tanto, le respondió la Gellhorn alzándose en sus tacones.

A don Fermín de Pas todo aquello le molestaba sobremanera, vagatelas, necedades, caprichos licenciosos femeninos. Se encerró en su confesonario, sabía que Ana Ozores llegaría en breve a su cita diaria.

­–Terry, cariño, bájame la cremallera ­–le susurró la Flórez en la oreja. Mangino lo comprendió enseguida, la navidad era eso, desear a los demás suerte mientras tu chica te decía que la quisieras.

«Feliz domingo, o feliz navidad », llegó a escribir a duras penas con su estilográfica. Carmelita tenía mucho talento.

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