Gabriel de Araceli

Pedrosánchez ha pedido la palabra.

Está nervioso, se le nota. Luego junta las manos, las desjunta y desdobla la cuartilla que tiene preparada. Porque ha preparado su intervención por escrito. No te extraña. Siempre ha sido así en el partido en los momentos que se dicen cruciales.

En septiembre de 1979, por ejemplo, en Madrid, cuando el discurso de un dimitido Isidoro estalló con un bombazo en la reunión con aquello de «No se puede tomar a Marx como un todo absoluto, no se puede, compañeros. Hay que haserlo críticamente, hay que ser sosialistas antes que marxistas» y todos los compañeros y compañeras aplaudieron a rabiar aquel gracejo del joven secretario general. Je, je, qué tiempos aquellos, nos creíamos lo de la reforma y el cambio y la justicia social y la redistribución de la riqueza y la democracia…

«Por entre unas matas, seguido de perros -no diré corría-, volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero, y le dijo: Tente, amigo; ¿qué es esto?»

Don Tancredo agarró el tenedor y con una mirada adusta se dirigió al plato de lacón con grelos, se llevó a la boca una pinchada y un gesto de placer indicó que aquel señor tan lacónico era capaz de expresar sentimientos en la intimidad. –¡Esstá riquísssimo, Margarita, pruébalo –doña Rita, un poco somnolienta agarró con los dedos un trozo de lacón y se lo zampó de un bocado, tenía mala cara doña Rita, parecía famélica. –¡Sí está bueno, sí! –dijo con voz aguardentosa–, cuando vengas a Valencia, chulapo mío, te voy a preparar un arroz caloret que te vas a chupar los dedos –y volvió a meter las manos en la cazuela. A don Tancredo eso de chuparse los dedos no le gustó mucho porque era muy delicado, y lo de chulapo… pero no dijo nada, él rara vez decía algo, y volvió a meter el tenedor en la cazuela.

«¿Qué ha de ser? –responde-; sin aliento llego… Dos pícaros galgos me vienen siguiendo. Sí -replica el otro-, por allí los veo… Pero no son galgos. ¿Pues qué son? Podencos».

La lozana andaluza se remangó el vestido de tirantes y dirigió a Pedrosánchez una mirada de bandolero. Aquello parecía Sierra Morena, todos los delegados parapetados tras sus bancos y apoyados en los trabucos. –Compañeros y compañeras sosialistos y sosialistas, todos y todas. A esta esquina hemos y hemas venido 85 en cuadrilla –debía referirse a la esquina del hemiciclo en la que se sentaban parlamentando–, si quieren que nos abstengamos y abstengamas, saquen las 85 sillas –dijo de un tirón sin equivocarse en una sílaba con su asento sevillano del barrio de Santa Crus. Y añadió: –se trata de coser los rotos de nuestro traje y consiliarnos y consiliarnas entre todos y todas, porque todos y todas tenemos y tenemas voluntad de conseguir el triunfo en las urnas y acabar con este sosialismo en funsiones. Pedrosánchez saltó como un resorte, bueno, lo que saltó como un resorte fue la navaja que llevaba en la faja, sintió como un pinchazo en la ingle pero reprimió el gesto de dolor haciéndose el valiente y todo currojiménez fue entonces cuando, valiéndose de su fino acento de señorito fino le soltó a la andalusa: –Está en juego el porvenir de nuestro partido y de nuestro país. Y entre todos y todas, queridos compañeros y compañeras debemos y debemas hacer un esfuerzo superior para disipar nuestras diferencias para que, unidos y unidas en la voluntad de cambio consigamos, consigamas una postura que haga frente a otro gobierno de derechas que tanta pobreza ha llevado al pueblo, puebla, español, española. –Muy bien –gritó un continuista. –Muy mal –respondió un recuperador del proyecto ganador. Y se liaron a golpes y trompones, que si te atizo en un ojo, que dimitas, que si me formo una gestora integradora, que si convoco unas primarias entre la militancia, que si los votantes se marchan si no podemos… la tarde del 1 de octubre declinaba y en el exterior de la calle Ferraz los periodistas superaban en número a los militantes. ¡Aquello fue un acto político ejemplar!

«¿Qué? ¿Podencos dices? Sí, como mi abuelo. Galgos y muy galgos, bien visto los tengo. Son podencos, vaya, que no entiendes de eso. Son galgos, te digo. Digo que podencos».     

Don Tancredo recogió el sobre que doña Margarita había sacado de un bolso Louis Vuitton. –Toma, la receta del arroz caloret, aunque no creo que te salga como en Valencia, porque aquí sí sabemos guisar los arroces a fuego lento, llevamos muchos años cocinando con la esencias de la tierra, de la patria –dijo la señoreta entre un bostezo. No había manera de que se le pasara el sueño por más cabezadas que daba en la bancada.

«En esta disputa, llegando los perros pillan descuidados a mis dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo».


®Fotografías de Ángel Aguado tomadas el 1 de octubre de 2016, en la C/ Ferraz


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