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Escaparate ignorado

~ La actualidad examinada

Escaparate ignorado

Archivos de autor: Ángel Aguado

Leo, luego pienso

05 miércoles Oct 2016

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Gabriel de Araceli

Jorge Edwards el pasado 4 de octubre en la librería Rafael Alberti, Madrid, durante la presentación de su novela «La última hermana».

Pienso, luego estorbo. «Hay gente pa too» le dijo El Guerra, torero, al metafísico Ortega cuando este le confesó que su oficio era pensar. Porque pensar es un oficio en retirada. El sistema ha conseguido que la persona se convierta en una bayeta que arrastrándose por el consumo absorba todo el soma tecnológico que le ofrece como sustituto de la felicidad. Ni el placebo de las religiones interesa ya al humanoide, yonqui  pinchado a un móvil para curarse su abstinencia ideológica. La desmovilización social, la desamortización del pensamiento, ese es el éxito del gran hermano vigilante. Leer se ha convertido en una afición tan extraña como pensar. Por eso resulta sospechoso que unos cuantos desaprensivos se reúnan en un semisótano para escuchar las palabras de un escritor, aunque sea Jorge Edwards. Edwards es un señor joven de 85 años, atildado y pulcro, de verbo sereno que fluye claro y cristalino del manantial de su memoria eterna. Su larga vida encandila a los oyentes cuando desvela su amistad con Neruda (del que se declara alumno humilde) o con Octavio Paz (los dos escritores no congeniaban, no), o con tantos personajes que habitan en su existencia de letras y diplomacias. Confiesa sin pudor que la diplomacia también fue su oficio, «es no hacer nada, por eso me hice diplomático, porque tenía tiempo para escribir», dice. Habla de Carlos Morla Lynch, aquel embajador que acogió en la Embajada de Chile, durante el Madrid sitiado por los rebeldes franquistas a la legión de falangistas del caudillo. Habla del whisky que tomaba Neruda (Johnny Walker black label, Buchanans, ja, ja, se ríe, él sólo podía beber red label, en vaso chato, con poco hielo) o de la barriga enorme de Vinicious de Moraes, o de Gil de Biedma, o de su amistad con Julio María Sanguinetti. O de temas de actualidad, como el referéndum en Colombia para refrendar el acuerdo con la guerrilla: –Me entristeció bastante el resultado. Las declaraciones de Uribe y de las FARC no son tan malas. Después de la campaña por la paz, ¿quién puede continuar con la guerra? –dice con su habla comedida de sabio paciente. Y habla de su libro “La última hermana”, nacido de su entorno familiar, una oveja negra, o gris, María Edwards, una tía suya lejana que gritó “Viva la vida” cuando el rucio de Millán Astray gritó “Muera la inteligencia”, que se fue a París para vivir entre cócteles y pianos y a la que le explotó el nazismo en plena cara y al que combatió como activista y resistente anónima ayudando a los niños judíos y que se opuso a aquella barbarie que despreciaba las letras y las palabras y la lectura. Y habla de sus personajes, no le interesan rígidos, sino cambiantes, polifónicos. Y habla de su evolución de la escritura ficticia a la verídica, porque la realidad es la mejor ficción y la historia se transforma en ficción y la actualidad es a veces tan ficticia y tan falsa como la verdad. Y habla Edwards de muchas cosas porque, en el fondo, es un cuentista, un juglar que va por el mundo contando historietas y escribe novelas como buen cuentacuentos. Y se queja de la falta de pasión por la cultura y el desprecio o apatía con el que los medios de comunicación la tratan, tan maltratada también por los gobiernos, que la ignoran como si llevara el germen del pensamiento levantisco. Porque la lectura y la cultura son contagiosas, porque leer es pensar y el que piensa es peligroso para el sistema, aunque Jorge Edwards sea lo más alejado a un peligroso agitador, porque en el imperio del consumo y de la tecnología los republicanos de la palabra son todos sospechosos… de pensar.

furvo

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Otoño en el monasterio de Santo Domingo de Silos

04 martes Oct 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Un vídeo de Ángel Aguado en el recogimiento del claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos

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Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

Gerardo Diego, 4 de julio de 1924

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Angelitos bellos

La revelación equinoccial de san Juan de Ortega

 

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Pocos, pero mal avenidos

02 domingo Oct 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Gabriel de Araceli

Pedrosánchez ha pedido la palabra.

Está nervioso, se le nota. Luego junta las manos, las desjunta y desdobla la cuartilla que tiene preparada. Porque ha preparado su intervención por escrito. No te extraña. Siempre ha sido así en el partido en los momentos que se dicen cruciales.

En septiembre de 1979, por ejemplo, en Madrid, cuando el discurso de un dimitido Isidoro estalló con un bombazo en la reunión con aquello de «No se puede tomar a Marx como un todo absoluto, no se puede, compañeros. Hay que haserlo críticamente, hay que ser sosialistas antes que marxistas» y todos los compañeros y compañeras aplaudieron a rabiar aquel gracejo del joven secretario general. Je, je, qué tiempos aquellos, nos creíamos lo de la reforma y el cambio y la justicia social y la redistribución de la riqueza y la democracia…

«Por entre unas matas, seguido de perros -no diré corría-, volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero, y le dijo: Tente, amigo; ¿qué es esto?»

Don Tancredo agarró el tenedor y con una mirada adusta se dirigió al plato de lacón con grelos, se llevó a la boca una pinchada y un gesto de placer indicó que aquel señor tan lacónico era capaz de expresar sentimientos en la intimidad. –¡Esstá riquísssimo, Margarita, pruébalo –doña Rita, un poco somnolienta agarró con los dedos un trozo de lacón y se lo zampó de un bocado, tenía mala cara doña Rita, parecía famélica. –¡Sí está bueno, sí! –dijo con voz aguardentosa–, cuando vengas a Valencia, chulapo mío, te voy a preparar un arroz caloret que te vas a chupar los dedos –y volvió a meter las manos en la cazuela. A don Tancredo eso de chuparse los dedos no le gustó mucho porque era muy delicado, y lo de chulapo… pero no dijo nada, él rara vez decía algo, y volvió a meter el tenedor en la cazuela.

«¿Qué ha de ser? –responde-; sin aliento llego… Dos pícaros galgos me vienen siguiendo. Sí -replica el otro-, por allí los veo… Pero no son galgos. ¿Pues qué son? Podencos».

La lozana andaluza se remangó el vestido de tirantes y dirigió a Pedrosánchez una mirada de bandolero. Aquello parecía Sierra Morena, todos los delegados parapetados tras sus bancos y apoyados en los trabucos. –Compañeros y compañeras sosialistos y sosialistas, todos y todas. A esta esquina hemos y hemas venido 85 en cuadrilla –debía referirse a la esquina del hemiciclo en la que se sentaban parlamentando–, si quieren que nos abstengamos y abstengamas, saquen las 85 sillas –dijo de un tirón sin equivocarse en una sílaba con su asento sevillano del barrio de Santa Crus. Y añadió: –se trata de coser los rotos de nuestro traje y consiliarnos y consiliarnas entre todos y todas, porque todos y todas tenemos y tenemas voluntad de conseguir el triunfo en las urnas y acabar con este sosialismo en funsiones. Pedrosánchez saltó como un resorte, bueno, lo que saltó como un resorte fue la navaja que llevaba en la faja, sintió como un pinchazo en la ingle pero reprimió el gesto de dolor haciéndose el valiente y todo currojiménez fue entonces cuando, valiéndose de su fino acento de señorito fino le soltó a la andalusa: –Está en juego el porvenir de nuestro partido y de nuestro país. Y entre todos y todas, queridos compañeros y compañeras debemos y debemas hacer un esfuerzo superior para disipar nuestras diferencias para que, unidos y unidas en la voluntad de cambio consigamos, consigamas una postura que haga frente a otro gobierno de derechas que tanta pobreza ha llevado al pueblo, puebla, español, española. –Muy bien –gritó un continuista. –Muy mal –respondió un recuperador del proyecto ganador. Y se liaron a golpes y trompones, que si te atizo en un ojo, que dimitas, que si me formo una gestora integradora, que si convoco unas primarias entre la militancia, que si los votantes se marchan si no podemos… la tarde del 1 de octubre declinaba y en el exterior de la calle Ferraz los periodistas superaban en número a los militantes. ¡Aquello fue un acto político ejemplar!

«¿Qué? ¿Podencos dices? Sí, como mi abuelo. Galgos y muy galgos, bien visto los tengo. Son podencos, vaya, que no entiendes de eso. Son galgos, te digo. Digo que podencos».     

Don Tancredo recogió el sobre que doña Margarita había sacado de un bolso Louis Vuitton. –Toma, la receta del arroz caloret, aunque no creo que te salga como en Valencia, porque aquí sí sabemos guisar los arroces a fuego lento, llevamos muchos años cocinando con la esencias de la tierra, de la patria –dijo la señoreta entre un bostezo. No había manera de que se le pasara el sueño por más cabezadas que daba en la bancada.

«En esta disputa, llegando los perros pillan descuidados a mis dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo».


®Fotografías de Ángel Aguado tomadas el 1 de octubre de 2016, en la C/ Ferraz


Militantes, periodistas y curiosos se agolpan en la sede del PSOE, en la C/Ferraz, el sábado 1 de octubre de 2016, a las 18 H.
Militantes, periodistas y curiosos se agolpan en la sede del PSOE, en la C/Ferraz, el sábado 1 de octubre de 2016, a las 18 H.
Una mayoría de seguidores de Pedrosánchez apoyaban con espíritu guerrillero a su líder espiritual.
Una mayoría de seguidores de Pedrosánchez apoyaban con espíritu guerrillero a su líder espiritual.
Las cosas que no se ven en la tele.
Las cosas que no se ven en la tele.

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Angelitos belloS

30 viernes Sep 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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¡Ay, la inocencia perversa de esas imágenes ingenuas de equívocas criaturas adorables!

Un vídeo del angelito Aguado


Enlaces relacionados:

La revelación equinoccial de san Juan de Ortega

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Chulos de la muerte

28 miércoles Sep 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Rafael Alonso Solís

Dicen que Queipo de Llano –aquel milico golpista y borracho, que alcanzara el grado de teniente general y disfrutara de un marquesado como premio a sus méritos–, durante su virreinato en Andalucía en la guerra civil, animaba a los machos por la radio a violar a las mujeres rojas con objeto de demostrar la esencia de la virilidad, el valor de los esteroides testiculares en la definición del carácter, la raza contenida en los cojones. De la misma época y calaña, aunque mucho más feo, era José Millán Astray, al que en Madrid aún se le ennoblece con la calle que lleva su apellido, a la que la actual alcaldesa ha propuesto cambiar el nombre por decencia. Millán Astray, compañero de armas y uno de los modelos castrenses de Franco, debió ser un psicópata sanguinario, un fantoche sangriento y amante de los cadáveres, una de las muestras más aterradoras de aquella España en la que una parte defendía a la muerte frente a la inteligencia, y así nos fue el pelo. Millán Astray fundó la Legión, un ejército de élite dura y carente de sutilezas, un cuerpo destinado a resolver los rescoldos de la nefasta política africana por la vía directa de los baños de testosterona y las cabezas cortadas adornando los árboles del jardín. A mano tenía, como lugarteniente, a Francisco Franco, que ya posaba para las esculturas de las plazas de los pueblos, se entrenaba para misiones posteriores matando moros y –un suponer– se masturbaba a la vera del Cristo de la Buena Muerte. No es de extrañar que con aquellos ejercicios espirituales, con aquellas señales de la cripta, se fuera forjando la personalidad del futuro caudillo fascista, y que, a la sombra del Atlas, aquel “sapo iscariote y ladrón” –como lo calificó León Felipe– soñara con repartir castigos desde la silla del juez, hacer de juez supremo, imponer la ley y el orden desde su silla, dirigir aquella suma de naciones y países como se dirige un cuartel o se pastorea un rebaño. A Millán Astray se le conoce por la gesta que protagonizara en la Universidad de Salamanca, rodeado de su guardia personal y apoyado por el clérigo Enrique Pla y Deniel –el cardenal español, más tarde arzobispo primado de Toledo, que definió aquella contienda como guerra justa, elaborando la justificación teológica de la misma–, cuando sacó su arma y amenazó a Miguel de Unamuno, viejo y decepcionado, quien tuvo el valor y la dignidad de plantarle cara a la muerte. El filósofo tuvo que salir del claustro del brazo de la mujer del dictador, que había asistido al acto, achuchado por una jauría desencajada y cobarde, dispuesta a iniciar la instauración de un terror que duró muchas décadas. Como si el tiempo no hubiera transcurrido, la Plaza Mayor de Madrid se ha llenado hace días de legionarios gritando contra Manuela Carmena, que se ha atrevido a poner el nombre del general fascista en su sitio y devolver un poco de limpieza al callejero.


Unamuno sale escoltado por el arzobispo Pla y Deniel y acosado por los legionarios de Millán Astray del acto de exaltación franquista en la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936.

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Galería

La revelación equinoccial de San Juan de Ortega

23 viernes Sep 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Esta galería contiene 16 fotos

Gabriel de Araceli El 21 de septiembre de 2016, a las 19 H (GMT+2) el sol se elevaba sobre el …

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Pasionaria y los siete enanitos

17 sábado Sep 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

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Ángel Aguado López (Texto y foto de MVM)

     Leer un libro de Manuel Vázquez Montalbán es como adentrarse en una catedral gótica u observar El Jardín de las Delicias, un universo inesperado que te cae en las manos. Se necesitan días y días de atenta introspección y repetidas visitas para percibir una parte única del retablo extraordinario y radiante que se le presenta a los ojos del lector.

     Eso sucede al introducirse en el laberinto de “Pasionaria y los siete enanitos”. Manuel Vázquez Montalbán comienza su ensayo desentrañando el papel que desempeña en la mitología griega Psique, Afrodita y Eros, y en la posterior sociedad europea pre-burguesa el personaje-icono-rol de Blancanieves, o Cenicienta, la madrastra y los enanitos, siete, como los días, como los planetas, en torno a un astro, o a una mujer, a la que protegen, o a la que desean. Los argumentos de MVM son tan apabullantes que nadie, por muy erudito historiador que sea puede recriminarle una idea interesada o disgregadora, más allá de la pulcritud científica y documentada que revisten sus páginas. La referencia iniciática es una obra clásica de la psicosociología literaria, “Morfología del cuento”, un ensayo escrito por Vladimir Propp en 1928, aunque la inteligentzia europea lo ignorara hasta 1959; no se podía aceptar en la noche de la guerra fría un argumento proveniente del estalinismo de la CCCP. A partir de las ideas de Propp, MVM establece las consideraciones eróticas y sociales por las que el mito de Pasionaria se extendió por todo el orbe proletario como guía y madre de una revolución necesaria para cambiar el mundo: Blancanieves-Cenicienta-Psique-Afrodita-Eros-PCE-madrastra-pensionaria-abuelita; tiorra roja para la psicopatología castradora del enanito franquista; o el rechazo que sufrió en su libertad amatoria por parte de sus compañeros, los enanitos comunistas, impotentes para abrazar la otra revolución, la sexual.

     Dolores Ibárruri es Blancanieves-Psique como diputada electa en las elecciones de febrero de 1936. Su elocuencia espontánea y la naturalidad de sus palabras dolores_ibarruri_1936arrastraban a las clases hambrientas tras sus discursos. Y era aquel fervor denunciando los excesos del anti-republicanismo del Bienio Negro lo que la condenaba para la prensa reaccionaria: Afrodita-madrastra. MVM hace una exposición amplia y diversa de esos momentos tan difíciles de la historia de España, en los que una mujer de 41 años, con dos hijos a cuestas y otros cuatro fallecidos, separada y sin más bagaje cultural que su militancia obrera se expresa en el Parlamento y siembra el desconcierto y el odio de aquella otra España que, entonces como ahora, consideraba la piel de toro como su finca y a los españolitos como vasallos de usar y tirar. Será durante décadas la gran dama digna para todo el komitern estalinista, en un intercambio mutuo interesado de representación de los valores del comunismo pagado con el plato de lentejas que le concede la nomenclatura.

     Y pasará Pasionaria a Pensionaria tras su dimisión como secretario general del PCE, en 1959, recibiendo el culto a la personalidad que el PCUS impone a sus partidos satélites. Y ya en la transición democrática española, tras la exaltación a virgen procesional con la que la recompensará en Roma el enanito-ogro Carrillo recién muerto el sátrapa, Dolores pasará a ser la abuelita cariñosa a la que todo buen enanito comunista le dedica, al menos, una tarta de cumpleaños, en los 80.

     La madrastra nada sabe de los pecados inconfesables cometidos en la noche del comunismo. La desaparición en 1937 de Andrés Nin, o la purga de Jesús Hernández o de Jesús Monzón o de Francisco Antón, su amado del alma; o con posterioridad la expulsión de Semprún y Claudín, entre otros. O los ajusticiamientos que sufrieron (Carrillo miraba para otro lado) Heriberto Quiñones, o León Trilla, o Comorera; o las falsas acusaciones que el estalinismo vertió sobre el inocente y benevole Noel Field, o sobre Bedrich Geminder (Irene Falcón, la secretaria perpetua de Dolores y amante de Geminder lloró amargamente cuando un bilioso Semprún recordó durante la reunión del buró central, en Bohemia, en 1964, su brutal ejecución acaecida en 1952); o el fracaso de la Huelga General Pacífica en 1959; o la invasión de Hungría, en 1956, por los soviéticos a la que no puso reparos (aunque sí se opuso a la invasión de Checoslovaquia en 1968)  son asuntos que se diluyen en la dialéctica estalinista, como consecuencia del juego de alianzas que en aquellos años dominaba el mundo. ¿Erais cómplices o tal vez imbéciles? pregunta un acalorado Arthur London a los bragados comunistas españoles que aceptaron sin más, o por zampa, las imposiciones de Stalin.

     Dolores fue Blancanieves junto a Francisco Antón, su príncipe azul, catorce años más joven que ella. Una relación que mantuvieron con gran discreción, pero que se topó con la incomprensión y el rechazo de la mayoría de los enanitos comunistas, dogmáticos moralistas, machistas consumados, que arrastraban la frustración sexual que Lenin enunció deseable para todo buen bolchevique frente al amor libre, ¡aquella invención burguesa! De Blancanieves Ibárruri pasó a Afrodita, madrastra, hembra herida por el abandono de Antón, mantis religiosa que devora al amante y lo condena al averno de una fábrica perdida en Polonia por su deserción, por enamorarse de otra mujer más joven, por su heterodoxia, acusándole de ser un agente capitalista. Él, Antón, recibido por Stalin junto a Carrillo y Dolores en el Kremlin, en 1948. Él, Antón, de presumible secretario general del PCE a digno obrero manual en Varsovia. Después volverían a verse, en 1975, cuando el homenaje en Roma a la virgen de los Dolores, pero no se dijeron nada.

     Y fue Dolores la gran dama digna, la diosa Ceres cuando todos los enanitos se peleaban por el poder en la larga diáspora del exilio, entre París y Moscú, entre México y el interior, entre Crimea y Praga, entre Toulouse y Madrid. El enanito Líster, el enanito Uribe, el enanito Claudín, el enanito Ignacio Gallego, el enanito Castro Delgado, el enanito Semprún, el enanito Azcárate, o el enanazo Carrillo, el enanito más listo de todos, el zorro rojo, como lo denomina Paul Preston. Todos cavando, o socavando la mina comunista para apoderarse del gran diamante de la poltrona presidencial de la secretaría general del PCE. Dolores, Pensionaria en su doble condición de florero chino y mater amantísima, retrato de grupo con señora. La gran mentira del comunismo, el terror de Stalin, los partidos satélites clonados del PCUS, la sumisión del proletariado a los preceptos impuestos desde la cúspide estalinista criminal, la casta que pasa sus vacaciones en las dachas de Crimea, o que tiene acceso a los alimentos, a los pisos con calefacción en el gélido Moscú, o los que tienen cama en los hospitales, todo eso será obviado por el comité central, todos sonámbulos, puro vodka, nómadas, suicidas, militantes.

    Y fue la mater dolorosa que pierde a su querido hijo Rubén, muerto en la defensa de Stalingrado y héroe por tanto de la URSS. Esa tragedia la arrastrará amargamente a lo largo de sus días, como culpándose de su amor y dedicación por la causa obrera, por el romanticismo comunista, incapaz de vencer a pesar de sacrificios tan llorosos a la santísima trinidad capitalista: mercado universal, verdad neoliberal y ejército vigilante (el yanqui), como ahora.

    Y ya convertida en un símbolo inocuo ejerce hasta el final de sus días de abuelita venerable, siempre embutida en su vestido negro y su pelo recogido en un moño según la tradición vizcaína de mujer digna y vernácula, aceptando agradecida los homenajes que le hacen los enanitos nietos (Andrés Sorel, Jaime Camino), o inmutable ante las recriminaciones que le hace el enanito nieto díscolo, Gregorio Morán.

    Veintisiete años después del fallecimiento de Dolores Ibárruri puede parecer ociosa la lectura de este libro si no fuera porque lo escribió un gigante. Pasionaria ocupa un lugar recóndito en el anaquel de la historia reciente de España. Vilipendiada hasta la náusea por la hagiografía franquista, la olvidadiza memoria tampoco le ha otorgado un papel relevante en el feminismo patrio, como si su pasión amatoria a contra corriente no significara un hito en la revolución de las costumbres y los usos amorosos en aquellos tiempos plomizos, a pesar de la ceguera y la desaprobación de sus camaradas de partido que la condenaron por ser una mujer valiente en el amor.

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MVM en los cursos de verano de El Escorial, en 1990.

     Manuel Vázquez Montalbán es posiblemente el escritor más brillante que ha producido España en la segunda mitad del siglo XX. Su extensa obra trata todos los géneros imaginarios: poesía, gastronomía, ensayo histórico, crónicas sentimentales de las distintas transiciones políticas o sociales por las que ha pasado el país, novelista afamado y temido columnista, periodista, padre de uno de los personajes más leídos de la democracia, el cínico, irreverente, resignado y conmovedor detective Pepe Carvalho. Su prematura muerte dejó pasmado y huérfano al universo metafísico y literario europeo, al tiempo que la aznaridad descorchaba cava al verse librada del azote que tanto zahería con sus artículos entre otros al esperpento de los tres enanitos de las Azores, cuatro con Barroso. Después, todos supimos qué pasó. Quizás Blancanieves hubiera también gritado de espanto desde alguna tribuna, Pasionaria ella, contra las armas de destrucción masiva que el capitalismo neocon desplegaba nuevamente contra el harapiento proletario iraquí.

    Encontrar “Pasionaria y los siete enanitos” es una tarea ardua o imposible. Agotado, los esfuerzos por conseguirlo en librerías de viejo han resultado estériles. Existen tres ejemplares en la red de bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid. El ejemplar consultado ha recibido desde su aparición, 1995, la visita de veintiún lectores, según consta en el estadillo de anotaciones de fechas. Veintiún lectores en veintiún años. Magra costumbre la de leer en este país sacudido por su violenta historia.

    No se descarta el presumible boicot editorial a una reedición que puede haber sufrido un rojo como MVM y una obra como esta en un lugar como este. Más aún en estos tiempos, cuando la política cultural del Gobierno, ahora en funciones, estuvo representada por un espécimen enanito que tras su desconcertante gestión educativa marchó a París a vivir libertariamente, pasionario él, su nuevo amor con otra guerrillera desertora de la aznaridad. Seguramente en la Avenue Klèber, donde se reunían, clandestinos, los enanitos del comité central.


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Pasionaria y los siete enanitos

Manuel Vázquez Montalbán

Editorial Planeta, Espejo de España, 2ª edición, junio de 1995. 542 páginas.


Enlaces relacionados:

Dolores

Bagdad, trece años después

 

 

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Esperando a Quintana

11 domingo Sep 2016

Posted by Ángel Aguado in Uncategorized

≈ 1 comentario

Gabriel de Araceli

Reclama Venus, ¡oh, el amor!, a Adonis que no parta a la guerra. Tiziano. Ese escorzo, nalga y espalda que se enrosca cautivo en el pecho del guerrero porque sabe que se perderá en la batalla, que su pasión quedará en cenizas. Súplica, evidencia cruel de la tragedia, Adonis, Cupido dormido. Sin ti no queda nada. La espera al paso de los ciclistas semeja el triste final que, en un suspiro, nos aturde cuando los 180 atletas del pedal se cruzan en un segundo ante nuestros ojos incapaces de distinguirlos, como si una estela atravesase el cielo, apenas un relámpago. Dos horas antes la carretera se corta al tráfico bajo la atenta vigilancia de los municipales. Y Venus, ruborosa, aprieta contra su pecho el de Adonis, un instante más, otro instante eterno, amor mío. El helicóptero ronronea una hora antes sobre los cielos como si los labios de Venus susurraran al amante su atención. La construcción del amor, lentamente fogueado a besos tiernos. Y es un sinfín de motos de televisión, de prensa y coches lentamente desgranados en procesionaria hilera sin que de los ciclistas nada se sepa, se les espera. Ahora es Adonis el que, herido de amor, se abraza a Venus para darle un penúltimo abrazo y se enzarzan en duelo singular, mientras Cupido, ya despierto, dispara certero sus dardos emponzoñados. Y pasan más motoristas, la Guardia Civil infinita, con unas motos enormes que parecen bajeles atajando el mar de asfalto, y tendido en la pradera el sol pega con saña al espectador como exigiéndole valor y fe en los ciclistas venideros. Venus y Adonis se entregan al deseo y yacen revueltos en los mantos de Cupido, sin freno, sin descanso. Por más motazas que pasan, por más coches de enlace y camiones y helicópteros, caravana interminable, no hay rastro de los ciclistas, 30, 40 minutos de retraso. ¡Ay, Adonis, ay, Venus!, el amor es un trueno que se escapa entre las azucenas olvidado. Y llegan nuevos coches y sirenas de las motos y más furgonetas, pero de los ciclistas nada se sabe, quizás dormidos en el sol de holocausto que abrasa el septiembre madrileño. Venus y Adonis desenroscados, desabrazados, parte a la guerra él y ella, de amor herida, sabe que no volverá. Y de repente, tras la rotonda aparece una verbena de luces y de sirenas, más motos y más coches, y sí, ahora son ellos, por fin, los ángeles alados sobre caballos de carbono y tubulares y suenan los aplausos y los gritos de ánimo y una fina fila de pegasos vuelan raudos, tan guapos, tan jóvenes, tan amorosos, en apenas unos segundos sin que dé tiempo a distinguir siquiera al jefe rojo, centurión protegido por su legión de ángeles guardianes. Y eso fue todo, se terminó en un instante, como el amor, como el coito, abrazos entretegiendo la pasión desbocada. Y olvidada. Tristeza del amor consumado. Ganó Quintana.


Los ciclistas a su paso por Majadahonda, apenas un destello entre las motos.

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