Carmelita Flórez

Axonometrías y veladuras, volúmenes, líneas precisas, sombras e interiores, atmósferas recluidas bajo el filtro sosegado del tiempo, introspección recluida en los cacharros pequeños del desván del alma grande de artista. No hay apenas figuras en la pintura de Isabel Quintanilla, como si en el examen minucioso del espacio limitado de sus lienzos tuviera sólo cabida el universo entero de la existencia de los objetos inanimados: un vaso de Duralex, la máquina de coser de su madre modista, el frasco de Vicks Vaporub, los cacharros en el escurreplatos, el detergente Ajax… El preciosismo hiperrealista de Isabel parece impregnar de vida los trastos ordinarios que su pincel modela con paciencia de amanuense. Porque apenas si hay personas en sus cuadros. Cobran vida los objetos inanimados. Y algún recuerdo de los chicos de su banda, algún apunte de los realistas madrileños, todos grandes: Antonio López, Lucio Muñoz, Francisco López, su marido, Amalia Avia, María Moreno, Esperanza Parada, que eran su familia y sus compañeros de estudios y con los que compartió conversaciones sobre la vida, sobre literatura, sobre las formas, sobre el arte de pintar.

Ser mujer y artista en los años 50, 60 y 70 en España, labores del hogar, maternidad y crianza de los hijos, tal vez el refugio del crepúsculo tardío para, ya recogida la casa, aventurarse con los pinceles y la paleta en la inmensidad vacía de un lienzo en blanco y llenarlo de frutas, de flores, de formas, de luces, de sombras, como si en el recogimiento pintado de un instante se magnificara al óleo el tiempo infinito de la vida. Ya su primer autorretrato, que sirve de entrada a la exposición, sencillo, un poderoso claroscuro a lápiz sobre papel que bien pudiera servir para certificar cum laude su examen de ingreso en la Escuela de Bellas Artes, determina muy bien la sensibilidad de la artista. O ese rincón íntimo del cuarto de baño con la ropa usada, el lavabo del rincón, la monotonía de la lluvia en los cristales, el salón de su casa… una intimidad compartida con el curioso impertinente que accede sin recato a los secretos diarios de su existencia femenina. Quizás un paisaje de tejados o la enredadera de un jardín a contraluz, o un huerto florido de pensamientos, o el refugio desordenado de una mesa de escritorio donde acumulaba su inspiración. Y una poderosa técnica pictórica que la iguala a Clara Peeters, o a Sofonisba Anguissola, o a Artemisia Gentileschi, todas grandes, todas dotadas con la perspicacia íntima de mirar para dentro para que los demás lo vean desde fuera. Eso es todo, la belleza es a veces sencilla como la pintura, técnicamente perfecta y plena de dulzor de Isabel Quintanilla.

 

  Y hay un mundo de mujeres en el Museo Thyssen que merecen también ser vistas: la santa Catalina de Alejandría del Caravaggio; o doña Tita Cervera, de Macarrón; o la duquesa de Sutherland, de John Singer Sargent; o la Toilette, de Francois Boucher; o la amante del duque de Orleans, de Delacroix; o la habitación de hotel, de Edward Hopper; o Venus y Cupido, de Rubens, un universo expuesto para el regocijo de nuestros ojos.  Isabel Quintanilla está ahí entre ellas, tal vez un paso más adelante.


  Isabel Quintanilla (1938-2017). Exposición en el Museo Thyssen, Madrid. Del 27 de febrero al 2 de junio de 2024.


Fotos de Terry Mangino