Agustina de Champourcín
El afán expoliador de las potencias coloniales europeas ha llenado sus museos de tesoros provenientes de los países antiguamente ocupados. El museo Pergamon de Berlín tiene uno de los tesoros de la corona del antiguo Egipto: Nefertiti. El Louvre es un catálogo de tesoros provenientes de las rapiñas que Napoleón hizo en Oriente Medio y Grecia. El obelisco de Luxor contempla el paso de los ciclistas del Tour en la Place de la Concorde, ligeramente alejado de su emplazamiento original, Tebas. El British Museum recoge sin ninguna duda el ansia depredadora de riquezas artísticas que el United Kingdom ejerció en sus colonias durante siglos imperiales: frisos del Partenon, piedra de Rosetta, cacería de leones de Asurbanipal…
Perdida en la quietud de la soledad soriana, rodeada de la nada se alza en una colina la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, construida en el siglo XI. Una comarca despoblada a una altitud media que supera los 1100 m. Por fuera parece una construcción anodina, una lonja para guardar herramientas o carruajes o ganado. Nada indica las riquezas pictóricas que guardaba su interior, utilizado como redil a comienzos del siglo XX por los moradores de la comarca, que veían con cierto pavor las pinturas murales de su interior fechadas sobre 1125. Figuras amenazantes, trazos antiguos, animales descabalados y misteriosos, un elefante (nadie vio durante aquellos siglos en la Península Ibérica un paquidermo), unos bueyes, escenas de caza, santurrones hieráticos mezclados con el hedor de los orines y excrementos de las merinas. ¿Para qué conservar esas paredes pintarrajeadas si de ellas se podía obtener un buen puñado de dólares?

Dictadura de Primo de Rivera, septiembre de 1923, cien años ha. Aprovechando el desconcierto corren por España marchantes de arte en busca de tesoros ignorados. El parisino Gabriel Dereppe era uno de aquellos emprendedores desvergonzados, trabajaba para un anticuario de la Ville Lumiere. Vio una oportunidad única de negocio en los muros de la ermita ruinosa. La ignorancia de los escasos moradores y la codicia de los dueños hicieron el resto y por la ínfima cantidad de 65.000 pesetas fueron compradas a los propietarios los murales del corral que guardaba las ovejas. 23 fragmentos de las pinturas fueron arrancados de las paredes. La alarma saltó cuando algún vecino se apercibió de la opacidad del asunto y la denuncia creó una alarma nacional propiciada por los periódicos y el miedo al extranjero. Pero la escasa legislación vigente protectora del patrimonio nacional y la sentencia inexplicable del Tribunal Supremo confirmando la legalidad de la venta derivó en que las pinturas salieran de España en 1925 rumbo primero a París y después a los United States of America. Está acreditado que el negociante Dereppe vendió un fresco de San Baudelio al Museo de Bellas Artes de Boston por 75.000 dólares, una cifra infinitamente superior a la ridícula pagada por su compra fraudulenta.
Posteriores negociaciones entre los gobiernos español y americano consiguieron una permuta de parte de las pinturas de San Baudelio por el ábside de la ermita de Fuentidueña. No salió gratis. Traspasadas a lienzo las pinturas se exhiben como depósito temporal indefinido en el Museo del Prado desde 1957. El patrimonio artístico español sufrió el expolio de una potencia colonizadora. Tal vez como antes se hizo con el patrimonio perteneciente a los pueblos americanos que formaron su imperio.
Habría que señalar en la bolsa de los expoliadores a Arthur Byne, el agente de Williams Randolph Hearst, Citizen Kane para Orson Welles, que saqueó por las mismas fechas las ermitas de Sacramenia y Fuentidueña en la vecina Segovia. Arthur Byne, sin embargo, estaba considerado en España como un experto hispanista que recibió de la dictadura la Cruz del Mérito Civil de manos del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, en 1927.
La visita a San Baudelio es gratuita. Los visitantes exclaman sorprendidos ¡ohs! de admiración al penetrar en su interior de luz atenuada. La inmensa palmera de ocho brazos, columna central del edificio, parece derramar las miradas sobre los siglos pretéritos. ¿Cuántas personas habrán pasado por aquí y se habrán, también, emocionado? Las huellas de los frescos arrancados aún hablan al observador atento. Se escuchan palabras antiguas, corren por el aire las oraciones, los rezos que durante siglos pronunciaban los fieles, tal vez los vocablos malsonantes con los que los pastores arracimaban las merinas. O las exclamaciones de satisfacción del marchante Gabriel Dereppe cuando conseguía de la estulticia de los propietarios de la ermita los contratos codiciosos que le hicieron rico, inmensamente rico.
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Fotos de Terry Mangino








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