El Retiro era una fiesta

Carmelita Flórez

Ernest apuró su tercer bourbon camuflado entre la multitud que llenaba el Paseo de Coches de El Retiro. Martha Gellhorn le esperaba junto al ángel caído de Ricardo Bellver. Dos Passos evitó el encuentro refugiándose en la motora del estanque. Nunca comprendió que Ernest le negara su apoyo para esclarecer la desaparición de Robles Pazos. Los enamorados se besaban frente al monumento de Alfonso XII. ¡Te querré siempre!, le decía Benicio a Rosalinda, que sabía que era mentira, que tenía otra, pero… ¡el beso era tan dulce! Javi Javichy, especialista en risas, llamaba a su perrito Bruno al orden. Bruno se refugió en las manos de Amanda, de siete años, venida del Ecuador y aún sin regularizar papeles, su mamá. Hey Jude d’ont make it bad cantaba una multitud de sinfónicos nacidos en mayo del 68 en la pradera enfrente de la Cuesta de Moyano. ¡Estos jóvenes!, pensaba don Pío Baroja con cara hipocrática desde su monolito de bronce. Igor Gnomo le extraía con sus caricias todos los lamentos íntimos a su guitarra brasileira acompañado de la voz de Aroa Fernández, aquello era un derroche de gusto. ¡Ay, la música al servicio del placer! Allí arriba, en lo más alto, Aniceto Marinas miraba a una mujer que perdía su mirada por el estanque. Sí, su figura le sabía a yerba de la que nace en el valle, era como una mujer perfumadita de brea, perfecta para figurar en su monumento a La Libertad, junto a la de aquel rey que murió de tanto amar.

—No sé, Ernest, —le dijo la Gellhorn— tal vez si nos fuéramos al Florida —el hotel— podríamos alegrarnos esta tarde tan apacible retozando sobre las sábanas. Aún te falta escribir la mejor de tus novelas y la puedes escribir sobre mí.

—Me parece bien —dijo Ernest.

El Retiro era una fiesta.


Fotos de Terry Mangino


Enlaces relacionados:

Ningún niño palestino verá jamás Cortilandia

Una Marea Rosa inunda las calles de Madrid: Carrera de la Mujer 2025

Carmelita Flórez

Buena edad para empezar a practicar Atletismo.

36.000 mujeres tributaron el domingo 11 de mayo un agasajo postinero a ese Madrid lleno hasta la bandera, últimamente de guiris. Trotaban ellas por sus calles llenándolas de pétalos de rosa y esfuerzo atlético. Por un rato la ciudad perdió el trajín de rompeolas y se llenó de latidos y zancadas. Aguardaban las calles el paso de la carrera y se escuchaba un silencio olvidado y expectante. El río que nos lleva, ese Manzanares galante de aguas últimamente, se vistió de rosa y se trasbordó a la Castellana, a Recoletos, a Cibeles, a la calle de Alcalá, donde va y viene la florista hasta acabar en el Parque del Oeste, uno de los pulmones de Madrid. Y cuando la marea rosa se desbordó por la Gran Vía todo se llenó de un tsunami carmesí, de alegría contagiosa para los turistas maleteros que miraban sorprendidos aquella agitación de piernas corredoras, de sudor retrechero, de linimento, jadeos y agujetas. Casi siete kilómetros para comprobar el estrago que el paso del tiempo nos deja, o por la necesidad de hacer ejercicio o para conversar con la amiga de toda la vida a la que no ves desde hace tiempo, la excusa perfecta para emplear el domingo por la mañana.

Una gran atleta descendía como un torrente a su paso por el Paseo de Recoletos.

¡Qué bien he corrido, no me he cansado nada!, le decía doña Mari Carmen a su amiga del alma, doña Margarita, tras emplear casi dos horas en el recorrido. ¡Es que nos conservamos muy bien!, no hay nada como el shopping. Yo todas las semanas recorro algún outlet en busca de gangas, le respondió doña Margarita. Las atletas de élite hacía tiempo ya que habían terminado la carrera. Ivana Zagorac, la primera clasificada, la corrió por debajo de tres minutos el Kilómetro, 20 minutos y 34 segundos, una gran marca. Pero se perdió la conversación entre doña Carmen y doña Margarita. Siempre hay que renunciar a algo cuando se está en la elite. Madrid era una fiesta rosa, decía Hemingway desde el Hotel Florida, en Callao.


Fotografías de Terry Mangino


Enlaces relacionados:

Carrera de la Mujer 2024: Madrid en rosa

Carreras Populares

Maratón de Madrid 2025

Ya queda menos para la San Silvestre 2025


Protesta perruna

Teodosia Gandarias

Esos perritos que alborozan el ánimo de las personas, que sirven de consuelo e ilusión diaria, de compañía y estímulo para los corazones solitarios que tienen en ellos un amigo, un oyente mudo con el que conversar aunque sea sin recibir palabras, sólo su mirada atenta mientras mueven el rabito en señal de afecto. Sí, Jumble, el perrito fiel de Guillermo Brawn; o Lassie, la perrita aventurera que acompañaba a Elizabeth Taylor; o Laika, aquella perrita cosmonauta cuyo cuerpo giró durante 163 días en la órbita terrestre; o Snoopy, el único apoyo en quien confiar del incomprendido Carlitos Brown; o Scooby-Doo, un perro pasota, único amigo de Shaggy; o Rin Tin Tin, el perro policía y guardián del orden que pone en apuros a los malos.

Resulta que el Ministerio de Sanidad tiene pensado una ley, la 666/2023, que impide a la medicina veterinaria utilizar medicamentos humanos en los animales, o indica un uso restrictivo y limitado de algunos fármacos, lo que limitaría la salud de los perritos. Y los veterinarios consideran que esa ley va en contra del bienestar de sus amigos y se han unido para protestar contra la ley porque reduce, o dificulta, las posibilidades de curación en los canes que contraigan enfermedades.

El pasado 7 de mayo, veterinarios de toda España se concentraron en Madrid, en las puertas del Congreso de los Diputados para pedir la anulación del proyecto de esa ley y la dimisión del ministro del ramo. Se armó un gran alboroto enfrente del Congreso, a las puertas del Hotel Palace, serían como medio millar los manifestantes, que pitaban y pitaban a través de sus silbatos. En su sillita de transporte, Famalda, una perrita caniche, miraba pacientemente aquel jaleo sin inmutarse. Su ama, veterinaria venida desde Málaga, le premiaba con galletitas perrunas su buen comportamiento. Al final, Famalda también se incorporó a la protesta. ¡Guau, guau, guau, guau!, ladraba desaforada, que en lenguaje perruno quiere decir que no le restrinjan ni le priven del uso de medicamentos que le puedan salvar la vida si está malita.


Fotos de Terry Mangino

Maratón de Madrid 2025

Agustina de Champourcín. Fotos de Terry Mangino

Correr, correr, correr para evadirse del tiempo, de la angustia diaria, de los males de uno mismo. Tal vez para huir de la existencia cotidiana anclada en la parsimonia de la monotonía de todos los días. La Maratón, la carrera imposible. Disciplina autoinflingida, perseverancia de zapatazos sobre el duro pavés como latigazos que pusieran a prueba la autoestima, fustigarse el esqueleto en cada paso, penitencias de sudores y agujetas, sufrimiento físico infinito, voluntad de no rendirse, catarsis redentora de los males del cuerpo y de las penas del alma.  42.195 metros de duro penar para confirmarse en la depuración del espíritu.

Ayuda a Ukraine

Correr la maratón, épica de adrenalina, surtidor de ácido láctico bloqueante desbordado por las venas, torrente de cansancio infinito gozoso, baño de locura colectiva, de recogimiento íntimo. Ejercicio monacal de reclusión interior, de reflexión dolorosa. La Maratón, esa procesión que abarrota las calles de la capital de penitentes fervorosos del cansancio, arrastrando sobre sus espaldas su cristo lacrimoso de zancadas como puñales, de llagas en las plantas de los pies clavadas al madero del asfalto ciudadano, como si declamaran una saeta colectiva en honor del santo esfuerzo. Filipides de barriada exclamando jubilosos el grito de triunfo al llegar a su Atenas, a su meta: ¡Alegraos, nos vencimos!  

Será el Tramadol

Etiquetas

Agustina de Champourcín. Fotos de Terry Mangino

Era el día del libro. Aquello fue tan sólo la antesala del infierno, se abrió el semáforo y desde el cielo llovió una bandada de cigüeñas que con sus hipohuracanados graznidos envolvieron la atmósfera de un olor a chamusquina. Me dolía la cabeza. Me dolía todo el cuerpo. Sí, mi cerveza helada, de la copa pasó a mi boca y de un trago largo y lento disolvió la pastilla del calmante, disfruté que el catamarán se perdiera entre la niebla por la desembocadura del Manzanares rumbo a los Mares del Sur. En mitad de la corriente, don Gonzalo pescaba, sin demasiado éxito, lampreas con cara de rey pasmado.

Sin embargo, nada de esto conocía Javier Krahe, que enganchado en los pechos de Viridiana contemplaba como el sol se escondía raudo sin atender a los reclamos del Ángel Caído, de Bellver, que gritaba enardecido porque le habían robado a su musa. Un poco más allá, al otro lado del río y entre los chopos de la colina, Hemingway disparaba a un banco de boquerones que nadaba de flor en flor a la búsqueda de las muchachas, acomodadas y en silencio en una mansión acolchada de tules y damasquinos. Varguitas, todo de Ermenegildo Zegna, se recogió en su casa verde sin que Patricia, jazmines en el pelo y rosas en la cara, sospechara jamás de sus intenciones espurias de cambio de pareja.

No, nunca antes, jamás, Pepiño Carvalho previó algo parecido. El vigilante hizo una señal desde la cabina de control y las vías se desplazaron unos segundos antes de que el AVE procedente del Kilimanjaro apareciera sobre el Puente de los Franceses y evitó que se estrellara contra el mercancías repleto de munición roja para la tomatina. En la radio sonaba una canción triste de Hill Street. El aire olía a rosas de primavera, como de amor derramado por amantes clandestinos. Sí, ella nunca se desprendía de su ropa interior Je t’adore hasta que él se desbordaba, incontinente, sobre su piel de seda.

—Estás ahí, —preguntó Williams de Baskerville a Adso.

—Sí, maestro.

—Pues no le des importancia al reflejo de las estrellas sobre los jinetes del alba. Son el tributo que hay que pagar para contemplar los sueños trascritos al papel.

En un recodo de la Alcarria, una mujer vestida de negro, casi parecía una bruja del Auto de Fe, de Berruguete, reñía a un gordo mal encarado que aguantaba el chaparrón sin rechistar: ¡No quiero ver más cartapacios mallorquines por aquí, que te sirvan de combustible para una queimada!  El laureado exudaba papeles por todos los poros de su cuerpo bizarro, por más que se refrescara el gaznate con orujazo clandestino traído de Portugal. «Haberlas haylas, sí, señor», dijo con un hilillo de voz el apuesto mozo que les suministró agua, azucarillos y aguardiente.

Vicent se recogió muy de mañana en su bergantín goleta y a poco, tras sus abluciones y la lectura de la prensa, extendió sobre la albufera la red para pescar camarones. No más de trescientos podría ser el número ideal para un buen arroz a banda. O para la columna dominguera, palabras, de la última página.

Sí, Júpiter, Marte, Venus y la Luna se alineaban con el crepúsculo de la tarde. El dolor de cabeza no se le iba a Terry por más que se tomara dos, tres pastillas de aquel analgésico canalla.

La Bureba: románico, silencio y soledad

Etiquetas

, , , , , , , , ,

Carmelita Flórez

El caminante siente una extraña sensación cuando pasea por estos pueblos burgaleses vacíos, como si tras las ventanas cerradas, tras las puertas clausuradas, tras los anuncios de escombros en venta, en el interior de las fachadas ruinosas, desde el fondo oscuro de los desvanes unos ojos invisibles le observaran, le censuraran el atrevimiento de invadir un paraíso ajeno. Deben ser los espíritus de sus antiguos pobladores que le reprochan que con sus pasos altere la paz ganada en tantos años de abandono, que vigilan que esa memoria se mantenga oculta y ajena a su curiosidad. Es el deterioro del tiempo. Sólo los gatos se detienen inmóviles al descubrir al extraño y le afean con su mirada felina la impertinencia de sus pasos hollando un santuario.

Hay más gatos que vecinos en Barrio de Díaz Ruiz, pedanía de Briviesca. Ocho humanos. Incluso el sepulcro de Juan de Velasco y doña Mencía de Rada, condes de Revilla, que se encuentra en el interior de su iglesia del Salvador, obra de Juan de Bueras, tasado en su época en 12.000 reales, tallado en fino alabastro en 1591, está vacío. No hay restos en su interior, no hay nada. Fue un homenaje póstumo encargado por su familia castellana, los notables Velasco, pues el destinatario, don Juan, capitán general de la Armada de Indias falleció en el mar Caribe, cerca de La Habana en 1578 y sus huesos nunca se encontraron. María Luisa, habitante de este pueblecito burgalés, se ha puesto un martes sus galas de domingo para servir orgullosa de guía a los forasteros que visitan sus dominios. ¡Ay, qué bien suena su acento recio castellano! Parece un despropósito que tan extraordinaria talla sepulcral no contenga nada, ni los restos de un naufragio. Un presagio a finales del siglo XVI, reinado del rey prudente, Felipe II, anticipándose o anunciando el deterioro de una Castilla que con su imperio ultramarino y sus ansias de riqueza vertebró España y quedó después invertebrada, orteguiana, en ruinas tras la pérdida colonial. Como ese blasón torcido sobre la portada del palacio ducal, erigido para gloria de otro Velasco, bastardo, torcido de nacimiento a su pesar.

Marciano contempla el tiempo detenido en Barrio de Díaz Ruiz.

 Marciano, 42 años de camionero, marido de María Luisa, se alegra de conversar con los forasteros que irrumpen festivos en su calle siempre vacía. Unas frases con los visitantes para recontar sus paseos en su viejo Barreiros por toda la vega burgalesa transportando trigo, corderos churros, patatas, piensos… El placer de intercambiar conversación con los viajeros en su lengua pronunciada con la exquisitez secular de Quevedo, de Juan de Yepes, de don Miguel de Cervantes, de Moratín… Música celestial para los oídos atormentados de oír la turbamulta de barbarismos y exabruptos que invade ahora el habla de los urbanitas abrumados.  ¡Que tengan ustedes un buen día, caballeros del pedal!

Cementerio de Hermosilla.

La ermita románica de san Facundo se alza orgullosa camino de Hermosilla. Su imponente espadaña parece un faro que indicara el buen rumbo. Hermosilla, Barrio de Díaz Ruiz, silencio y memoria. Vidas pasadas reposando en el camposanto.  

Briviesca es la cabeza de partido de La Bureba, 7800 habitantes entre sus cinco barrios. Repoblada la última década con inmigración procedente de Marruecos y ahora con la colonia sudamericana. Tiene ferrocarril, camino de Francia, desde mitad del siglo XIX. En su estación del tren ubica Galdós el encuentro tumultuoso de los personajes de su 40 Episodio Nacional: “La de los tristes destinos”. Teresa, la protagonista femenina, declara su pasión carnal a un Santiago Ibero abrumado, el protagonista masculino. Es el comienzo de un gran romance que continuará por el sur de las Galias y llegará a París, donde se fragua la revolución comandada por Prim, que supondrá la segunda huida de los Borbones, el exilio de Isabel II del trono de España, septiembre de 1868. La Gloriosa. El tren, el camino por donde transita la libertad. Volvieron, los Borbones. La Bureba parece anclada en la historia. Por aquí nunca pasó la revolución.

Briviesca, Virovesca: Via de Hispania a Aqvitania. Ab Asturica Burdigalam. Monasterio de Santa Clara, retablo tallado por el maestro Pedro López de Gámiz, empezado en 1551, madera de nogal sin policromar, esculturas monumentales que reducen a la humildad, a la contemplación, por su negrura, por su grandeza, al visitante. Capillas, sepulcros, figuras sacras, grandes ofertas de salvación a precios regalados; rebajas, todo a cien, por un plato de visitas la santidad perpetua: “Los que visitaren esta sagrada capilla ganan todas las gracias e indulgencias que están concedidas a todas las iglesias i altares de la santa ciudad de Roma que son infinitas en gran manera i quantas beces entraren rezando lo que quisieren ganan indulgencia plenaria i remission de sus pecados…”, está escrito en uno de los retablos de la colegiata de santa María. Visitaren, futuro imperfecto del subjuntivo. Visitaren. Visitarían, uso del condicional en lugar del pluscuamperfecto de subjuntivo; hubieran visitado, confusión en el habla de Sancho de Azpeitia, el vizcaíno (de la que se mofa Cervantes en el capítulo VIII de don Quijote), error de riojanos y navarros. Tiempo verbal en desuso, como el placer de escuchar el silencio de los claustros de Briviesca.  

Imagen del retablo del monasterio de Santa Clara. obra de Pedro López de Gámiz, en Briviesca, empezado en 1551, aún sin policromar.

Soto de Bureba apenas tiene una casa habitada, pero tiene cura. Su joya, la iglesia románica del siglo XII (1176) ha sufrido el paso del tiempo tanto como las reformas poco afortunadas de su interior de muros de ladrillo-visto para evitar su ruina. Destaca por su portada con tres arquivoltas labradas con motivos didácticos-religiosos para inflamar de fe y temor cristiano el corazón de las almas simples. El cura, Stefano, muestra la iglesia. Él y dos más tienen la misión de evangelizar a sesenta pueblos de La Bureba. El cura Stefano viene directamente del Vaticano, de Roma. Sería como un fichaje galáctico importado de fuera, dadas las pocas vocaciones sacerdotales que afloran por la comarca. Muy cerca se encuentra Navas de Bureba, mucho más poblado que Soto: 20 habitantes. En su iglesia románica (construida sobre 1233), otra joya, destaca el retablo barroco del siglo XVII, más propio de una catedral y sorprendente para un pueblecito tan pequeño. Ah, santa Águeda muestra en un rincón, en bandeja de plata sus tetitas amputadas. Pobrecita, disminuida en sus encantos de mujer.

Portada románica de la iglesia de Soto de Bureba.

El tiempo se ha detenido en los relojes callejeros de Poza de la Sal. Antiguo asentamiento romano representa, según dicen sus moradores, un compendio de tres cielos: el cielo de La Bureba, a 700 m de altitud; el diapiro de Poza, a 750 m de altura, las fuerzas tectónicas de la madre Tierra desatadas; y el de Páramo de Masa, 1176 m. El tiempo es perpetuo en la iglesia de san Cosme y san Damián. Construirla llevó cinco siglos y aún hoy está en obras de restauración. Luce cinco retablos excesivos que hablan de la riqueza de esta villa tan salada. Poza de la Sal rinde homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente, su más universal vecino. ¡Ay, aquel amigo de los animales que se nos marchó una semana santa, hace ahora 45 años! Los lobos, sus lobos que Félix convirtió en corderitos y que ahora quieren matar nuevamente con la venia escopetera de los políticos, cazar 51 lobos en Cantabria y 41 en Asturias. Pero ¿qué han hecho los lobos para merecer tan trágica suerte? ¿No sería mejor destituir a esos 51 más 41 políticos negacionistas?, parece preguntarse Félix desde las estatuas que le han dedicado en su pueblo. Poza de la Sal, 200 habitantes y sólo tres niños en edad escolar. El año próximo sólo habrá uno. Poza de la Sal llegó a producir en 1853 seis millones de Kg de sal, 6000 toneladas, 16,4 toneladas por día. ¿De verdad se producía eso? Ahora, en su trazado reticular de calles resuena sólo el alboroto de los visitantes apresurados. Félix, vuelve, te necesitamos, tanto como a los lobos.

El reloj no marca las horas en Poza de la Sal.

Los espíritus se refuerzan por los caminos y los cuerpos reclaman sustento y atención. Arona Gassama, chef y maestro culinario, ha venido de Senegal a Oña para premiar en su restaurante, Blanco y Negro, los paladares del viajero. Tras el caviar de berenjena o el yassa poulet (pollo a la brasa con arroz jazmín de Tailandia, cortado dos veces) es más fácil afrontar la visita al monasterio de san Salvador de Oña, enhiesto surtidor de piedra y talla que acongoja al cielo con su arte. Excesivo monumento dedicado a las negrituras evangélicas con imágenes penitentes de cristos llagados y sangrantes y vírgenes acuchilladas en el corazón de sus tinieblas. Un claustro con jardín interior, silencioso, recoleto redime al caminante de las fatigas lacrimosas de las tallas religiosas, de sus rostros descompuestos y agónicos, de sus expresiones macilentas. Oculos habent et non vident. Hágase la luz.

Oña, Poza de la Sal y Frías forman un triángulo mágico, la mancomunidad Raíces de Castilla. Frías se yergue victoriosa sobre una loma, parecería el espolón de un trasatlántico adentrándose en el océano de las montañas del desfiladero del río Molinar, en Tobera, yacimientos de la roca toba. Sus casas colgadas simulan cuadros cubistas expuestos en un museo. Sus calles son galerías abiertas invadidas por el frenesí viajero de los forasteros, ávidos de callejeo y bulla. Desde el puente de mando de su castillo, alzado en el siglo XV por los Velasco, se divisa el abismo de un mar de tejados y caminos venturosos. Una peña futbolística del Athletic cuelga sus atributos deportivos, sus ikurriñas a la entrada del lugar. La proximidad de Bilbao, de la Rioja, de Navarra, de Santander ha convertido Frías en un pueblo heterodoxo, reclamado como trofeo de caza inmobiliaria donde asentarse los vecinos vizcaínos remisos a los nacionalismos. Un lugar en la Bureba, el silencio frente al mundanal ruido. El río Ebro, apenas un bebé, discurre próximo a Frías. Un puente del siglo XIII permitía cruzarlo bajo el pago de un pontazgo, derecho de paso a otro lugar, a otra realidad, a otra probabilidad de conocimiento, a la convergencia de lo cierto. Ex convergentia probabilitatum exsurgit certitudo. Es el río que nos lleva por la vida. Hay que pagar por transitarla.


Fotos de Terry Mangino


Ya queda menos para la San Silvestre 2025

Etiquetas

,

Carmelita Filípides

Un año es el período de tiempo que hay entre una San Silvestre y otra. O entre el momento en el que los corredores se forjan ilusiones de cambios radicales en sus hábitos y se someten a la tortura de trotar, ¡condenados!, sobre el asfalto para conseguir un cuerpo de portada del Vogue, los olvidan por completo y el momento en que vuelven a la carga, allá por el mes de octubre, pensando en recuperar el tiempo perdido y emprender una nueva vida saludable. Aunque sea sólo para comer a destajo y cebarse como ibéricos la cena de nochevieja.

Sí, el recorrido de la San Silvestre Vallecana lo dice todo. Ya se sabe, del Madrid galáctico del Bernabeu de Florentino al campo ruinoso del Rayo; del paso por la calle Serrano, con el Ramiro, el Magariños, la histórica Residencia de Estudiantes de Buñuel, de Dalí, de Lorca, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la residencia del embajador francés, el piso de Ava Gardner, la embajada americana, la iglesia de Carrero Blanco, la Puerta de Alcalá, la Cibeles, el Thyssen, Neptuno, el Museo del Prado, el Botánico, Atocha… hasta desembocar en el Puente de Vallecas y subir por la Avenida de la Albufera, donde se hacinan miles y miles de emigrantes latinos (ahora se llaman así, antes eran sudamericanos) en condiciones de supervivencia básica. Dos madriles opuestos unidos por una noche a golpe de zapatazo.  

Una marea amarilla, un tsunami de alborozo y sudor gélido desborda por completo las calles al paso de la carrera vallecana. Son ya sesenta años llenando de jadeos las esquinas de este barrio obrero y de aluvión de miles de ilusiones. Sesenta mil almas derramadas, penitentes con capirote amarillo, la clase de tropa, en busca de la felicidad efímera de una meta, sufriendo entre los gritos de ánimos de los vecinos asomados desde las tabernas de la calle Payaso Fofó con el blanco en la mano. Y algo más de mil atletas, el estado mayor, la élite volatinera, flotando etéreos y gráciles, casi volando ingrávidos y ajenos al cansancio. «Se han vuelto locos los madrileños», comentaban Hipomenes y Atalanta. «Alegría, zancadas y ácido láctico, —responde Cibeles— agujetas con gusto no pican».

Sincronía perfecta de zancada entre los dos escapados. Entrenar en las altiplanicies africanas es igual a elevado hematocrito. Ganó el etíope Aregawi (izquierda) al ugandés Kiplimo en un disputado esprint. En la foto a su paso por Cibeles.

Fotografías de Terry Mangino


Una manchega en Hollywood: memorias de Sara Montiel

Carmelita Flórez

María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Abad Fernández, más conocida por Sara Montiel nació en Campo de Criptana, Ciudad Real, en 1928. Aún permanecería casi dos años más como dictador el general Miguel Primo de Rivera. Tiempos revueltos en los que la huida del rey Alfonso XIII a Italia, la proclamación de la II República, las tragedias de la Guerra Civil y la conflagración mundial marcaron su infancia feliz y adolescencia alborotada. Su biografía, “Vivir es un placer. Memorias”, recoge un retablo de situaciones e historias de una España dolorosa y hundida en la necesidad primaria de subsistir, de la que le salva su instinto artístico. Y tal vez su belleza por la que los hombres perdían la cabeza.

Sus memorias no buscan la excelencia literaria, sino la enumeración de hechos acaecidos a lo largo de su carrera artística. Son retratos familiares de la España rural del primer tercio del siglo XX, recuerdos de sus éxitos en su México lindo y querido, que contrastan con la negritud de un país sumido en otra dictadura militar, hundido en la miseria de la posguerra y alejado del ambiente exótico que derrocha la actriz. A veces sus escritos están redactados a trompicones, a saltos, un ir y venir en sus recuerdos, reordenadas sus palabras por un secretario ayudante (Pedro Víllora, dramaturgo) que les da forma y nexo, sin que se pierda la espontaneidad y frescura de la niña-mujer atrapada por el cine. Domina en ellos una visión crítica con los valores caducos de la penumbra que gobernaba el país, “propios del tiempo de Felipe II”, como ella relata.    

Cartel y escultura que se encuentran en el molino museo de Campo de Criptana, su pueblo natal.

Disfruta Sara Montiel de una intensa vida amorosa que ella recuerda con dulzura, sin reproches para sus amantes, a pesar de que alguno de sus cuatro maridos se aprovechara de su dinero y fama para medrar en negocios propios. Miguel Mihura fue su primer amor con el que llegó a anunciar las amonestaciones de boda y procurarse un vestido de novia. Un hombre veintitrés años mayor del que se enamoró locamente. Esa disyuntiva esposo-padre se repitió en su vida, razón que el escritor evitó con cariño advirtiéndole de la diferencia de edad entre ellos y la imposibilidad de matrimonio. O León Felipe, ¡cuarenta y cuatro años mayor!, que la enseñó a leer y que perdió por ella la razón en su exilio mexicano. Y su gran amor, Severo Ochoa, ¡veintitrés años mayor!, con el que mantuvo una prolongada e intensa relación itinerante y clandestina y al que renunció, tal vez recordando la experiencia con Mihura, para no interrumpir su vida científica y académica. O Hemingway, con el que tuvo un roce epidérmico sin mayores consecuencias. O la disputa amistosa, casi rocambolesca, que mantuvieron dos maduros pretendientes, actor italiano y editor de periódicos mallorquín, por conseguir su amor. Su afán de ser madre se vio impedido por once embarazos infructuosos que no llegaron a buen fin. Sara Montiel, una belleza clásica sorprendente que iluminaba las pantallas en las que se exhibían sus filmes, y de las que evitó convertirse en esclava renunciando a los contratos draconianos que Hollywood imponía a las actrices. Su personalidad recia rechazó perpetuarse en repetir papeles de india a los que la orientaba su cuerpo de diosa y el afán de lucro de las productoras. Memorias amenas, testimonios de una época en la que el cine era un espectáculo de masas y el país sobrevivía soñando con sus estrellas.  

VERACRUZ

A la Montiel le cabe el honor de haber compartido celuloide con una de las más grandes estrellas del cine universal: Gary Cooper. Fue sólo dos años después de que el gran Gary interpretara al sheriff Kane en “High Noon”, “Solo ante el peligro” en España. Y la altura de su interpretación en esta película no es menor que la de la protagonista femenina de aquella, la princesita Grace Kelly, a la que supera en belleza y sensualidad.  Con Gary y con Burt Lancaster interpretó la película que la proyectaría al universo estelar: “Veracruz”. Éxito de taquilla con la que la productora United Artists recaudó once millones de dólares de 1954, más de diez veces el coste de la misma. Vista con la perspectiva actual, “Veracruz” resulta una película mediocre que produce indiferencia cuando no convoca el bostezo y el rechazo social. La Montiel interpreta el papel de una mexicana seguidora de la revolución contra el emperador Maximiliano, en 1868. Sufre el acoso sexual de una pandilla de bandoleros sin que en ningún momento se plantee escrúpulo narrativo alguno a esa violencia contra la mujer.

Gary Cooper, Sarita Montiel, Denise Darcel y Burt Lancaster en VERACRUZ, 1954.

EL ÚLTIMO CUPLÉ

El reconocimiento patriótico e internacional como actriz de tronío le llegó a la Montiel de improviso, en 1957, a sus 29 años, con “El último cuplé”, un éxito extraordinario de público y crítica que se mantuvo ininterrumpidamente en el Cine Rialto, en la Gran Vía madrileña, durante más de un año con llenos diarios. Hasta ese momento, su carrera se había desarrollado sobre todo en México. Vista ahora, la película resulta un folletín melodramático, un vodevil que conjuga los valores de la raza con la entereza y dignidad de la mujer española, salpicada de canciones festivas y ligeramente picantes para un público cautivo y vigilado, en una época en la que no había otra diversión ni esparcimiento posible sino el cine. La sensualidad que exhibe Sara fue causa de que tuviera problemas con aquella censura extenuante que todo lo negaba. Incluso el párroco de su pueblo, Campo de Criptana, prohibió a los vecinos que vieran la película por inmoral. El filme supuso un éxito económico para la productora-distribuidora, CIFESA, y el relanzamiento de Juan de Orduña como director. Se puede ver de nuevo a pesar de las lágrimas de antaño. Ahora casi da risa.

YUMA (En inglés “Run of the Arrow”, el camino de la flecha. 1957)

No pudo disfrutar la Montiel del éxito de “El último cuplé”. Acabado el rodaje con Orduña marchó rápidamente a Hollywood para interpretar a una india sioux en “Yuma”, un western. Literalmente una de indios y americanos con todos los tópicos propios del género: indios malos, gringos buenos, perdedores que no aceptan su destino, flechas, tiros, caballos, carretas, sombreros, revólveres, paisajes por los cañones y desiertos del Colorado y… ¡nada más! Muy lejos de la épica y análisis psicosocial que John Ford exhibiría en su ya lejano “Stage Coach”, “La diligencia”, de 1939. Asoma en Yuma el enfrentamiento histórico que los USA tienen actualmente entre republicanos y demócratas. En la peli entre yanquis y sudistas. Sara fue consciente de que el cine americano sólo le reservaba papeles étnicos secundarios y que de seguir allí se convertiría en otra Katy Jurado. Por eso renunció a comprometerse con las grandes productoras. Tras esta película regresó a España donde se transformó en una gran diva de la pantalla. Lo único bueno de “Yuma” es que sólo dura 85 minutos.

Intepretar a indias o a mexicanas, esos eran los papeles que Hollywood reservaba a Sarita Montiel (se eligió Sarita porque Sara en USA sonaba a actriz negra).

ENLACES RELACIONADOS:

Solo ante el peligro

La Diligencia