En apenas tres semanas los cernícalos primilla han ganado peso y tamaño. El plumón blanco que tenían al nacer se ha cambiado por el marrón que tendrán poco a poco de adultos. Su primera necesidad es comer y se disputan entre ellos la zampa que les traen los padres. El mundo es un lugar difícil para andarse con melindres. La lucha por la supervivencia se da desde el primer día. Sobreviven los fuertes.
Vídeo e imágenes Simón Pérez, Santander, junio de 2016.
Mohamed Ali también fue boxeador. En los 70 se estaba produciendo en todo occidente una revolución inesperada. Comenzaron los barbudos allá por el lejano 1959. Cuba dejó de pronto de ser el lupanar de la mafia USA y los comandantes verde-oliva inundaron Sudamérica de socialismo y se alinearon con el enemigo ruso contra las plutocracias que sangraban el destino de Bolivia, Paraguay, Uruguay, Brasil, etc. La guerra del Vietnam había desencadenado las protestas de una juventud que se negaba a disparar contra los amarillos. Make love not war gritaban unos melenudos que follaban en el festival de Woodstock; a Jimmy Hendrix le estallaba la heroína mientras tocaba su Stratocaster y la Beaute est dans la rue decían los amiguetes de Cohn-Bendit y de Sartre mientras tiraban ladrillos a los CRS en mayo del 68. Unos meses después, en México 68, los atletas negros ganadores en el 200, Tommie Smith y John Carlos, empuñaban en un gesto insólito el saludo del Black Power en señal de protesta por el trato que en su país, USA, recibían los negros. Y una profesora marxista y negra, Angela Davis, era acusada de asesinato por enaltecer al Black Panther Party. Para colmo, Salvador Allende ganó la presidencia de Chile en 1970 y la OPEP se marcó en 1973 una subida del petróleo que dejó en pelotas a las economías del primer mundo. Una tormenta inesperada que trajo de cabeza a los gobiernos “democráticos”. El mundo se había vuelto loco. De pronto se rompía el esquema conservador-burgués salido del triunfo en la 2ª Guerra Mundial.
Mientras tanto, en un lugar remoto de la Vía Láctea, en España, no pasaba nada. Ni el contubernio de Múnich del 62, ni la ejecución de Julián Grimau en el 63, ni las expulsiones en 1965 de los catedráticos Aranguren, Tierno Galván y García Calvo, entre otros, ni el estado de excepción de 1969, ni la irrupción de ETA, ni las protestas y huelgas de ese año movilizaron al Movimiento ni un milímetro, porque en Londres habíamos vencido a la Pérfida Albión. Massiel ganó Eurovisión en 1968.
Mohamed Alí también fue boxeador. En USA la violencia contra los negros había llegado a tal extremo que el presidente Kennedy tuvo que intervenir en 1963 mandando al ejército a Alabama y enfrentándose al gobernador Wallace, un racista declarado, para que dos estudiantes colored pudieran matricularse en su universidad. Eso entre otras cosas le costó la vida a JFK en 1963, al activista Malcom X en febrero de 1965, tres años más tarde a Martin Luther King y dos meses después de King a Robert Kennedy.
En aquel clima de terror que sufrían los negros nació en 1942 un muchachote fuerte e inconformista, en Louisville, una ciudad en la que la violencia racial era algo cotidiano. El boxeo era una de las pocas salidas que se ofrecía a los negros y el impresionante físico de Cassius Marcellus Clay le sirvió al “Louisville Lip” para alzarse con apenas dieciocho años en campeón olímpico en los juegos de Roma, en 1960. Su carrera profesional brilló a partir del asesoramiento que le prestó otro mítico preparador de boxeo, Angelo Dundee, con el que conquistó su primer campeonato del mundo profesional. Era 1964 y el rival Sonny Liston, al que Alí derribó en el séptimo asalto. En 1966 se negó a incorporarse a filas y aquella oposición a la guerra de Vietnam le valió la retirada de su título de campeón mundial y erigirse en portavoz de una muchedumbre que rechazaba la violencia contra el pequeño país asiático. Fue el estandarte de la población negra en la lucha por sus derechos sociales, y asimismo el abanderado de la protesta de una sociedad que reclamaba más justicia y más libertades.
El Tribunal Supremo de su país le dio la razón en su recurso por su objeción de conciencia y pudo recuperar su licencia de boxeador en 1971. Tras su vuelta protagonizó en 1974 un histórico combate contra Georges Foreman en Kinshasa, Congo, donde recuperó su título de campeón del mundo. Alí estaba recibiendo una fenomenal paliza aquel 30 de octubre por parte de Foreman, sin embargo, en el octavo asalto reaccionó y destrozó a su rival con certeros golpes que le noquearon mientras la multitud exaltada gritaba ¡Alí bomaye, Alí bomaye, Ali bomaye!
¡Alí, mátalo!, le gritaban por las calles cuando Alí se desplazaba en improvisadas carreras por los barrios inhóspitos de Kinshasa preparando el combate, rodeado por una multitud de seguidores. Aquella pelea mítica atrajo la atención de los medios de comunicación internacional, hasta tal punto que el sanguinario dictador, Mobutu Sese Seco, tuvo que esconderse previendo su derrocamiento, algo que no sucedió hasta 1997. El grotesco Mobutu permaneció 32 años en su trono zaireño, sometiendo a la población de su país a un horrible holocausto y expolio comparables al terror nazi.
Mural con la imagen de Mohamed Alí en Falls Road, barrio católico de Belfast. La foto está tomada en abril de 2014.
Con posterioridad, Mohamed Alí mantuvo su carrera hasta 1981 y aún se enfrentó en singulares combates contra Joe Frazier o Ken Norton, en los que su verborrea arrogante y su personalidad extrovertida le predisponían a la victoria que firmaba con la contundencia de sus guantes en el ring. Su habilidad de bailarín, impropia de un peso pesado y su heterodoxo estilo le valieron las críticas o las alabanzas de la afición, pero todos coinciden en señalar a Mohamed Alí como uno de los más grandes deportistas del siglo XX y un símbolo en la lucha por los derechos sociales y libertades de la población negra en USA. En su carrera peleó 61 combates, con 56 victorias, 39 por NKO. Ya retirado recibió el reconocimiento de su país y los honores reservados a los héroes. Naciones Unidas le nombró embajador de buena voluntad. Fue abanderado de USA en los juegos olímpicos de Atlanta, en 1996. El presidente Georges Busch le entregó la medalla del Congreso. Nelson Mandela le recibió en 1997. Pero sobre todas esas condecoraciones queda el recuerdo de un luchador incansable por la justicia social y los derechos y libertades de las clases oprimidas y un estandarte universal en la denuncia de los abusos cometidos contra las poblaciones desfavorecidas. Durante treinta años mantuvo otra pelea contra la enfermedad de Parkinson, que le golpeó duramente. Y contra su propia ex-esposa y familia, que trataron de apropiarse de su fortuna de cualquier manera. Su deteriorada salud le llevó a una septicemia, de la que falleció el pasado 4 de junio, tenía 74 años. Sí, Mohamed Alí también fue hasta el final boxeador. Descanse en paz.
Ahora está de moda sentir simpatía por el Atlético de Madrid, pero hubo una vez en que para reconocerse en aquellos colores había que echarle cierto atrevimiento. Sobre todo cuando uno era un niño que cada lunes se veía rodeado de merengones convencidos, que tal vez no habían visto un partido de fútbol en su vida, pero se apuntaban a un fácil seguidismo de vencedores. Durante el recreo, aquella masa amerengada se apropiaba de los nombres de Rial, Kopa, Puskas, Gento y, por supuesto, de Di Stefano, un canchero más chulo que un ocho, que jamás perdió su acento porteño, ni siquiera para bailar el chotis. Aún no había televisión, pero el NODO solía mostrar a los madridistas recogiendo copas de Europa, junto a la sonrisa de satisfacción de aquel viejo milico que se condecoraba a sí mismo y que recorría todos los años la Gran Vía rodeado de moros a caballo, mientras la gente le gritaba Franco-Franco-Franco. Y uno no sabía si le recordaban su nombre o le insultaban. Por eso me hice del Atleti. Porque, desde mi infantil ingenuidad, tenía la sensación de que eran los míos, y sin saber que había clases sociales, comenzaba a tener la sospecha de que ésa –fuese lo que fuese– era la mía. Como si unos representasen al hombre blanco, rico, católico, apostólico y romano, y los otros fuesen una pandilla de desarrapados, que ni siquiera podían comprarse camisetas de algodón impoluto y tenían que fabricárselas con retales de colchón. Los primeros jugaban en un estadio grande y lujoso, situado en zona nacional, que pronto cambiaron por otro más grande. Los segundos lo hacían en el Metropolitano, cerca de Cuatro Caminos, que, además de ser más pequeño, al principio estaba arrendado y lo compartían con otros equipos del foro. Ya casi no me acuerdo de los primeros jugadores rojiblancos –en el NODO salían mucho menos–, y hace unos días José Luis Doreste me ha recordado a dos artistas canariones, como Rafael Mújica y Alfonso Silva, que formaron parte de la plantilla atlética a finales de los cuarenta, y que creo coincidieron por el estadio de Reina Victoria con otros futbolistas canarios, como Farías, Durán o Torres. En realidad, no tenía elección. Ante aquel alarde merengue de cada lunes, la única rebeldía posible era hacerse del Atleti con todas sus consecuencias, y acostumbrarse a sufrir, a pasar alguna temporada en el infierno y a encajar goles en los últimos minutos, con la guardia baja y la ilusión despistada. No importaba. Cada caída se sentía como un estímulo para levantarse de nuevo y repetirse que Collar tenía más clase que Gento, sólo que el cántabro corría mucho –así ya se podía, joder–, que a Peiró nos lo levantó el Torino en su momento más dulce, o que Jorge Mendoza era más elegante que cualquier blanco, pero algo frío de cuello. Al fin y al cabo, los del Atleti no necesitamos ganar y nos basta con serlo. Aunque ganar debe ser la hostia.
De pie: Reina, Ovejero, Benegas, Heredia, Adelardo, Becerra. Agachados: Capón, Luis, Ayala, Irureta y Gárate. Temporada 1973/74.
Se ha muerto Arturito Pomar, tenía 84 años. Arturo Pomar Salamanca fue ajedrecista, un niño prodigio en la España baldía, vengativa y estéril que dejó el general Franco tras una cruenta guerra fratricida. El franquismo lo utilizó en los 50 del siglo XX como estandarte de un progreso inexistente, lo exhibió por colegios y en el NODO como un logro de su política y después lo olvidó como a un perro que molesta y se abandona en una gasolinera. De haber sido americano o soviético hubiera sido campeón del mundo, millonario y reconocido universalmente. Pero era español, es decir, nada.
Aquí fue un exiliado interior como tantos otros a los que la madrastra España resecó las tripas y les sacó las mantecas. Como Arturo Barea, el radio-escritor que en marzo de 1937 emitía desde EAQ Transradio para el mundo la resistencia del Madrid asediado por los moros de Varela; como Arturo Duperier, el astrofísico que cambió un más que posible Nobel de Física en 1957 por las promesas de amor que le hiciera el ministro Ruiz Giménez en 1953 si retornaba de la pérfida Albión, y que se quedaron en un piso oscuro en el barrio de la Concepción. Los tres Arturos, los caballeros de la mesa redonda, víctimas de la España cainita y rencorosa a la que pertenecemos y que nunca cambiará porque este país está forjado desde hace dos mil años con las semillas del odio y de la soberbia.
Arturo Pomar jugó con los más grandes de su época. Hizo tablas con Alekhine con doce años (con negras), era 1944. Participó en el Torneo Interzonal de Estocolmo, 1962. Se tuvo que pagar de su bolsillo el viaje y la estancia entre los hielos suecos. Allí luchó contra todos los campeones soviéticos, que eran un bloque impenetrable, rocoso, que trabajaba en equipo. Los rusos le temían, le planteaban aperturas cerradas que le desgastaban enormemente, llegaba agotado a la siguiente partida. Pero aún así ganó a Geller, el jefe de los rojos. Y jugó contra el rutilante Bobby Fischer una partida mítica. Durante nueve horas Arturito (con negras) y Fischer se liaron a navajazos sobre el tablero, se cañonearon, se ensartaron a la bayoneta, se persiguieron, se disputaron cada milímetro y terminaron en tablas exhaustos y rendidos tras setenta y siete agónicos movimientos.
A Arturo Pomar lo abandonó su país. Era como Gary Cooper, luchaba solo ante el peligro. Descanse en paz.
Un punto de vesania, de desconfianza y de rebeldía se adivina en las miradas de los sindicalistas del SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores) que plantaron su campamento en la Puerta del Sol de Madrid el pasado 15 de mayo, el 15 M. Venían tras recorrer 350 Km a pie desde Jódar, Jaén, reclamando el indulto del sindicalista del SAT y concejal en esa localidad Andrés Bódalo, condenado a tres años y medio de cárcel por agredir durante una manifestación en 2012 al también concejal del PSOE en Jódar Juan Ibarra. Bódalo ingresó en prisión el pasado 4 de marzo. La columna del SAT la integran una treintena de personas, recios jornaleros y trabajadores, activistas bregados en la lucha sindical en el campo andaluz y en la reivindicación de mejores condiciones de trabajo y de vida en una región que tradicionalmente ha sufrido el desempleo y la desigualdad social como males endémicos. La travesía del Sahara, o desde Jódar la empezaron el 4 de mayo, once días de caminar en columna bajo las lluvias de mayo por carreteras y pueblos en los que concitaron tanto la simpatía de vecinos y gente llana como el rechazo de formaciones políticas hostiles a sus reclamaciones (PSOE, dicen los sindicalistas) o el silencio de los medios de comunicación afines a esos partidos (Canal Sur, dicen los sindicalistas).
Diego Cañamero es un sindicalista histórico que hace de portavoz de los “brigadistas” del SAT a su llegada a Madrid. –A Bódalo lo condenaron por ser pobre; defender la dignidad de las personas en una población donde hay un 48,5% de paro no es ningún delito –dice Cañamero, enjuto de rostro marcado por la lucha y firme en sus palabras. En sus 17 días de marcha y siete de huelga de hambre ha perdido unos cinco Kg. Viene acompañado de su mujer, comprometida como otras que también se han sumado a la columna con sus maridos reclamando el tercer grado para Bódalo. –Incluso Juan Ibarra [el agredido por Bódalo] pidió la absolución, la Guardia Civil presentó un atestado que no fue admitido como prueba de la defensa, la condena se basa en argumentos contradictorios de testigos y aún así, Bódalo fue condenado a una pena desproporcionada para un hecho leve si lo comparamos con la exención de medidas cautelares de que gozan algunas ex-alcaldesas acusadas de corrupción y ahora senadoras aforadas –dice Cañamero con la mirada inquieta del que se ve perseguido.
Diego Cañamero, sindicalista del SAT, el pasado 19 de mayo en la Plaza de Lavapiés, Madrid.
Juan Perales es un jubilado de 67 años, antiguo fresador metalúrgico, ha venido andando desde Jódar y también lleva siete días de huelga de hambre. –Es de lujo cómo nos han acogido en Madrid –dice tumbado sobre una mínima colchoneta y bebiendo sorbos de un zumo de naranja que les han preparado los médicos y masajistas que les vigilan la salud–. En Úbeda, la alcaldesa nos impidió que nos sentáramos en los bancos de la plaza, nos ha llovido desde Despeñaperros, con lluvia y calor, la Ley Mordaza, que nos callemos quieren, que desaparezcamos –afirma–, se nota que aquí, en Lavapiés, la gente es más solidaria, hemos recibido en esta plaza más apoyo y más ayuda que en Sol.
Sindicalistas del SAT durante la huelga de hambre, el pasado 19 de mayo en la Plaza de Lavapiés, Madrid.
Tras llegar a Sol, el Ayuntamiento de Madrid les ofreció la Plaza de Lavapiés para que instalaran sus improvisadas carpas de protesta y el Centro Cultural de las antiguas Escuelas Pías, muy cerca de la plaza, para que se alojen. También se alojan en la parroquia de San Carlos Borromeo, un antiguo templo de la lucha antifranquista y por los movimientos sociales y vecinales en los años 60 y 70 del pasado siglo XX, conocida como la iglesia roja de Entrevías, un barrio obrero formado por población proveniente en mucho casos de Andalucía, de donde ahora vienen los integrantes de la columna del SAT.
En una semana los polluelos han crecido y ganado peso. El ejercicio es imprescindible para cualquier especie que quiera progresar. Los cernícalos primilla celebran el domingo con algo de deporte mientras mamá o papá cernícalo les prepara el aperitivo. No tomarán vermú.