Carmelita Flórez
Aunque la historia es sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aún creída de los viejos y, con todo esto no más verdadera que los milagros de Mahoma profundizar en las andanzas y desventuras de don Alonso Quijano, el bueno, recorriendo sus itinerarios manchegos, es tarea digna de encomio y celebración que aún hoy, viajeros impenitentes emprenden con ahínco, tal vez movidos por el mismo espíritu que movió al caballero a dejar su aldea y aventurarse en desfacer entuertos, proteger a los menesterosos, abatir a los soberbios, socorrer doncellas o enderezar los muchos agravios que la malicia y perversidad de los hombres ocasionan.
Hechas, pues, estas prevenciones, tal es el encomiable motivo del ilustre caballero del pedal don Pascual Izquierdo, que en su relato “Viaje a la Mancha. En busca de una nueva Dulcinea”, nos introduce en la cueva de Montesinos de una aventura viajera a golpe de pedal por los caminos que recorriera el Caballero de la Triste Figura, pero en la Mancha actual, del que no podrá salir sino airoso y con regocijo por lo que en él se cuenta, sabrosas observaciones contempladas en su amoroso batallar, el lector que emprenda el camino de su lectura. Libro de viajes a la antigua usanza con la modernidad del tercer milenio, resaltando el espíritu caballeresco de nobleza, y la modernidad clásica de sus palabras, en contraposición a estos inciertos tiempos tecnológicos que nos aturden por la perseverancia de su estulticia.

Pascual Izquierdo, filólogo, ingeniero de Telecos, discípulo de Bécquer, de Clarín, de don Benito Pérez Galdós, poeta, viajero impenitente y hacedor de decenas de guías de viaje de toda la geografía carpetovetónica, se ha entregado en este su libro andariego, a recoger la memoria de aquellas caminatas y recorridos fineseculares que pedalearon un grupo de amigos por Campo de Criptana, por Tembleque, por Madridejos, por El Toboso, por Consuegra, por Puerto Lápice, por Herencia, por Alcázar de San Juan, por Villafranca de los Caballeros. A veces los aguerridos ciclistas se topan con don Francisco de Quevedo en Villanueva de los Infantes, o con Lope de Vega, o Góngora, o con un don Camilooo aún no doblegado en el exceso fornicador con que se cubría y antes de que rellenara con pendejadas su vocabulario soez.
Un abanico y mosaico de personajes variopintos son los que observan por sus páginas los asombrados viajeros, pálpito de la realidad, lucha quijotesca contra el sometimiento a los teléfonos móviles, estéril empeño el que emprenden los protagonistas aventureros abrazados a don Quijote. Tal vez persiguen encontrar ninfas adolescentes, o la policromía de unos labios tentadores de Eva, o la belleza tan misteriosa como inalcanzable de aquella Dulcinea que tenía la mejor mano para salar puercos, o la ficción y la realidad fantasiosa recreadas por unos personajes tan ciertos como falsos. La Mancha viajera. Sí, aquí, en este viaje manchego en busca de Dulcinea hay busilis.

Hazme un sitio en tu montura caballero derrotado que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar, hazme hueco entre tus páginas, ponme a la grupa contigo caballero del honor y llévame por el Viaje a la Mancha, en busca de una nueva Dulcinea, a ser contigo, contigo, pastor.

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