Carmelita Flórez

Forastera, tuerta y madrastra. Estos fueron los cargos que le valieron a Juliana Velasco Díez la condena a muerte por el asesinato de la niña Melchora, su hijastra, infanticidio acaecido en la villa de Cigales, Valladolid, el 16 de julio de 1905. Melchora, huérfana de madre, de seis añitos, era hija de Miguel Velasco Pastor, de 42 años, cooperador necesario en el crimen según la sentencia, hombre de carácter apocado, analfabeto, casado en segundas nupcias con su prima Juliana, a término de embarazo cuando sucedieron los hechos, declarada asesina, analfabeta también, mujer bravía y de carácter irascible, de poca belleza física y antipática para sus vecinos. A pesar de que las pruebas incriminatorias del parricidio presentadas por el Ministerio Fiscal no pudieron demostrarse, la Audiencia Provincial de Valladolid condenó a la pena capital a ambos primos. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, que fue ejecutada en Valladolid, el 27 de agosto de 1908, por el verdugo titular de la Audiencia de Burgos, Gregorio Mayoral Sendino, un ejecutor en serie con 58 muescas en su “guitarra”, su tornillo de la muerte.

Los vecinos de Cigales vivieron con excitación y morbosidad aquel verano tórrido de 1905. La filoxera estaba arrasando las viñas, monorriqueza de la que dependía la economía del pueblo, motivo de intranquilidad y enfado colectivo. La desaparición de la niña Melchora se produjo en plenas fiestas patronales. Era una niña flaca y desvalida, torpe y desamparada que había sufrido apenas con cinco meses de vida la pérdida de su madre por el mal de pecho, la tuberculosis. Según la vecindad femenina, la niña sufría de malos tratos por la madrastra. Por más búsquedas que los moradores de la villa y la Guardia Civil realizaron por los montes próximos no hallaron ningún rastro de ella. Sin embargo, unos restos humanos aparecieron cuarenta días después en un monte próximo. La ciencia forense de entonces no pudo determinar siquiera a qué sexo correspondían aquellos huesos saponificados. Pero la presión social, alterada por la previsible mala vendimia y el rechazo que provocaba la madrastra foránea hicieron que ella y el padre de la criatura se convirtieran desde el primer minuto de la desaparición en los sospechosos del horrendo crimen y condenados de ante mano.

Jesús Duva, periodista de egregia estirpe y curtido reportero dicharachero en la información criminológica en diversidad de periódicos de esos de papel a cinco columnas, ha realizado con su libro “El crimen de la niña Melchora”, de Editorial Páramo, un trabajo de documentación exhaustivo y académico sobre tan execrable asesinato, sumergiéndose en archivos, libros y hemerotecas, extrayendo información periodística y apuntando las características sociales y culturales del momento que se vivía en aquella Castilla provinciana. Y su trabajo es también un examen del proceso judicial que desembocó en una sentencia criticable de una época aún próxima al siglo XIX. Es una novela-documento de prosa fácil que se lee de un tirón, producto del oficio de buen gacetillero que derrocha Jesús Duva para disfrute del lector. Un atractivo libro para leer en este verano.

Jesús Duva, investigador privado y autor de la novela.

   No hay nada como la desgracia ajena para reconfortarnos en nuestra existencia. Nada como comprobar que la miseria, las debilidades, la maldad del prójimo nos fortalecen y nos hacen inmunes a delinquir. Nosotros no somos así, eso creemos leyendo las atrocidades, los sucesos terribles que a diario acontecen en nuestra sociedad de la información y de la inteligencia artificial. Como si con esos argumentos hubiéramos conseguido la bula o la inmunidad penal que nos preserve de actuar como los malvados, como esos pederastas abominables que violan criaturitas, como los execrables asesinos de niños.

En la novela, Duva interroga por los principios in dubio pro reo que no se llevaron a cabo en beneficio de los acusados, que no se aplicaron a pesar de la debilidad acusatoria de las pruebas aportadas y que supusieron la condena a muerte de ambos procesados, ratificada en segunda instancia por el Supremo. “Es preferible dejar impune el delito de un culpable que condenar a un inocente”, mantenía Ulpiano, jurista romano del siglo III. O “Es mejor absolver a mil culpables antes que condenar a muerte a un inocente”, aseveraba el jurista cordobés Maimónides de origen judío en el siglo XIII. O “Es preferible que cien culpables puedan escapar de la acción de la Justicia a que un solo inocente sufra un error”, decía William Blackstone, prestigioso jurista inglés del siglo XVIII. No hubo in dubio pro reo para Juliana ni Miguel.

 También Duva cuestiona la actitud evasiva de las altas autoridades de la nación, empezando por el rey Alfonso XIII (muy joven entonces, apenas 22 años) y la presidencia del Consejo de Ministros, Antonio Maura, o del alto tribunal que no quisieron entrometerse en la terrible sentencia intercediendo por un indulto para los condenados solicitado por sus defensas en las horas previas a la ejecución. Hoy ofrece serias dudas jurídicas la argumentación fundada en derecho del resultado de la sentencia, ratificada por el Supremo. Un prólogo al libro firmado por Manuela Carmena, magistrada y exalcaldesa de Madrid expresa más aún las dudas de culpabilidad de los condenados.

Y la novela también es un homenaje a la labor de las defensas de los acusados, prejuzgados y condenados por la masa antes del juicio, sufridos letrados defensores Gómez Redondo y Infante Ansa, que además del fracaso en sus labores concitaron el rechazo del vulgo cigalés.

Los vericuetos quebrados de la justicia y de la novela remiten al inconsciente de todos aquellos que vieron cumplidos sobre sus cogotes la acción de la dama ciega de la balanza, desde Pascuala Calonge, la reina de Tardajos, en Soria, en el siglo XIX, hasta la envenenadora de Valencia, Pilar Prades Expósito; desde José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, El Jarabo, hasta Salvador Puig Antich y Heinz Chez, el anarquista y el polaco oligofrénico, a los que la justicia franquista ejecutó en un dos por uno para maquillar una muerte de un policía no resuelta, como la de la niña Melchora.

Gregorio Mayoral Sendino fue el verdugo encargado de darles su merecido a los condenados. Al parecer, el brazo ejecutor de la Ley tuvo una dilatada y apasionante carrera profesional en eso de apretarles la golilla, o las anginas, a los reos. Incluso don Camilo José Cela (La familia de Pascual Duarte, es a José Luis Gómez al que le aprietan la nuez) y don Francisco Umbral (La leyenda del césar visionario) recogen sus andanzas en numerosos relatos, no necesariamente bien documentados y con errores cronológicos menores. Fue Mayoral el que ajustició, entre sus 58 reos, al anarquista Michele Angiolillo el 19 de agosto de 1897, el asesino de Cánovas del Castillo, tan sólo once días después del magnicidio. Una precipitación justiciera que frustró conocer a fondo las implicaciones y actores secundarios que rodearon al asesinato.

Desde 1900, los agarrotamientos se realizaban en el interior de las prisiones, sin público presente. Logro del médico y parlamentario por Murcia Ángel Pulido Fernández. El mes de agosto por lo que se ve, ha sido el más utilizado por la Justicia para aplicar la pena capital. Será que los calores afectan al cerebro de los magistrados indulgentes evitando su perdón. Miguel Velasco Pastor y Juliana Velasco Díez, los asesinos de “El crimen de la niña Melchora”, fueron ejecutados hace ahora exactamente 115 años. La niña Melchora jamás volvió a ser vista, ni viva ni muerta.

El verdugo, una obra maestra de Luis García Berlanga.

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