Agustina de Champourcín
Todas las semanas nos sacude el espíritu una noticia aterradora de algún crimen cometido por un hombre sobre una mujer o sobre los hijos que compartían. Es un horror que se ha convertido en algo cotidiano. El ciudadano se pregunta los porqués de tanta violencia y crueldad en una sociedad que se pretende democrática y en la que todos sus miembros gozan, supuestamente, de los mismos beneficios y protecciones. Para denunciar esas muertes que energúmenos encendidos perpetran contra la otra mitad de la especie humana, y para demandar la igualdad real frente a la ley las calles de muchas ciudades de España se llenaron, el domingo 8 de marzo, de ciudadanos que reclamaban igualdad de derechos para la mujer y medidas que la protejan con efectividad de los ataques que padecen por parte de bárbaros asesinos.

En Madrid se dieron cita dos manifestaciones, separadas por escasos centenares de metros, que denunciaban los mismos delitos y reclamaban análogas pretensiones. No las diferenciaba nada, podían estar sus participantes indistintamente en cualquiera de ellas entonando idénticos lemas y gritos, reclamando las mismas garantías ante la ley, denunciando los mismos crímenes que sufren, exigiendo protección ante la violencia machista. Había un consenso absoluto. Atocha, el Paseo del Prado, Cibeles, la calle de Alcalá y la Gran Vía se llenaron de una multitud gritona y festiva protestando contra la lacra que padece la mujer. Se sentía un calor humano en las apretadas protestas. Era un contacto próximo de solidaridad compartida frente a la violencia, calor humano de ellos con ellas, por encima del género todos juntos frente al horror.

Los manifestantes en ambas eran iguales. ELLAS, sí, protagonistas, encendidas en sus gritos angustiados. Ellos, secundarios al lado de las chicas, apoyaban sus denuncias, compartían sus deseos, un paso atrás porque las que sufren la violencia cobarde son ELLAS. Es una de ELLAS la que cada semana engrosa la triste estadística de haber sido asesinada por su pareja, de haber sido vilipendiada, despreciada o maltratada. Son los hijos de ELLAS las víctimas de esos energúmenos violentos. Son ELLAS las que padecen la brecha salarial y cobran menos que los hombres por los mismos trabajos, o las que son explotadas sexualmente por primates depredadores.

El mundo asiste asombrado al espectáculo de guerras y de tensión internacional provocados por un energúmeno fanfarrón, por un genocida bíblico y por un aprendiz de zar. Tal vez, también condenando ese panorama desolador, resonaban el 8 de marzo con orgullo y un hilo de esperanza las pretensiones de la mujer ante tanta penuria y violencia que sufrimos, que sufren.
Fotografías de Terry Mangino










