
Pascual Izquierdo
En el portal de Belén
llevan tiempo preocupados
porque hoy las navidades
no son como las de antaño.
Y es que a mediados de agosto
ya comienza el calendario
con música y lotería
que pregonan por la radio.
Dan las luces en octubre
y las apagan en marzo;
llenan calles y avenidas,
plazas, aceras y patios;
ocupan el centro histórico
―y también el extrarradio―
con tanta prosopopeya,
tanto color y aparato
que casi todos deploran
ese gasto estrafalario.
Protestan en el portal
por el dilatado plazo
en el que miles de anuncios
aturden al vecindario.
Pasas, cavas y turrones,
vinos y perfumes caros,
polvorones, golosinas,
de Antequera mantecados,
almendras garrapiñadas
de Briviesca y Belorado,
cagadillos de Tejares
(y, en Sotillo, sopas de ajo),
dulces, piñones, confites,
peladillas y hasta hornazos,
mientras falta en el portal
agua, verduras y caldos.
Por no tener, escasean
la leña, el pan y un capazo
medianamente lleno
de fruta, leche y un vaso
de vino para José,
que lleva años sin catarlo;
y de pasteles variados
para María, que sufre
desnutrición tras el parto.
En el portal de Belén
se echa en falta un milagro
que provea de sarmientos
a los allí enclaustrados.
No hay pañales para el Niño,
ni para el buey paja y grano,
pues se agotó el suministro
para unos meses tan largos.
Idénticos villancicos
suenan en todos los ámbitos
(en chozas y catedrales,
en cabañas y palacios,
en calles y soportales,
en barberías y palcos)
reiterando estribillos
con sensaciones de hartazgo.
Y se cansan los pastores
de esperar lo inesperado.
Y así, no irán al portal
este año ―han declarado―
si no se les hace entrega,
en concepto de aguinaldo,
algo del oro y la mirra
que traerán los Reyes Magos.
En fin, que si no se pone
remedio a este despilfarro,
a este paso, acabará siendo
Navidad todo el año.
Fotos de Terry Mangino captadas en Madrid durante el mes de diciembre de 2024









