LECTURAS DE VERANO V
Agustina de Champourcín
—Me sorprende que Landero ponga al timón del filme, perdón, de la novela, a un narrador omnisciente que te cuenta la película, perdón, el libro, como si fuera una voz en off, sin diálogos directos entre los personajes, todo supeditado a su bien decir, a sus explicaciones, como si los actores, perdón, los protagonistas estuvieran en un rodaje y el narrador llevara las órdenes con la bocina de sus palabras. Que a veces en la lectura se me aparece Fernando Rey contándonos Bienvenido míster Marshall. Además, el escenario coincide en ambos guiones, perdón, historias, dos pueblos de la sierra norte de Madrid semiolvidados. Y sus palabras, al principio de la novela, son muchas y contundentes, es más, yo creo que en las primeras secuencias, perdón en los primeros capítulos hay, a mi entender, un exceso de adjetivos y frases abigarradas, meros decorados que ralentizan el avance de la acción. Es como en aquellas películas de arte y ensayo de los setenta en las que el prota tardaba diez minutos en subir la escalera y al llegar al primer piso se encontraba con que estaba vacío.

—Ah, pues yo con “El Guitarrista” me divertí mucho. Me pareció que
—Aunque, pasado el primer cuarto el relato se agiliza y la acción se vuelve frenética en el planteamiento, donde el guitarrista, Landero, se muestra generoso, sí, en rasgueos y acordes y ofrece un concierto casi de música barroca orquestal. Incluso hay un capítulo muy didáctico, en el que confiesa sus trucos para escribir, como si fueran consejos que dedica a su público lector para que experimente y se atreva a esparcir renglones derechos, que no torcidos. Tiene muchas tablas Landero, mucho oficio. Y te puedo asegurar que la arquitectura interior de la novela está bien estructurada, que no falla su base, que los personajes están bien amarrados y los decorados bien pintados. Distribuye bien la historia. Y le añade recursos teatrales propios de una representación multitudinaria, todo un pueblo involucrado en un proyecto común para salvarse del hastío. Se ve que conoce la tramoya. Habría que reflexionar sobre la evolución que ha llevado la novela actual, las de Landero al menos, lejos de aquellos presupuestos de la generación de los 50, cuando el monólogo interior, las digresiones del narrador y el diálogo subjetivo inundaban las páginas de los libros, cuando se veía el experimentalismo como la razón que debía nutrir todas las páginas, cuando se rechazaba por completo la novela social y el costumbrismo. Algo que, de alguna manera, la aproximación a la realidad cotidiana del individuo, llena las páginas de la novela de Landero.
—Ah, pues yo no sé si
—Sí, es un argumento clásico. Chico con un montón de sueños irrealizados en su chepa encuentra chica; chica con un montón de remiendos en su alma y que quiere desembarazarse de ellos, soñar un frenesí desconocido, encuentra chico. Un encuentro o un equívoco mágico, porque sin la magia el cuento no existe. Cuando el relato se desviste de esos renglones y adjetivos innecesarios, de ese experimentalismo interior, mero ropaje entorpecedor, cobra ritmo y sale claro, el lector se engancha y se recupera de los primeros bostezos. Todo ello en un decorado panorámico de la sierra de Madrid, aderezado con un montón de secundarios que tienen su página de gloria y visten sus mejores galas novelescas. Como en una película de Vincent Minelli, todos bailando en torno a los protas, aunque a veces se le fuera la mano a Minelli, a Landero. La vida es sueño. Y es en la evasión, en la fantasía donde encuentran las razones para continuar agitándose los protagonistas, que las han buscado sin hallarlas por los caminos grises de la existencia. Y aunque al final pasen de largo los americanos por el pueblo, los dos, el chico y la chica, siguen en el sobresalto de interpretar la mejor función que imaginaran. Y como un buen clásico dura 90 minutos, perdón, 220 páginas. Omnia vincit amor.
—Entonces, Carmelita, ¿qué les digo a mis amigos Emilio y Rosi, que lean La última función de Landero?
—Sí, Terry.
