Agustina de Champourcin

—Cincuenta, cien, tal vez ciento cincuenta. ¿A cuántos niños palestinos matará hoy Netanyahu? ¿Y mañana? Y a lo largo de la semana, ¿cuántos barrios de la franja de Gaza, parques, polideportivos, carreteras, escuelas, mercados, hospitales habrá destruido el fragor ejecutor con que los blindados y la aviación de Israel se emplean esforzadamente en borrar del mapa a la población civil que habita en ella? Dos millones de personas inocentes confinadas en un enorme campo de exterminio sin salida, sin provisiones, sin agua, sin comida, sin combustible, sin electricidad, sin médicos, sin medicinas, miles de familias que huyen a ninguna parte del horror vengativo con el que el primer ministro israelí justifica su derecho a defenderse del ataque terrorista de Hamas. ¿Quedará algún habitante de la franja vivo después de que el homicida Netanyahu haya respondido a la barbarie con su barbarie sanguinaria? ¿Cuántas víctimas estarán bajo los escombros de esos bloques de viviendas que se derrumban a plomo tras los bombardeos del ejército israelita? Y en los barrios calcinados que muestran las imágenes horribles de la televisión ¿cuántos cadáveres no podrán recibir sino la sepultura de los escombros? El horror, la solución final, borrar del mapa esa población incómoda para el estado hebreo, privada de presente y sin futuro.

Carmelita y Terry pasean un domingo de octubre por la Puerta del Sol de Madrid, de la Mallorquina salen parejas alegres zampando bambas de nata, napolitanas, palmeras glaseadas. La gente invade el parque del Retiro, luce un sol tímido, los enamorados se besan, las chicas lucen tipazos y se fotografían tal vez para alborotar más aún al novio enamorado. Los niños se ríen de los equilibrios de un cómico sobre un rodillo inestable. Bajo una alameda se reúnen músicos para tocar sus guitarras todos juntos, otros juegan al ajedrez o disfrutan del saxofón del músico cubano. Y las burbujas de jabón iluminan el rostro de los más pequeños, ¡explotan inofensivas! El otoño llena de paz la ciudad.

—Vivir en occidente tiene sus ventajas, Terry. ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Cuánto aguantará el mundo a esa maldad ultraliberal negacionista que se extiende como una masa de chapapote y que amenaza con cubrir de mierda el estado de bienestar que disfrutamos? ¿Caeremos de nuevo en la tragedia? ¿Seremos pasto de la maldición de algún nuevo Putin o de algún nuevo Netanyahu salvador que nos redima con el fuego de sus cañones?

Las calles siguen abarrotadas, es difícil circular por Gran Vía, por Fuencarral, por Arenal, por la Plaza Mayor todo lleno de gentes que se apuran en disfrutar los momentos de la tarde.

—No lo pienses más, Carmelita. Como humanidad estamos condenados al fracaso. No hay solución. Sólo vivir el momento. Mira, ya están engalanando las calles con guirnaldas y faltan más de dos meses para navidad. Parece que los ediles tienen más afán en competir en bombillas que en solucionar los problemas de los ciudadanos.

—Sí, otra compostura, otra mascarada, vivimos en la escena de un teatro falso. Pan y circo en casa de los ricos. Los niños palestinos jamás podrán disfrutar de un paseo por el Retiro, ni ver el decorado callejero de Cortylandia, tal vez no sobrevivan dentro de dos meses, tal vez en esa fecha la franja de Gaza sea un inmenso cementerio.

Se hace el silencio entre ellos. Carmelita y Terry entran en la sidrería asturiana de Lavapiés, en un rincón hay una mesa libre.

—Te invito a unos chopitos antes de que el dedo de fuego de un estadista asesino nos señale con su rayo vesánico, antes de que nos convirtamos en un número de una estadística fatal, antes de que nos robe la felicidad algún profeta del apocalipsis.

Se sientan. Se está bien en ese rinconcito de un bar cualquiera escuchando el bullicio alegre y desenfadado de los clientes.

—Marchando una de chopitos —confirma el camarero cuando le llaman.   


Derecho y revés de una misma realidad

Fotos de Tery Mangino tomadas en Madrid durante el mes de octubre.