Agustina de Champourcín

Sepp Kuss, o Hipomenes, lanza sus manzanas de oro a lo largo del Paseo del Prado y vence a Atalanta —el cansancio físico, el infortunio, la derrota, la duda, los rivales— 3154 Km después. Su esfuerzo, su ambición, su exigencia máxima, su excelencia deportiva, tal vez su modestia es premiada por Cibeles con el laurel de los ganadores, aunque envidiosa de su belleza encadene a los amantes eternamente a su carro y se sirva de su fuerza, del sacrificio de su pedaleo eterno antes de que la gloria efímera del triunfo se pierda en una curva cualquiera del tiempo desmemoriado. «Entrado se ha la esposa en el ameno huerto deseado, y a su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado».

 

Remco busca impaciente el reconocimiento del vellocino de oro por el Helesponto del Guadarrama, sus argonautas le abren pedaleando los caminos. Pero su esfuerzo se pierde en un déficit de glucógeno, tal vez se diluye en la trampa de su inconsciencia juvenil. El éxito siempre es esquivo y Calipso le reclama el óbolo del derroche de su generosidad enardecida, de su temperamento furibundo, de su torrente fogoso. Su empeño volcánico es pasto de sí mismo, de su avaricia, de su gallardía deportiva. «Buscando mis amores iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras y pasaré los fuertes y fronteras».

 

 

 

La victoria es como el amor, exige esfuerzo y disciplina, entrega y sacrificio. Se disuelve en un momento, en una curva errada, en un bache del camino, en un collado traidor quedan la ambición y el deseo olvidados, desasidos de las manos que antes lo aupaban a las bocas, a las flores y a los besos. Remco imbatible, Remco rebelde, Remco gigante. Remco, vuelve otra vez el año próximo, le pide Calisto enamorada. «Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos que están bien escondidas, y allí nos entraremos, y el mosto de granadas gustaremos».

 


Fotos de Terry Mangino