Texto y fotos de Gabriel de Araceli

La clase obrera va al purgatorio. Purga sus pecados cotidianos corriendo sobre el duro pavés durante 42,195 Km para alcanzar la gloria, la satisfacción del deber cumplido, la alegría de haberse impuesto a una penitencia agobiante, a una tortura asfixiante que le dé sentido a la rutina vital en la que la mayoría de los ciudadanos inundan su existencia. Meses y años de metódico entrenamiento para demostrarse que el reto victorioso de correr una distancia extrema otorga al atleta urbano el control sobre sí mismo. Ese triunfo de la voluntad, de la disciplina de los cuerpos ante la adversidad, ante el dolor físico, ante el agobio diario de pelearse con la vida, de imponerse un recogimiento cartujo, una santidad monacal en busca de la divinidad atlética. El asceta urbano se transforma en Filipides, en portador de la buena nueva de la victoria, recorre el tránsito interior necesario para demostrarse fuerte, inasequible al desaliento, portador de la llama que foguee sus penumbras acechantes, que ilumine los dinteles torcidos y oscuros de la mente. Traspasan, vencedores de sus cuerpos, la meta de lo imposible, han derrotado con su fuerza al enemigo de la duda. De Atenas a Esparta, de la mediocridad diaria a la plenitud de la alegría del éxito sobre nosotros. La meta era esa, acabar la carrera: ¡La Felicidad de patear a nuestros fantasmas, al asfalto!

Maratón de Madrid, domingo 24 de abril de 2022