¿Con blanco o con tinto?

Gabriel de Araceli

-Que al pescado le va el vino blanco es algo que se admite sin reservas. Pero si lo tomamos con tinto, ¿acaso va a empeorar el sabor del pescado?
Y Terry Mangino se metió una copa de Valduero crianza del 2012 con la excusa de acompañar un puñado de almendras. –Está de miedo –dijo sin reservas mientras Carmelita le miraba con curiosidad, ella apenas si tomaba vino. En una mesa había una fuente con dos lubinas que el Mangino había pescado en el rompeolas de Luarca.
–Fue tirar el anzuelo y picar los peces.
Bueno, eso le dijo a Carmelita. En realidad las había comprado a unos jubilados que sesteaban apostados con sus cañas en la bocamanga del puerto. Pagó por ellas 20 €, una fortuna, pero así demostraría a la Flórez que él también era capaz de conseguirse su sustento. La Flórez simuló impresionarse por la destreza de Terry y le alabó sus talentos pesqueros, –¡Este es mi Terry! –le dijo besándole en los morros con sus labios de carmín. El Mangino no cabía de gusto y siguió demostrando sus conocimientos enológicos.lubina1
–Porque lo del blanco con el pescado es más leyenda que verdad gastronómica. Por ejemplo, este Valduero está superior, pero este Viña Alcorta, reserva del 2008, lo mismo hace con la carne que con las lubinas. Eso sí, se tiene que oxigenar antes de beberlo.
Y se sirvió una copa que elevó con su brazo para observarla al trasluz mientras la giraba.
–Ya está –dijo, y se la bebió pausadamente chasqueando la lengua al acabar–. ¡Exquisito!
Carmelita abrió las lubinas con pericia, les retiró las tripas y las lavó bien, quedaron limpísimas. Después, en una cazuela echó unas gotitas de aceite y sobre un colchón de cebolletas doradas que había sofrito previamente las depositó con primor. Ella era más tradicional, se sirvió un Sanz blanco de Rueda, apenas si dio un sorbito. El horno estaba ya casi a la temperatura indicada, 180°._DSC3297_web
–Aunque tampoco hay que desmerecer esos caldos de La Mancha tan abundantes como subidos de grado. Por ejemplo, yo siempre he pensado que en Valdepeñas se elaboran unos caldos superiores, que como no pueden competir en el mercado con la fama de los Riberas o Riojas, compiten, sin embargo, por el precio. Y fíjate –Terry estaba inspiradísimo tras tres copas de Viña Alcorta– tú, querida Carmelita, que un Señorío de los Llanos, reserva del 2005, lo tienes por 6€. ¿Qué Rioja puedes tú comprar por ese precio? Ninguno.
Y Terry descorchó una botella de Valdepeñas y con más gracia si cabe que antes agitó en el aire la copa que se había servido. Lo hizo con tanto ritmo que se derramó algo, cosa que celebró con buen humor. –Alegría –dijo dando rápida cuenta del tinto. Como el horno ya estaba caliente Carmelita introdujo las lubinas. Apenas si dio un sorbito a su Rueda verdejo, le pareció muy bueno.
–Incluso un clarete se puede tomar con el pescado, ¿por qué no? Este Cigales es un vino aclamado en cualquier lugar de la tierra porque es de una tierra de vino y de pan, de donde el vino mana más que el agua, regalo de los dioses que tan rácanos son con los castellanos. ¡Que no les dan agua, pues les dan vino!
Y dio un traspiés al descorchar la botella de Cigales de lo fuerte que tiró, casi vierte la mitad al suelo. Carmelita acudió al rescate y con una sonrisa le ayudó a sentarse.lubina2

–En diez minutos están las lubinas, cariño. Al Mangino le brillaban los ojos y la boca, sí, aquello era algo parecido a la felicidad, un vaso de vino, la mujer querida, unas lubinas… ¿qué más se podía pedir? De la alacena eligió otra botella.
–Aunque, seamos ortodoxos y respetemos los cánones. Las lubinas mejor con un blanco. Algo especial, como este Antonio Peral, de Colmenar de Oreja, que tiene un final petillante, que dicen los gabachos, ja, ja, ja, ja, ¡que se deja beber, vamos!
Y fue coger la copa y caérsele de las manos, que no daba crédito el Mangino de lo torpe que estaba, él, que nunca bebía. No tenía que haber hecho caso a los jubilados de que el tinto también valía, qué sabrían ellos, si en Luarca no hay vino, sólo lubinas y sargos y parrochas y manzanes y sidriña y fabes y compangos… sintió un mareo, como si fuera a vomitar, a duras penas se levantó y dirigió una mirada a Carmelita que le miraba resignada. –Voy al baño –dijo–, creo que estoy mareado.
Carmelita retiró del horno las lubinas. ¡Estaban gloriosas! Cambió al petillante de Antonio Peral. Las sirvió en la mesa y esperó a que Terry regresara del baño. Terry tenía el rostro demudado. –Creo que no me encuentro bien, no tengo hambre.
–Algo que te habrá sentado mal –dijo Carmelita. Y con maestría de cirujano diseccionó la lubina y se la llevó a la boca, bebió otro sorbito de vino. Era cierto el blanco de Colmenar también valía para beber con el pescado._DSC3301_web

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