El tiempo que vivimos peligrosamente

Terry Mangino

Madrid, 31 de enero de 2020

     LOLA ERA CARNAL Y CALIENTE. Me besaba y yo me derretía. A mis tiernos años era un cervatillo indefenso que ardía en sus garras cuando me restregaba aquella lengua de leona cazadora por mis labios, por mis mejillas, por mi boca abierta a su boca… oh, Lola, hazme lo que quieras, soy tu perro fiel, sácame a pasear, cuanto quieras te daré, oh, Lola…

      Y, sin embargo, hacía un frío polar y una niebla espesa en el aparcamiento de la cárcel de Villanubla, en Valladolid, el 22 de diciembre de 1989. Allí estábamos para fotografiar la salida del asesino Carlos García Juliá, que iba a disfrutar de un permiso navideño de seis días. El juez de vigilancia penitenciaria, Ignacio Sánchez Yllera, había desestimado el recurso del fiscal contra la concesión del permiso. En el periódico nadie sabía cómo era el fascista aquel, porque llevaba ya más de once años en chirona y no había fotos recientes suyas. Aquel angelito y dos compinches más habían asesinado, el 24 de enero de 1977, a tres letrados y dos administrativos de un despacho de abogados laboralistas ligados al sindicato Comisiones Obreras. Aquello pasó a la historia como la Matanza de Atocha, porque en el número 55 de esa madrileña calle, muy céntrica, se perpetró uno de los crímenes más horrorosos que puso en peligro la transición democrática. Apuntaron a los aterrorizados abogados y pin, pan, pun, ¡fuego! Así, sin mediar palabra. A sangre fría. Hacía apenas catorce meses que había muerto el general Franco y en el búnker se refugiaban los guerrilleros de cristo rey disparando fuego por sus bocas y por sus pistolas contra todo atisbo de libertad.

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Monumento a los abogados laboralistas asesinados el 24 de enero de 1977 en la calle Atocha.

      Lola y yo nos refugiábamos en el cine para no pasar frío y allí me alteraba su turbadora respiración y el imán de su pecho tan cruel como bendito, su cuerpo, en fin, babel y laberinto. Debo confesar que con aquellos argumentos nunca me interesaron las películas del engreído Godard ni las del cerebrito Lelouch ni las del tierno Truffaut ni las del enamoradizo Jean Pierre Léaud. Ni siquiera Anouk Aimée, que era como Lola, pero en celuloide y así, tras la pantalla, resultaba difícil de aprehender, o agarrar. ¡Qué miedo! Aquellos ultras de Fuerza Nueva tiraban de beretta a todo aquel que oliera a demócrata. A Arturo Ruiz, un albañil de 19 años que reclamaba la amnistía general por la Gran Vía, lo mató, el 23 de enero, un día antes que a los abogados, el pistolero Fernández Guaza con la pistola de Jorge Cesarsky, un fascista argentino de la Triple A que se había instalado en Madrid amparado por el postfranquismo. Guaza se dio el piro a Francia y nunca más se supo de él. A Cesarsky lo condenaron a seis años de prisión, pero apenas si cumplió uno beneficiándose de la amnistía que el Rey Juan Carlos decretó el 15 de octubre de 1977 y por la que se había manifestado Arturo Ruiz. ¡Qué gracioso! A la niña María Luz Nájera, veinte añitos, le volaron la tapa de los sesos el mismo 24 de enero por la mañana. Un bote de humo lanzado por la policía durante una protesta contra la muerte, el día anterior, de Arturo Ruiz se cruzó en su camino, o en su cabeza. «Traumatismo craneal en la región parieto-occipital derecha, con fractura de la bóveda craneal en múltiples niveles, que le produjo la muerte» decía el parte médico emitido por el servicio de neurocirugía de la Clínica de la Concepción. Nunca se aclaró quién tiró el bote de humo. El ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa, tenía mucho trabajo poniendo orden entre los policías hostiles a la democracia y deteniendo comunistas. El balance de heridos durante las manifestaciones celebradas en aquella fecha en Madrid, según una nota facilitada por el Gobierno Civil, era el siguiente:

      Francisco Galera, de veintiún años, con traumatismo craneal, conmoción cerebral y fractura del hueso temporal izquierdo. Pronóstico grave. Con lesiones leves resultaron: Juan Domingo Sánchez, de dieciocho años; Pedro Lastra, de diecinueve; Ángel Izarra, de diecisiete; Laureano Fernández, de 48; María Ester Moreno, de diecinueve; Víctor Huezzman, de veinte; Luz García García, de diecinueve. Todos ellos fueron asistidos en la casa de socorro de Centro. En el centro sanitario de San Bernardo internaron a Manuel Miguel Avilés, de veintitrés años, y a Jordi Vázquez, también de veintitrés años. El pronóstico de ambos era leve.

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Carlos García Juliá, entonces un jovencito, haciendo la guardia de honor del fascista Blas Piñar, en un acto en Madrid sin fecha determinada, posiblemente 1976. Foto de Europa Press.

      Estábamos todos acojonados. Lola y yo teníamos tanto miedo que había conquistado sus ojos negros, profundos y templados. Y como un lobo voy detrás de ti —le decía en la oreja cuando no se la mordía—, paso a paso tu huella he de seguir, panteras son, vigilan mis destierros, me he condenado en ellos yo me encierro. ¡Qué miedo! Aún lo siento en la frialdad inmisericorde del tiempo transcurrido.

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Placa conmemorativa en el nº 55 de la calle Atocha.

     Hacía tanto frío en el aparcamiento de la cárcel de Villanubla que nos refugiamos en la unidad móvil de Radio Nacional para soportarlo, la calefacción puesta a tope. Yo empuñaba la Nikon F3 motorizada, con un angular de 24 mm y el flash preparado como si fuera un fusil. Me lo dijo no sé quién: “La cámara siempre en la mano, como el cetme en la batalla”. El locutor de Radio Nacional informaba en directo cada boletín horario de la falta de noticias sobre el recluso. Para colmo, el gordo de la lotería se había ido a un pueblecito de la costa levantina lleno de jubilados donde hacía sol. ¡Aquellos viejos de mierda eran millonarios y se bañaban en una playa soleada mientras zampaban paella y gambas de Denia! Era ya casi medio día y solo habían salido algunos presos comunes, la mayoría de etnia gitana, a los que la tribu familiar les tributaba una recepción festiva como si volvieran de la guerra. De García Juliá no había ni rastro. Empezamos a dudar de si, el juez de vigilancia penitenciaria, o la autoridad gubernativa no hubieran mediado a petición de un dios mayor y hubieran sacado a García Juliá por otra puerta a espaldas de los periodistas. Como hicieron con posterioridad, en julio de 1990, con el gal Mendaille, un sicario marsellés, combatiente de la extrema derecha francesa en Argelia e Indochina contratado por la inteligencia española con fondos reservados para la guerra sucia contra ETA. El GAL, Grupos Antiterroristas de Liberación, mató en Francia a 27 personas entre 1983 y 1989. Tan torpes eran que en 1983 secuestraron en Hendaya a un pobre hombre por equivocación, Segundo Marey, un ciudadano francés, un vendedor de sillas de oficina que nada tenía que ver con ETA. El escándalo con el gobierno francés —¡Miterrand, la Grandeur!— fue mayúsculo. ¡Aquellos ministros de Interior, don José Barrionuevo y posteriormente don José Luis Corcuera; aquel Rafael Vera, aquellos Amedo y Domínguez, aquel Julián San Cristóbal!, fieles servidores del Estado de las cloacas empeñados en acabar de cualquier manera con ETA.

      ETA, la organización terrorista vasca, por su parte llevaba ya 54 muertes a sus espaldas desde 1968. En 1977 mató a 12 personas. Llegaría a matar a 95 seres humanos en 1980. Su último asesinato fue en 2010. 852 personas murieron víctimas de su vesania nacionalista en su medio siglo de sangrienta existencia. Además, Lola era muy alta, me encantaba con tacones porque cuando giraba la cabeza su boca y la mía se encontraban y ya no había marcha atrás. Nos besábamos siempre con lentitud y parsimonia prolongada. En distancias cortas siempre mandaba Lola. Sí, su hechizo me hacía frágil a su mujerío por más que yo le preguntara lo que sientes, no temas si me matas, anda, deja que descubra los montes de tu mapa, quítate el vestido, las flores y las trampas, que yo sólo entiendo tus labios como espadas y ven a mis brazos, obviemos los pasos, seamos un cuerpo enredado en el amor.

       El periódico “El Alcázar” era el amor de la Hermandad Nacional de Excombatientes, los antiguos gerifaltes ligados a la corrupción y represión del Movimiento y de Falange, a los que alimentaba con munición de exabruptos golpistas. Un grupo anónimo por todos conocido, Almendros —por la primavera que iba a amanecer cualquier febrero—, pregonaba desde sus páginas flamígeros llamamientos al alzamiento militar contra el gobierno predemocrático liderado por Adolfo Suárez, antiguo falangista nombrado por el rey ¡presidente, presidente, presidente! Presidente que se había distanciado del testamento político del Caudillo y hablaba, ¡tan campante, como si no hubiera habido un ayer!, de democratización con los líderes de los partidos. Lo mismo se lo hacía con un tal Isidoro que con don Manuel Fraga Iribarne, un exministro al que le cabía todo el Estado en la cabeza —«Recuerde que yo soy el poder y usted no es nada» dice Paul Preston en su libro “Un pueblo Traicionado” (pág. 510) que le dijo don Manuel a Isidoro en marzo de 1976. Franco había muerto cuatro meses antes—. Suárez era muy parlanchín, hablaba incluso con el demonio comunista Santiago Carrillo, al que Martín Villa había detenido un mes antes de lo de Atocha, el 22 de diciembre de 1976, el día del último sorteo de lotería de navidad antes de las primeras elecciones democráticas. ¡Qué suerte!

      Al histórico secretario general del PCE lo encerraron en una celda oscura en la siniestra DGS (Dirección General de Seguridad, para más coña en la Puerta del Sol, de donde salió en 1963 Julián Grimau, ya lisiado, camino del fusilamiento. Algunas malas lenguas dicen que fue don Santiago el que de alguna manera envió a Grimau a la muerte enviándolo clandestinamente a España. Vaya usté a saber). La detención del líder comunista fue una especie de gordo sin premio para el PCE, sin paella, sin gambas y sin sol por más pelucas que se pusiera el zorro rojo para evitar ser reconocido o quizás para serlo y protegerse con su detención de los vientos que oscurecían la Transición aquel invierno. «Yo seré el viento que va, navegaré por tu oscuridad. Tú, rocío, beso frío que me quemará. Tú, la marea que arrastra a los dos. No dirás que no —dicen que Carrillo le decía a Suárez. Y más cosas aún—: Me perderé en un momento contigo, bandido, contigo, dorado enemigo, me perderé en un momento, contigo, bandido, por siempre, seré tu héroe de amor, seré el amante bandido que muere rendido, prendido en tu piel, perdido en tu olor».

     Yo me perdía en la fragancia de Lola, aquellas bocanadas que me propinaba arriba y abajo del paseo de la Reina Cristina, donde Lola vivía en un piso muy coqueto compartido con una amiga, Paca, enfrente del Gobierno Militar. Tenía un punto malvado y provocador Lola, porque siempre se paraba bajo las garitas y me besaba largamente a la vista de los centinelas, pobres soldados de remplazo que asistían silenciosos al espectáculo de nuestros magreos. Lola era secretaria en la capital del reino de España de un jefazo de los Altos Hornos de Vizcaya, militante del PNV, sabinista de los de Arzalluz. Cada dos por tres se iba a Bilbao o a Londres acompañando a su jefe, habitual del Asador Donostiarra y seguidor acérrimo del Athletic Club. «Me voy a Baracaldo, me voy a la city —me decía—, no me esperes hasta dentro de diez o doce días» y ya no la volvía a ver hasta que, de repente, regresaba como del pasado.

       Y nos dieron las diez y las once, las doce la una las dos y las tres y de García Juliá no sabíamos nada. A mí me fastidiaba porque hasta Madrid había más de tres horas de carretera y de no llegar antes de las ocho no salía mi foto en la primera edición nacional. Lo cual a un periodista siempre le jode. La tecnología de entonces no era la de ahora. Era noticia de primera: “La democracia da permiso a un asesino”. “Perdón para los crímenes de Atocha”. “La Justicia es magnánima con el terrorismo”. Yo me imaginaba titular a cinco columnas con mayúsculas y mi firma a la derecha, debajo de la foto. Pero nada, sin noticias de Juliá. Llovía, el aparcamiento se había vaciado, las televisiones se habían marchado porque ya no llegaban al informativo de las tres. Sólo Radio Nacional y yo manteníamos la esperanza de obtener algo que llevarnos a las ondas, o a las páginas. Las tres y cuarto, las tres y veinte, las tres y media…

       Y a las cuatro menos cuarto de aquel 24 de enero de 1977, encima, para dar más por culo, un desconocido grupo terrorista llamado GRAPO secuestró apenas seis horas antes de que se produjera la Matanza de Atocha, al teniente general Emilio Villaescusa Quilis, antiguo generalazo franquista, exjefe del Estado Mayor Central y presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar. El GRAPO había secuestrado también, el 11 de diciembre anterior, a Antonio María de Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado y varias veces ministro con el dictador. España estaba al borde del ataque de nervios mientras que Lola se desabrochaba tres botones de los seis de su blusa para enseñarme lo bien que le quedaba aquel conjunto Wonderbra que un amigo le había traído de Londres. ¿Te gusta?, me preguntaba mientras yo me preguntaba qué amigo sería aquel que le traía aquellas cosas de Londres del que yo acababa de tener noticias.

      —Es que lo vio Denys en Harrods y pensó en mí, que me quedaría bien. A mí me ha gustado mucho. ¿A que me queda bien? No te importa ¿verdad? —me dijo sin que yo fuera capaz de articular palabra. Encima, se abotonó la blusa.

      Y pasaban de las cuatro cuando se abrió la puerta de la prisión y apareció una figura desvencijada, como anestesiada por la efímera libertad o por la luz tímida que se filtraba entre la niebla. «Es ese, es ese, ese es García Juliá» dijo el compañero de Radio Nacional y nos abalanzamos sin pensarlo hacia aquella figura contrapuesta. Todo sucedió en medio minuto, sin que nadie dijera ni media palabra. El locutor consiguió meterle la alcachofa en la jeta preguntándole no sé qué. Mientras, yo disparé una ráfaga con la cámara hasta que agoté el carrete, 36 fotos, antes de que un coche que llegó a toda velocidad y del que se bajaron unos gorilas, nos empujaran, nos insultaran y se llevaran a García Juliá quemando ruedas. «Mejor no seguirlos porque nos pueden dar de hostias hasta en el carné de identidad. Estos fachas tiran de pistola» dijo mi compañero de las ondas. Yo pensé igual y salimos por pies. A las ocho de la tarde la foto estaba en rotativas y al día siguiente fue portada, o casi, del periódico.

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Así se dio la foto, apenas a tres columnas en paginas interiores. El tiempo transcurrido dejaba huellas en el rostro del condenado. Lo mejor fue casi la columna de la izquierda, otros pájaros empezaban a soltar las alas. Navidad, navidad, dulce Navidad.

        Hay que decir que la manifestación de duelo que recorrió las calles de Madrid, el 25 de enero de 1977, en homenaje a los abogados asesinados fue impresionante. Dicen que hubo un millón de personas —¡exageraciones!— perfectamente organizadas por el Partido Comunista. Santiago Carrillo fue puesto en libertad pocos días después de su arresto y como secretario general de los comunistas dio órdenes precisas para que sus partidarios no respondieran a provocaciones de la extrema derecha. Pocos días después, el 11 de febrero, fueron liberados gracias a la eficacia del súper-comisario Conesa —un histórico y duro policía venido de las cavernas del franquismo y de la Gestapo, al que ayudaba el no menos temible Billy el Niño— los secuestrados Oriol y Urquijo y Villaescusa Quilis. Nunca se llegó a aclarar el origen de aquel grupo terrorista, el GRAPO, al que se le relaciona con la extrema derecha y conexiones con la policía franquista. Alguno de los implicados en ese secuestro es ahora un conocido pseudohistoriador que vende muchísimos ejemplares de sus pseudohistorias revisionistas, justificativas y apócrifas del franquismo. No cumplió condena a pesar de ser detenido y juzgado por su participación probada en los hechos. ¡Pío, pío, que yo no he sido, pío, pío!

        Y aquella vez pasaron doce, trece, catorce días y un mes, y mes y medio y Lola no volvía. Fui a buscarla a su apartamento del paseo de la Reina Cristina y no halle quién de ella me dijera ni media palabra, parecía como si el destino quisiera gastarme una broma macabra.  Su amiga Paca no me supo, o no quiso, darme explicación de su desaparición. Pero cuando nombré lo del tal Denys miró al suelo y me sonrió: «A veces, los dioses antes de destruir a las mujeres las enloquecen con los hombres» me dijo. Me fui cabizbajo, nunca comprendí cómo Lola cambió aquella inconsciencia que decía que me profesaba por una locura inglesa, cómo Lola pasó de la pasión a la desaparición. Nunca comprendí que aquellos incendios de sus labios se apagaran de repente, pasé sin continuidad del beso a la desolación. Así fue, así se fue Lola. Me dejó una profunda herida que tardé tiempo en curar. La borré de mi memoria con el periodismo.

       Aquel invierno caía fuego en lugar de mana, la sangre roja teñía las paredes y los suelos de la frágil democracia, los cadáveres abrazaban el arcén, andaba suelto Lucifer porque la extrema derecha seguía matando a la vez que ETA. El 1 de febrero de 1980, el pistolero de Fuerza Nueva Emilio Hellín Moro y un grupo de ultraderechistas secuestraron y asesinaron a Yolanda González Martín, casi una niña de 19 años, cuyo delito a los ojos del fascismo era ser simpatizante trotskista vasca. La niña Yolanda vivía en el barrio madrileño obrero de Aluche. Aquel asesinato absurdo con premeditación y alevosía fue en venganza por el atentado que ETA causó ese mismo día en la localidad vizcaína de Ispáster, donde mató a seis guardias civiles. El asesinato de Yolanda fue reivindicado por el Batallón Vasco Español, un grupo terrorista predecesor del GAL. Hellín fue capturado por la policía, juzgado y condenado. Aprovechó también un permiso penitenciario y se fugó en 1987 a Paraguay, donde fue asesor del dictador Stroessner. Detenido tras la caída del sátrapa paraguayo fue devuelto a España, donde cumplió su pena. Una vez en libertad cambió de identidad y creo una empresa de seguridad que asesoraba, ¡las vueltas que da la vida!, al Ministerio del Interior en ciber-espionaje electrónico y vigilancia. Una investigación periodística desveló la personalidad auténtica del asesino Emilio Hellín Moro y los de Interior dijeron que nunca más, pero que nunca más volverían a contratar a semejante sujeto. Cualquiera sabe, porque el ministro del ramo era ¡Fernández Díaz!

           Los asesinos de Atocha no se molestaron mucho en esconderse. Creían que gozaban de la protección de los policías —muchos de ellos exfranquistas, era 1977, recuérdese— y contaban con el apoyo del neofascismo italiano. El juez encargado del juicio, Rafael Gómez-Chaparro, antiguo magistrado del Tribunal de Orden Público — el TOP, los tribunales que juzgaban sumariamente durante el franquismo— se mostró “comprensivo” con algunos de los ultraderechistas señalados por la policía y decidió no imputarlos ni ampliar las líneas de investigación solicitadas por los sabuesos. Fue muy indulgente concediendo permisos penitenciarios a los detenidos a los pocos meses de los asesinatos. En uno de ellos, Fernando Lerdo de Tejada, uno de los ejecutores materiales del crimen, huyó al extranjero y nunca más se supo de él. Tanto Fernández Cerrá como García Juliá, los autores materiales de los asesinatos, fueron condenados a 193 años de prisión. Otros instigadores y autores intelectuales de los asesinatos, todos pertenecientes a la ultraderecha franquista, fueron condenados a diversas penas que cumplieron en parte, beneficiándose de las medidas de gracia que la Justicia aplicaba debido al viejo Código Penal y a la presión política del momento. Hay que decir que Carlos García Juliá, a pesar de la enorme pena a la que fue condenado, fue puesto en libertad condicional en septiembre de 1991. Aprovechó una autorización judicial y se dio el piro, también a Paraguay, en 1994. El escándalo que aquella licencia penitenciaria provocó en la sociedad y en la judicatura obligó a rectificar y el permiso fue revocado. Pero García Juliá, obviamente, no regresó y se convirtió en prófugo y en narcotraficante a lo largo y ancho de Paraguay, Argentina, USA, Brasil y Bolivia, unos sitios, como se puede apreciar, donde se respetaban los derechos humanos y las libertades públicas. Una investigación de la revista “Interviú” lo localizó en Bolivia en 1999 y las autoridades españolas pidieron su detención y extradición. Pero la petición llegó tarde. García Juliá ya se había escapado de nuevo. Tras una vida rocambolesca por Sudamérica fue localizado en 2018 y detenido por la policía en un barrio marginal de Sao Paulo en Brasil, donde ocultaba su pasado trabajando como taxista subcontratado por la multinacional esclavista Uber.

         Parece que, finalmente, la justicia brasileña a petición de la española ha concedido la extradición y se espera que el último asesino de la Matanza de Atocha, el fugitivo Carlos García Juliá llegue a España en los próximos días. Ahora tiene 67 años y luce un aspecto de persona mayor, fondona, abandonada y tosca. En su haber existencial constan como méritos toda una vida dedicada al crimen sanguinario, al narcotráfico, a la cárcel y a la huida.

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García Juliá en una foto subida por él a su cuenta de facebook  cuando estaba huido en Bolivia. Hay algunas vanidades inconvenientes.

           Unos días después de aquella salida de García Juliá de la cárcel de Villanubla en diciembre de 1989, que yo creía extraordinaria noticia, que me publicaron en página interior en un breve a tres columnas y que pasó desapercibida entre la vorágine de las noticias —USA había invadido Panamá, la CIA buscaba a su hijo de puta, Manuel Antonio Noriega, y lo más terrible: nuestro compañero Juantxu Rodríguez fue asesinado por los marines— yo me encontraba editando unas fotos en el periódico para el suplemento de Cultura sobre las intelectuales republicanas que se vieron obligadas al exilio en México. Ya saben, Victoria Kent, Clara Campoamor, Constanza de la Mora, Margarita Nelken, etc., tantos exiliados, tanto talento perdido, etc., cuando sonó el teléfono:

        —Querría hablar con Terry Mangino —escuché al otro lado del auricular.

—Soy yo, quién me llama —respondí.

       —Hola, Terry, soy yo, Lola —yo no recordaba a ninguna Lola, aunque aquella voz me resultaba conocida. Dudé un momento. A los periódicos siempre llaman, o llamaban (porque ya la gente no lee periódicos) bromistas o locos que te felicitan por su connivencia con la noticia que tú publicas; o te amenazan con el fuego apocalíptico por haber desvelado el nombre de un mandamás venezolano al que ellos consideran un héroe; o se cagan en tu puta madre porque te consideran un rojo al servicio del chavismo. Aquella voz, sin embargo, sí, aquella voz me resultaba próxima.

      —Qué Lola —pregunté—, no sé quién es usted, señora, no la conozco, qué desea.

      —Sí, Terry, soy yo, Lola Herralde.

     Lola Herralde. Entonces recordé. ¡Lola Herralde! Aquella mujer turbadora que tanto me había obsesionado en mi juventud y que un día se fue sin dejar rastro ni explicación alguna. Lola Herralde aparecía de nuevo, de repente, igual que había desaparecido, al otro lado del teléfono tras doce años de silencio, volvía del pasado. Mi sorpresa fue tan grande que enmudecí, no sabía qué responder. Lola percibió mi embarazo y con aquel desparpajo con el que me había esclavizado años atrás me susurró sus palabras a través del hilo telefónico.

     —Querido Terry, como amante tuya que fui te debo una explicación. Y esta explicación que te debo te la voy a pagar. Quiero pedirte perdón por mi silencio y por mi precipitada desaparición, por mi huida de ti y por mi fingimiento y mi frivolidad en nuestro noviazgo, porque yo siempre te quise, te adoraba, a pesar de mi actitud burlesca y mi notorio pasotismo hacia tu persona. Yo no era así, estaba forzada por las circunstancias que vivía. Te llamo desde México, no te puedo decir más por razones de seguridad. Hasta aquí llega la prensa española y por los pies de foto sabía que trabajabas ahí, en ese periódico. También porque alguno de tus compañeros nos pasa información. Así que cuando vi tu foto sobre el fascista Juliá y su salida de la cárcel me entró una nostalgia enorme de aquellos años de juventud, me dejé llevar por el recuerdo y decidí probar suerte llamando al periódico. ¡Zas, acerté a la primera! Si supieras cuánto me he arrepentido en estos años por perderte, si supieras lo que he añorado tus besos cándidos y tus miradas cálidas, si supieras… pero las circunstancias y mi compromiso político de entonces me obligaron a una decisión que no podía comunicarte, me vi obligada a desaparecer…

         Y yo, atónito al teléfono, escuché una confesión que aún hoy, treinta años después, no logro encajar sino como un revés o un puñetazo que el destino te suelta en plena jeta en cualquier curva de la vida. Me vino a confirmar las vagas sospechas que yo tenía de que Lola era una activista relacionada con algún grupo de la izquierda radical vasca. Pero no imaginaba que estuviera implicada en una organización terrorista, en ETA. Mi inocencia juvenil y mi absentismo ideológico le habían venido a ella muy bien, porque un noviazgo con un joven inocente como yo le resultaba la tapadera perfecta para sus actividades de información que desplegaba en Madrid. Era una espía menor, digámoslo así, pasaba información básica de los movimientos, horarios, desplazamientos de los generales, ocupaciones y costumbres de altos mandos, etc., de los coches camuflados del Gobierno Militar, que se encontraba justo enfrente de donde vivía, en aquel apartamento compartido en el Paseo de la Reina Cristina. Sólo tenía que asomarse al balcón y en un listado apuntar los itinerarios, ocupantes, matrículas y ocasiones en los que los vehículos militares entraban y salían del cuartel. Comprendí aquellos repetidos paseos por la acera, bajo la garita de vigilancia, en los que tanto me magreaba y me comía a besos pérfidos y untuosos. Comprendí las vaguedades con las que Paca pretendía justificarla. Y comprendí sus prolongadas ausencias y sus viajes constantes a Bilbao y a la city. Lo del trabajo de secretaria de un alto directivo de Altos Hornos de Vizcaya era la excusa perfecta para los desplazamientos. Allí, en la negritud de la ría recibía órdenes y transmitía verbalmente lo que no había enviado antes por correo postal a una dirección anónima. Muy posiblemente, en algunos de los atentados que ETA perpetró en Madrid en aquellos años de plomo se hubiera utilizado información recabada por Lola cuando me tenía entre sus brazos, entre su boca, entre sus piernas.

       —Me vi obligada a ello, Terry. La espiral del compromiso ideológico me cegaba, era un soldado, un gudari obediente que creía en la patria vasca, dispuesta al sacrificio personal en bien de unos ideales identitarios y únicos. Nuestro enemigo era el Estado español, el demonio centralista contra el que había que luchar de cualquier modo, el monstruo que no atendía las diferencias que la providencia había depositado en nuestras razones, en las únicas verdaderas, nobles y hermosas, en nuestros sueños de ser los elegidos por la gracia de un dios mayor, los héroes que devolveríamos la libertad, el progreso y la felicidad a la nación vasca, a la patria oprimida por Madrid…

      Me pareció oír la arenga de un integrista religioso, de uno de esos iluminados poseedores de la verdad suprema que no diferencian entre el FMI, el Espíritu Santo, Jehová, Alá o la estelada. A punto estuve de colgar el teléfono, pero la curiosidad por saber el desenlace, o quizás la esperanza remota de tenerla de nuevo en mis brazos me mantuvo al aparato.

      —Denys Cowan, ¿te acuerdas de Denys Cowan? —¡Claro que me acordaba de aquel cabrón! ¡Cómo no iba a recordar a aquel inglés por el que Lola me dejó plantado! Yo no podía luchar contra un señor, casi un lord, que lucía trajes de Harrods y regalaba lingerie de lujo a mi chica, luchaba en desigualdad de condiciones. Yo no tenía un duro y él rebosaba de libras esterlinas. ¡El muy hijoputa me birló a la niña!—. Pues tuve que fingir que estaba enamorada de él, que me gustaba —continuó Lola—. Sospechamos enseguida de él por su apego desmedido a mí. Que un señor de mediana edad se interesara por una jovencita hubiera sido normal, pero nunca nos fiábamos de nadie, algo inquietó a la organización en Bayona e investigamos aquellos regalos, sus desplazamientos por Londres conmigo, por Bilbao, por Madrid, sus compras y sus ingresos. Teníamos contactos con otros grupos revolucionarios, con las Brigadas Rojas, con la Fracción del Ejército Rojo, los Madem Meinhoff, con el IRA. Resulta que el tal Denys Cowan era un funcionario de la embajada inglesa en Madrid, un agregado secreto del MI6. Trataba de introducirse en el mundo del nacionalismo vasco para conseguir información sobre las relaciones que manteníamos con los provisionales de Belfast. En algunas ocasiones, los republicanos y nosotros intercambiábamos opiniones sobre estrategias internacionales, propaganda y comunicación, colaboración con otros grupos hermanos y políticas liberadoras, o nos proporcionaron apoyo logístico, armas y munición. Eso sí, los provisionales nos las cobraban a precio de oro, pero las finanzas de la organización, las aportaciones que percibíamos de los amigos de la causa —el impuesto revolucionario, pensé— permitían aquello y mucho más. Nadábamos en la abundancia, teníamos todo lo que queríamos, aunque viviéramos en pisos francos y con la ansiedad de temer estar vigilados constantemente por el enemigo. Terry, ¿estás ahí? Me oyes, ¿Terry? —pasaron unos segundos hasta que conseguí improvisar una mentira.

      —Sí, Lola, estoy aquí, perdona el silencio. Nunca imaginé que volviera a escucharte. Es una sorpresa muy grande, de repente el pasado me devuelve tu voz. Por qué me llamas, por qué quieres desenterrar una historia juvenil, aquel amor que yo había olvidado. Me dejaste en la más absoluta soledad —respondí atolondrado mientras que algunas compañeras de la redacción me miraban perplejas y a punto de socorrerme contemplando la sorpresa de mi rostro anonadado.

      —Porque te debo esa explicación, porque soy deudora de un cariño inmerecido que una vez me entregaste y porque mi conciencia me dice que no puedo rectificar el pasado, pero que debo redimirla de sus cargas contándote a ti qué pasó hace doce años. Y porque quiero tu perdón, al menos que sepas qué me llevó a separarme de ti —Maruja Flores, como una madre para mí, se me acercó con un vaso de agua y me lo dejó junto al teléfono sonriéndome.

       —Escucha Terry. Me fui porque en Bayona así lo decidieron. La policía española estaba a punto de detenerme y pensaron que sería más valiosa en Londres que en Madrid. Así que allí me llevaron, ya sabes la fecha, marzo de 1977. Aquel día desaparecí de tu vida, de la vida de lujo que disfrutaba en Madrid, la patria me llamaba para misiones más importantes y mi deber como soldado era obedecer. Eso pensaba entonces. Sabíamos que Denys Cowan estaba al corriente de mi activismo revolucionario en pro de la patria vasca —así me lo soltó Lola— y decidimos aprovecharnos del deseo que le despertaba mi cuerpo para utilizarlo. Le llamé desde Londres, le dije que había abandonado, la organización, que huía de todo aquello de la lucha armada, que me habían engañado, que necesitaba su ayuda para seguir viviendo, para incorporarme al mundo de los ciudadanos anónimos, que me gustaba, que viniera conmigo, que se lo demostraría contándole todo lo que sabía sobre los provisionales del IRA. Él no era tonto y no se fiaba, pero le gustaba mi coño y me tanteó para ver qué conseguía. Así que en Bayona, de acuerdo con los provos diseñaron qué podían desvelarle y cómo y durante dos años le fui pasando información sobre lo que el IRA decidía que en Bayona se le pasara: el escondite de algún alijo de armas viejas; el nombre de algunos expulsados; las rutas marítimas que los demócratas americanos utilizaban para proveernos de armamento; el local del Sinn Feinn donde se reunían simpatizantes del IRA y de ETA en el barrio católico de Falls Road de Belfast, poco más. Tampoco yo tenía acceso a más información y ofrecer detalles relevantes le hubiera hecho sospechar, no era más que una niña. Aunque también era una niña Yoyes cuando la mataron unos años después… —y su voz se le quebró por un instante, como si llorara— Perdona, Terry —continuó tras el llanto—.

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Recuerdo a los muertos asesinados por el UVF (Fuerza Voluntaria del Ulster, unionistas pro-Reino Unido) levantado por el enemigo, el IRA, en Falls Road, barrio católico de Belfast. Irlanda del Norte.

      —Pero lo que te voy a contar ahora es terrible. En Bayona decidieron que ya era suficiente. Además, el IRA quería alguna prueba de nuestra fidelidad y nos exigió una acción que demostrara nuestra lealtad a la lucha armada. Yo entonces me vi presa de dos carceleros implacables. Por un lado la misma lucha armada. Y por el otro la lascivia y el chantaje emocional al que me sometía Denys amenazándome con delatarme a la policía londinense, incluso me amenazó con matarme él mismo. Una terrorista de ETA no vale nada, puede aparecer flotando en el Támesis sin que Scotland Yard se interese por el caso, me decía. Así que en Bayona idearon un plan para eliminarlo porque empezaba a saber demasiado sobre los provisionales norirlandeses. El IRA lo diseñó y yo le tiré el anzuelo. Había oído, le dije, quizás fuera un rumor, que el 27 de agosto de 1979 se iba a celebrar en Warrenpoint, en el condado de Down, al este del Ulster, una reunión secreta entre varios mandos intermedios del IRA y los dirigentes de Bayona. No sabía nada más. A mí no me llegaban más datos. Quizás fuera falso, quizás fuera para despistar. No me hagas caso. Pero sí me lo hizo. Pensaba que era su esclava, así era, que podía hacer de mí lo que quisiera, que con eso me mostraba sumisa para que me liberara, que no tenía voluntad para vivir sin él; que se apuntaría un éxito y posiblemente un ascenso dentro de la inteligencia inglesa. Y mordió el anzuelo. El ejército británico desplegó un comando antiterrorista y él se puso al frente. Previamente habían registrado la zona en secreto sin encontrar nada sospechoso. La pusieron en vigilancia durante varios días. Nada de nada, ni rastro de los provos ni de los etarras. Aquello les hizo relajarse y fanfarronear delante de los medrosos aldeanos locales exhibiendo su parafernalia militar, sus fusiles, sus carros blindados. Volvían vencedores, amedrentando a los lugareños y entonando el God Save the Queen como si aquello fuera una romería cuando al paso del convoy por el castillo de Down explotó una bomba escondida en un carro de heno que tenía, camuflados entre la alfalfa, 400 kilos de dinamita TNT. Murieron 18 soldados, entre ellos Denys. Aquello fue terrible para la opinión británica. Se desató una caza de brujas. Ese mismo día los de Bayona me trasladaron a México, cogí el último avión antes de que la Thatcher cerrara Heathrow y bramara su rabia infinita por la tragedia que aquellos asesinos terroristas habían infligido a 18 soldados inocentes. Yo también estaba aterrorizada. Me sentía culpable por aquel baño de sangre derramada, por aquella barbarie sin sentido de la que políticamente querían obtener fruto los provisionales del IRA. Tanta muerte para nada. Entré en una depresión. En Bayona pensaron que me suicidaría y me dieron como inútil para el servicio. Pensaron que necesitaba vacaciones, que tal vez lejos de todo aquello pudieran alguna vez recuperarme. Y así llevo desde 1979, diez años ya. Siempre hay alguien a mi lado, un carcelero más que un compañero. Un antiguo gudari que me vigila. Todo este tiempo me ha hecho reflexionar sobre el pasado, sobre los buenos momentos juveniles que pasé en Madrid, que pasamos juntos los dos, tú y yo por el Retiro, por el Paseo del Prado, todos aquellos besos que nos dábamos, que aunque tú creas que eran mentira a mí me dejaron un sabor que aún recuerdo, porque fuiste lo único bueno que me dejó la juventud.

La misma retórica en el monumento que los del UVF dedican a los muertos por el IRA en el barrio protestante de Belfast, a menos de un kilómetro del anterior monumento. Muertos, muertos, muertos…

      Hizo una pausa, la redacción se estaba vaciando. La jefa de Cultura se aproximó reclamándome las fotos de las intelectuales “mexicanas”. Le solté las que ya habíamos publicado y puso cara de asco. ¿Estas otra vez? No hay otras —le contesté—, habrá que buscarlas allá o pedírselas a Pancho Villa. Me miró perdonándome la vida.

       —Terry, ¿estás ahí? Sí, —le dije. Y continuó su conversación— Cuando vi tu firma en esa foto del ultra saliendo de la cárcel me volvieron a la memoria aquellas barbaridades que cometimos, que cometen todos los grupos terroristas en nombre de unas supuestas ideologías salvadoras. Yo ya no tengo ideología, aquello me quitó en cierta forma también a mí la vida. Es la explicación que te debía, Terry, ahora estoy en paz conmigo y quizás te haya servido para comprender una huida que tuve que emprender abominando de mí misma. Sólo busco un poco de paz interior y el calor amigo que me devuelva la calma. Y sé que no tengo derecho a decírtelo, que esta llamada es una equivocación, como si llamara a una persona que ya no existe. Que sólo te causo un enojo y un compromiso innecesario al escucharme. Me emocionó ver tu nombre en esa foto, ¡éramos tan jóvenes! Pero si tú me dices ven, lo dejo todo. Perdóname el pasado. Lo siento mucho —Y colgó.

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Monumento a los Abogados de Atocha levantado en el municipio de Brunete, Madrid.

       La conversación me dejó en estado catatónico. ¿Te encuentras bien?, me preguntó una compañera viendo mi mirada perdida. Sí —le contesté—. Son los fantasmas del pasado que a veces te asaltan en un recodo del camino. Me miró preocupada sin entenderme, creo que siempre me pretendió sin entender por qué. A las mujeres les atraen los hombres vulnerables porque despierta en ellas su instinto maternal y quieren cuidarnos y darnos besitos, además de extendernos polvos de talco. Y yo siempre lo he sido, o me he hecho frágil. Se me encendió una lucecita. Las fotos que teníamos de Clara Campoamor, de Victoria Kent, de Margarita Nelken, de León Felipe eran las históricas que habíamos publicado ya infinidad de veces como decía la culta resabia de la redactora jefe. Además, en el archivo no había apenas ninguna referida a los herederos del republicanismo ni de los lugares que habitaron aquellos sabios eméritos a los que el general Lázaro Cárdenas acogió con los brazos abiertos.

         Me hice con la lista de nuestros corresponsales en México y consulté los vuelos que Aeroméxico ofrecía semanalmente. Encontré uno conveniente para el siguiente lunes. Maricarmen, la secretaria de redacción, siempre me escuchaba complacida. Sería por mi fragilidad. Así que enseguida me atendió con una sonrisa sincera cuando le dije: Resérvame un vuelo a Ciudad de México DF, deja abierta la fecha de regreso. No abuses del tequila, causa estragos en el cerebro, me dijo ella con una sonrisa irónica. Te lo prometo, le dije yo con una sonrisa mentirosa.

       Yo admiraba a la directora adjunta. En una ocasión me felicitó por una fotografía que recogía el momento en que una novia le daba un beso a su novio, un soldado que regresaba de la primera misión del Ejército español en el extranjero, en Namibia. El viejo truco socialista. La participación en misiones militares internacionales en nombre de la paz que Felipe, aquel Isidoro que discutía en marzo de 1976 con el exministro cabezón aferrado al poder, utilizó para democratizar al estamento castrense. La señora directora adjunta me parecía una mujer de enorme talento profesional y clase humana que había tenido que luchar lo indecible para ascender al puesto que ejercía. Le llovían envidias, zancadillas y le tendían trampas por todos los lados, además de críticas severas de la competencia y del machismo dominante en la profesión. El paso del tiempo me ha dado la razón y ahora es ya la señora directora del periódico de referencia en España. Me alegro. Yo no era entonces, como ahora, más que un fotoperiodista tan intrépido como vulnerable. Pero quizás por mi ignorancia del peligro me atreví a hacerle una oferta que no podría rechazar:

       —Solitude —la cultura francesa de sus padres la condenó a ese nombre—, tengo una exclusiva en México DF con una etarra dispuesta a contar toda la verdad sobre sus madres terroristas y los porqués que la obligaron a refugiarse en el mismo lugar que albergó a Margarita Nelken, a Clara Campoamor, a Victoria Kent, a León Felipe. Además, entre México y Guatemala se ha desatado un conflicto con los indios lacandones, que reclaman sus tierras ancestrales y no tenemos fotos.

       —Que los dioses aztecas te sean propicios —me dijo la señora directora adjunta, muy parca en palabras.

       Unos días después, Ciudad de México DF me recibió con un calor que casi me deja nuevamente catatónico. Sería el mal de altura. Tal vez fuera la proximidad de Lola. Y fue entonces cuando, allí, a 2250 m de altitud recordé aquella frase que Paca me dijo en el Paseo de la Reina Cristina. Quizás no fuera así exactamente:

     «A veces, los dioses antes de destruir a los hombres los enloquecen con las mujeres».

Venus, Adonis y Cupido(1)

Venus, Adonis y Cupido. Annibale Carracci. 1590. Museo del Prado. Madrid