Ma plus belle histoire d’amour c’est vous

Gabriel de Araceli. Fotos de Ana M Pulido y Terry MANGINO

     ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts… Miles Davis sopla y llora su trompeta. Juliette Greco le mira desde sus carbones encendidos. Sous le ciel de Paris marchent des amoureux.

Notre Dame desde le Boulevard Saint Michel el 17 de abril de 2019

      —Oiga, amigo, no se envenene la sangre con los recuerdos. Ahora todos somos parisinos. De dónde viene, cuál es su nacionalidad.

      —Soy borracho.

—Entonces tómese un trago, una absenta le vendrá bien para olvidar.

      —Un día así no se olvida. Era un día de lluvia en una estación y un hombre esperaba con el rostro crispado. On n’oublie rien, on s’habitude, c’est tout.

      —No, un día así no se olvida. Recuerdo una noche de invierno, vagaba por la Place Vendôme, hacía frío, mucho. Del Ritz salió una pareja. Yves Saint Laurent, ella. Él de Guy Laroche. Tomaron ¿une bagnole? No precisamente, era un Bentley. La Tour d’Argent, tal vez Maxim’s. Tirado sobre la rejilla de ventilación del metro un clochard maloliente tiritaba. Ella le miró con desprecio.

  Notre Dame desde le Boulevard Saint Michel el 17 de abril de 2019 

Sur la longue route qui menait vers vous. Sur la longue route j´allais le cœur fou, le vent de décembre me gelait au cou, Qu´importait décembre si c´était pour vous.

      —Sin embargo, ce fut un soir, en septiembre. Vous étiez venus m´attendre. Aquella tarde un calor agobiante subía del río en el Quai d’Orsay. Una caravana de coches fúnebres desfiló por delante de mis narices. De repente el mundo se detuvo.  «Lady Di, lady Di» gritaba el gendarme. Se había matado en un estúpido accidente en el Pont de l’Alma. Huían de los paparazzis, ella y su amante, Dodi Al-Fayed, también a escape del Ritz. Me quedé paralizado. Lady Di, lady Di gritaba el gendarme.

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      Ce matin du 16 avril 2019 la pluie est salée. Ce sont les larmes de toutes ces âmes des bâtisseurs de la Catedrale Notre Dame et leurs Tristesses.

      —No hay para tanto. La historia del incendio no me parece un horror. Beneficia a muchos, les riches font des affaires.

      —Eso ha ocurrido siempre. Las grandes fortunas de Francia ya hacen cola, las donaciones. Así salvarán su honra de cara a la opinión pública. Reconstruirán Notre Dame en un periquete.

       —Una forma de desgravarse, aflora el dinero negro. Contribuyen a la grandeur.

      —Sí, casi viene bien un incendio. Se activa la economía. Ya van por los 800 kilos. Ese dinero oculto que emerge de las alcantarillas…

      —Bouygues, Suez, Alstom, Total, Carrefour, Christian Dior, France Telecom, Sanofis, Lafarge, Saint Gobain, Renault, Dassault, Fnac…

      —Les bouquinistes font des affaires.

      —Esos no venden libros, amigo. Es igual un incendio que una guerra. Vienen bien de cuando en cuando, es una forma de reconstruir lo destruido, de activar la economía.

      —Si hasta el clavo de la cruz de Cristo se ha salvado… Y las reliquias del gallo de la torre, el diente de saint Denis y una teta de sainte Genevieve. Todo intacto. Incluso la espina de la corona ha resultado indemne. ¡Es un milagro, la espina de la corona! Dieu défend le droit.

      Los curiosos se aprietan, buscan la foto de la chamusquina desde el Pont Saint Michel. Una yanqui sonríe, se hace un “selfie”, las cenizas de Notre Dame sobrevuelan les bateaux mouches abarrotados de turistas. Les bouquinistes venden postales pornográficas de hace un siglo.

      —El miedo, la ignorancia, el deslumbramiento: Esto se llama así, eso se pide así, ahora esa mujer va a sonreír, más allá de esa calle empieza el Jardin des Plantes. París, una tarjeta postal con un dibujo de Klee al lado de un espejo sucio.

 Montmartre, il faut bien monter 

—Todos contentos, París está en alza.

      —Et oui! L’incendie c’est bonne pour la France, c’est bien pour Macron, magnifique le feu, un cadeau. ¡Les giletes jaunes dando por culo tantos meses!

      —Se vengan de ser pobres.

      —Sí, roban a los ricos, destruyen el lujo des Champs Elysees, donde ellos nunca podrán comprar des bijoux. Es una bella historia de amor, al dinero.

      —Sí, París bien vale una misa. Malgré les parisiennes.

      —Toujours la même chose. Qu’importe Notre Dame?

      —Oui, c’est vrai, qu’importe Notre Dame.

       Qu´importe ce qu´on peut en dire, je tenais à vous le dire. Ce soir je vous remercie de vous. Qu´importe ce qu´on peut en dire. Je suis venue pour vous dire: ma plus belle histoire d´amour c´est vous.

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Tapaderas

Gabriel de Araceli.  Fotos de Terry Mangino

      En cualquier época, el poder siempre ha distraído a los ciudadanos información que pudiera perjudicarle. Las calles de las grandes ciudades están llenas de monumentos engañosos que ocultan la historia y dan protagonismo a anécdotas patrióticas con el fin de tapar sucesos molestos para los poderosos. En un rincón de la Plaza de Oriente, en Madrid, se alza una estatua-homenaje al valor del capitán Ángel Melgar y Mata, muerto en la Guerra de Marruecos de 1909. Un héroe condecorado con la máxima distinción militar: la Laureada de San Fernando. Pero los fastos del pequeño monumento esconden sucesos más terribles. El afán lucrativo de la oligarquía financiera española, empeñada en extraer toda la riqueza minera del Rif se pagó con una cruel derrota militar y la vida de más de cien soldaditos españoles. Aquello, hace 110 años, fue el desastre, o la carnicería del Barranco del Lobo.

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      La pérdida, en 1898, de las últimas colonias del imperio español de ultramar, Filipinas, Puerto Rico y la perla de la corona, Cuba, provocó una desmoralización nacional que alcanzó a todos los estamentos de la sociedad y del poder. La vacilante monarquía regentada por María Cristina de Habsburgo y los gobiernos alternativos, conservador y liberal, eran incapaces de afrontar un fracaso que convertía a España en un país derrotado, de tercera fila, sin ninguna relevancia internacional. Era necesario dar salida a toda aquella frustración nacional y buscarle al ejército un entretenimiento con el que, además, realizar un servicio a la patria y recuperar el honor perdido.

      En 1904 Francia e Inglaterra ratificaron la Entente Cordiale, un neocolonialismo, una manera de repartirse África a su antojo. España se apunta a los despojos y consigue las migajas del protectorado de Marruecos. Una forma de hincarle el diente a un territorio con riquezas minerales. En 1907 se crea la Sociedad Sindicato Minero de Minas del Rif, que se apresta a extraer todo el hierro que pueda de África, y acomete una gestión empresarial basada en sobornar a los sultanes locales para conseguir su protección y su influencia en la zona. El accionariado de la Sociedad lo forman personajes tan influyentes y aristocráticos como el Conde de Romanones (un terrateniente con inmensas propiedades en Guadalajara, político conservador y jefe del Gobierno en tres ocasiones) o el Conde Güell, financiero santanderino, dueño de una considerable fortuna y coleccionista de arte. El saqueo que Francia y España aplican metódicamente a esta zona de Marruecos crea envidias y tensiones entre las cabilas que habitan este lugar del Magreb, en las que se mezclan los nacionalismos, el reparto de los cohechos, el rechazo al invasor extranjero y la lucha por el poder local. Además, España ha mantenido desde 1860 guerras constantes en la región y es considerada un enemigo.

      Los incidentes y enfrentamientos contra los intereses de la oligarquía española se desatan a comienzos de julio de 1909. Un grupo de trabajadores españoles que construía el ferrocarril minero cerca de Melilla es atacado por cabilas rebeldes, muriendo cuatro obreros. El gobierno conservador de Antonio Maura lo considera un problema de orden público, pero envía a la zona a tres brigadas del ejército formadas en gran parte por reservistas, antiguos soldados integrados ya en la vida civil, ajenos a la milicia, sin ninguna preparación y con cargas familiares. La escalada de tensión va en aumento, se producen nuevos ataques y hostilidades constantes y el 29 de julio en el Barranco del Lobo, a escasos kilómetros de Melilla, el ejército español sufre una humillante derrota con más de cien muertos. Los reservistas son cazados como conejos por los tiradores marroquíes desde las alturas del barranco.

Los obreros de la mina

están muriendo a montones

para defender las minas

del conde de Romanones.

que luego los asesina.

(Coplilla popular de la época)

      La opinión pública arremete contra el gobierno por una guerra que no quiere, que es costeada con la sangre de los españoles más pobres. En Barcelona se declara una insurrección cuando son embarcados rumbo a Melilla los jóvenes movilizados provenientes de familias obreras sin recursos. Los ricos pagaban y no iban a la guerra.  La tensión entre obreros y fuerzas del orden va en aumento y hace necesario el envío de fuerzas policiales y del ejército. Desde el 26 de julio al 2 de agosto de 1909 Barcelona vive una “Semana Trágica” que acabará con la vida de 78 personas y un rechazo al gobierno conservador de Maura y a la figura del rey Alfonso XIII. Además, pacificada la rebelión en la Ciudad Condal, el gobierno emprenderá una sangrienta represión contra aquellos que han intervenido en la revuelta ejecutando a cinco personas.

      Y quizás como venganza por una anterior vejación que había quedado sin respuesta el atentado perpetrado por el anarquista Mateo Morral contra los reyes el día de su boda, el 31 mayo de 1906—, el ejecutivo conservador fusila al pedagogo libertario Francisco Ferrer Guardia, acusado con pruebas falsas de formar parte de los revoltosos y al que se tenía como modelo ideológico de Morral. Un hecho que provocó protestas internacionales y costó a Antonio Maura la dimisión.

      La Sociedad Sindicato Minero de Minas del Rif siguió su actividad en el Protectorado de Marruecos hasta su disolución, en ¡1984!, mientras que el ejército español siguió pacificando el territorio, protegiendo así los intereses de la oligarquía. Con posterioridad se repitió la historia. En julio de 1921, la persistencia en la política colonialista y las acciones negligentes del ejército africanista llevaron a otra derrota aún peor: El Desastre de Annual.

      De todo esto, sin embargo, nada se dice en este pequeño monumento erigido en 1911 y restaurado en 2009. A la Sociedad Sindicato Minero de Minas del Rif todo aquello le salió muy barato. Se pagó con la vida de los soldaditos valientes. Alfonso XIII, siempre generoso, cedió sitio y mármoles para honrar la memoria de aquel héroe, el capitán Ángel Melgar y Mata. Además, le concedieron una medalla, la Laureada.

Soldadito español, soldadito valiente

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      La Guerra de Marruecos de 1860 que emprendió el general Leopoldo O’Donnell (1809-1867) fue una maniobra de distracción para unificar en torno a sí a la opinión pública y acallar el descontento que provocaba su gobierno en los últimos años del reinado de Isabel II. Una ola de patriotismo racial se extendió por el país, al que se unió contra los infieles la Iglesia y sectores ultraconservadores como el carlismo. Con la excusa de proteger Ceuta y Melilla también se daba pábulo al expansionismo colonialista africano, que sustituía a la pérdida de las colonias americanas. Hubo más de 10.000 muertos, 4.000 de ellos españoles. Algunos generales (Prim, Ros de Olano, Juan Zavala de la Puente) que ganaron a las cabilas en la batalla de Wad-Ras fueron los que proclamaron la revolución de La Gloriosa, en 1868, y derrocaron a la reina de los tristes destinos.

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Los renglones torcidos de la restauración del Palacio de Liria

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La hiel de la tribu

Rafael Alonso Solís

      Cuando los poetas escriben sobre otros, especialmente si pertenecen a su quinta, el verbo hace de estilete capaz de introducirse en las heridas para ahondar en las mismas llagas que comparten. Acaba de reeditarse Estudios de poesía contemporánea, ensayo que Luis Cernuda publicara en 1957 y en el que parece arreglar cuentas con sus coetáneos y alguno de sus precedentes. Cernuda duda del valor poético de su generación, a la que, pendiente de ser definida por la crítica, llama aún “la del 25”. Aceptando la falta de distancia en varios casos, muestra algún rechazo a ciertas derivas líricas o conceptuales de Machado, al que parece admirar más como pensador que como poeta, o de Salinas, al que considera un burgués. Más que rechazo le provoca Jiménez, en quien encuentra escasas virtudes intelectuales que puedan compensar su “subjetivismo egotista”. En la edición de 1957 Cernuda dejó fuera a Guillén, Alberti y Aleixandre, por ser “amigos o conocidos”, aunque algunas referencias se filtren por el libro. Al mismo tiempo, incluye a Gómez de la Serna, al que califica como el último de los clásicos y cuya obra “equivale a toda una generación literaria”. Respeta a León Felipe, aunque no le entusiasme como poeta, y ve pasión y fogosidad en Miguel Hernández, truncado demasiado pronto.  Y hay contenida admiración por Lorca, cuya poesía, hondamente dramática, sugiere “el escalofrío de algo trágico y el misterio que lo rodea”, pese al “costumbrismo trasnochado” que aprecia en el Romancero. A todos mira con respeto, dejando claro que, desde Bécquer, los mayores poetas son andaluces, aunque califique algunas de sus obras como “poemillas”. ¿Mueve al poeta algún turbio impulso al revisar el trabajo de sus colegas, en el que influyan relaciones personales, amantes compartidos o diferencias ideológicas? Quién sabe. La historia de la literatura española tiene ejemplos de todo ello –excelentes como género y muestras de la condición humana–, como la confrontación entre Lope y Góngora, las malévolas referencias a los garbancismos de Galdós, o el desprecio con que Umbral se ha referido a Baroja, tal vez porque el vasco es, con La busca, el  antecedente de su novela Travesía de Madrid, con la que él se despide de cierto tipo de narración para crear un estilo propio, tan original como discutible. Ha sido también Umbral unos de los más crueles críticos literarios en lo que se refiere a sus contemporáneos, aunque esto no debiera anotársele como débito, ya que tanto Las palabras de la tribu como su Diccionario de literatura (1994 y 1995, respectivamente), son dos ensayos tan deliciosos como malintencionados. En el primero debe leerse lo que escribe sobre el mismo Cernuda, al que califica como “gran poeta y mala persona”. El segundo es, sobre todo, junto a guiños a sus amigos, una relación de maldades, y seguramente fue escrito a rebufo del anterior para sacarse unas pesetas. En él destaca, como ejemplo de síntesis, la entrada que dedica a Julio Llamazares: “Colecta plurales premios locales, regionales, comarcales, autonómicos y nacionales. Tiene un perro”.

Francisco Umbral en su casa de Majadahonda, mayo de 2000. Fotos: A Aguado

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Iba yo a comprar el pan

Los amores asimétricos de Galdós

Esa mirada con que premian tus ojos mi deseo

Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

      Tiene Luis Alberto de Cuenca un no sé qué cuando recita que hace suspirar a las señoras bien que asisten a su conferencia en la Fundación Juan March, en el barrio de Salamanca, en Madrid, el pasado 19 de marzo. «Si solo fuera porque a todas horas tu cerebro se funde con el mío; si solo fuera porque mi vacío lo llenas con tus naves invasoras» inicia Luis Alberto con su voz de novio la lectura de un soneto. Y doña Pilar y doña Sonsoles y doña Margarita y doña Carmen —«Maica, llámame Maica» le diría ella si pudiera abordarle después, en el vestíbulo— sienten un vahído adolescente teñido de impúdicos deseos. «Si solo fuera porque me enamoras a golpe de sonámbulo extravío; si solo fuera porque en ti confío, princesa de galácticas auroras» recita el poeta y ellas pierden por un instante el rubor dejándolo a su cuidado entre las azucenas olvidado.

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Luis Alberto de Cuenca durante la conferencia que pronunció el pasado 19 de marzo de 2019, en la Fundación Juan March, en Madrid.

      Tiene buena figura Luis Alberto de Cuenca. Y sus años, que parece no tenerlos, tímido y risueño, hace gala de masculinidad y fino humor, que le viene de familia la inteligencia y la distinción, que en cuarto de bachillerato, brillante alumno del Colegio el Pilar, le regaló su padre las obras completas de Shakespeare y él se las leyó a la vez que a Bécquer. «Allá en el colegio nos hacían competir entre nosotros por conseguir la mejor calificación, todo lo contrario de lo que hace la pedagogía actual. Entablábamos combates líricos. Y yo me iba por los cerros de Úbeda, me podía la elocuencia y llenaba hojas y hojas de versos barrocos que me puntuaban menos que a los otros. Y aquellos fracasos me sirvieron de aprendizaje, me desnudé de aquella jungla de palabras espesas porque comprendí que la claridad, la sencillez son importantes tanto en la poesía como en la vida».

      Y de ese germen familiar, que combinó con la lectura, surgió el poeta y exploró los universos helénicos, que siempre prefirió el mito al logos, la fantasía a la historia. Y se recreó con Eurípides y Calímaco y con Guillermo de Aquitania y el humanismo renacentista «porque uno desea convertirse en humanista antes que en intelectual, que es cosa muy sórdida».

      Y en la tercera fila, doña Pilar —«Piluca, llámame Piluca» le diría al poeta, a Adonis— esboza una sonrisa, herida por el verso, por Cupido, y se abandona: «si solo fuera porque tú me quieres y yo te quiero a ti, y en nada creo que no sea el amor con que me hieres».

      Y descubre Luis Alberto su vena gamberra, que fue letrista de la Orquesta Mondragón y es amigo de Gurruchaga, que anduvo por la movida madrileña plantándole cara al jaco que a tantos se llevó por delante y escribía letras chirriantes y cañeras: «Cuando vivías en la Castellana usabas un perfume tan amargo que mis manos sufrían al rozarte y se me ahogaban de melancolía. Si íbamos a cenar, o si las gordas daban alguna fiesta, tu perfume lo echaba a perder todo. No sé dónde compraste aquel extracto de tragedia, aquel ácido aroma de martirio».

      Y cuando doña Constanza, que vive en la Castellana se entera, además, que Luis Alberto es un troglodita, que le escribe letras a Loquillo y comparten bocatas de calamares y mahous rejuvenece treinta años y quisiera rebozarse sus morros con el poeta en algún garito apestoso, en un extracto de tragedia de engrudos y pachuli en Malasaña: «Pero es que hay, además, esa mirada con que premian tus ojos mi deseo, y tu cuerpo de reina esclavizada»._DSC0042_web

      Poemas al padre generoso, poemas oníricos, materia primera para el psicoanálisis, para el estudio del ego profundo, del inconsciente. Y recuerda Luis Alberto a aquella novia primera, casi adolescente, a la que tanto amó. Por la que se matriculó en Derecho, para esperarla un año y después ir juntos a Filosofía y Letras. Amor sesgado por la tragedia, que falleció ella con diecinueve años y él quedó compuesto, o descompuesto, y sin novia. Su Rita a la que trasmutó el nombre por Arit. Y doña Margarita, desde la segunda fila, sueña que está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azahar, su aliento, y por un momento confunde a Rubén con Luis Alberto.

      «No es el hombre el que elige. Es la puerta, entreabierta, a la que te asomas la que decide por ti. Con lo que ves aceptas un destino que quizás nunca antes pensaste» dice de su paso por la política. «La política está bien, sirve para comprender lo más intrincado del alma humana. Salí bastante indemne de ella, afortunadamente».

      Y habla de su amor a los libros, de la fascinación por todo lo relacionado con la edición bibliográfica, de su pánico por las erratas. «Que haya una sola errata en un libro es como destruir la armonía de las letras». Y fue para él un honor y un deleite dirigir la Biblioteca Nacional porque pudo emular a Borges, que estuvo al frente de la biblioteca nacional argentina —«un desastre, Borges, como director» aclara—, al que leyó “tardíamente”, «a partir de los veinticinco años».

      «Me divierte la cultura, la lectura es un placer, ayuda a divertirse» dice. Y se rompe el embrujo cuando se despide, cuando solo queda la evanescencia de su ausencia. Y doña Piluca y doña Maica y doña Sonsoles y doña Constanza despiertan del embozo y corren a saludar al poeta, al hombre, que a todas corresponde con su verbo, con su verso.

      «¡Ay, señor! ¿Y mi Luis Alberto, cuándo llegará?» se pregunta doña Rita tras besarle la mejilla.