CENTENARIO DEL FALLECIMIENTO DE EMILIA PARDO BAZÁN

Agustina de Champourcín

Este año se ha cumplido el centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán y para homenajear a tal extensa dama y comprender su obra, sus inquietudes, sus éxitos, el rechazo que provocaba en los hombres sus exigencias, las personalidades que acompañaron su vida, los hechos históricos que se desarrollaron en aquella difícil época y su tiempo nada mejor que leer su biografía “La luz en la batalla”, una obra faraónica escrita por la profesora Eva Acosta, que ha empleado trece años de estudio y metódica aplicación en investigar y desvelar la trayectoria existencial de la gran condesa de Pardo Bazán.  La biografía va pareja a la vida superlativa de la biografiada.  Un empeño y un resultado excelso, impropio de estos tiempos de prisas y emborronados. Usa la autora una prosa ágil que el lector agradece y que al interesado en las “hazañas” de doña Emilia le resultará provechosa y le desvelará algunos secretos de la sin par condesa. Está editada cuidadosamente por Ediciones del Viento, lo que también es de agradecer si el lector no quiere dejarse los ojos en su lectura. Aunque no se garantiza que el espíritu de doña Emilia no se le aparezca al reticente caballero que dude de sus propuestas feministas y le diga, trasferido a la jerga actual: «Macho, bájate del burro».


EXCESIVA, arrolladora, un volcán en erupción serían epítetos apropiados para calificar la personalidad exuberante de doña Emilia Pardo Bazán. Una vida interior exagerada y una lucha por sus ideas feministas, reivindicativas de los derechos de la mujer que aquella sociedad masculina tan raquítica y misógina no entendía o no estaba dispuesta a permitir. Su existencia fue un combate constante contra una legión de laureados hipopótamos, literatos oscuros que no admitían que una señora pudiera ser más inteligente o escribir mejor que ellos, o que pensara más allá de las tareas “propias de su género”, sesudos académicos interesados en darse esplendor y excluirla de los cenáculos donde decidían quién era el catecúmeno aceptado. Incluso tuvo que lidiar contra la opresión de su confesor, un retromacho franciscano próximo a la inquisición moral que la recriminaría por abandonar a su marido exigiéndola la vuelta al himeneo. No le hizo caso doña Emilia que recibió, no obstante, el apoyo decisivo de su padre, José Pardo Bazán Mosquera, hacendado, alcalde de La Coruña y diputado a Cortes, hombre tolerante y abierto que le animó a fluir por sus deseos de libertad y de saber.   

            Vivió la historia agitada de un país en descomposición que se arrastraba imparable a la tragedia. Nació en 1851, en tiempos de la reina de los tristes destinos. Se casa con 16 años, uno antes de La Gloriosa. Verá el asesinato de Prim, el efímero reinado de Amadeo, “Macarronini I”, la república federal, el golpe de estado del general Pavía, la república unionista, el golpe de estado del general Martínez Campos que llevó a Restauración borbónica del joven Alfonso XII, la regencia de María Cristina, el desastre del 98, el regeneracionismo, el reinado degradante de Alfonso XIII y los ecos de la Gran Guerra que destruía Europa. Y tres magnicidios más, el de Cánovas del Castillo en 1897, el de Canalejas en 1912 y el de Dato en 1921, apenas dos meses antes de su fallecimiento.

Fue el suyo un matrimonio de conveniencia al que renunció impulsada por el afán de conocimiento que le hervía en su espíritu. Aunque la relación cordial con su marido, José Quiroga Pérez, se mantuvo hasta el final. Él le concedió todos los poderes legales que la permitieran disponer de su hacienda a su voluntad en busca de la cultura y de los libros que calmaran su sed de luz. Y ella le guardó luto tras su muerte, en 1912. Fue madre de tres hijos (el primogénito, Jaime, militar africanista, fue fusilado en Madrid, en 1936 por los chequistas) y a pesar de eso viajera incansable por media Europa, sobre todo por el París más cosmopolita e ilustrado, amiga de los grandes escritores del momento: Zola, Goncourt e incluso Víctor Hugo (con el que tuvo una sonora pero amistosa controversia) le reconocieron su ingenio. Aunque sufrió las críticas acerbas de los más próximos, sus paisanos de la España consuetudinaria: Clarín fue el abanderado de una persecución contra sus escritos a la que se sumaron Menéndez Pelayo, o Palacio Valdés, o después Pío Baroja. Hasta el final de sus días sufrió el ensañamiento de la machista y refinada intelectualidad.

Emilia Pardo Bazán pintada al pastel por Joaquín Vaamonde, 1896. El pintor falleció en su casa de Meirás en 1900, con 29 años, fue su protegido y posiblemente amante.

Ateneísta, editora de colecciones formativas para la mujer, crítica literaria, poetisa juvenil, ensayista, autora dramática, mantiene amistad y correspondencia a lo largo de toda su vida con Francisco Giner de los Ríos, su padre espiritual, y con los krausistas, aquellos para los que la ecuación mujer-saber no es tabú. Y es amante de grandes figuras del momento como fueron el periodista José Lázaro Galdiano o don Benito Pérez Galdós, su amor secreto. Doña Emilia fue la primera en asistir al velatorio del maestro, fallecido el 4 de enero de 1920 en su domicilio de la calle Hilarión Eslava de Madrid, no muy lejos del 27 de Princesa donde ella vivía.

 Siempre fue contraria al regionalismo, ya fuera político o literario, lo que le valió el rechazo de un buen número de galleguistas próximos a Rosalía de Castro, con la que apenas si se vieron. Y también fue carlista militante en su juventud, contrarrevolucionaria, ultraconservadora, partidaria de las guerras del Rif (fue la suegra del general Cavalcanti) y patriota convencida de que era necesaria una mano de hierro que repusiera el honor perdido en Cuba. Y que metiera en cintura a la nación sin rumbo y sin gobierno. Y a poco estuvo de verlo, murió dos meses antes del terrible Desastre de Annual. Y dos años antes del golpe de estado de Primo de Rivera.

Pues todo esto y mucho más se cuenta en la biografía “La luz en la batalla”.

Y al igual que el marqués de Bradomín, el hijo literario de su amigo Valle Inclán al que trató en el Ateneo, la condesa de Pardo Bazán era fea, católica y sentimental.

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Monumento a Emilia Pardo Bazán en la C/ Princesa, Madrid, enfrente de donde vivió y falleció. Obra de Rafael Vela del Castillo, 1928.