Pascual Izquierdo

Photos: Antoine Doinel

Como tratamiento terapéutico para una crisis de ansiedad, me receto a mí mismo dos semanas de retiro en uno de los cenobios medievales que acogen huéspedes estresados por el vértigo de la vida moderna.

Tengo que elegir entre la soledad desnuda que brinda un monasterio palentino ubicado en el valle de Ojeda, el solaz espiritual y el paisaje espléndido que ofrece el complejo segoviano del Parral y el rumor concupiscente que genera el río Duero cuando lame los muros de un antiguo convento premonstratense. Tras sopesar inconvenientes y ventajas, me decanto por esta última posibilidad porque sé que el cenobio es muy permisivo en lo que se refiere a las salidas del recinto, pudiendo evitar el menú que sirven en el refectorio y optar por las delicias gastronómicas que ofrece la comarca.

Me recibe el abad, un hombre que supera los 70 años pero que mantiene un sorprendente vigor juvenil tanto en la expresión facial como en el cuerpo, que se mueve con una agilidad insospechada. El hábito talar no acorta su más que mediana estatura ni esconde una delgadez tal vez esculpida por el ejercicio físico diario y la mesura en el yantar. Es un varón afable, de mirada inteligente y voz bien modulada, que habla con elegancia y precisión. Me explica que atiende él en persona a los huéspedes porque es el monje que se encuentra en mejores condiciones de salud dentro de una comunidad reducida a su mínima expresión, pues sólo consta de cinco miembros.

Tras informarme sobre los horarios y las normas, sube veloz delante de mí los peldaños de la escalera real que desemboca en las habitaciones situadas en la segunda planta. Una vez allí, me conduce a la mía, me ofrece sus buenos oficios para lo que pueda precisar, me desea un feliz retiro y, antes de despedirse, no olvida ponderar la importancia de la biblioteca monástica, que reúne un fondo cercano a los 110.000 volúmenes.

-―Es una de las más interesantes de Castilla y León. Alberga obras singulares, como un Corán manuscrito en el año 1134 y veintitrés incunables.

Hace una pausa para calibrar el efecto que producen sus palabras y concluye:

―Sólo tiene que avisarme si la quiere visitar.

Le agradezco sus amabilidades y me quedo solo en la amplia y austera habitación que se orienta al sur, a los jardines monacales y a las feraces tierras de la vega. Desde mi aposento veo la antigua cerca conventual y, si me asomo hacia el este, puedo contemplar la gran espadaña barroca y, más atrás, los arbotantes que abrazan la cabecera de la iglesia.

Es en el recorrido que hago por el claustro cuando, al llegar a una amplia estancia adosada a la sala capitular, veo el perfil de una mujer que frisa los sesenta años y exhibe una madurez sazonada como un paisaje en plenitud. Luce su cabello el color de las mimbreras que en otoño crecen a orillas del Escabas en algunos municipios de la provincia de Cuenca.

Me recreo en la contemplación de su perfil, bien contorneado, que dibuja en armonía las curvas y volúmenes propios de su género. Es, sin duda, una mujer atractiva. Está sentada y escribiendo en el teclado de un ordenador que apoya sobre una mesa de madera. La luz que penetra por la ventana abierta en la pared envuelve una parte de su rostro bello y reposado. Está enfrascada en su trabajo, alternando la mirada entre la pantalla del portátil y el texto escrito en unos folios que tiene a su derecha.

Entonces es cuando me ve. Fija su curiosidad en mi figura, que se halla detenida delante de la puerta, en el terreno neutral del claustro, y yo me quedo mirándola abiertamente, con un apunte de insistencia y desafío. Ella me examina un instante, adivina con luciferina clarividencia mi situación de desamparo, esboza un asomo de sonrisa y vuelve sus ojos al misterio encerrado en la pantalla del ordenador. El retorno a su trabajo parece dar por cerrado ese primer atisbo de interés.

Luego sigo mi recorrido por las crujías del claustro, admiro sus bóvedas estrelladas y entro en la iglesia, comenzada a construir en 1522 bajo la dirección de los maestros Sebastián de Oria, Pedro de Rasines y Juan de Vallejo. Allí me sorprende una vez más la grandiosidad arquitectónica de la capilla mayor y el dibujo de las nervaduras.

Nos juntamos en la sala rectangular del refectorio diez comensales: los cinco monjes que integran la comunidad y los cinco huéspedes que hemos bajado a degustar un menú sencillo pero bien aderezado, que incluye el atractivo de un clarete servido en los habituales jarros de barro tan presentes en la zona. Es agradable y refrescante. Y entra muy bien. Curiosamente, los monjes, que ocupan una mesa propia situada ―a modo de presidencia― en el lado más estrecho del rectángulo, no rehúsan el vino, que beben con ejemplar mesura, salvo el abad, quien lo frecuenta con algo más de insistencia. No está en el refectorio la mujer del cabello rojizo.

A la primera jornada de mi estancia en el cenobio le siguen otras, pausadas y monótonas, en las que no sucede nada digno de ser destacado. Todo discurre dentro de la rutina acostumbrada, entre los paseos reflexivos por el jardín, las caminatas matutinas por el campo y las extenuantes jornadas de lectura y trabajo.

Es en el quinto día cuando me encuentro con la mujer de la cabellera rojiza. Está sentada en un banco de piedra que se alza en uno de los bordes del jardín. A su derecha se yergue el imponente ábside de la iglesia monástica y al fondo, junto al límite de la cerca, se vislumbra una silueta masculina trabajando en la huerta. Aguzo los ojos para ver quién es y descubro la figura del abad, que se ha despojado del hábito.

Es mediodía, luce el sol y el suelo está cubierto de las hojas amarillas que ha desprendido la voracidad amenazante del otoño. El cabello rojizo de la mujer añade un delicado matiz a la paleta cromática presente en la naturaleza. Tiene un libro abierto entre las manos cuyo título acierto a leer antes de que ella lo cierre y lo deje sobre el banco: La luz inmóvil del otoño. El título me hace recordar la reciente obra ganadora de uno de los premios de poesía mejor dotados del país.

Yo entonces inicio la conversación señalando la complicidad del escenario con el título del libro y ella sonríe levemente, no sé si empujada por la conmiseración que le suscita un abordaje tan convencional o si atraída por la novedad de una presencia masculina que puede ayudar a romper el silencio vegetal del mediodía.

Hablamos de paisajes otoñales y de versos, de hojas caídas y corazones rotos, de lo amarga que puede ser una soledad empeñada en refugiarse en sí misma y en no abrirse a otros horizontes. La conversación mezcla reflexiones genéricas con apuntes susceptibles de ser interpretados como esbozos de confesiones íntimas. Todo está claro y confuso al mismo tiempo, todo es abstracto y personal, intencionado e inocente, revestido de somero interés circunstancial y de ocultas intenciones. Las miradas, siempre sigilosas y fugaces, se inscriben dentro de los límites del respeto mutuo y, al mismo tiempo, tratan de indagar en los enigmas del corazón. Ella, cuando no interviene, desvía a veces sus ojos hacia la figura que se mueve en la huerta.

Mientras hablamos procuro completar el retrato esbozado el primer día que la vi. Me parece que es una mujer segura de sí misma, serena y reposada, dueña de las claves secretas que mueven los planetas. Su rostro, que no posee una belleza deslumbrante, reúne sin embargo un conjunto de rasgos armoniosos, esculpidos sin duda por las emociones y vivencias acumuladas a lo largo de los años, que configuran un marco de acusado atractivo. Su mirada, franca y abierta, esconde algo así como un trasfondo de descreimiento o un amago de burla. Lo más audaz, lo que introduce un toque de moderada extravagancia en el conjunto, es su cabellera rojiza.

En el transcurso de la conversación le indico que desde nuestro primer encuentro visual no la he visto en el refectorio ni en la sala de trabajo. Ella me contesta que ha estado muy ocupada en la biblioteca y que apenas ha salido de su habitación. No creo oportuno preguntarle qué está haciendo en el cenobio porque espero que ella me lo vaya desvelando a lo largo de la plática. Pero entonces coge el libro del banco y lo sujeta entre las manos. Leo entonces con más comodidad el título y también el nombre del autor, que no es otro sino un para mí desconocido Jesús Nidáguila.

―¿Te gusta la poesía?

―No especialmente. Me atrae la literatura en general.

Y entonces me explica que ha encontrado el ejemplar casualmente en la biblioteca de la hospedería. Y que estaba allí por haberlo depositado uno de los monjes, familiar lejano del autor. Está leyendo los poemas para descansar de su ocupación habitual.

Luego, inesperadamente, tras un silencio que comienza a ser incómodo, me descubre de pronto que está llevando a cabo una investigación basada en uno de los volúmenes más valiosos que se guardan en la biblioteca monástica. «Una biblioteca muy poco estudiada, pero rica en tesoros», puntualiza.

―Me interesan los bestiarios ―añade con un fondo de misterio en la voz.

Y a continuación confiesa que lleva más de un mes en el cenobio tratando de descubrir los secretos ocultos en un ejemplar extraordinario.

Pone fin a la plática el gesto de ponerse de pie y dirigir la vista hacia la puerta de entrada al recinto. Sobre el silencio mineral del mediodía suena el rumor sordo del río. Lentamente, arrastradas por la agonía del otoño, las hojas siguen cayendo. Antes de que comience a andar, cuando se traban un instante nuestros ojos, yo trato de transmitir en mi mirada que me quedaría todo el día hablando con ella, escuchando la caricia de su voz, admirando la policromía de su pelo. Ella percibe la intensidad del mensaje y capta la súplica que encierra, pero no muestra señal alguna de rechazo o aceptación.

―Tengo que volver al trabajo ―dice en un tono que trata de transmitir indiferencia.

Y, cadenciosa y armónica, moviendo suavemente las caderas, se aleja por la senda.

Sorprendentemente, esa noche baja a cenar. Somos once los presentes. Ella, que llega la última, se sienta en uno de los extremos de la mesa, separada de mí por tres comensales interpuestos. La miro de reojo con mesura y disimulo, de forma que no se evidencie clamorosamente mi interés por su figura. Come de manera pausada y acude con frecuencia al jarro del clarete, del que sirve en su copa un líquido que bebe con sorbos muy pequeños. Hay un momento en que me parece que observa con curiosidad a los monjes que ocupan la mesa presidencial y, entre ellos, a la figura del abad.

Cuando termina la colación, todos nos ponemos de pie y comenzamos a desfilar hacia nuestras habitaciones. Admirando las armoniosas oscilaciones de sus nalgas, subo tras ella los peldaños de la escalera real que conduce a la segunda planta. Nada más llegar al pasillo, ella se para frente a una de las puertas situadas al comienzo, introduce la llave en la cerradura, empuja el armazón de madera y hace ademán de traspasar el umbral. Pero se detiene antes, se da la vuelta, ilumina su rostro con una súbita sonrisa y dice:

―Buenas noches, vecino de corredor.

No añade nada más. Su voz no encierra matices subterráneos de invitación, pero el solo hecho del saludo es considerado por mi parte como un detalle prometedor.

¿Prometedor de qué, me pregunto ahora que escribo estas líneas, ahora que confieso mi ingenuidad de cazador incauto que se deja embaucar por la sonrisa de una mujer hermosa? ¿Qué promesas ocultas quise adivinar bajo aquel gesto engañoso?

No añade nada más y, tras oír mi educada respuesta de reciprocidad, cierra la puerta y desaparece.

Ya en mi cuarto y recostado en la cama, hago un rápido balance de la situación y me congratulo de lo que a mí me parecen los grandes progresos conseguidos, sin duda magnificados por la imaginación. Me cuesta mucho dormirme, enredadas mis fantasías entre su cabellera rojiza y la basculación de unas caderas cuya hospitalidad también creo reservada para mí.

Al día siguiente, subo a la biblioteca tras el desayuno. Ella ya se encuentra allí cuando yo rebaso la puerta monumental que permite el acceso a la gran sala terminada en el año 1798. Está sentada junto a una mesa acogida bajo la iluminación que brinda uno de los lunetos presentes en la bóveda. Sobre la mesa tiene abiertas las páginas de un libro que parece muy antiguo.

Cuando capta mi presencia, levanta los ojos y me mira. Me mira sin sorpresa, como si desde el comienzo de los tiempos estuviera esperando mi visita en aquellos espacios reservados hasta entonces sólo para ella. Me mira como si ya tuviera previsto todo lo que va a ocurrir.

Atraído por un magnetismo inexplicable, me acerco a la mesa porque quiero estar cerca de ella, oír su voz, sentir sus ojos en los míos. Para justificar los motivos de mi aparición, balbuceo explicaciones infantiles y acabo confesando que siento gran curiosidad por su trabajo. Ella, sabia y paciente, comienza a decir:

―Estoy estudiando el Bestiario de Don Juan de Austria, libro que fue escrito en Yuste, sobre el año 1570, por Martín de Villaverde. Esta es una edición facsímil.

Yo me siento tan atrapado por sus palabras como por sus ojos. Tiene abierto el ejemplar por la página donde aparece el dibujo de un dragón alado.

―La singularidad de este libro radica en que es el único bestiario del mundo escrito en lengua española. Una verdadera joya bibliográfica.

Imbuida de un tono profesoral y mientras pasa cuidadosamente las páginas, me va explicando que en la Edad Media los bestiarios fueron los textos más leídos tras la Biblia. Y que eran muy apreciados en las élites culturales por la imaginación que desplegaban sus dibujos, su carga simbólica y su intención didáctica.

Detiene su escrutinio al llegar a una ilustración donde se muestra una mujer con los pechos descubiertos.

―Este libro es también valioso por incluir un breve tratado de cetrería. Comienza precisamente aquí.

Justo en ese momento alargo la mano hacia el dibujo y nuestras manos se rozan. Es sólo un instante, pero siento algo así como un breve relámpago recorriendo mi piel, un súbito estremecimiento que sacude mi sensibilidad. No sé lo que ella siente, ni siquiera sé si ha sentido algo, pero yo sé que a mi rostro ha subido la llama de un volcán.

No la veo en el transcurso de la siguiente semana. Todos los días acecho los alrededores de su cuarto, vigilo su posible aparición en el refectorio, me asomo a la sala de trabajo, recorro los senderos del jardín, subo a la biblioteca monacal, exploro las crujías de los claustros. Pero parece haberse evaporado.

Es la víspera de mi partida cuando la veo otra vez. Voy caminando por el largo pasillo de las habitaciones con intención de bajar al desayuno cuando observo que está entreabierta la puerta de la suya. Me detengo un momento, sospechando que haya podido quedar así por un descuido, y justo cuando me aproximo para confirmar el acierto de mi suposición, compruebo que ella sale del cuarto de baño. Va con el pelo mojado y en ropa interior. Yo permanezco quieto en el lugar donde me sorprende su fulgurante aparición, justo a un metro de distancia de la hoja entreabierta. Por el espacio libre me recreo en la contemplación de su cuerpo, sazonado y pletórico, que aún conserva una voluptuosidad capaz de turbar al varón más templado. Me enciendo al instante, sintiendo una intensa llamarada en los sótanos del vientre. Ella me ve allí junto al armazón de madera, perplejo y atónito, y me envuelve en una mirada cuyo significado no acierto a descifrar, pues ignoro si encierra un signo de invitación o de rechazo. Tras unos segundos de espera y viendo que soy incapaz de moverme, da unos pasos y cierra lentamente la puerta de su habitación.

Baja al refectorio unos minutos más tarde, cuando aún no ha terminado el desayuno y, seria y silenciosa, se sienta en uno de los extremos de la larga mesa de madera que acoge a los huéspedes. Todos los presentes comen pensativos y en silencio mientras escrutan la luz de la mañana.

Vivo el resto del día maldiciendo mi falta de atrevimiento y sometido a una zozobra incesante. Unas veces me inclino a pensar que en su mirada había claros indicios de invitación; y otras, que sólo escondía un amago de protesta por haber sido sorprendida en su intimidad. Y así, navego entre dudas y reproches, acusándome de prudencia excesiva y de poco ducho en los lances del amor. Y otras veces justifico mi falta de osadía en la sorpresa que me causó su inesperada aparición. Al final, tras muchas cavilaciones, decido que esa noche, la última noche de mi estancia en el cenobio, daré el paso decisivo y, tras la cena, me acercaré de forma sigilosa hasta su habitación.

Las horas que faltan para la llegada del momento decisivo transcurren entre planes contradictorios y muestras de inquietud. Pero la decisión ya está tomada. Esa noche me jugaré el todo por el todo en el abordaje de esa mujer tan atractiva e inquietante.

Llega la cena, bebo más vino del habitual y mientras estoy en el refectorio espero su aparición con una avidez desacostumbrada. Pero ella no baja. Al subir a la segunda planta observo que un trémulo renglón de luz se dibuja en el vano de su habitación.

Aguardo en tensión sostenida hasta que dan las diez. Una vez que suena la última campanada en la espadaña monástica, me digo que es el instante de actuar. Salgo de mi estancia, cierro con cuidado la puerta, avanzo por el pasillo y me detengo unos pasos antes de llegar al armazón de madera que cubre el vano de su cuarto. Está sin cerrar. Dentro se oye algo así como un murmullo sostenido, que se mezcla con un restregar de ropas y cuerpos. Empujo poco a poco la hoja y ante mis ojos se ofrece un espectáculo inesperado.

Veo el cuerpo de una mujer desnuda, que está de espaldas a la entrada; y detrás, el rostro conocido de un hombre que emite gemidos entrecortados. Reponiéndome de la sorpresa, miro con mayor atención y descubro las opulentas nalgas femeninas de la mujer de la cabellera rojiza, que se mueven gozosas alrededor de la verga enhiesta, triunfante y poderosa del abad.