Teodosia Gandarias

     —El Nota.

—El Phantom, yo soy el Phantom.

No era cosa de dejarse acojonar por Lebowski. Además, jugando a los bolos el Nota era una mierda. Lo comprobé después de que le dejara ganar la segunda ronda. Le había roto los esquemas, se tragó que yo era un tipo fácil, le dejé que meara dulcemente su satisfacción sobre la moqueta de la recepción de la bolera. Le conté un cuento chino filipino sobre la necesidad de compensar la fuerza centrífuga que la bola desarrollaba al contacto con el suelo con una ligera inclinación motriz rotando inversamente la cadera al lanzarla en sentido contrario a las agujas del reloj: rotación levógira; dextrógira si la bola rotaba como el Big Beng, pero a mil quinientas revoluciones por minuto. Borracho como estaba, el Nota no se enteró de mis mentiras, me miraba con aires de suficiencia, me despreciaba, se creía el rey del mambo de los bolos. Era demasiado joven para encontrar la verdad. Me miró como si viera a un novato. Además, apenas si entendía el castellano.

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—Escucha, Nota —y le rellené de gin-tonic el vaso por cuarta vez—, eso lo hacíamos en Saigón durante los permisos. Pilotábamos un Phantom F4E. Yo, de artillero, mi cañón rotativo Vulcano M61 disparaba 6000 proyectiles por minuto gordos como un hot dog , suficiente para que me cargara a más de treinta Mig 25 que el hijo de puta de Brezhnev había regalado a los charlis de Ho Chi Minh. El Alto Mando nos tenía dos semanas por encima del paralelo 17 y seis semanas por debajo. Pero, muchacho, tú de eso no sabes nada. Sí, he de reconocer que nunca vi al capitán Willard. Allí no veíamos a nadie. Íbamos siempre ciegos de ácido lisérgico, de puto LSD. Nuestra forma de sobrevivir a aquella locura. ¿Sabes lo que es el LSD?

El Nota era mucho más joven que yo y no tenía ni puta idea de lo que era el ácido lisérgico, pero su aspecto desafiante me tocaba los cojones. Estaba en Madrid como becario de una universidad yanqui, la Johns Hopkins, que lo había enviado a estudiar la influencia que el desafecto entre Dos Passos, Hemingway y los brigadistas de la Brigada Lincoln, durante la contienda, causó en la generación perdida. En realidad, El Nota era un aprendiz de espía que la CIA había enviado en prácticas a Malasaña para que se enterara de las redes que el servicio secreto iraní había establecido en ese barrio bajo el disfraz de fruterías, carnicerías halal y tiendas de alimentación que regentaban los persas, unos pobres desgraciados que habían huido de Teherán por miedo a los ayatolas y que las pasaban putas en Madrid vendiendo cebollas, jamón york y hortalizas. Que la CIA no tenía pajolera idea de a qué se dedicaban los persas lo expresaba el hecho de que hubieran enviado al descerebrado del Nota como espía. No podía permitirme que aquel niñato se cachondeara de mí. Podría ser su padre. Yo, lo más militarizado que he volado ha sido en los Hércules C-130. Un pedazo de avión con cuatro motores turbo-hélices que hacía una ruido de la hostia pero era capaz de planear con 120 soldados en su interior casi desde Tenerife hasta Cádiz. Pero que el Nota fardara de que le llamaban el Nota me jodía. Así que yo me inventé un montón de mentiras para que cerrara su puta boca de mierda. Además, el Nota estaba borracho como una cuba.

—Escucha, Nota, yo no tengo nada contra el gin-tonic, el verano es muy largo y se hace necesario refrescarse el gaznate. Así que tómate todo lo que te salga de los huevos, aunque revientes, pero tenemos que continuar la partida. Recuerdo una vez cerca de El Aaiun, antes de que la Marcha Verde y el Frente Polisario empezaran a jodernos, hacía un calor de la hostia, todo era arena y sol, un sol que te derretía los sesos, y todo lo que teníamos para beber era el pis de los camellos. Así que me acerqué al check point charlie de Tarfaya para cambiarles a los marroquíes grifa por las botas de Segarra reglamentarias de mi uniforme de caballero legionario. El mando lo sabía, pero como debía mantener alta la moral del combatiente hacían la vista gorda. Es más, cada mes nos entregaban un par de botas nuevas con la condición de que les pasáramos una comisión por los beneficios que obteníamos en Tarfaya. La resina también les valía. Aquellos veinte kilómetros estaban sembrados de minas que el alto mando español había enterrado para evitar que el moro se metiera en el Sahara, pero yo sabía que no había ni una puta mina, que todo era propaganda del servicio de desinformación militar, que no había una puta pela para gastársela en bombas y que aquello era más seguro que desfilar en el día de la victoria por la Castellana. Así que me subía al Land Rover Santana y en Tarfaya lo cargaba de todos los petas que podía llevar aquel cascarón para el desguace. ¿Me escuchas, Nota?, te doy la revancha —le decía—, no te quedes dormido. Sí —me contestaba con los ojos cerrados—, te escucho, hablabas no sé qué del paralelo 71. Eso es, Nota, tú siempre al loro. Vamos a 500 euros la apuesta. ¿Mola? Sí —dijo El Nota—. Pues ponlos encima de la mesa como yo. Dólares también valen. Y allí que puse diez billetes de 50 euros más falsos que el discurso de un político. Miré desafiante al Nota. Pon la pasta, le dije. Cincuenta y otros cincuenta y otros cincuenta más y otros cincuenta más, así hasta cinco mil más, ahora te toca poner a ti otros cinco mil, Phantom —me dijo el Nota. Yo, la verdad, me mosqueé, que aquel borracho hiciera aquella apuesta no entraba en mis planes. Pero aquel imberbe de mierda —debo reconocer que medía dos metros, igual que los dos amigos yanquis que le acompañaban, tan cachas como él— no iba a alterar mis planes. Y además, se había tragado ya seis gin-tonic por el esófago. Para completar la apuesta tuve que pedirle crédito a don Pascualino, el jefe, frío como el hielo y dueño de la bolera, que a veces me fiaba. Ya sabes —me dijo don Pascualino—, veinticinco por ciento, por ser tú, pagaderos en tres días. Don Pascualino nunca sonreía, nunca bebía, nunca fumaba, nunca hablaba una palabra de más. Detrás de don Pascualino estaban Emilianino, Fredo, Simonetto y el Canario, digamos que eran sus guardaespaldas. Nunca sonreían ni fumaban ni hablaban ni bebían, pero componían sonetos alejandrinos y te miraban detrás de sus gafas de sol como si fueras invisible, como si tu existencia se acabara de repente en alguna cuneta al caer la noche.

Siempre he tenido mucha confianza en mí mismo. Mi autoestima es asombrosa. Sí, es cierto que soy agraciado, inteligente, bien dotado, conversador, que sé de libros, de pintura, que me va bien con las mujeres, con todas excepto con la mía. Y aquella ocasión no se podía desperdiciar. Aunque moralmente debo decir que mi sentido de la ética está muy desarrollado y no me parecía bien aprovecharme de aquel chaval al que le había contado una milonga de aviones y de desiertos para emborracharle. Aún así salté a la cancha con mi bola preferida que no me abandonaba desde hacía más de veinte años. Tu bola preferida tiene que ser una prolongación de tu brazo, de tu mano, de tus dedos, de ti mismo, una amiga a la que confiar tus secretos. Incluso tenía un nombre secreto, yo la llamaba Guarrona. Sí, ya sé que no es un nombre muy elegante, soy un jugador de bolos, no un poeta, pero cuando introducía mis dedos por sus oquedades íntimas era como si tanto ella como yo nos complementáramos. Así que agarré a Guarrona, introduje mis dedos en sus orificios, salté al parqué y con un elegante cimbreo de caderas resbalé mis zapatos de gamuza azul lanzando a Guarrona a más de quinientas revoluciones por minuto en sentido dextrógiro. ¡Paf! Impactó contra los bolos como el arroyo que brinca de peña en peña. Todos los bolos cayeron de golpe. Bueno, no todos, el situado en el extremo izquierda anduvo cimbreándose como chopo que al cielo se despereza y cuando toda la bolera —debo decir que todos los asistentes de la bolera me hicieron corro sabiendo lo que se jugaba— pensaba que el bolo terminaría inclinando la cerviz como un toro descabellado, el bolo se reincorporó de improviso y se quedó más clavado en el suelo que el palo mayor del Juan Sebastián Elcano. ¡Mierda!, pensé. Mientras tanto, El Nota se trincaba su octavo o noveno gin-tonic, nada de Larios ni de Beefeater ni Tanqueray ni Gordons, que yo sé que don Pascualino rellenaba las botellas con ginebra del DIA que había enfrente de la bolera. Sí, es cierto que todos los ojos de la bolera me miraban, que aquello fue un momento irrepetible. Aunque mi equilibro emocional es tan grande que no me causó ningún menoscabo ni siquiera que Emilianino, el Fredo, Simonetto y el Canario me miraran desde la oscuridad de sus Ray Ban. Así que agarré a Guarrona y repetí el mismo movimiento de caderas que había hecho anteriormente, aunque ahora proporcioné a la bola una rotación en sentido levógiro para que pudiera acercarse al bolo suavemente, como flor de azahares sobre la tierra.

Guarrona fue aproximándose dubitativa hasta el bolo, giraba como una peonza, avanzaba furiosa como un panzer, tanto que, apenas unos milímetros antes de impactar con su objetivo, se desvió hacia la izquierda y se incrustó en el canal ante la indiferencia inerte del bolo. El impacto contra la pared fue tremendo, el que me llevé yo, quiero decir.

El Nota se levantó tambaleándose, los ojos rojos de etanol, babeando por las comisuras de los labios. Agarró tembloroso la primera bola que encontró en el servidor y toscamente la lanzó sin ni siquiera cimbrear las caderas ni resbalar los pies por el parqué. La bola trazó una trayectoria de tiralíneas sin desplazarse un milímetro del eje central del parqué, ni siquiera un puto milímetro, ni siquiera trazó una elegante rotación, ni levógira ni dextrógira, nada de nada. Pero impactó con tanta contundencia sobre el primer bolo que este arrastró a todos los de atrás y se desplomaron al instante con un ruido atronador. Después se volvió hacia la mesa donde estaban los cinco mil euros y se los guardó en una cartera horrorosa confeccionada con tela de camuflaje. Es del uniforme de un charli, me la trajo mi papá de Vietnam, me dijo en un castellano muy mal hablado. Sí, me di cuenta enseguida, el Nota era un novato. Tuvo suerte. El Nota invitó a toda la bolera a gin-tonic y le dio veinte euros de propina a la camarera cuando él y sus dos yanquis se marcharon a comprar carne en un halal. Yo nunca bebo de ese alcohol porque sé que es de garrafón, así que no pude aceptar la invitación del Nota. Tampoco él lo sintió mucho.

A veces te comes el oso y otras veces el oso te come a ti. Lo sé porque los veo con frecuencia. Pero sería más duro si me las viera con don Pascualino y sus muchachos. No me quedó más remedio que huir a las Montañas Rocosas. Ellos saben que estoy por aquí. Es más, sospecho que el Phantom F4 que veo con frecuencia sobrevolando estos parajes debe estar pilotado por el Fredo y el Canario que me buscan por todos los rincones del planeta, aunque creo que retiraron del avión el cañón rotativo Vulcan. Han puesto precio a mi cabeza: 5000 euros, vivo o muerto. Por eso prefiero los encuentros con los osos grizzlis. Aunque nunca les cuento ninguna historia de Saigón o de El Aaiún, no lo comprenderían. El Nota tiene la culpa de mis silencios. Ah, no he vuelto a saber nada de Guarrona.