EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL VIRUS XII


Teodosia Gandarias

        »UN DÍA TE COMES EL OSO y otro, la vida, el oso te come a ti. Así es nuestra existencia en la tierra, don Digno. Yo no sé qué le pasó por la cabeza a la blanquita Ernestina, pero me lo dijo bien clarito: Mira, Pupito, a mí me gusta que cuando hacemos el amor me mires a los ojos y me comas los labios. Sobre todo que me beses, no más, que sienta esa boca tuya tan lozana y vigorosa en mi boca, esos dientes blanquísimos que me comen la lengua, que me comen los labios, que si después me comen todo lo demás, la carabela portuguesa y esos zafarranchos que tú me haces por las vicisitudes, pues serán bienvenidos, que si después el amigo se instala en mi cueva, pues que se quede a vivir si quiere. Pero sobre todo que me comas la boca, que me la comas tú, sabroso y despacito, muchos, muchos besos y labios pegajosos. Todo eso me dijo de una vez, sin parar, la blanquita Ernestina. Así que usté verá, don Digno, cómo se las gastan las mujeres. Bueno, ya sé, no le digo nada nuevo, que usté de esto sabe lo suyo porque ha tenido muchos amoríos por las brañas y las playas. Pero ahora, con esto de las máscaras y del virus, pues que resulta como un poco inquietante, todos embozados, todos tapándonos la jeta, que sólo es en la intimidad que nos descubrimos. Y, aún así, uno no sabe si besar o no besar a las señoras, no sea que se incomoden porque les vayas a trasmitir cualquier inmundicia. Y ya no la beso a la blanquita Ernestina. Sí, me dirá, ataque usté, don Pupo, ataque usté y déjese de remilgos, que una señora en la cama es una señora en la cama y un hombre tiene que portarse como un hombre siempre. Pero es que la blanquita Ernestina me impone cuando se retira su soutien-gorge Christian Lacroix, que yo mismo le regalé haciendo un exceso, que me costó tanto como un cargamento de ron de esos clandestinos que envío a Miami, que fue visto y no visto, que yo creía que lo iba a lucir toda la noche, pero no, que fue quitárselo y tirarlo a un rincón y apareció el firmamento repleto de lunas llenas, y yo allí, un pobre parvulito obediente a la maestra. Sí, me gustó, pero para el uso que le dio bien podría haberme yo ahorrado aquel dispendio. Bueno, sí, estaba muy guapa, muy hembra, creo, porque ni me enteré de que lo tuvo puesto. Y me impone y me quedo sin la hombría, porque se retira su soutien-gorge Christian Lacroix pero no se retira la máscara esa de pirata que se pone en la boca, que son algo parecidos esos parches escondiendo tesoros si no fuera porque el soutien-gorge me costó quinientos dólares y el parche en la boca lo regalan en el mercadillo, y yo no sé si es una mujer o una bandolera la señora a la que hago el amor, o las dos cosas, que para el amor hay que ser bandolero y pirata. Así que no cabe más remedio que amarnos a oscuras, sin vernos, y a mí lo que me gusta es vislumbrarle el rostro y ver si ella va por el buen camino o un poco distanciada del placer. Así que la blanquita Ernestina me tiene prisionero de sus gustos, que me quite la máscara, que me ponga la máscara y cualquier día me rechaza como amante y me dice que no le sirvo para sus trinos, que ya no me desea. La osita Ernestina me ha comido entero.

       —Ay, don Pupo, pues qué creía, ¿que la iba a tener toda la noche enamorada porque le compró un tetero? No, señor, confórmese con darle una vez placer y después tiéndase a su lado y bésela hasta caer ambos rendidos, que eso es el amor, una carrera hacia el cansancio. Y para que vea que usté es un hombre de verdad, yo le voy a contar la historia del timbalero Porfirio Rubiroso, un hombre que pasa por ser un gran amador, que volvía locas a las mujeres porque se daba muy buena maña tocándoles el tambor y capaz de enredarlas hasta el frenesí con sus ritmos sabrosones, con sus vaivenes de cintura, ya sabe, don Pupo, amar a las mujeres es gobernarlas y no perder el compás ¡no más!, azuquita mami, azuquita pa ti.

      —Pues yo le escucho, don Digno, que para usté soy todo orejas cuando hay que aprender de la sabiduría de un hombre de su experiencia.

       »Yo no sé usté que pensará, doña Ataúlfa, pero los hombres cada vez son más rijosos y con lo del virus andan desencajados y alocados porque el bicho les impide acercarse y nos rozan menos. O bien quieren agradarnos con gallardías o a todo le ponen pegas e inconvenientes. Fíjese usté con qué niñería me vino el flaco Pupito de reciente, ni se imagina. No, ¿verdad? Pues que me obsequió con un parche de esos que se ponen las putas francesas en las tetas, un sostén, lo llaman. Y me dijo que me pusiera eso cuando estábamos a punto de encamarnos. Que era cosa muy elegante y muy cara traída de París, que en el París de la Francia lo llevaban las francesas elegantes para satisfacer a los maridos. Lo que le digo yo a usté, doña Ataúlfa, las putas. Era como dos bozales de esos que les ponen a los asnos en los hocicos para llenarles de alfalfa las tripas, todo lleno de puntillas y brocados, con lacitos cursis y pasadores para engancharlos por debajo del sobaco. Yo, doña Ataúlfa, que no supe qué decirle y por agradarle al flaco Pupito, que me miraba con ojos de deseo, me lo puse, pero no se crea, ¡qué va!, que aquello le arrebató la hombría, que parecía que contemplaba una virgen de esas que hay en los retablos de las iglesias españolas, que no respondía, que se quedó todo quieto sin moverse, in albis, sin soltar palabra, así que yo, doña Ataúlfa, que aquello me parecía una burla, que para arrebatarle del éxtasis y que volviera a la carne, agarré el bozal de las putas francesas y lo tiré a un rincón, quedeme en pelota, que es lo que tiene que hacer una mujer en la cama con un hombre. Y bueno, no le relato a usté más porque ya entraría dentro de las pasiones escandalosas y mis intimidades son parecidas a las suyas, que es usté una mujer brava y entendida que ha jodido lo suyo por las brañas y las playas y conoce de buena mano cómo se las gastan los hombres, que a mí lo que me gusta es que me besen bien, que me rocen con los labios mis labios, todos mis labios y todos los dientes. Y fue quitarme el sostén de las putas francesas y fue mano de santo, que Pupito despertó del encantamiento y allá que nos pusimos a jadear como cochinos, por delante, por detrás, que me besó en eso que usté ya sabe y que me supo a gloria, aunque de cuando en cuando miraba para el rincón donde estaba el tetero de las putas francesas como si viera una aparición. Qué miras, Pupito, le preguntaba yo, estate a lo que hay que estar y déjate de ensoñaciones. Y eso hizo, doña Ataúlta, sí, me apretó bien, que parecía un oso que me comiera.

      —Es que los hombres son muy desjuiciados y a poco que se les roce aparentan lo que no son, que enseguida gallean y presumen de cimarrones y guerreros, pero si la mujer es resuelta y brava a ellos les asaltan las dudas, porque eso de regalar a una mujer entera no es cosa baladí, que hay que tener mucha fortaleza y perseverancia, mucha hombría para no desmayar, y si se ven en el trance de tener que complacer suficientemente a una mujer de tronío, rápido que se achantan y flojean, que escasos son los que cumplen lo que tienen que cumplir. Y se les pasa el arroz en un descuido y ponen mil y una excusas para justificarse: que si en la playa me pinchan las nalgas los cangrejos, que si necesito una cama con un colchón de París para que vos se sienta acomodada, que si ya lo hicimos la semana pasada, que me ahogo con la máscara… Yo nunca le dije a mi viejo don Digno que no, que él era muy revolcón y reiterativo, pero con la edad se le pasó el calentamiento y ahora sólo le estimula el ron ese que toma con don Pupo mientras se cuentan mentiras. Y para que sepa que todas somos víctimas del mismo virus del desasosiego cuando nos asalta el amor le voy a contar a usté la historia de doña Guadalmina Repilado, la reina castigadora del timbal, que era diestra cantando boleros de amor y ponía tanto picante en su voz que a todos los hombres inquietaba con sus cantares.

         »Don Porfirio Rubiroso era galante y siempre sonreía a las mujeres. Yo no sé, eso dicen. Dicen que les tocaba el timbal de sus pechos mientras suspiraba en los labios versos de amor y canciones desesperadas que las encendían: El cielo estaba azul y yo estaba desnudo. Doña Guadalmina Repilado se desmayaba de gusto. ¡Era tanto su hombre!, o su hambre que, cuando, al tercer mojito, don Porfirio le rozaba las orejas entre aromas de caña y mordiscos de seda emanados de su boca: ¡Yo soy domador del corcel de diamante, voy en un gran volar, con la aurora por guía, adelante en el vasto azur, siempre adelante!, ella se orinaba, sí, don Pupo querido, ella se orinaba de puro gusto. Doña Guadalmina Repilado era una princesa guanche, pero aún así se meaba tremenda de gusto una, tres, cinco veces, que el lecho quedaba impracticable de manglares y caimanes y los amantes acababan rendidos sobre las hojas secas de las mazorcas de maíz. Y cuando Porfirio Rubiroso le decía en las orejas: si perdiera el arco iris su belleza y las flores su color no sería tan inmensa mi tristeza como aquella de quedarme sin tu amor una, tres, cinco veces ella creía morir, que una cosa así no podía repetírsela en la vida ningún galán. Yo no sé, pero ya sabe usté, don Pupo, que esas argumentaciones no hay que creerlas nunca. La verdad es que don Porfirio se dejaba abusar por el ron bravo cinco, siete… trece veces y se derrumbaba dormido en cuanto caía en el lecho, que no era sobre la arena de las playas atravesadas por los cangrejos, no señor, que era sobre un colchón traído de París, de donde las putas francesas. No pasaba nada, no don Pupo, que ellas ni se enteraban de que dormían con un hombre inerte, que ni sus ojos rasgados de tigresas admitieron jamás que aquel don Juan en el fondo era Juanillo, un borracho bergantín impotente e impostor. I like it like that. ¡Ay, ay, ay, la princesa Guadalmina se botó tremendo berrinche! ¡La reina de bugalú sin hombre que la consuele!  Que allí, atronado, quedaba don Porfirio domado por el ron bravo, puro caimán adormilado. I like it like that.

        »Pero las reinas nunca se quejaban si fallaba el caimán porque entre ellas no se conocían y se ignoraban y se miraban con caras retrecheras retándose a los ojos diciéndose: Sí, yo estuve aquel amanecer con don Porfirio Rubiroso, corrían ríos de placer por mi espalda y por mis nalgas y tú, malnacida, nunca, nunca, ¡me oyes, golfa orinada!, nunca tendrás una noche así como la que yo tuve con Porfirio. Sus egos nunca les confiarían a las amigas que su noche con don Porfirio Rubiroso fue un desastre, pura calamidad, que las pasaron escuchando sus ronquidos y enmascarándose las narices para no sorber su aliento fétido de virus y ron bravo, inventaban cualquier fantasía, cualquier mentira para exagerarse como odaliscas complacidas por el macho rugiente, por el gran don Porfirio Rubiroso, el portentoso amante que tanto y tantas veces las había barrenado con su ariete enhiesto, incansable, un león en la sabana. ¡Qué lejos estaba la verdad! O que cerca, porque la verdad no hay que creerla.

       »Otras veces sí me sentía pletórico, como un caballo cimarrón —me confesó don Porfirio una madrugada que llegó lúcido a la chocita de en medio—. Pero en el fondo me aburría representar el papel de macho dominante, repetir una y otra vez la misma función. Complacer a las hembras quejumbrosas se convirtió en un trabajo. Me perseguían, había cola esperándome. Era como si trabajara en una fábrica de consuelos femeninos como capataz comandante pelando hembras. Entraba a la cuatro de la mañana y salía a las ocho de la tarde, dieciséis horas amasando sus cinturas, repujando sus nalgas, besando sus labios, repitiendo mecánicamente frases, caricias, sonrisas, arremetidas, suspiros, abrazos, risas, gemidos…

       »Todas las mujeres me parecerían iguales excepto Guadalmina Repilado, mi princesa. No, ella era primitiva, brutal. Tenía un culo redondo como la playa de levante en bajamar, y sus labios picaban como los chilis ensalivados y sus pechos parecían un volcán expulsando lava, rugía fuego su garganta de Fedora. Yo la seguía como un perrito faldero, incapaz de resistir sus llamadas, sus llamaradas, sus órdenes cuando movía el tambor salvaje, indomable, incansable de sus nalgas. Sí, la osita Guadalmina me había comido entero, me abandoné al desaliento de perseguir las sombras inalcanzables de sus labios.

      »Cuando beso tu boca nada es mejor, dame tu vida, quiéreme siempre, dame tu amor. Así atacaba la princesa Guadalmina Repilado al tunante de don Porfirio Rubiroso, que no podía soportar tremendas insinuaciones y al tercer trago de esencia de los besos de la princesa caía derrotado. Nunca sabré como tu alma ha encendido mi noche, nunca sabré por qué siento tu pulso en mis venas, cantaba la princesa con aquella voz aterciopelada de gloria y laso abandono en las alturas elíseas del placer que electrizaban a don Porfirio Rubiroso. Guadalmina yo te quiero, yo me muero por tu amor, contestaba el galán sobrepasado por el temor de no poder satisfacer a aquel arcángel. Y fallaba, y se deprimía y se desazonaba, todo blandengue como un osito de peluche abandonado en un rincón por la exigente diosa. Eso se lo oí yo a la princesa Guadalmina Repilado de su boca de fresa, que aún lucía un mohín de pena, o de rabia, por no haberse quedado toda entera satisfecha por aquel amante presumido e incapaz, lo juro por Chan Chan, lo juro como que me llamo Ataúlfa, la reina de los negros cangrejos ermitaños cuando la luna en el mar riela y las playas se llenan de amantes incandescentes, que no miente nunca sino cuando se fabula. Y no va más.

        La blanquita Ernestina siente la profunda pena de su extravío y piensa que, lo mismo, ha sido muy exigente con don Pupo, que a los hombres hay que tasarlos en su justa medida y no despertarles expectativas que no puedan cumplir. Así que se pinta los labios de rojo cereza para ofrecerle su boca encendida de jazmines, rosas y geranios y comerle los dientes a la luz de la luna llena, abrazaditos los dos y busca entre las cañas el abandonado soutien-gorge francés de puntillas y brocados, de lacitos cursis, de espumas y terciopelos y pasadores bajo el sobaco para que, al menos, él, un osito mimosín, pueda satisfacerse con sólo mirarla y, a trotecito lento, satisfacerla con sólo desearla, incluso sin quitarle el Lacroix.

El amor en los tiempos del virus XII