El amor en los tiempos del virus XI


Gabriel de Araceli

Oye, me dio una fiebre el otro día por causa de tu amor, germana…

         »Al mariscal Petain lo condenaron a muerte los propios franceses. Pero era muy viejito, muy viejito y le perdonaron la guillotina porque estaba muy gagá y los gabachos son muy republicanos, por eso lo encerraron hasta su muerte en la Isla de Yeu. Había sido el héroe de la Françe durante la Gran Guerra, el héroe de Verdún, académico respetadísimo por todos, incluso fue embajador en Burgos cuando la Françe reconoció al régimen del general bajito, en marzo de 1939, quizás porque el mariscal estuvo junto al canijo en el desembarco de Alhucemas. Pero perdió la chaveta. El jefe del Estado de la República Francesa perdió el seso. Se hizo mayor y se pasó al enemigo, de bueno pasó a villano. ¡Pucha que son huevones los franchutes!, todo se lo gastan en legiones de honor, en héroes espurios y en legaciones extranjeras…

     Cuando la tarde languidece y renacen las sombras Pupo Román escucha al viejito Digno García dale que te pego a la manivela moliendo café. El Caribe luce atardeceres encendidos de sangre y miedo negro en la sima de Luperón, mar adentro, allá arriba por donde abundan los tiburones. El viejito Digno García sabe muchas historias de cadáveres de cuando el Benefactor echaba al mar a los disidentes y a los republicanos españoles porque, de niños, muy chiquitos, revolvían entre los arenales de la playa en busca de lo que el mar devolvía y se encontraban cuerpos mutilados, allá una pierna sin zapato, acá un brazo verdoso que aún lucía una pulsera de alpaca con una inscripción: “Tu Ramona te querrá siempre”. Pupo Román estira una sombrilla de palmas trenzadas en su puestito de la playa de arenas doradas como el oro, donde obsequia con cafés y ron bravo a los viejitos que le visitan a cambio de que le cuenten falsas baladas de amor mientras canta al viento muy despacito una canción de enamorados. Y me inyectaron suero de colores y me sacaron la radiografía y me diagnosticaron mal de amores, al ver mi corazón como latía. Pupo Román presume de que viajó por España acompañando a Juan Luis Guerra hace treinta años. Ojalá que llueva café en el campo, que caiga un aguacero de yuca y te, pa que toos los niños canten en el campo, ojalá que llueva café en el campo. Pero no es verdad, en realidad nunca salió de Santo Domingo y todos lo saben. Pupo Román es un hombrón delicado y alto, sin un pelo de tonto y con una perilla de bolchevique que a ellas les gusta restregarse en su intimidad, que baila el merengue y apretao con gracia apolínea. Por eso tiene éxito con las mujeres cuando el letargo de la noche parece gemir. Siempre invita a queso blanco, a arroz granado y a miel a todo aquel que le cuente historias de amores de hombres apasionados y de hembras traicioneras que sucedieran más allá de la Romana. El viejito Digno García sabe muchas historias de esas y es tan picarón como mentiroso. Y la lengua se le escapa con el ron tan bueno de Pupo Román.

     »No más otro me tomaré, mi viejo, que la negra Ataúlfa me mete las narices en el gaznate cuando llego tropezando de madrugada a la choza y siempre me acusa de que bebo demasiado ron y después no le atiendo como se merece una mujer. Y cómo va a ser eso si la negra Ataúlfa es tan vieja como yo y ya no se nos enciende la lumbrita de la pasión, así que me voy a soplar otro ron de ese que usté me da tan sabrosón y tan rico y le cuento la verdad de la vida que a mí me contaron. Un día me fui a bañar, por la mañana temprano. Vi un caimán muy singular, con cara de ser humano. Era la negra Ataúlfa que llegó de Haití con apenas trece años y era todo turrón y azúcar, con unos pechos duros como los arrecifes y un sexo cálido, húmedo y enredador como las carabelas portuguesas. Yacíamos en los arenales las noches de luna llena y berreábamos de lujuria…

      Y Pupo Román le llena dos, tres, cuatro veces el vaso al viejito Digno García para que le cuente historias de amor de la negra Ataúlfa cuando la playa devolvía restos devorados de los peneuvistas vascos que asesinaba el sicario Navajita a las órdenes de Trujillo.

      »Y cuando la negra Ataúlfa gritaba de placer se recalentaba el suelo y temblaban los arenales, que parecía una tormenta tropical, que alguna vez los guardias nos recriminaban que aquello no podía ser, que nos contuviéramos porque en la aldea todos se alborotaban y después no rendían en los ingenios de caña del Generalísimo, que se exaltaban y se entregaban al placer desbocados y no trabajaban. Sí, así pasó, así pasó, el diablo metió la cola y ahora el hombre y la mujer no pueden dormir con bola. Pero eso sucedió hace tiempo, que ya se me olvidó y si quiere que lo recuerde tendrá que rellenar este vaso vacío, que usté es tan generoso como escuchador de historias bravas y honestas, que bien que lo son las mías, tanto como su ron tostado como la piel de las guajiras al anochecer. Vámonos guajira, vamos a gozar, sí, cariño…

       Y Pupo Román rellena dos, tres veces el vaso del viejito Digno García hecho al ron como la lengua al beso, como los labios al vaso porque lo tomaba de joven y es como agua para su hígado impermeable.

      »El caimán se enamoró de una de dieciséis, que caimán tan picarón, no es tonto para el amor. Usted ya sabe el cuento de las cuatro ces porque me lo ha oído muchas veces, pero yo con gusto se lo explico de nuevo. Porque, entonces, cuando la negra Ataúlfa tenía dieciséis años, un hombre joven de dieciséis, yo, sólo necesita una c para satisfacerse y satisfacerla. Ya lo sabe, mi viejo, una carabela portuguesa. Pero nos gustó el tembleque y seguimos años y años temblando así de cualquier modo y ya, en los veintitantos, el hombre necesita dos ces, una carabela portuguesa y la cama, el lecho donde apretujarse porque en los arenales a veces te atrapaban los cangrejos y ya no era cosa de que te marcaran las nalgas con sus tenazas y te miraran mal con sus ojos saltones de soslayo. Y la negra Ataúlfa también se aburguesó, que quería la blandura del colchón de las hojas de las panochas del maíz. Pero óigame bien, don Pupo, que cumplimos los treinta y tantos y entonces las cosas se complican, que las blanduras hay que pagarlas y así es que acudimos a las tres ces, la carabela portuguesa, la cama y la cartera, necesaria para las finanzas de los placeres, aunque fueran distanciados y escasos los apretones. Pero, ¡ay, don Pupo!, que llegamos a los cuarenta de largo y entonces las cosas se complican más aún, que ya no son ni una ni dos ni tres las ces necesarias para folgar, que son cuatro: la carabela portuguesa, una cama, una cartera y la casualidad de que se alborote el instrumento, que no siempre eso acontece, que a veces aquello no funciona y la negra Ataúlfa me mira con paciencia y con esperanza de que tal suceso suceda alguna vez, porque tampoco ella es la jovencita de dieciséis y sus exigencias no son las mismas, que se apacigua con cualquier chispa que le brote del intimismo. ¡Ay, negra!, le digo, inyéctame tu amor como insulina y dame vitamina de cariño que me ha subido la bilirrubina.

       El viejito Digno García se ha quedado sin combustible, Pupo Román le rellena el vaso. La noche se ha llenado de estrellas y allá, entre los palmerales y las arenas los cangrejos sortean los cuerpos enlazados de los jóvenes amantes en su huida hacia el mar Caribe, donde la luna bambolea guiñando sus ojos.

       »Sí, el caimán se hizo mayor, enloqueció cuando de pronto apareció una rubia que le decía te adora tu lacaya y te compra una guacamaya. Era como un niño que descubriera en la arena una pulsera con una estela dedicada: “Tu Karina te querrá siempre”. Le hirieron las flechas del amor, aunque aquello fuera ridículo a su edad y la amante apócrifa. De buenas a primeras tenía las cuatro ces. Aunque le costase una pasta. Eso para él no era problema, se lo pagaban sus hermanos moros. Eso fue lo que le pasó al jefe, el viejo encontró de repente su carabela portuguesa, le dio una fiebre, le subió la bilirrubina, se enfermó de pasión. ¡Qué desazón, qué sinrazón si no se tiene, qué gran humor, qué gran fortuna si se padece! Es un perjuicio serio para la salud. Porque, usté me entenderá, don Pupo, a veces nos mentimos, nos cantamos poemas desesperados, yo te recordaba con el alma apretada de esa tristeza que tú me conoces, pura cursilería si nadie te escucha, don Pupo, puro cretinismo. Pero si tu negra Ataúlfa te espera con la puertita abierta de la choza y el fuego calentito de su piel te asalta el hambre y te atragantas con lo prohibido, unas penas de amor que borrar, unas tristezas que olvidar. Así que ya sabe lo que quiere ese caimán, ese viejo jefe artrítico y torpe de movimientos emponzoñado de ansiedad. Quiere ron y quiere pan y quiere un poco de amor. No medimos nuestros pasos cuando enfermamos, cuando la fiebre nos devora somos marionetas en las garras del deseo. Entontecemos. Perdemos el norte. Y a todos nos pasa, don Pupo. Un poco de carne fresca altera nuestros sentidos, arruinamos la hacienda, sí, pero nos despeja el cerebro de inquietudes y rellena de energía nuestra piel momificada. Como Petain, al viejo se le fue la chaveta. Pero los suyos no se lo perdonan, nadie le perdona a un anciano que quiera volverse joven a costa del dinero ajeno. Eso no puede ser. Es menester que el césar parezca honrado. Con los dólares de los otros no se juega, no señor. Por eso se viene a esta isla, se escapa, huye ridículo, chocho, loco, prefiere ser prisionero de sí mismo antes que de la opinión pública.

       Y don Pupo rellena el vaso del viejito Digno García porque sabe que todos somos lagartos de sangre fría que necesitamos regular la temperatura del corazón, aunque sea con mentiras de amores imposibles o ron añejo.

—Por usté, don Digno, al que los años le han dado la sabiduría.

—Por usté, don Pupo, que escucha las mentiras de los viejos.

        De las arenas de la playa donde se estremecen los jóvenes llega la vieja melodía del lagarto Juancho. Don Digno y don Pupo abrevan su ron de caña y piensan en las carabelas portuguesas de su juventud, cálidas, húmedas y enredadoras.

     «A la princesa alemana se le quemó el delantal, era tan apasionada que no lo pudo evitar, si no vienen los bomberos arde el piso principal. Se va el caimán, se va el caimán, se va para las Antillas, se va el caimán, se va el caimán, se va buscando calor».


Viñeta de Vázquez de Sola


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