Los puentes del Guadarrama

El amor en los tiempos del virus VI

Texto de Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     —Ninguna mujer deja a sus hijos y se marcha con un desconocido por muy enamorada que esté de él, por muy cachonda que le ponga.

     —¿Y si su marido es un palurdo sin atractivo alguno y vive en un pueblo olvidado, sin ningún porvenir?

     —Ni por esas, por muy Harry Callahan que sea el amante, una familia es una familia, sacrificas todo por tus hijos: la felicidad, tu trabajo, el futuro, incluso los polvos. Todo.

     —¿Ni por un millón de dólares?

     —¡Un millón de dólares!, ¿dices?

     —Sí, un millón de dólares, baby.

     —Por un millón de dólares una mujer o un hombre dejan hasta de ser amantes. Tanto dinero es incompatible con el amor.

      —Bueno, el dinero es un conflicto entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal. El amor o la pasta. No siempre triunfa el bien en el corazón humano. A veces, el lado oscuro se impone al ángel bueno de nuestra naturaleza.

      —Todos tenemos un precio, mejor no exponerse, no llegar a saber nunca lo que vale nuestro amor.

     —El amor es un veneno que embauca los sueños, un engaño efímero. La pasta primero. Todo por un puñado de dólares.

     —Tanta pasta te convierte en un caracol deslizándose por el filo de una navaja, resbalándose entre el deseo y la conciencia.

      —Si te ciega la pasión te convertirás en navaja y te cortarás las venas de la dignidad.

     —El amor venéreo es efímero, flor de un día. Puedes quedarte sin el perdón y sin aquellos que fueron tuyos.

     —Tranquila, Carmelita, nadie nos va a tentar jamás con esa cantidad. Seguiremos en la virtud.

     —A veces hay que soñar con un príncipe azul, con una princesa de zapatitos de cristal, aunque el príncipe destiña o los zapatos se hagan añicos en el baile. Pura mística. Mystic river.

     —La vida es soñar en los tiempos del virus. Es peor la soledad que la enfermedad.

     «¡Qué maldad, puta humanidad!, ¡qué maldita es la vida!  Por qué… —por la ventana abierta se cuelan los gritos rotos de un borracho que vocea descompasado por el parque. Es el único habitante del barrio que se ha saltado el confinamiento. Se tambalea. Se sienta en un banco y grita tanto que desde los balcones los vecinos le graban con sus móviles entre risotadas— ¡Ya lo sé Manuel!… no se entiende, habla bien, Manuel… te quiero a ti. ¡Por dios, te quiero a ti y todos se están muriendo!».

     —Era un hombre atractivo, las mujeres del barrio se volvían a mirarlo, ahora es una ruina, el pobre Manuel no tiene quien le escriba en su banco de indigente. Ni ropa de mujer tendida en el balcón. ¿Por qué has puesto ahí mis bragas?

     —Tender tu ropa interior ha sido como izar la bandera de la libertad, de la esperanza, del amor, el antídoto contra la soledad. Un sujetador y dos bragas cruzadas agitadas por el viento, el pabellón de los bucaneros del amor.

     —Por fin hemos salido del encierro. Alguien comparte tu existencia, aunque sea en la cuerda de tender la ropa.

     —Mi vida se ha llenado de ropa de chica. Ha salido el sol. Antes sólo había calzoncillos y camisetas viejas.

     —En la Gran Vía se pone, o se ponía, cualquiera sabe, una pobre mujer. Está ida, te vendía peluches que ella misma tejía tirada en la acera entre alaridos estentóreos. Gritaba como una posesa en mitad del caos de la gran ciudad. Nadie la escuchaba. Me acerqué y le compré un osito, una limosna. Qué habrá sido de ella. ¿La habrá liquidado el virus?

Osito

     —Es un virus democrático, nos ha reducido a todos a la condición humana. Nos ha sacado nuestras vergüenzas. No somos más que pura mierda.

     —Tal vez sea la novia de Manuel. Tal vez sea ella. Tal vez sea por ella que llora. Sí, se entiende. ¡La quiere a ella, por dios! ¡La quiere a ella! ¡Y todos se están muriendo!

     —El príncipe azul desteñido y la princesita que perdió su zapato. Sin final feliz, la muerte tenía un precio. Aún más sin techos.

     —Hemos pagado muy alto el precio del desamor. No hay diferencias entre buenos, feos y malos.

     —Comíamos en una taberna por Cuatro Caminos. Los mejores callos y berenjenas fritas de Madrid. La Encarnación. Un vino recio de Valdepeñas. Julio tenía mesa reservada bajo una columna. Era un señor mayor, comía frugalmente, alto y delgado, siempre elegante. Parecía un histórico del Comité Central. Podría haber pasado por Azcárate, por Claudín, tal vez por Carvalho si MVM no se hubiera jubilado en Bangkok. Quién sabe. Después lo encontraba en la Filmoteca en la sesión de las ocho. Selecto, siempre elegía bien: Gran Torino, American Sniper, La mula, Cartas desde Iwo Jima…  Qué habrá sido de él, ¿habrá sobrevivido al virus?

     El borracho se ha derrumbado en el banco. Un paseante le mira con asco desde su mascarilla. Debe ser la hora del paseo porque el parque se ha llenado de niños. Las mamás los retiran alarmadas de aquella masa de carne perdedora.

     —Por qué fotografías puentes. Los puentes son materia, acero frío y hormigón, líneas rectas sin sobresaltos. La mujer, lo contrario: recovecos, rugosidades, curvas infinitas. Cualquiera como tú fotografiaría chicas, posarían para ti encantadas. Un truco fácil para ligar.

     —Los puentes están ahí, como las montañas que decía Mallory. Comunican a las personas, salvan obstáculos, acercan a las gentes, no tienen escondrijos, son espacios abiertos, pasan por ellos las epidemias y los hombres, el amor y los silencios, por eso los fotografío. Me siento Invictus, le gano la batalla al virus. Los puentes de Madison. ¡Qué bonitos! El National Geographic, los reporteros no ligan nada, es mentira. Un puente lo construyen los hombres. Julio César cruzó a caballo el Rubicón porque no tenía puente, porque le movía el ansia de Cleopatra. De haberlo tenido no hubiera sufrido la traición de Marco Antonio y hubiera llegado antes a Roma. En todos los puentes están Julio César y Cleopatra, o Eastwood y Meryl Streep. O el general Rojo atravesando el Puente de los Franceses para reunirse con su mujer, Teresa Fernández. O tal vez cada puente lo cruce Julio y el Comité Central, o Azcárate, o Manuel en busca de la loca de los ositos de la Gran Vía. O el bueno del poncho y el feo y el malo. O Pepiño huérfano. Cruzo el puente y te envío un mensaje desde la otra orilla: Viens, je suis là, je n’attands que toi, tout est possible tout est permis. El pabellón del amor, un tetero y dos bragas cruzadas pavoneándose en el palo mayor del San Juan Nepomuceno, y veo a don Cosme Churruca en el puente de mando, navegando el humilde Guadarrama por el amor a la ilustración. Cruzar el puente, habitar el otro lado del espejo espurio y dejar atrás la soledad, el encuentro en la tercera fase con la carnalidad de tus deseos queridos.

Los puentes del Guadarrama