Viene de: El amor en los tiempos del virus II

Gabriel de Araceli

      —LA LINGERIE  es una contradicción en sí misma, un arte pasajero cuya razón de mostrarse —Venus— es ser admirada por un espectador —Adonis— interesado más bien en el contenido que en el continente. Es un preámbulo, un estimulante sofisticado que termina arrinconado a los pies del tálamo, un reclamo al que se le presta poca atención antes y ninguna durante ni después de la tragicomedia del amor. La portadora de ese arte de sedas y brocados enseguida lo abandona, comete una infidelidad espuria con ese aliado al que ha confiado su seducción y se desprende de él, descuelga el cuadro, lo niega, lo rechaza porque la obra de arte es su propio cuerpo y se retracta de ese reclamo artístico olvidándolo sobre las azucenas de la alfombra. Es como vaciar a las Meninas de protagonistas, no queda en el lecho ni el mastín. La belleza sin la belleza. Entonces, ¿por qué a las señoras les gusta tanto ese lujo efímero?

       —¿Infidelidad espuria a un tetero? Noto en usted, señor Mangino, una queja por privarse de la contemplación de trapitos en el cuerpo femenino. Tiene razón, pura contradicción femenina. Una se expone al miedo de defraudar las ilusiones eróticas depositadas en ella por el varón, el lado oscuro, fetichista, ambiguo del amor y juega al equívoco: mostrar o no mostrar, that is the question. Cuestión de tiempo. La edad te da sabiduría y te tapas más que enseñas, el amor se escuda en luces tenues para que la realidad no defraude los sueños, para que la fantasía erótica no se dé de bruces con la erosión de la carne, todo a media luz, a media luz los dos, a media luz los besos, crepúsculo interior, suave terciopelo la media luz de amor. A la mujer, acariciarse con lencería exquisita le supone un motivo de confianza en su cuerpo, una garantía de éxito y saber que siempre habrá un espectador que se aproveche de esa visión que propicia el momento erótico, la confusión de mantener o desabrochar —madame estaba radiante y eufórica, tanto que Terry Mangino se la quedó mirando sin soltar palabra. Los hombres es lo que tienen, que les dan miedo las señoras que razonan sus respuestas.

       —Además, no olvide, señor Mangino, que a la señora le gusta ver a su señor con ropa interior elegante, que le siente bien. Que haya correspondencia. Y no necesariamente con un estilo exagerado o provocador, quizás más de esconder que de enseñar. El amor es una cuestión de orfebrería de las ingles.

      —Bueno, esa respuesta está muy bien, la honra, pero usted puede ofrecer más, pongamos que usted es una actriz un tanto vampiresa, con mucha carga erótica, muy mediterránea, muy cordobesa, muy sultana, muy romerodetorres, Melpómene, por SAM_5219_webejemplo, y le encargan un papel en el teatro de mujer pantera, que tiene que seducir a un galán, pongamos al caballero de la mano en el pecho, pongamos a Hipomenes robándoselo a Atalanta, así, es un suponer, y que el director de la obra es una amapola lindísima amapola al que el crítico de El País considera el mejor de la escena y le tiene encumbrado y le dedica portadas del suplemento cultural y que ese señor, el amapola, porque el amapola y el crítico tienen algo entre ellos y se citan a ciegas en el Palace, el amapola, decía, está interesado por el tramoyista de su espectáculo y que no sabe nada de lingerie y va y le dice a usted: «Ay, Melpómene, guapa, amor mío, yo no sé nada de lingerie, elige tú, amor, te pones lo que quieras, te lo compras y le pasas la factura a producción, sí a don Colsada, ¡que mira que es cardo!, ¡desprecia mi peculiaridad!, pero como lo mando yo él a todo dice que sí porque sabe que le voy a llenar el teatro, que yo soy un genio de la escena, lo lleno todo de piernas, de nalgas y de escotes, ay, Melpómene, guapa, amor, ¡qué bien te sienta el tirabuzón en la frente!, me recuerdas a Manuel Banderas en Las cosas del Meter, ¿o era del querer?, ay, no sé ahora, no importa, vale, cariño, amor mío, lo del tetero y las braguitas, la lingerie lo eliges tú, que yo ahora estoy muy ocupado, oye, amor, Melpómene mía, ¿has visto como está el tramoyista ese de ahí arriba?, qué bárbaro, qué ojos, qué pestañas, qué labios, yo es que no sé, te voy a pedir un favor, dile algo de mi parte, le dices que yo, que Federico, le quiero ofrecer un papelito para una obra que vamos a estrenar después en el Calderón, ¡ay!, no sé, lo que sea, tú dile algo de mi parte, verás cómo te lo agradezco, en la próxima temporada vas de primera vedette, mejor que la Vicky Lusson, muchas plumas y lentejuelas, un primor, amor mío, todos los señores de provincias te van a poner piso en Serrano. Bueno y lo del tetero te lo dejo a tu elección, no sé, de esos de punta que les marcaban las tetas a las señoras ya no se llevan, ¿verdad?, es que eso de ensinuar pezones ahora, como que no, habrá cosas más modernas, bueno, tú eliges, ay, qué mono es el tramoyista, caro, que sea caro, muy caro, tú te compras lo mejor, muy francés. Y dile algo al tramoyista». Entonces, usted, que tiene esa grave responsabilidad, esa elección que va a marcar el rumbo de su carrera como artista y la representación de esa obra, el éxito del teatro que el suplemento cultural del periódico de referencia en España ha enaltecido como sublime, un retorno al esplendor de las variedades, un resurgir de la revista, porque ya se han llenado después del virus los teatros con cosas modernas, alegres, desenfadadas, la gente piensa en reírse, la joie de vivre, las chicas sólo quieren divertirse, entonces, digo, usted, ¿qué se pondría para salir a escena cubriéndose unos breves momentos, eso sí, sus magníficas dotes femeninas?

      —¡Christian Lacroix! Sin ningún género de dudas. Lacroix es un artista en sí mismo. ¿Sabe usted que es un enamorado de Velázquez y de Martínez del Mazo? En su juventud se pasaba horas y horas contemplando en el Prado los retratos de la infanta Margarita. Y claro, eso le dejó una impronta a la hora de diseñar… porque él no diseña sujetadores, no, el crea soutiens-gorges, él es un forjador de soutiens-gorges como no se ven en ningún otro fundidor de lingerie. Yo, si me tengo que desnudar delante de un señor es con un soutien-gorge de Christian Lacroix. Es más, yo ni siquiera me quito mi soutien-gorge Lacroix cuando estoy con un señor. Me da mucha seguridad, me siento guapa, como si fuera una obra de arte. Y un poco mandona, eso sí, un soutien-gorge Christian Lacroix es como el bastón de mando y la espada en la bocamanga, te sientes generala en el campo de batalla, en la cama, como el conde duque de Olivares cabalgando un corcel, el rey de las Españas. A ellos, la verdad, les atemoriza, se sienten dominados, una situación que no controlan, están a tus órdenes. ¡A las órdenes de vuecencia! me han llegado a decir, con lo cual les cambias el paso, tienen que darte alegrías, no recibirlas, es un momento de exigencia para ellos, se les cambia el rol que de antemano presuponían: llegar y ¡hala!, el desembarco de Normandía. No, no, qué va, qué va, se encuentran con los blockhaus de Christian Lacroix y les entra miedo, eso de obedecer no lo entienden.

      —Por otro lado, señor Mangino, la belleza está en lo clásico, en el clasicismo. Ahí tiene usted esos talles apretados que ciñen el pecho que lucen las musas: Calíope, Euterpe, Clío, Erato, Terpsícore, Polimnia, Urania, sí, como el personaje femenino protagonista de la Fiesta del Chivo, de don Mario, pobre niña, qué buena la novela, si además del soutien-gorge les sueltas una cita literaria ya se descomponen, mujer y leída, no lo entienden, bueno, lo que le decía, el talle bajo el pecho: es el colmo de la elegancia. La Victoria de Samotracia, los pechos acariciados por los lienzos húmedos y ceñidos por abajo. El colmo del erotismo que se resolverá en el lecho, y sea usted sincero, señor Mangino, considere: Lacroix, Delacroix, La libertad guiando al pueblo, Melpómene, Samotracia y el bastón de mando con la espada en la bocamanga… ¿Se considera aún varón dotado para resolver la tensión sexual no resuelta?

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      —Y además, con esto del virus, como la gente está separada y no se mete mano, que unos se han quedado en el más allá y otros en Vallecas, es un suponer, pues que hay que fomentar los roces virtuales, que en el telediario lo dicen a todas horas a la población, que en estos asuntos del amor hay que ser explicito, que si la salud sexual y no sé cuántas más tonterías, que hay que llamar al pan pan y al vino vino, que seas guarrete, vamos, que les llames a las pollas pollas y a los coños coños y que le digas cochinadas a tu pareja. Y yo no sé, la verdad, tampoco me parece bien ponerse vulgar, ¿usted va por ahí diciéndoles a sus amantes procacidades? Pues no, yo es que nunca se lo he dicho a los señores ni ellos a mí, que siempre son muy educados conmigo y muy atentos, eso sí, muy cumplidores y se esmeran y se esfuerzan en sus tareas de alegrarme el body, eso de las cochinadas se lo dejo a los políticos, que nos abochornan con sus obscenidades porque seguro que no follan, ya nos joden a nosotros, yo no, la verdad, yo siempre iré del lado de Eugene Delacroix. “La libertad guiando al huerto”: Aux bisous les citoyens, formez les bataillons! Y usted puede pensar lo que quiera, que donde esté un Lacroix, Christian, que se quite un polvo rápido.

      «¡Joder lo que me va a costar el Calvin Klein para mí y el Lacroix, Christian para ella! Y tengo que volver al Prado para contemplar a Velázquez y leer las mil mejores poesías de la lengua castellana y el Don Juan de Torrente Ballester y el boom hispanoamericano y a Benet, bueno, no, de eso puedo pasar, tampoco me va a pedir que sea un héroe. No voy a tener bastante con lo que me pagó The New York Times por las fotos de las emergencias del Ifema. Con eso no tengo ni para pagar los tirantes del soutien-gorge, porque yo le voy a comprar un Lacroix para que se lo ponga para mí, aunque después, ya se sabe, irá por ahí mostrándoselo a sus amigas y diciendo que se lo ha regalado un señor, sí, muy leído para ser hombre, y sabe mucho de pintura y de letras, bueno, no, regular en la cama, qué queréis, los hombres son así, educado, sí, mucho. Es que esto del periodismo está muy mal pagado, todos mienten y las señoras tienen gustos exquisitos, son muy exigentes. Se ha puesto muy difícil el amor en los tiempos del virus» pensó mercantilmente Terry Mangino ojeando el Vogue.

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EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL VIRUS I