Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

Para el abuelo Lulio que fue héroe en Cuba y Filipinas luchando contra los insurgentes yanquis y tuvo diecisiete hijos. Sí, era un gran amador.

 

      »EL AMOR ES LITERATURA.  Sí, siempre se ha dicho, si quieres conquistar a una mujer de bandera, a un varón astado, a una audiencia fiel, a alguien, el que sea muéstrale tu lado escribidor, así, como lo dice don Mario: escribidor, no escritor. No me dirás que don Mario no es un señor atractivo. Ahí le tienes, a su edad y con esas conquistas orientales. A mí nunca me ha fallado, escribo tres líneas, cito a García Márquez a Rubén Darío o a Lorca y enseguida alguien me dice que le gusta mucho eso, que sí, que les dedique un libro, que cuándo pueden conocerme, que les encanta lo que digo, que presienten que es el comienzo de una gran amistad.

      »Y te digo más: yo a Lorca no lo soporto, siempre me ha parecido un cursi… ¡La lagarta y el lagarto con delantalitos blancos! No jodas. ¡Pero si es una horterada! ¿Tú has visto alguna vez una lagartija con delantal? Metáforas, metáforas. Aunque a la gente, a las señoras eso les pone mucho, metáforas, aunque estén a media asta, encerradas en sus casas, casi mejor porque tienen más tiempo para leer, no sé, te ven como un bohemio, comprometido con algo, defensor de las libertades públicas, te asocian a las víctimas de la barbarie franquista, como si llevaras boina, eso les pone mucho, como si fueras un brigadista de La Nueve, aux armes citoyens, a Dos Passos… Y si le echas morbo, bueno, no sé, cualquier cosa, cualquier crimen pasional, por ejemplo, el Jarabo, el que mató a dos usureros, a dos canallas por una cuestión de honor, tenía como amante a una mujer casada y aquellos bellacos le amenazaron con chivarse al legítimo. Los tiroteó, claro, hizo lo que hace un caballero, como don Juan matando al comendador, una star de Bonifacio Echeverría en lugar de una espada, nueve milímetros, parabellum, entonces ya sí que las tienes a tus pies, te comparan con Capote, les suena a música para camaleones, a sangre fría, el garrote vil, la casada infiel, la lanza del arcángel San Miguel aplastando al demonio, el restaurador de los virgos de las doncellas, las tienes en el bote. Ya sabes: honor, literatura y adulterio. Esa es la clave para triunfar en el amor, con las letras, con las damas en estos tiempos del cólera. En el fondo, el triunfo, la memoria, la gloria, el exilio y el éxito son de los perdedores. El infierno son los otros. El vil metal no da la fama, más bien da la infamia, la reprobación y el rechazo colectivo. Hearst y Orson. Aquel tenía el dinero y lo perdió, pero Welles tiene la gloria. Pues eso, di por ahí que eres hijo del París cuando los adoquines y la arena de la playa, o que estuviste en Brandeburgo cuando lo del muro, o que te alojaste en el Palestina cuando lo del capullo del Busch y sus tanques Abraham. Los tres de las Azores. ¡Miserables! Y te caen las novias como le caían a Husein las bombas de racimo.

       »Era de ese tipo de mujeres apolíneas de tobillos finos y uñas pintadas de rojo escarlata. Rose Cataline d’Alexandrie, se llamaba. El pie griego: el dedo segundo más largo que el gordo, como salida de una tabla de Annibale Carracci: Venus y Adonis. Cupido me clavó todas las flechas de su aljaba en el plexo solar aquella tarde de primavera cuando nos perdimos por las galerías del museo. La nariz recta, las nalgas y el pecho duros como el mármol de un Canova, rubia del frasco. Esas cosas las supe después, cuando le comí… eso. Se parecía a Zsa Zsa Gabor y las interferencias de Porfirio Rubirosa, toujours prêt, me distorsionaban profundamente mis escasos dotes galantes. Tampoco llevaba un terno inglés. Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando, pensaba para mí. Así que tenía que conquistarla con el único recurso de que disponía, las palabras. La mayoría de los hombres quieren ganar dinero, yo prefiero gastarlo, qué tal si nos vamos al Palace le dije en un arrebato emocional, porque apenas si tenía unos euros como patrimonio. ¡Mano de santo! No sé, lo que te he dicho antes, quizás porque el Palace, el inconsciente, le sonaba al Palestina, el afán de aventuras, la distorsión, los corresponsales de guerra, la rebeldía, por mucho que abajo, en la plaza, sólo estuviera Neptuno en lugar de un blindado yanqui, el caso es que me dijo que sí. Así que después de gastarme en el bar del Palace mis monedillas de agua, sí, ya te he dicho, el Fede otra vez, nos subimos a una suite con vistas a los Jerónimos, al museo y a las Cortes, los leones allá, rampantes, bronceados, uno sin testículos, como muy femenino.

Venus, Adonis y Cupido. Annibale Carracci. 1590. Museo del Prado. Madrid

        »Y mucha educación, mucha llaneza, sin encumbramiento alguno, buenos modales, que se sientan como reinas, ellas siempre delante. Lo de la corbata de seda les mola mucho. Siempre la llevo la primera vez. Les tocas ligeramente la espalda cediéndoles el paso, por favor, tú primero. Muy elegante el pañuelo. Hermès, ¿no? Hermès, ¡sí!, ¿te gusta? Precioso, estás preciosa, siempre lo estás, con él o sin él. Mirarlas a los ojos, admirar su peinado, esos rizos que te caen por las sienes, el carmesí de tus labios, una sonrisa y de cuando en cuando una pausa en la conversación y otra mirada a los ojos, a su peinado, a sus manos, a su pecho, a sus pies, incluso le descalzas la sandalia y se los masajeas en silencio… el silencio estrecha mucho las distancias… hay como una aproximación de los espíritus cuando se callan las bocas… como si el deseo quisiera acortar el espacio… las bocas son para las palabras y para los besos, el silencio predispone al beso… viens je suis là, je n’attends que toi, tout est possible, tout est permi, una frase en francés, eso ya es el colmo, puro Cortázar. Y nada de hablar de temas baladíes ni de política ni de lo mal que está todo. Ni del puto virus ni de cuando salgamos de esta. Les hablas de recuperar los paraísos perdidos, de un viaje a los mares del Sur, nuestras huellas en la arena de la playa, ay, allí tú, yo, los dos lejos de todo, lejos del enemigo, del mundo, entre las azucenas olvidados. Sí, ya sé que parecen los consejos que daba don Quijote a Sancho, pero no fallan nunca, las damas, los señores, todos lo agradecemos cuando nos llaman guapos. También es literatura, como el amor.

        »Thérèse Philosophe, Boyer d’Argen, Sade y sus guarrerías, el Bocaccio. No, no me interesan, más bien me dan risa, una diversión infantil, esas procacidades no van conmigo. Ahora bien, atribuirle el placer extático que la Santa siente a la intervención angelical del efebo jacarandoso del venablo sería puro machismo. Era por sí misma, asunto propio que ella se otorgaba, sin mediación de querubín ninguno. Lo de Bernini es un exceso para poner cachondos a los carmelitas. La Santa, en aquellos tiempos no había conocido varón, nunca lo conoció y lo suyo era una inflamación del deseo, una sublimación de su frustración sexual que se manifestaba con delirios desbocados, con éxtasis arrebatados que expresaba en su poesía erótica, mística la llamaban para confundir a los puros, un vivir sin vivir en sí. Y claro, a falta de hombre se lo hacía con versos, derivaba hacia las rimas sus pasiones sensuales, cómo si no se lo iba a hacer, si estaba poseída por el virus del deseo. ¿Tú conoces el cenáculo donde se aproximaban la Santa y san Juan en el convento de la Encarnación, en Ávila? Fíjate, encarnación, de carne, allí tan juntitos, una alcoba pequeñísima, tan apretados, casi rozándose, dos jóvenes abrasados por las hormonas que se miran a los ojos, que se desean sin saberlo. Bueno, no conjugaron su amor, l’amour physique, pero escribieron magníficas poesías: entrado se ha la esposa en el ameno huerto deseado, y a su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos del amado. Yo soy lo que tu carne espera. Por cierto, Rose Cataline, tu nombre, tu rostro, tus brazos, la inclinación de tu cabeza, tu mirada, tu pelo, la expresión de tus manos, incluso tu vestido… Sí, me recuerdan la tabla del Caravaggio. Ay, pues no sé, nunca lo hubiera imaginado, me dijo. Y entonces fue cuando llamé al servicio de habitaciones. El vino le da un puntito golfo a las veladas, como si el ángel caído de Bellver se levantara y hubiera entrado en la morada y por el otero asomara, próximo y fresco, el beso del amor y del pecado. De pescado, arroz con bogavante y ostras, sin limón. Du bassin d’Arcachón? Oui, absolument. Tres docenas. Y rueda, seis botellas, sí, bien frío. Nada más pedí.

        »El pie griego y la influencia de Júpiter y Afrodita. Mentiras, todo mentiras, las trolas forman parte de la verdad. Si dices la verdad estás condenado al descrédito, pero si sueltas mentiras todo el mundo te cree, el éxito es tuyo. Somos todos hipócritas. La verdad no va a ninguna parte. ¡Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo las princesitas en primavera, mueven a media noche sus cinturitas y sus caderas en el Palace, cosa bendita! Era la primera botella de rueda. ¡Qué bueno que baila usté, doña Rosé Cataline, doña Rosé, doña Rosé! Aquella noche corrí el mejor de los caminos montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. El Fede otra vez, qué pesaoo. Qué bueno y qué rico baila usté, baila usté, generosa, generosa… y ese escote que s’arrancao de repente, toque usté, sin las enaguas, su cinturita, toque usté, por aquí, por allá, cosa rica, aquí, aquí, sí, cosa buena, apretaíta, mi sueño, ir a Cuba, Santa Clara, vaya usté, vaya usté, sí, doña Rosé, qué marcha tiene usté, castellano qué bueno y qué rico bailá usté, bogavante, bogavante y muchas ostras de Arcachon, doña Rosé Cataline, la segunda y tercera botella cayeron en un compás de dos por tres, habanera, qué danza tiene usté, tiene usté, el rascacielos Focsa y Cienfuegos, Camilo, Camilo, beba usté, castellano qué marcha tiene usté, tiene usté y el rueda, vino bendito, cuatro botellas tan sabrosito, un momentito, beba usté, generoso, tiene usté la grasia en los pies, entre las caderas, entre los pliegues, beba usté, castellano, beba usté, buenísimo el blanco de rueda, tiene usté, qué bueno bebe usté, generoso cómame, generoso cómame esas ostras tan sabrosonas y afrutaditas, ricas, madura, cómame, sabrosona mi ostra perlada del mar Caribe, sabrosona, coma usté, tiene usté, todo salero, pimienta negra tiene usté, coma usté, quinta de rueda, de Cataline la rueda del sacrificio, tan tormentoso, tan santa ella, qué buenas y ricas las ostras de Cataline, de doña Rosé, coma usté, generoso, a bocados, coma usté, con la lengua, coma usté, con los dientes, coma usté, doña Rosé, Cataline, qué marcha tiene usté, tiene usté. Y olvídese de los pies, del griego, del Carracci y del Caravaggio, sexta botella tiene usté, tiene usté todo ese manjar, para usté, que ni Porfirio Rubirosa soñó en Santo Domingo, cómame, cómame y el escote y mi escote cómame, no ahí, debajo, eso es, cómame, cómame, qué bueno, qué rico, las ostras de Arcachón y el bogavante cómame, cómame el bogavante, el bogavante cómame, generoso, ay, qué rico, qué dulce el bogavante, apriete usté, empujones, empujones, qué bueno empuja usté, generoso, generoso, castellano que bueno y que lindo empuja usté…

 

        »Desperté solo en la suite tres días después. El problema era pagar la cuenta, tres noches en el Palace costaban una fortuna. Así que me dirigí a recepción pensando qué aportar como garantía. Mi rolex, el que tenía desde lo de Sarajevo tal vez pudiera valer, en la cartera llevaba para un desayuno. Está todo pagado me dijo la recepcionista. Han dejado esta nota para usted, señor de Araceli. Pensé que estaba aún borracho, pero no. La recepcionista me pareció como un ángel, como una venus de Carracci.

       Leí la nota: Gracias por tratar como a una reina a la ragazza Rose Cataline d’Alexandrie, me lo ha contado todo, yo no soy celoso, tengo muchas pendencias y a veces no puedo ocuparme debidamente de las señoras. Ella le agradece lo bien que la ha agasajado, como Adonis. Se ha sentido amada, muy amada. Es usted un caballero castellano. Le queda muy agradecida y yo también. Quizás algún día nos veremos en algún museo. Es cosa de mirar las tablas con atención. Firmado: Michelangelo Merisi.

          Salí a la calle. Se había levantado la cuarentena y la Carrera de San Jerónimo estaba llena de gente. Incluso me pareció que el león estaba entero. Bueno, yo no sé, no le miré debajo del rabo.

Santa Catalina de Alejandría. 1598. Michelangelo Merisi, alias el Caravaggio. Museo Thyssen. Madrid.