Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

         Para Rosebud G R

        “ROSEBUD”. Los visitantes del Cementerio Inglés de Madrid giran la vista hacia David Crompton Brown, el gentleman que en su castellano perfecto de Salamanca con acento de Oxford les muestra la lápida bajo la que está enterrado Arthur Byne.

        —Sí, lo habrán oído muchas veces. Rosebud. Fue la última palabra que pronunció Charles Foster Kane, el Citizen Williams Randolph Hearst que inmortalizara Orson Welles en su película. Pero hay algo más, un misterio que encierra esa palabra mágica que nunca se contó por pudor, lo impedía el puritanismo yanqui: ROSEBUD.

      Y David Crompton Brown deja de hablar y repasa los rostros de los curiosos que saltan entre las tumbas del camposanto, en los carabancheles. Es un lugar de muertos a los que Gran Bretaña acogió porque a los anglicanos se les negaba la paz eterna en los cementerios católicos. Los muertos siempre son un problema. Pesan, no se mueven, huelen mal, no admiten consejos, nunca te dan su opinión, dejan hipotecas sin pagar y a veces hijos anónimos que sorprenden a los legítimos en el funeral. Y cuesta enterrarlos, mucho dinero. A los muertos anglicanos los enterraban en España en el siglo XIX a escondidas, a veces de noche, a veces en las cunetas, a veces se aprovechaban de otra sepultura, dos muertos por el mismo precio en el lugar de uno. La Iglesia se oponía a que aquellos hijos de la traición de Enrique VIII gozaran, tras el juicio final, del rostro sereno del Santísimo. Una competencia desleal, a fin de cuentas, con los que tanto habían perseverado en la verdadera fe romana. Así que, en 1854 el Reino Unido compró este terreno ubicado al otro lado del río, entre las calles de Inglaterra, Irlanda y General Ricardos para que los súbditos ingleses y los practicantes de otras creencias no católicas tuvieran un lugar donde pasar honrosamente la noche perpetua.

       —Rosebud viene a ser algo así como rosita, o capullito. Una palabra cariñosa que Hearst, o Kane, dedicaba a su amante Marion Davies, o Susan Alexander según fuese pronunciada en el palacio de San Simeón, en California, o en el celuloide de Xanadú, el lugar donde se materializaba la pobreza espiritual a la que estaba condenado el inmensamente rico protagonista. La fábula del dinero inservible para conseguir el éxito social, la admiración de todos, el sexo, el poder y la gloria.

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Marion Davies admirando los artesonados mozárabes.

       Los visitantes saltan con respeto entre las tumbas. El cementerio inglés está lleno de muertos célebres. El fundador del circo Price, Williams Parish; o Charles Clifford, aquel fotógrafo que aprovechaba la técnica del colodión húmedo y sus viajes a todo lo largo y ancho de la corte de los milagros para informar a la reina Victoria de las obras públicas que aquí se acometían; o H C Caldwell y Arthur Yencken, héroes de la RAF abatidos por la Luftwaffe cuando volaban a Barcelona en 1944; o el médico Oliver P Mckeehan, un americano que prestaba servicios ginecológicos reservados, dicen, a la reina Isabel II, aunque su marido, Francisco de Asís, tampoco se preocupaba mucho de investigar la paternidad del heredero, Alfonso XII, porque era un hombre adelantado a su tiempo; o Ernest Grimaud de Caux, que fue corresponsal del The Thimes y cubrió para ese periódico la boda de Alfonso XIII con la princesita inglesa Victoria Eugenia, Ena, tan mona ella, que vio manchado su vestido de novia por la sangre de las víctimas, 25 muertos, del atentado del anarquista Mateo Morral el día de su boda, el 31 de mayo de 1906; o Margarita Kearney Taylor, una señorita que ascendió de la nada hasta fundar el salón de té Embassy; o los restos del suizo Emilio Lhardy, aunque ahora no sirve menús a los difuntos; o el príncipe georgiano Georges Bragation de Moukhrani; o la dinastía Loewe, un lujo para el cementerio.

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Unos visitantes atienden las explicaciones de David Crompton Brown en la tumba de Arthur Byne en el Cementerio Inglés de Carabanchel. Se encuentra entre ellos la señora del smartphone, adivínese quién es.

      —Marion Davies, o Susan Alexander, llámenla como quieran porque la realidad y la fantasía son las dos caras de una misma moneda que intercambiamos en nuestras vidas, tenía enamorado hasta perder la razón a Hearst, o Kane. De tal forma que Williams, o Charles hacía todo lo que ella le pedía para satisfacer el ego infinito de la actriz —David Crompton Brown hace un alto en su relato y observa a los visitantes, jubilados bien vestidos y cultivados, personas muy distintas a los pobladores del barrio, un conglomerado de orígenes y etnias diversas que ven como sus modestos alquileres se encarecen por la presión de los pisos turísticos que ha subido las rentas. Carabanchel, antes un distrito marginal, está pasando del lumpenproletariado obrero de los 60 del siglo pasado, al esnobismo pijo de la semiburguesía de diseño—. Marion Davies era actriz de cine, entonces mudo. Y cantante. Una mujer bellísima, una soprano cuyo sueño era interpretar la Casta Diva en el Metropolitan House, algo para lo que no tenía cualidades. Aunque para eso estaba Hearst, para satisfacer sus deseos.

         Suena de repente una musiquilla hortera de un smartphone y una jubilada acaudalada se disculpa asegurándose de que su súper móvil súper guay de más de mil euros sea visto por todos los visitantes. «Lo siento, discúlpenme» dice mientras manipula el aparato, seguramente programado para que autosonara en mitad de la explicación.

       —Casta Diva, che inargenti queste sacre antiche piante a noi volgi il bel sembiante… Y ahí se quedaba. Apenas si llegaba al re5 el registro sonoro de la Davies, mientras que las grandes sopranos de la historia del bel canto son capaces de alcanzar sonoridades mucho más altas, casi dos octavas más, si7 en el caso de la Callas, de otra época, sí. Pero para eso estaba Hearst-Kane, para darle caprichitos a la bella Marion-Susan Alexander —déjate el bigote y la perilla, le decía ella— con la que mantuvo un romance de más de treinta años, hasta su muerte con 88 años. Y aquí es donde entra ese personaje cuya tumba y la de su mujer ustedes están pisando: Arthur Byne y Mildred Seopley.

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         Los visitantes se apartaron del sepulcro maltratado por el tiempo. «Lo sentimos mucho» balbucearon avergonzados por alterar la paz del architect de Gibraltar fallecido en accidente de tráfico en Mudela, Ciudad Real, en 1935.

         —No crean lo que pone en la lápida. Arthur Byne era un mentiroso compulsivo, mentía después de muerto, incluso su tumba está llena de mentiras. Byne ni procedía de Gibraltar ni era arquitecto, sino un delineante, o delincuente, según se mire, para otros era un simple chamarilero, un trapero nacido en Filadelfia, un buscavidas que junto a su mujer, Mildred, se dedicaba a vender libros en los que dibujaba palacios y ruinas del inmenso patrimonio monumental español. Eso le llevó a ser socio de la Hispanic Society de New York y trasladarse a España en 1915, donde se hizo pasar por un reputado hispanista y abrirse las puertas de la administración del Estado y del ministro Eduardo Callejo de la Cuesta, titular de la cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes durante la dictadura de Primo de Rivera y procurador y presidente del Consejo de Estado durante la dictadura de Franco. Callejo le concedió a Byne, en 1927, la Cruz del Mérito Civil. Después les diré por qué. Y lo más importante, esta Cruz le abrió a Byne el acceso a las joyas del arte español desparramado y abandonado por todo el territorio.

           Entre los cipreses, las adelfas y los túmulos del cementerio los gorriones y alguna urraca compiten con el ruido de la maquinaria municipal que arregla las aceras y el petardeo de los reguetones que los recién llegados de ultramar se encargan de propagar a todo volumen por Carabanchel. Ritmos mucho menos cultivados que la voz de la Davies que adoraba Hearst, aunque no alcanzara el cielo de la armonía, el si7. El magnate americano lo tenía casi todo para ser feliz. Una inmensa fortuna, un poder omnímodo que le reportaba su cadena de periódicos sensacionalistas, entre ellos The Examiner, que dirigía personalmente Kane. «I make news, hago noticias, asesino presidentes si es necesario», Hearst manejaba el mundo a su antojo. Menos en lo principal para él, en el sexo, donde Marion mandaba. Y le faltaba la gloria.

Sepulturas paleo cristianas ubicadas en lo que fue posteriormente la ermita de San Miguel de Sacramenia. Enrique VIII nació mucho después.

—Quiero alcanzar la gloria, el cielo. Llegar con mi voz a lo más alto sólo para ti, Charli, será mi regalo a tu empeño de hacerme feliz, la consagración de nuestro amor. Y tú me lo has de conseguir porque en mi placer va también el tuyo, le susurraba al oído la soprano al grandullón. Hay que decir que Marion Davies jugaba con la ventaja de la edad. Era 34 años más joven que Hearst. Muchos años de diferencia. Tenía veinte añitos cuando conoció al ya más que cincuentón magnate. Y claro, en los amores asimétricos siempre vence la juventud. Aquel canalla de Hearst, capaz de declararle la guerra a España y de nombrar a su antojo presidentes de los United States of America, se vio perdido ante la exigencia de una niña descarada y caprichosa, era su esclavo. Fue caperucita la que se comió al lobo. Un lobo desdentado y prostático que tenía que satisfacer a su amada en el alma. Y en el cuerpo.

        —Le voy a grabar, señor Crompton. ¡Muy interesante lo que nos está contando! —y la señora del smartphone carísimo lo exhibe de nuevo y lo aproxima a David Crompton Brown para que todo el mundo se entere de lo que le interesa la historia.

        —Rosebud. El juguetito, el trineo que simboliza la infancia perdida que Welles quema en la secuencia final de su película —continúa David con flema británica—, la felicidad que vivimos, algunos, en la edad de la inocencia. ¡Olvídense! No, no es esa la explicación del misterio que esconde la palabrita. Rosebud. Rosebud, jeje. ¡Qué débil el pobre de Hearst empleándose con la Davies! —las señoras pensionistas saben de sobra de qué habla David.

        —Hearst era un comprador compulsivo de obras de arte. No sabía qué hacer con su dinero. Su inmensa fortuna le permitía cualquier capricho. Pero los caprichos de Marion-Susan Alexander costaban caros y no eran fáciles de conseguir. W R Hearst conocía los manuales artísticos que Byne publicaba del arte español y a través de su arquitecta Julia Morgan, esta sí lo era, encargó al falso Herrera la compra de varias piezas para su palacio californiano de San Simeón donde agasajaba a la Davies. Así que Byne se hizo con un cliente millonario y su codicia le llevó a aumentar su patrimonio con algo más que la venta de dibujitos y piedrecitas deslucidas por los siglos. Con la ayuda del dinero procedente de California se dedicó a sobornar a funcionarios y a ministros de la dictadura, a todo aquel que tuviera que autorizar la salida al exterior de los monumentos españoles. Bien es cierto que la legislación que protegía el patrimonio nacional era muy laxa y permisiva. Y con unas propinas convenientes se compraban voluntades, entre ellas las de ese ministro de Bellas Artes amante de las dictaduras, que sucumbió por un puñado de dólares, unos 10.000 de la época. Y por un puñado más le laureó con crucecitas.

        »Byne se entregó aplicadamente a la tarea de expoliar monumentos por las tierras de España, muchos de ellos abandonados secularmente, muchos de ellos olvidados por sus propietarios que no les concedían ninguna importancia y los empleaban como corrales para el ganado o almacén de aperos agrícolas. Los cerriles dueños, muchos terratenientes a los que las ruinas visigóticas o románicas o góticas o mudéjares o renacentistas les importaban un bledo vieron una ocasión única de enriquecerse con aquellas piedras que para nada les servían. Encima, tildaban de imbécil a aquel bigotudo tratante de piedras yanqui al que consideraban poco menos que un ignorante lunático. Era una pequeña venganza por la derrota sufrida en Cuba, que aún se mantenía en el inconsciente de las afrentas patrióticas veintisiete años después. Tú me das tus dólares y yo te doy los pedruscos. Se felicitaban por su visión lucrativa de los negocios. ¡Le vendían piedras del campo al gringo grandote! ¡Estos americanos están locos!

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Fachada del monasterio de Santa María la Real de Sacramenia, lo que queda de él.

        »El lecho y el techo, una letra que diferencia la visión que los hombres y las mujeres tienen de las cosas del querer. “Charlie, el techo no me gusta”, le decía Marion a Hearst en el lecho, casi ya un abuelito, que se esforzaba por complacer los deseos de la treintañera empujándola con decisión entre las ingles, aunque su visión se redujera a las sábanas del lecho, un tálamo del siglo XVII traído de contrabando del palacio de la Torre de la Parada, donde según el marchante Arthur Byne, el rey Felipe IV engendró siete bastardos de los treinta que tuvo, aunque ninguno le valiera para ocupar a su muerte el trono de España. “Charlie, debemos decorar San Simeón, colocar algo en el techo, una pintura de esas que tienen los viejos europeos, no sé”. “Lo que tú quieras Marion”, le decía agotado Hearst. Y entonces ella, agradecida, entonaba Fine al rito e il sacro bosco Sia disgombro dai profani Quando il Nume irato e fosco pero sin llegar al si7 de la Callas, que llenaba de orgullo al magnate. “Lo he conseguido”, se decía él resoplando masculinamente.

        »Y autorizado por Julia Morgan, Arthur Byne se dispuso a satisfacer los encargos que míster Hearst le encargaba para Marion. La relación de monumentos y obras de arte que compró a precio de saldo y envió a los dominios de Hearst-Kane es, posiblemente, el mayor expolio que se ha cometido en la extensa historia de los robos que las potencias coloniales, todas, han cometido en los países donde impusieron su ley y su desorden. El convento de San Francisco de Cuéllar, el castillo de Benavente; el monasterio de Óvila, en Guadalajara, por el que pagó Byne 3.130 pesetas y lo vendió a Hearst por 55.000 dólares; la reja de la catedral de Valladolid en connivencia con los curas inmatriculadores, o la colección de arte del Conde de las Almenas, o la sillería del coro de la catedral de la Seo de Urgel, o el refectorio, la sala capitular y el claustro de Santa María la Real, de Sacramenia, en Segovia son algunos de los monumentos que Byne envió desmontados piedra a piedra en tren y en barco hasta Nueva York entre 1921 y 1930.

         »Pueden imaginarse que los sobornos que se pagaron a todos los que permitieron el expolio fueron inmensos. Pero no fue así. Por el fabuloso monasterio de Sacramenia pagó Hearst 40.000 dólares en 1925, muchos de los cuales se los quedó Byne y con el resto untó pequeños cohechos, a veces ridículos debido al desconocimiento que del valor de las obras y del dinero americano tenían los intermediarios. Las piedras del monasterio de Sacramenia permanecieron tras su llegada abandonadas durante casi treinta años en una lonja del puerto de Nueva York por problemas aduaneros sin que nadie se interesara por ellas. Hearst murió en 1951 y nadie las reclamó. Unos hoteleros de Miami las compraron años después y tras montarlas torpemente ahora forman parte de un salón donde se celebran bodas, bautizos y divorcios. Ahora bien, si piensan que todas aquellas ruinas que Charli le regalaba hicieron feliz a Marion, que con aquello alcanzó el cielo que se habían prometido la respuesta es…

          Y David Crompton Brown miró fijamente desde sus lentes de erudito de Oxford a su audiencia sin que ninguna de las competentes señoras se atreviera a responder, aunque todas sabían la verdad y diferenciaban claramente el lecho del techo.

        —Naturalmente que no —respondió la señora del smartphone blandiéndolo con brío, casi con moto hasta alcanzar un la6 gesticulante alzándose sobre la tumba del matrimonio Byne—. No, una mujer joven no puede ser feliz por muchas piedras que le regale su adinerado esposo. Una mujer le exige vigor a su amante. Y es poco probable que un señor mayor como Kane pudiera satisfacerla por mucho lecho histórico en el que yacieran.

          —Para eso está el dinero —aclaró David—. Hearst todo lo solucionaba con dinero. Así que dio instrucciones a Julia Morgan, la única mujer de la que decía que nunca le engañó, para que encargara a Byne la compra de pinturas o decoraciones que cubrían los techos de los monumentos españoles, por satisfacer el deseo banal de su amante. Qué se podía esperar de una soprano, pensaba de Marion cuando no estaba encima de ella. Así que Byne se dio un garbeo —ya se ha dicho que el castellano de David era realmente castizo— por los predios de Aragón siguiendo los pasos del rey Fernando II, siglo XV, se sabe que el trapero se las daba de conocer la historia de España, y encontró en Tarazona un archivo de legajos árabes con fórmulas secretas de ponzoñas afrodisiacas usadas por ese monarca, varias túnicas y vestidos repujados de seda y oro pertenecientes a la reina católica y un artesonado mozárabe tallado en madera de roble y pintado con oleos y panes de oro que haría feliz incluso a una tiple. ¡Compra!, le dijo Hearst. Byne lo compró todo por 18.724 dólares de la época y se lo vendió a Kane por más del doble. Era 1930 y la depresión económica se cernía sobre el mundo.

Restos de la ermita de San Miguel, en Sacramenia, lo que queda de ella. Arthur Byne llegó tarde, otros se habían llevado ya sus tesoros.

          »Final de la dictadura de Primo de Rivera, final del reinado de Alfonso XIII, el general Mola director general de Seguridad, sublevación de Jaca, movilización general de los líderes políticos republicanos y exilio en Francia, tiempos muy revueltos, imposible el control de las fronteras… Aquello era una fiesta para los traficantes de arte. Byne untó a los aduaneros, tampoco muy escrupulosos cuando recibían dinero de un yanqui excéntrico y los legajos, el artesonado y los trapos salieron sin problemas por el puerto de Barcelona y se instalaban provisionalmente, unos meses después, en un techo de su palacio de San Simeón. “Ahí, lo tienes, tu cielo español”, le dijo a Marion una bonita tarde de primavera que llovía a cántaros. Aunque ya se sabe que nunca llueve en el Sur de California. Susan Alexander levantó la cabeza y se quedó extasiada contemplando aquel artesonado mozárabe que Charli había traído del otro lado del Atlántico para ella. Aquello era muy superior a lo que nunca hubiera soñado, aquello era casi un si7, pongamos un sol6. Tal fue su sorpresa que Marion se tumbó para contemplarlo mejor sobre el tálamo, antigua propiedad del rey Felipe IV. Se había vestido para la ocasión con una de aquellas túnicas repujadas en oro y seda que lucía su católica majestad cuando lo de la entrada en Granada y la huida del manso Boabdil. Momento que aprovechó Williams Randolph Hearst para aproximarse a su amante y gozar juntos del cielo español.

             —Aún así, a pesar del cielo yo soy de la opinión de que una mujer como Marion no sería muy feliz si su amante no la satisfacía. Eso sí que no tiene misterio. Vamos, de qué nos sirve a cualquiera de nosotras un techo mozárabe si no tienes el calor de un hombre con el que opinar sobre la realidad cotidiana histórica, sobre la vida ordinaria de los moradores del momento, con sus derrotas y sus victorias reflejadas en las escenas campestres pintadas en sus maderas —la señora del smartphone se dirigió a la concurrencia mientras hacía fotografías de las tumbas como si fuera una reportera de la Associated Press, rival del imperio periodístico de Hearst—. Porque todas somos contingentes, pero algunas somos excelentes y un hombre en la cama con una mujer siempre es un hombre en la cama con una mujer.

           —Ahí es donde quiero llegar —le respondió David—, desentrañar el misterio, nuestro Rosebud. Qué ocurrió para que Kane pronunciara la famosa palabrita. Rebobinemos. La gran depresión del 29 sacudió el imperio económico de Hearst, tuvo que vender un montón de aquellas piedras y techos españoles a precio de saldo porque se quedaba sin efectivo, sin cash. Poco después de complacer a Marion se desprendió del artesonado por una miseria: 3.200 dólares. Incluso Marion le ayudó a mantener sus periódicos vendiendo alguna de sus carísimas joyas. En el fondo, la relación entre Marion y Hearst tenía vicios freudianos que entonces estaban muy de moda porque aquel médico vienés inundaba el mundo con sus historias cochinas y rijosas de mujeres frígidas y hombres impotentes que contaba como si fueran verdades científicas. El profesor Segismundo, de Viena, hubiera dicho que lo de ellos era una relación perversa. Marion veía a Hearst como un padre y un esposo a la vez. Y Hearst a Marion como una hija y una amante indecente. Una relación de amor casto y de sexo incestuoso a la que ambos se entregaban con lascivia y sin tapujos, a lo bestia, vamos. Como si para decir eso fuera necesario ser psicoanalista. Ya lo había dicho Galdós muchos años antes. Eran como don Lope y Tristana, se ponían cachondos al rozarse, más aún cuando se albergaban bajo los artesonados hispanos pensando en lo que habrían visto esas maderas vetustas a lo largo de los siglos: infinidad de coitos entre aquella panda de bandoleros de trabuco y bigotazo y cigarreras con navaja en el muslo que se inventó Bizet y conformaban el ideario romántico que sobre los españoles se tenía en el mundo civilizado en el siglo XIX, no muy diferente al que los yanquis mantenían en 1930, no muy diferente del que mantienen ahora.

           Un silencio expectante se apoderó del camposanto inglés. Todos los visitantes clavaron la mirada en David Crompton Brown, incluso la señora del smartphone parecía otra estatua funeraria más porque se había quedado sin batería. Incluso los gorriones y las urracas dejaron de piar. No se oía ni el mardito reguetón.

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Jardín donde se encontraba el claustro que Arthur Byne se encargó de desmontar y enviar a Hearst. Aún se notan en el muro, un siglo después, los restos de las antiguas piedras arrancadas. Foto del profesor Simón y Cajal

            —Hearst se procuró un traductor de aquellos legajos afrodisiacos anteriores al siglo XV que Arthur Byne incluyó en el lote de Tarazona, aunque desechó las recetas por absurdas: cuerno de rinoceronte, esperma de tigre, melena de león, colmillo triturado de verraco del wuada-rrama… No, no estaba dispuesto a sacrificar el zoológico que tenía en su jardín de Xanadú por satisfacer a la Susan Alexander. Desistió incluso de disfrazarse de Fernando II porque no era amigo de mascaradas. Comprendió que a su edad y con aquel torrente de Marion sólo le quedaba el consuelo de sus labios, de su boca, de su abultado bigote y su perilla de chivo. Lucía un sol espléndido aquella tarde en el sur de California. Los 165 metros cuadrados del artesonado mozárabe lucían espléndidamente en el techo de la alcoba sixtina que se había preparado en su palacio de San Simeón. Marion estaba radiante dentro de la túnica de brocal con el escudo bordado en seda y oro del castillo, el león, los cuarteles de Navarra y de Aragón y la granada florida. Parecía una reina de Trastámara cuando se tendió, se extendió más bien sobre el tálamo de Felipe IV. Charles Foster Hearst se aproximó a ella y le levantó la túnica. El espectáculo que encontró sobre el lecho era, si cabe, muy superior al que admiraba Marion en el techo. Aquello era una flor de ambrosía, un regalo de Venus, una selva de miel y jugosas oquedades, un tesoro que secretaba elixir de jazmín y menta, un rosal de terciopelo nacarado. Hearst aplicó su lengua vigorosa sobre el jardín de Marion y empezó a moverla, a introducirla en su cueva, tanto monta, monta tanto, a brochear con su barba de chivo la intimidad de Marion, a morder el botón encarnado, a agitar su rosita encendida. Y bajo aquel techo español, bajo aquella maravilla mozárabe del siglo XV contrabandeada por Arthur Byne, la Marion comenzó a cantar como no lo haría jamás en el Metropolitan House… Ah bello a me ritorna del raggio tuo sereno E vita nel tuo seno…. Era un declamar angelical, un retablo sonoro del claustro de Sacramenia, unos suspiros de mujer satisfecha como nunca pronunciaría ni la Callas…  La mia voce tuoner cadr punirlo io posso ma, punirlo… incluso el coro de los ángeles del monasterio de Órvila sintieron envidia del bel canto glorioso que bajo el techo hispánico entonó aquella tarde la grande Susan Alexander…  il cor non sa Ah, riedi ancora qual eri allora quando il cor ti diedi allora ah, riedi a me… Sí, la Marion se elevó a las alturas del cielo español, del si7 y Hearst alcanzó por un momento la gloria de su vigor, se sintió un hombre entero. El mejor final posible. Murió con la flor en los labios, con Rosebud en su boca.

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