Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

Para la niña Rosita Gonsale, por el calor de su cuarta primavera

          DON GTB SE APALANCÓ EN EL SOFÁ DEL NOVELTY, se aproximó a la boca la empanada de lamprea, la miró con sus ojos diletantes y apuró de un trago un chato de vino rojo y encastado de Toro. Añádala unas gotas de parsifal virgen extra —le dijo Imanol U mientras que Pepe Ansúrez levantaba la mano pidiendo la palabra. ¿Puedo hablar, puedo hablar?, decía el chupatintas sin que los otros le hicieran el menor caso. El conde duque de Olivares, aunque se trataba de Gurruchaga de Mondragón, lo observaba todo con aire regio y displicente, sin decir ni pío.

_DSC5431_web

     —¿Del ciclo carolingio? —preguntó el ínclito salmantino. En realidad don GTB había nacido en El Ferrol y era muy estudioso, pero su pasión por los verracos astados de la dehesa, su amor taurino de juventud, que se fue diluyendo con el paso del tiempo (bien es verdad que aunque su visión no era espléndida don GTB lo sabía todo sobre don José Ortega y Gasset y Juan Belmonte, no necesariamente en ese orden) era equiparable al amor que sentía por cuanta jovencita se cruzara en su camino, ora bajo los soportales de la plaza mayor de la capital castellana conocida universalmente por su universidad en cuyas aulas impartió doctrina Fray Luis de León y donde dijo aquello tan reiterado, cómo si no hubiera otra frase por decir del conocimiento, de: “Decíamos ayer”, ora en sus años juveniles en los que las ganas de compartir secreciones —hay que destacar que don GTB era un extraordinario fornicador que complacía graciosa y abundantemente a cuanta mujer refrenara en su lecho sin fallar en ocasión ninguna— lo había hecho naturalizarse en la patria adoptiva de don Miguel, porque recuérdese que el filósofo vasco, del mismo Bilbao, tampoco era salmantino ni gustaba de ninguna manera de la tauromaquia —y en eso se parecía mucho a don GTB, en eso y en sus ardientes deseos, cada uno los suyos, de poseer a su amada novia, cada uno la suya, Concepción, la de don Miguel, entonces casi una niña, incluso así lo muestra y da fe escrita, sin pudor, en aquel viaje de juventud que emprendió, ella ausente en la distancia pero presente en su recuerdo, a la exposición universal de París, en 1889, ya exhibe ahí don Miguel una libido desatada, tanta que el posterior catedrático de Lógica y Ética andaba por la ville lumiere empalmado a diario y de nada le servía que se aliviara manualmente porque siempre le regresaba el deseo de su tierna Conchita, que lo escribe así en sus memorias y se sabe que después don Miguel y doña Concepción tendrían nueve hijos, como sabido es también que don Benito y doña Emilia fornicaron reiteradamente y sin aparente esfuerzo copulativo, más bien con ansias en amores desatados, en aquellos mismos momentos y lugares, apenas un mes o dos antes, según autores,  viéndoles las coulottes por debajo del arco de Marte, au dessous a la tour Eiffel mientras leían las obras completas del marqués de Sade (para toda aquella persona que esté interesada en las hazañas viajeras de don Miguel es muy recomendable la obra del emérito unamuniano Pollux Hernúñez “Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza”, editada por Oportet Editores en 2017 y presentada con gran éxito de crítica y público en el Ateneo de Madrid, aunque en ella no se relaten en absoluto los esfuerzos que un contemporáneo de don Miguel, don Louis Pasteur, emprendía con denuedo y al mismo tiempo de forma científica para dotar a la humanidad tanto de un antídoto contra la hidrofobia de la rabia canina, que tantos males y disgustos causaba, sobre todo una elevada mortandad, mucho mayor que el coronavirus ese que se han inventado ahora para que unos cuantos laboratorios farmacéuticos se hagan de oro con el cuento de que hay que buscar soluciones curativas, como porfiaba en el descubrimiento, además, de otras vacunas igualmente sanadoras, como por ejemplo la del ántrax, la del carbunco o la del cólera aviar. Sí, don Louis lo sabía todo sobre las vacunas). Pero si era conocido por algo don Miguel, aun rebasando el recuerdo copulativo de don Benito y doña Emilia, era por su desatada hombría y sobrada prosopopeya metafísica. Y sabido es que don GTB no le fue a la zaga en una cosa ni en la otra, que tuvo once hijos como once soles y una prolífica obra escrita.

_DSC6556_web

      —Sí, del ciclo carolingio —repuso Imanol U— porque la cosecha de este año tiene apuntes de granate oscuro con ribetes de teja y una terminación cálida, aunque áspera, con notas torrefactas y matices a roble que la hace inapropiada para combinarla con Garcilaso o Montesquieu o la poesía de Rimbaud, mucho más transparente esta última. Tempranillo, todo tempranillo.

        —Tienes razón, Imanol U. Con dos gotas de Tristán y tres de Isolda, por aquello de la discriminación positiva que haga hincapié en lo femenino, en la prosperidad de las señoras, en la equiparación de sexos, en el empoderamiento —¡maldita palabreja espuria!— de las doñas la empanada de lamprea queda mucho más sabrosa. ¡Dónde va a parar! Y, además, se aportan al organismo esencias de omega tres y ácidos básicos saturados que complementan higiénicamente, incluso yo diría más, hacen más nutritiva y sabrosa la dieta del más desequilibrado primate omnívoro y de las jons.

      —Quiero hablar, quiero hablar —dijo nuevamente Pepe Ansúrez sin que ninguno de los otros tres le hiciera caso. El conde duque Gurruchaga lo observaba todo con aire inteligente porque defendía los intereses del reino y se debía a su señor, el Rey Pasmado, y como su saber era mucho nunca hablaba.

      —Y, además, esa dieta garantiza el perfecto metabolismo y aprovechamiento de los aminoácidos libres, por ejemplo, del adenosín trifosfato, el ATP, que constituye la fuente de toda energía alimenticia. Yo ya lo tengo comprobado, don GTB, siempre que yo voy al baile me busco una chaparrita, para celebrarlo más bien, una negraza bien aparente y con agarres notorios a ambos lados superiores del tórax, incluso que los haya en la parte posterior de su estructura corpórea, donde la espalda pierde su recatado nombre, ahí, sí, en el culo, con perfumes de jacaranda y eau de toilette con añoranza de lágrimas vertidas en el pecado y esencias vaporosas y ensoñadoras a magdalenas de Proust cuando transitaba por el camino de Swann. ¡Nunca falla! De entrada, paso la noche enterita bailando bien agarrado a mi guajira.

     —Haces pero que muy bien, Imanol U. Y dime una cosa. ¿Tú crees que más allá de la galaxia, en los exoplanetas, allá donde cristo dio las tres voces, hay vida inteligente? Creo que ahora en eso de los exoplanetas España es una potencia mundial. Tenemos un montón de marcianos entre nosotros pronunciando con enjundia y gracioso trajín ambigüedades, vacuidades, banalidades, exabruptos y carnestolendas, aunque de poco seso y menor gracejo, así como juicios estrambóticos cuando no amenazas, circunloquios y, a fe mía, disparates en el hemiciclo. Porque hay que oír cada cosa…

     —Quiero hablar, he venido a hablar de mi novela —dijo de nuevo Pepe Ansúrez recibiendo el silencio de todos y el desprecio de Imanol U, que siguió metiendo baza y acaparando la atención de don GTB.

      —En eso la ciencia no se pone de acuerdo, don GTB. Si bien es cierto que se duda de la existencia de vida inteligente incluso en el interior del planeta, en el interior del hemiciclo, me refiero, no es menos cierto que en lo que se refiere a la Carrera de San Jerónimo hay unanimidad absoluta: ¡Son todos una panda de patanes! Y lo digo en tono menor porque no han de ser estos magros labios que se han de comer los gusanos los que pronuncien jaculatorias que ensombrezca el devenir de los padres de la patria. Y a ver, Pepe Ansúrez, di lo que tengas que decir sobre tu novela. Aunque, según se sabe, todo lo que tienes que decir lo ha dicho ya tu novia Elisa Pérez, esa que se va olvidando las bragas por los despachos de los directores de las sucursales bancarias.

      —Eso son calumnias, que mi Elisa es una mujer muy honrada que sólo busca mi porvenir y sufre, dado lo buena que está, asedios y persecuciones carnales de todos los que comparten con ella su entorno. Acoso, acoso lo llaman ahora. Pero bien que se defiende ella, ¡ya lo creo!, que a más de un consejero delegado de provincia le ha sacado los colores delante de su legítima y los dineros de la hucha, que es cosa de agradecer por lo bien que nos viene a fin de mes, y yo quisiera rogarle a usted, don GTB, que sea conmigo más generoso y no me pinte tan dubitativo ni pusilánime en lo de recibir consejos narrativos, que bien que Aurora mi criada me da de empujones, para compensar mi poquedad épica, y me consuela en la alcoba casi tanto como Elisa, por algo será, algo de hombría he de tener y alguna alegría me han de dar las mujeres por más que las musas no sean conmigo generosas y se olviden de inspirarme y todos opinen de mi novela y me digan qué rumbo ha de seguir y qué vientos he de contar sin que yo sepa por dónde navegar en esta tierra de envidias que es la novelística —si don GTB le trataba como a un niño y el conde duque de Olivares le condenaba al silencio, Imanol U sepultaba la novela de Pepe Ansúrez con todo tipo de escombros y de tierras.

      —Y hablando de la tierra, de la miña terra galega, qué me dicen de aquello que por aquella loma de poniente se asoma y hacia nosotros se avecina y se inclina, que parece venir a nuestra vera y se aproxima raudo no sin alumbrar en mí grande inquietud e grande intriga. Porque ya sabes, Pepe Ansúrez, y este es el consejo gratuito que te doy, que el cuentista no es sino un bufón que debe con sus historias entretener al lector con alegría del principio al fin del cuento, es decir, que sus razones prosísticas agarren al cliente por los cojones en el primer párrafo y ya no lo suelten hasta el punto final de la última página. ¡Eso es ser un buen cuentista y lo demás son leches! Y para que conozcas algo sobre uno de aquellos novelistas que fue importante en la literatura de la cuadra Balcells, la más influyente del siglo XX, autor alabado sin excepción y de forma clamorosa por toda la crítica, bien es cierto que en ella abundaban, y abundan, los cabestros pastueños que se las daban de leídos por aquello de deslumbrar a la querida —¡Qué atinada tu crítica en ABC sobre el pijoaparte!,  le decía ella cuando él la invitaba a un güisqui en el Gijón previo al magreo en el portal oscuro— y aunque don Francisco Rico dijera en señalada ocasión que esa Novela, con mayúscula, sí, una introspección abstracta en los porqués de la Contienda, construida en un lugar anónimo y simbólico con la mayor ingeniería de objeciones y análisis de conciencia anclados en el pesimismo o el inconsciente nacional o en la derrota de varias generaciones es, ciertamente, inclasificable y de trabajosa lectura, tanto que se pude obviar su conocimiento porque a él, a don Francisco, le aburre soberanamente, te diré que desde que el viejo Constantino emprendiera el regreso a Región por la carretera de Macerta tras salvar el puerto de Socéanos sin que le acompañara Eugenio Mazón, a mí me parece que en la sombra de cualquier curva del camino de esa narrativa se escondiera un fusilero cultureta que nos apuntara con su carga de elitismo distante, embarullada prosa, complejidad argumental y culteranismo selecto y reduccionista para unos pocos, para jodernos a los demás el placer de leer. Es decir, que hay que escribir con sencillez para que todos te entiendan. He dicho. Qué te parece el consejo. Bueno, ¿verdad?, pues, hala, ponte a escribir tu novela, Pepe Ansúrez, y regálale a tu novia Elisa Pérez un juego de ropa interior caro, para que no vaya perdiendo las bragas por ahí.

 

torrente_ballester_imanol_uribe119_web

Imanol Uribe y Gonzalo Torrente Ballester en Salamanca, enero de 1990

            —¡Quia! Qué gran verdad ha pronunciado vuecencia, que todos somos contingentes, pero sólo usted es beneplácito y armisticio. No, no haga usted caso de esas desparejadas razones de los críticos, señor don GTB —respondió al quite Imanol U, que a toda costa quería protagonismo y llevar la conversación a su terreno. Por su parte, el conde duque de Olivares queda dicho que se debía a su Señor, el Rey Pasmado. Gurruchaga de Mondragón escuchaba todas aquellas sinrazones, pero debido a su elevada inteligencia nunca hablaba ni media palabra—, que eso que se acerca por aquella parte del camino no es ni parece sino el batir de alas de algunos trapisondistas y gentes vulgares, que en teniendo hambre buscarán razones para que usted les convide a su empanada de lamprea y a su tinto de Toro, así que retirémonos a la espesura, que camuflados en las sombras no nos han de ver y así gozará usted de su empanada de lamprea y yo del placer de vérsela engullir —A los otros dos ni les nombró.

      Y así era, porque de pronto aparecieron treinta o cuarenta críticos literarios que por aquellas páginas andaban postulándose, unos comulgantes albigenses y malandrines de poca monta, escasa estatura y menor cultura de letras, que exhibieron sus pardas gramáticas tan complutenses como apócrifas y sus sintaxis académicas tan sarracenas como dolomíticas y berroqueñas y en un frenesí emitieron juicios, considerandos, hechos probados, fundamentos de derecho lírico y, finalmente, sentencias que en modo alguno ayudaban a un veredicto definitivo y consensuado sobre la esencia última e íntima del dictado pírrico que un día emitiera Garcilaso, que aquello no causó sino rechazo y malestar entre los escuchantes. ¡Otra vez Garcilaso¡, como si no hubiera un ayer. ¡Mueran los estrambotes!, gritaba uno. ¡Abajo el libre albedrío y libertad para los alejandrinos! gritaba de perfil otro bufón con aires de cardenal pintado en rojo escarlata por Rafael de Urbino. ¡Yo prefiero a Faulkner!, aseguró un estudiante de la Sorbonne. ¡Catorce versos dicen que es soneto!, porfiaba la sota de bastos disfrazada de dama de honor de la infanta Margarita mientras que Nicolasito Pertusato pateaba al mastín. Aquello era un sinvivir de métricas y rimas asonantes. ¡Siniestro total, siniestro total, somos siniestro total! decía un crítico bullanguero y corrosivo disfrazado de rianxeira. ¡Que te crees tú eso!, le respondió un joven melifluo y cicatero que vestía un terno de Harrods como de arlequín, tocado con un gorro frigio de color verde con cascabeles que le caía sobre la frente, calzado con borceguíes como los que llevaba Zarra en el partido de fútbol en el que marcó un gol a la pérfida Albión y montado a lomos de un patinete eléctrico. Y un jacobino malencarado sacó de sus alforjas una chaira de Albacete y a poco estuvo de rascarle un chirlo a Imanol U en la jeta si no fuera porque intervino don GTB y con voz rotunda y tajante, que aquella vozarrona parecía un trueno, le gritó: ¡Voto a Bríos que habéis de detener semejante agresión a mi paje tan noble y servicial! ¡Que aquello fue mano de santo!, ¡que todos depusieron su actitud hostil y fue la paz! Un bienestar, una felicidad similar a la que se anuncia que gozarán los justos en la presencia del dios todopoderoso y eterno, vaya usted a saber, mentira, todo mentira. Con lo que, así cogidos de uno en uno: don GTB; Imanol U; Pepe Ansúrez; el conde duque; o de dos en dos: don GTB e Imanol U; o de tres en tres: don GTB, Imanol U y Pepe Ansúrez; o de cuatro en cuatro: don GTB, Imanol U, Pepe Ansúrez y el conde duque de Olivares, don GTB pudo finalizarse su empanada de lampreas. ¡Ay que ver lo bien que nos come don GTB!, dijeron a coro los alejandrinos, la sota de bastos, el joven melifluo, el chirlo, Pepe Ansúrez, el conde duque y el mismo Imanol U, que así tan bien amigados estaban que daba gusto verlos y contemplarlos. Además, aquella serenidad, aquella majestad y aquel placer con que don GTB, nacido en El Ferrol, recuérdese, engullía su empanada a todos los hacía felices y provocaba grande contento. Pero una vez que los ánimos se calmaron, que el condumio tranquilizó los estómagos y serenó los espíritus y llegó la hora de la siesta, nada, apenas una cabezadita, de aquel grupo tan variopinto que al principio parecía una turbamulta bullanguera de jóvenes anarquistas sin educación y poco considerados con los señores escritores, a poco sobresalió la figura de una dama que, oculta entre una oración subordinada de tres proposiciones, un sintagma nominal y un complemento indirecto no fue advertida al principio por los caballeros letrados, sino cuando quedó en un claro entre un punto y aparte del final de un extenso párrafo y el siguiente capítulo, iluminada por un rayo del sol con tanta intensidad y con tanta presencia que, tanto don GTB como Imanol U como Pepe Ansúrez y el mismo conde duque quedaron boquiabiertos y sin pronunciar palabra por la cegazón que les produjo la visión de la belleza venérea de semejante señora, que enseguida mostró pruebas ciertas de su calidad, también como escribidora, de su dignidad como persona, de su ingenio, cultura, de su sabiduría y buen gusto por los autores de la posguerra a los que la censura franquista restringió su libertad de expresión. Tanto era su limpieza, su brillo y su esplendor que les pareció una aparición a don GTB, a Imanol U, a Pepe Ansúrez y al mismo conde duque, como que asistían al nacimiento de Afrodita toda, toda desnudita recién salida de los pinceles de William Adolphe Bouguereau: se trataba de la señorita Rosario López, la bella Charito. La bella Charito, no bien descubrió la presencia de don GTB se dirigió a él, obviando la presencia de los otros, y con tono certero y espléndida voz de gran actriz, pavoneándose de su belleza, que era tanta que dejó a todos hipnotizados les dijo:

_DSC5436

       —Vaya, dichosos los ojos que lo ven don GTB. Hacía tiempo que quería yo cambiar con usted unas palabritas. De agradecimiento y a la vez de queja porque ambas cosas me han causado sus creaciones, que hubo una época en que Clara Aldán se apoderó de mí con tanta saña y con tanto aprieto que abandoné mi verdadero ser, que eso es lo que tiene entregarse a la pasión interpretativa de mujeres con carácter bravío, demasiado bravías, que incluso dudaba en la realidad de si yo era Clara Aldán o la bella Charito López, o las dos a la vez, porque cuando te metes en el personaje durante mucho tiempo al final adoptas sus rasgos identificativos, su psique, su personalidad, sus defectos incluso y los que a tu lado están te identifican falsamente con el intérprete y se extrañan o se confunden y creen que te has metamorfoseado y que ya eres otra, que te has convertido cualquier noche al despertar en una cucaracha, y fíjese, don GTB, qué plan con tu pareja, que de buenas a primeras apareces en el tálamo nupcial rascándote las antenas y diciendo cricrí, cricrí, cricrí. ¡No hay amante que aguante eso!, que se acerque a una ni quiera compartir una ilusión, un proyecto de vida, unas vacaciones en las Alpujarras, o una fabada, etc.  Y también le digo, don GTB, que lo de usted no ha sido la primera vez, que ya me pasó igual con don Benito, sí ese fornicador que pasaba bajo el arco de Marte para verle las coulottes au desous a la Tour Eiffel, que cuando me transmuté en Mauricia la Dura todos pensaban que yo andaba por ahí mariposeando de flor en flor y de convento en convento derramando acíbar y malos modos, y claro, me ven tan agraciada que los mirones, los espectadores no diferencian la persona del personaje y se creen que son lo mismo, que a una le cuelgan costumbres y formas que no tiene y creen que tiene, y las que tiene no las admiran porque las enmascara el autor con tanto folletín y novelón y tanto teatrillo televisivo. Y no, no es así, que una tiene su corazoncito, su palmito y su virtud. Así que, don GTB, tenga presente lo que le digo para que, en otra ocasión, cuando escriba alguna saga fugaz se lo ponga fácil al lector, que al menos pueda enterarse de algo y no ande volviéndose loco intentado descifrar qué quiere decir con tanto castroforte y tanta lamprea y tanto Corpo Santo robado, que hasta el funcionario encargado de darle visa acabó en Leganés, el pobrecito, que le resultó imposible de entender su monumental obra y dijo que sí a todo por quitarse de en medio. Y no le interrumpo más, don GTB, que es sabido que es ese, el de la siesta, su placer mayor de sobremesa, aunque no sea en el Novelty —Y la bella Charito López inclinó la cabeza ante el césar de las letras, dobló su cuerpazo lozano con una profunda genuflexión, dibujó en el aire un jeribeque y se marchó a los Pazos de Ulloa con doña Emilia, que empezaba a resentirse de la ausencia de don Benito. ¡Ay, cien años ya que se fue!

_DSC5237

       Quedaron muy impresionados, como en off side, tanto don GTB como Imanol U como Pepe Ansúrez y el conde duque por aquella súbita aparición y desaparición de la bella Charito López. Tanto que un espeso silencio se apoderó de la concurrencia y durante unos minutos nadie se atrevió a soltar palabra. Ni siquiera Nicolasito Pertusato, que era de natural chistoso y a todos hacía reír con sus bromas y chascarrillos. Como a don GTB le diera por reflexionar sobre las sabrosas razones que le refiriese la bella Charito todos los presentes guardaban silencio para no interrumpir sus pensamientos.  Y así pasaron unos minutos en duermevela intelectual cuando, de repente, en un ángulo oscuro de la cueva de Montesinos apareció Janjomillas, que se bajó de un taxi porque venía del psicoanalista y tenía que ir a un taller de escritura creativa que impartía por Torrelodones. Venía con un montón de cuartillas en las manos y no paraba de escribir notas con un lapicero Fabercastell de grafito blando, B2.

      —Me compensa porque todo son señoras y se liga mucho leyéndolas cualquier cosa que se me ocurre. ¡Me admiran! Es un no parar, un frenesí, un movimiento de caderas, un vaivén… vamos, fornico casi tanto como usted, don GTB. Y encima me leen, ya sabe que lo de escribir está jodido, que una novela te lleva un año, que alguien te publique no digamos, que te compren el libro ya es cosa de milagros, que el mercado editorial está saturado y es cuestión de modas, que en España se edita más que se lee, que ahora, con eso de las tablets y los móviles no lee ni dios libros, que es tan difícil que alguien te lea como que te toque la lotería si no eres el presidente de la Diputación de Castellón. Y así, con esto del taller de escritura… ¡Es que me leen un montón de señoras! Yo al principio siempre les digo eso de que hay que escribir para que nadie te entienda, que mola, que si lo pones fácil, en plan costumbrista, en plan de cosas que le pasa a la gente no te lee nadie porque piensan de ti que eres un flojo, un aburrido, nada de planteamiento, nudo y desenlace, ¡todo a lo loco!, que cuanto más complicado sea el lenguaje mejor, con un léxico culto y en desuso, una sintaxis imposible, nada de novela social ni problemática urbana, que si lo tienen que leer tres o cuatro veces para enterarse seguro que les resulta cojonudo, que entonces el escritor es muy bueno, que así vas al Planeta. Y mucho sexo, mucho sexo. Y les digo que escriban cómo escribía yo al principio, que ni yo me entendía, así que ellas están encantadas con mis consejos porque escriben de puta pena, me sueltan cada cosa que yo me parto de risa en mi casa, no hay dios que lo entienda, parecen de educación primaria, mi mamá me mima, cosas así, yo mimo a mi mamá, me lo dijo mi editor, que podíamos sacarnos de encima aquellas ediciones viejunas pasadas de moda que están ocupando un sitio en el almacén de las que yo reniego, estamos encantados, vendo un montón y encima doy conferencias por ahí, me llaman de universidades, de los centros culturales de los pueblos, salgo en los periódicos, en las radios. Fíjese en lo que he escrito esta mañana —y se puso a recitar con buen tono y brillante voz—: ¡Viva la media naranja, viva la naranja entera, vivan los guardiasciviles que van por la carretera! Qué le parece, don GTB. Aparentemente parece una canción infantil sin interés ninguno, algo del pasado rural, como un viaje a las Hurdes de la literatura. Sin embargo, a poco que profundicemos en su idiosincrasia textual aparecen expresiones idiomáticas reveladoras de un alma popular profunda que enraíza con el inconsciente racial que nos ha precedido y el deseo liberador de disfrutar de la sexualidad como una pulsión íntima sublime y expresada por la contraposición de la naranja entera, la libertad de cada uno, en oposición al mosquetón policiaco, que representa la represión que el Estado ejerce contra la libertad sexual de cada individuo. No me negará usted que esas coplillas rescatadas del acervo popular, de apariencia ramplona y simple no contienen una gracia y un donaire que engranan directamente incluso con la tradición de las novelas de caballería, por lo de la Santa Hermandad, lo de los guardiaciviles, digo, y con las esencias rurales de la huerta valenciana, por lo de las naranjas, a la manera de don Blasco Ibáñez. Es más, yo creo que la sabiduría popular, y en eso tiene mucha culpa la transmisión oral, se ha inspirado para escribir estas coplillas en las pinturas luminosas de Mariano Fortuny, cuando deslumbrado por aquellas atmósferas mediterráneas rebozaba los lienzos, no muy grandes, eso sí, ¿o se dice eso no?, de motivos populares: que si una boda en la vicaría, que si un desnudo al sol en Porto Pi, que si una batalla en Tetuán, que si un jardín de limoneros. ¿O era Sorolla? Ay, que los confundo.

_DSC7611_friso_web     —Todo son patrañas, todo son patrañas —respondió la infanta Margarita Teresa, la infanta de España alarmada porque don GTB, pensando en las razones de la bella Charito López y espantado de las palabras de Janjomillas se atragantó con una lamprea y tuvo que auxiliarle Imanol U, que como se ve era un pelota, para que se le pasara el susto. Ya una vez serenado y digerido el trago con un trago de Toro volvió a iluminarse la cara de don GTB con el placer de haber recibido la gracia divina en forma de una nueva empanada. Aquello de la infanta Margarita fue una sagaz fuga hacia adelante, un síseñor, un potosí, un me caso en Soria por más que su alteza, casi una niña, se desenvolviera con aparente desparpajo entre aquel mundo de adultos.

        —Yo, aunque niña, soy infanta de España y seré emperatriz de Austria. Sí, lo llevo en las entrañas desde que pariome doña Mariana la fea y con saña y arte sin igual lo pintara don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez apoyado en una hamaca. ¡Y lo demás son patrañas! Y por encima de una triste empanada de peces malolientes se alza el castillo gastronómico de la lasaña napolitana, que es cosa que a todos gusta y que en el alcázar nos prepara el aposentador mayor del reino don José Nieto Velázquez. Yo, como infanta, apenas si la tomo porque mis obligaciones cortesanas me retienen en otros esfuerzos propios de mi tierna edad. Pero sé que lo que digo es orden para mis sirvientes, que con diligencia se apresuran a complacerme. Así que: ¡Lasaña para todos!

      Y una corte de vasallos se dispuso a complacer a la infanta Margarita Teresa y en un compás de tres por tres, casi un vals como correspondía a una corte semi vienesa, llenaron aquella estancia de mesas y sillones castellanos y manteles de Holanda y esmaltadas vajillas de Sevres —regalo del tío y a la vez cuñado francés de la infanta, don Louis XIV, aunque no se trataban, incluso se llevaban mal— y vidriosas cristalerías de La Granja de San Ildefonso —en realidad eran de Bohemia, traídas desde allí por doña Mariana en su viaje nupcial cuando desposose con el Rey Pasmado porque La Granja, lo que se dice la Granja esa a la vera del Peñalara, esa de los cristales de culo de botella aún no existía— y fue todo lasaña y lasaña y lasaña. Quedaron don GTB, Imanol U, Pepe Ansúrez, el conde duque, Janjomillas, la sota de bastos, el estudiante de la Sorbonne, el recitador de sonetos, el alejandrino, Mariano Fortuny y Blasco Ibáñez, los guardiasciviles y el mismo Bríos en silencio ante semejante manjar. Y al sonido virtuoso de unas chirimías que por una clarecía entraba todos se dispusieron a saborear la lasaña con la educación y el decoro propio de una corte española._DSC5248_web         «Sin duda que la lasaña es superior a la lamprea» —decía don GTB agradecido. «No sé, no sé, donde estén unas pochas de Tudela que se quite la lasaña» —afirmaba a voces Imanol U. «Yo, con una tortillita francesa que me prepara mi Elisa tengo bastante» —dijo Pepe Ansúrez. «Una pica en Flandes es suficiente alimento para el cuerpo y para el espíritu» —se dijo a sí mismo el conde duque. «Yo, es que, siendo madrileño, aunque nacido en la tierra de las flores de la luz y del amor prefiero las migas con chorizo como las preparaba mi abuela» —se apresuró a decir Janjomillas con gran tino. «Los caracoles con guindillas, cebollitas afrancesadas y matauva, eso sí es delicioso» —se conjuró a berrear imprudentemente la sota de bastos. Y así uno por uno desplegaron su arte elogioso encomiando la lasaña. Tanto fue el alboroto que la infanta se vio obligada a intervenir. Y a pesar de su corta edad lo hacía con inteligencia y certeza, pronunciando palabras y razones como no son capaces de hacerlo las personas de mayor edad, tales fueron esas que sorprendieron a los presentes. Cosa de la educación recibida de sus preceptores palaciegos, sin duda.

       —Sosiéguense, caballeros, que para todos habrá complacencia, que son muchos los divertimentos que les tienen preparados en la corte. Si bien es verdad que dado el cambio que se lleva observando en el estiramiento de los tallos de los heliotropos y demás flores de primavera, que se adelantan a su ser debido a las altas temperaturas, el  cambio climático es innegable, señores, por más que se empeñen los negacionistas en negarlo, vamos, yo estoy dispuesta a trasladarme a Viena, cuando lo estime mi papá Felipe y mi prometido, Leopoldo, en coche de caballos en lugar de volar en avión debido a que así evito el vertido de CO2 a la atmósfera, es muy posible que nos veamos obligados a reducir las horas de sueño y no haya, en las cuentas generales de la nación, partidas disponibles para recompensar a los críticos ni a los jacobinos ni a los albigenses ni a los cretinos que tan buena labor hacen en el reino de las letras ensalzando a esos bizarros escritores porque esos fondos reservados deberán dedicarse a arreglar los desperfectos ocasionados por las tormentas y los temporales en los puertos de Laredo, en la playa de la Barceloneta y en las gambas de Denia…

        Y así hubiera seguido perorando y perorando si Nicolasito Pertusato, que nunca se separaba de su alteza real, en un aparte y con la discreción debida le dijo graciosamente: «Las princesas primorosas se parecen mucho a ti: cortan lirios, cortan rosas, cortan astros, son así. Una tarde, la princesa vio una estrella aparecer; la princesa era traviesa y la quiso ir a coger…

       —Corta el rollo, repollo que ya no soy una niña, qué te crees Nicolás, ¡que pareces tonto!, que yo, lo que quiero es saber de la vida y tengo que promocionarme entre los hombres de letras principales y las princesas de las cortes europeas, que escondo bajo estos ternos tan artificiosos y cúbicos que pintara Juan Bautista Martínez del Mazo notables anatomías morfológicas que están sufriendo transformaciones con el paso de los años y quiero disfrutar de ellas como cualquier joven de mi edad. Así que olvídate de formalidades y atiende a mis quereres.

       —Qué quiere que le traiga la princesa que voy a Madrid —le preguntó Nicolasito, temeroso, a la infanta Margarita Teresa.

       —No quiero que me traigas, que me lleves sí, que me lleves sí, que me lleves sí —le respondió con desenfado la infanta a Nicolasito Pertusato.

       —Pero doña Margarita, eso sería una huida morganática.

       —Anda, déjate de zarandajas y enséñame el amor en cualquier vuelta del camino, que desde mi ventana del alcázar veo como tú y María la Bárbola os arremetéis por las ancas a escondidas en los jardines de la Casa de Campo con brío y vigor de mancebos refregados y expertos en las artes amatorias como si fuera ella una mastina y tú un galopador tenaz, aunque para eso que te demando debas elevarme las faldas, las enaguas y arrebatarme de soslayo la sobrepelliz. Dame caña que yo te lo demando, Nicolás, dame caña y no lasaña que he de conocer varón antes de que Leopoldo el feo, el hermano de mi mamá para más inri, me despose, para demostrarle que alguna arte amatoria propia de nuestro primitivo tierruco ibérico y alguna malicia he de tener, que no crea que me he caído de un guindo, porque si no, me repudiará por sosa y virginal —le dijo doña Margarita Teresa (que a poco murió en Viena, a los veintiún añitos y en su cuarto parto, qué pena) toda jacarandosa sin tapujos.

       Nicolasito, que de tonto no tenía un pelo a pesar de lo feo que era, se lo pensó dos veces no fuera a cometer estupro y se condenara a la hoguera, pero no le cabía otra salida sino obedecer los deseos de su alteza. La princesa era traviesa. Pues se fue la niña bella, bajo el cielo y sobre el mar, a cortar la blanca estrella que le hacía suspirar. ¡Qué locura! ¡Qué capricho!… El Señor se va a enojar.

20170129_130825_web