Gabriel de Araceli (Texto). Terry Mangino (Fotos)

       LA SALA DE ESPERA DE LA COMISARÍA de la calle Leganitos está llena de carteles que advierten al denunciante que la espera puede ser larga. «Y tan larga, llevo aquí más de dos horas y solo ha pasado una persona —doña Dolores, pero puede llamarme Lolita a secas, le dice al agente que le pregunta su nombre, un policía muy joven y muy guapo, tanto que doña Lolita se olvida de a qué ha ido a la comisaría de Leganitos. Tenga, su turno, el 97. Después, doña Lolita mira el reloj, ¡las diez de la noche! y se aflige—. ¡Y hay por delante once números! Casi me dan ganas de irme a casa. Total, no voy a recuperar ni las tarjetas ni los 200€ que llevaba en el monedero regalo de mi hija. ¡Maldito ladrón el que me lo robó, el trastorno que me ha hecho el hijoputa, ojalá se muera de un sidazo, o de un cáncer de testículos el muy cabrón!».

_DSC0026_web

       La sala de espera de la comisaría tiene unos bancos de aluvión sobrantes venidos de cualquier sitio. Los hay con respaldo de plástico, de madera, de dos colores, metálicos, de dos plazas, de tres plazas. Algunos, inutilizables, están tan pegados que nadie cabe entre ellos. Son bancos cansados de ayudar a descansar, acogen cuerpos cargados de enfado y resignación. Una señora impedida, doña Escarola Rubia, apoya su muleta sobre un asiento. Doña Escarola Rubia es cincuentona, pero está maquillada como una adolescente, labios rojo furor, sombra de ojos aquíteciego, se viste con vaqueros rotos y pegados a sus muslos y una camiseta juvenil por cuyo escote asoma generosamente un busto demasiado siliconado. Tanto que el arnés bajo el que se parapeta, burdos refuerzos metálicos imitación de Christian Lacroix, desató la alarma descaradamente al traspasar el arco de seguridad. Una agente, muy educada y muy guapa, se hizo cargo del asunto y ayudó a doña Escarola Rubia a sentarse en uno de los bancos cansados. Aquello le molestó a la pareja rusa, don Vladimir y doña Tatiana, setentones, que miraron con cara de comisarios de la Lubianka a doña Escarola. No quedaba un sitio libre, todos ocupados por víctimas de delitos callejeros. La gente no es muy limpia en las comisarías, en el suelo hay una botella de plástico y algún envoltorio de golosinas. Una ventana da a un patio por el que se vislumbran despachos, zaquizamíes que recuerdan antiguas salas de interrogatorios.SAM_1126_web        Las gentes se aguantan sus cabreos repanchingadas, las que caben, en los bancos de aluvión y miran sus móviles enviando whatsapps a sus allegados: «Fíjate, me han robado la cartera en Sol —escribe doña Lolita a su hija—. Seguro que ha sido una gitana de esas que te ofrecen la ramita de romero que se me ha acercado, vete tú a saber, pero a mí, las gitanas, como van tantas, me dan repelús. Las metía a todas en Carabanchel». Mamá que Carabanchel ya no existe, suena al otro lado del smartphone. La gente cotorrea de cualquier cosa en la sala de espera de la comisaría de Leganitos. Las señoras Periquitas no paran de hablar. Doña Periquita Alfa lleva en una bolsa de El Corte Inglés una lámpara negra de hierro de cinco brazos. Ocupa tanto sitio que impide el paso. «El entierro de mi padre me costó una pasta porque el seguro de muertos no cubría su capricho. ¡Que quería ir a hombros! Fíjate tú que locura, que le llevaran a hombros en su entierro. A ver de dónde iba yo a sacar quien lo llevase. Pero si los amigos que le quedaban eran tan viejos como él. Y, además, mi padre era un señor muy gordo, pesaba como un muerto, nadie podía con él». Y doña Periquita Alfa da un respingo y se santigua. «Perdóname papá por mis malos pensamientos, es que complacerte fue una locura, tuve que darles una buena propina a los rumanos del barrio, ¡esos sí que están gordos, no comen más que porquerías!, para que te llevaran a hombros. —Lo que hacemos por los padres, ¡hay que ver! Dónde está ahora, ¿en la Almudena? —le pregunta doña Periquita Beta, cargada con bolsas del Primark—. Qué va, ¡en un columbario! En un columbario cagado de palomas y en el pueblo. El seguro no se hacía cargo de la sepultura».

_DSC0180_web

Veraneando en la Puertalsol

        Un policía de la secreta entra en la sala de espera de las denuncias de Leganitos y pregunta si alguien ha denunciado el robo de un smartphone Apple. Es un policía con tatuajes y coleta, sin afeitar, lleva bermudas, sandalias y una camiseta futbolera. Don Vladimir y doña Tatiana le miran con dudas. Es un policía o un ratero, se preguntan. «En mis tiempos le hubiéramos mandado a un gulag», piensa don Vladimir. Sólo le identifica el walkietalkie parlanchín que lleva en la mano. No, a nadie de los presentes le han robado un smartphone Apple. Una pareja feliz interrumpe sus carantoñas para mirar al policía heavy, ¡pero se quieren tanto, están tan enamorados!, que a él se le olvida que están en Leganitos porque ha perdido su smartphone. No, no era un Apple, era un Samsung. Y toda su documentación, las tarjetas de crédito, la de la sauna, la del gimnasio en la calle Pelayo… Nos besábamos en el vagón y se me caería, no sé. ¡Ay, el amor!, que revoltosiño es. Sí, te quiero mucho, como la trucha al trucho le susurra en la oreja ella. ¡Qué más da perder el móvil! Total, lo paga el seguro.
Doña Lolita mira su smartphone. Ha conseguido saber que el ladrón que le robó su monedero «por la mañana, fue por la mañana, cuando entré en el metro, claro, nos tratan como a ganado, el metro hasta arriba, apretados como sardinas, oliendo los sobacos de la gente, que es muy guarra y nunca se lava, sobre todo los panchitos, que dan asco, es que en su país no tienen jabón o qué, cualquiera me ha metido la mano en el bolso, con los apretones, y se ha llevado el monedero». A doña Lolita le han hecho tres cargos en su cuenta bancaria, poca cosa. El primero a las 8:35 «cuando yo entraba en el curro el ladrón ya estaba gastándose mi dinero, ojalá se muera de tuberculosis», de 7,62€ en un Mcdonalds por Atocha. Un menú Happymeal, con guarnición de Happy Cherritos, agua mineral y de postre mini Happy McFlurry KitKat. «Poca cosa, poco exigente, seguro que debe ser un panchito, porque comerse una hamburguesa a esas horas… Y encima de las baratas, todo muy Happy. Tenía hambre el muchacho» piensa doña Lolita en su banco de plástico soportando la mirada de doña Escarola. «¡Vaya luk que lleva la poligonera, esa rubia de la muleta! —piensa y la mira con desprecio— Hay que tener ganas para echarle un polvo a esa blondy de frasco».

SAM_1069_web

La policía identifica a un activista republicano en Sol durante una protesta, en junio de 2014, contra la Monarquía, cuando la abdicación del rey Juan Carlos,

            «Que fue en el autobús. Que había sacado 400€ del cajero de Bankia, sí, el que está enfrente de la parada del autobús. Sí, ese, que me pilla más cerca de casa y como venía el autobús me los metí en el bolsillo de la chaqueta y eché a correr, que sí, que llevaba chaqueta porque por las mañanas ya hace fresquito y como tenía que venir a Madrid, pues me puse la chaqueta. Y ahí con la carrera que me tuve que dar para coger el autobús, que casi me da un infarto, pues que se me han caído los billetes de 50€ en el suelo y cuando he echado mano al bolsillo resulta que no había dinero, que me he quedado sin nada. Que vengo de Santorcaz, sí, Santorcaz, al lado de Alcalá de Henares, que mi madre ya es muy mayor y apenas si cobra pensión, es que vivíamos en Venezuela y nos vinimos hace siete años, sí, le dan al cambio doce euros al mes, sí, al mes, doce euros, pero hace ya dos años que no recibe nada y la pobre no se puede casi ni mover. Por eso cogí el autobús, para reclamar en el consulado bolivariano, y cuando eché mano al bolsillo pues me enteré de que no había nada. No, robármelos no porque el autobús estaba casi vacío, fue porque me tropecé al coger el autobús de Santorcaz y di un traspiés, sí, cerca de Alcalá de Henares».
Nicolás, ex-bolivariano de aspecto rural, viste una chaqueta de camuflaje, le cuenta al policía, otro más guapo y más joven aún que el primero, «que ha perdido el dinero en el autobús, que venía de Santorcaz, que lo cojo poco porque cuesta caro y no tengo tarjeta de transportes porque casi no la uso, es que tengo que ahorrar porque la vida está muy cara y con la pensión que viene de Venezuela, bueno, ya ni viene, total, doce euros, pues tenemos que tirar de ahorros, sí, vendimos unas tierras en Zamora, de donde eran mis abuelos, sí, de mis padres antes de que se marcharan a Caracas y venía a Madrid para arreglarle a mi madre, que es muy mayor, la tarjeta sanitaria y ahora he perdido cuatrocientos euros, con eso comemos los dos un mes…». No se preocupe, señor, enseguida le llaman para que ponga su denuncia —le suelta el policía— aguarde sentado. El siguiente por favor. Y se levanta la pareja de rusos que apenas hablan español. Le siguen al agente mientras Nicolás, el ex-bolivariano y ahora de Santorcaz, le cuenta a voces por el móvil su desgracia a un tercero: «Sí, que esta mañana cuando cogía el autobús en Santorcaz, sí, un pueblo cerca de Alcalá de Henares, se me ha perdido el dinero que acababa de sacar del cajero, sí, mucho, cuatrocientos euros…».

_dsc0018_web

El 15M en la Puerta del Sol

        «Son las doce de la noche y aún hay tres personas delante de mí —piensa Doña Lolita mientras revisa los cargos que le han hecho a su tarjeta de Bankia—. Este de 12,3€ en el restaurante Jaleo, aquí mismo, en Sol, a las 13:25. El panchito tenía hambre, tampoco se ha gastado mucho. Hasta para gastar lo robado son miserables estos ladrones, que se pudran en el infierno todos los sudacas por tacaños». Un matrimonio anciano entra jadeando. El policía que los acompaña pide, por favor, que alguien les ceda el asiento. Están todos ocupados de denunciantes. Unos jóvenes con los vaqueros rotos, dos chicas enseñando el sujetador y un chico enseñando los calzoncillos, ni se inmutan, pendientes de sus móviles. Una mujer de aspecto marroquí ordena a sus hijos pequeños que se levanten. Tiene tres, el chiquitín en brazos. Les habla indistintamente en árabe y en español. Lleva un reloj muy aparatoso de oro del que cagó el moro. «Gracias, guapos —les dice el anciano acariciándole la cabeza al chiquitín—. ¡Ay, qué duro es llegar a viejos! ¡Y ellos tan a gusto en el Parlamento!, en sus poltronas, sin dar golpe —se lamenta—. Es que me han robado una bolsa con la comida. Sí, como esta, de la Charcutería Dani, la de Vallecas. Que qué llevaba, poca cosa porque mi pensión no da para más. Un poco de jamón y chorizo para la merienda. Sí, la Charcutería Dani es buena, un poco carilla para el barrio, pero la calidad hay que pagarla. Sí, me han dado un tirón y se la han llevado. Pensarían que llevábamos algo de valor. A ver cómo. Sí, unos chavales, un tirón. Y menos mal que no nos han tirado al suelo, porque a estas edades una caída puede ser mortal. Sí, ya sé que no me van a devolver el jamón, pero hay que denunciarlo, para que esos de la poltrona del Parlamento muevan el culo y nos protejan a los ciudadanos de tanta delincuencia, que ya está bien, señora, que ya está bien, que llevan cinco meses sin dar un palo al agua. Todos unos ladrones, unos chorizos como los que me han robado el jamón. Ahí tiene usted al Rato, que nos robó a todos los accionistas de Cajamadrid. Y, el golfo, ahora dice que es inocente, que le absuelvan. ¡Menudo sinvergüenza! Y otra vez elecciones, para qué, si después se van a poner de acuerdo entre ellos para repartirse el dinero de todos. Eso es lo único que les interesa, el poder, el dinero. Los ciudadanos, nada. Y en Cataluña, pues ya ve usted, los mozos de escuadra ni se menean. Cuando hay que dar la cara tienen que ir estos chicos tan guapos, la policía española, la de verdad, a jugarse el tipo» le suelta el anciano a doña Lolita, que se arrepiente por un momento de darle conversación al caballero y mira su móvil para refugiarse del torrente de lamentos.
¡No, no, a usted no le toca! —dice muy enérgica doña Escarola Blondy y le apunta trazando un jeribeque amenazante con la muleta a un caballero que pretende colarse—. Es un señor pasota de unos 60 años, dice que lleva mucho rato esperando fuera, pero el policía controlador le advierte que debería haber cogido número. Aquí se dan números, caballero, cójalo ahí, junto al arco y espere su turno—le advierte. El señor se calla, tal vez sea por la muleta, tal vez sea por el policía. Doña Blondy se alegra de su ímpetu, se levanta torpemente, se apoya en el bastón y aprovecha la proximidad del policía para soltarle un rollo:
Mire, señor agente, creo que ya me toca, es que he venido a denunciar que yo tengo un novio que se llama Manolo, cuánto tardan aquí, llevo ya casi tres horas de espera, bueno, en realidad Manolo ya no es mi novio, ya es cosa del pasado, bueno, pues ese novio, que ya no es mi novio, tiene las llaves de mi casa porque yo se las di para que no durmiera en la calle, no es que Manolo sea un indigente, no, solo que está en el paro, en la cama Manolo es fenomenal, bueno eso es lo que le salvaba de no quedarse en la calle, porque Manolo me hacía muy, cómo decirlo, sí, muy feliz, aunque no sé por qué le cuento a usted estas cosas, disculpe. El caso es que como yo trabajo, soy limpiadora, trabajo en un hotel por Barajas, muy buen hotel, elegante, un hotel de lujo, cuatro estrellas, y muy limpio, eso se lo puedo asegurar yo que soy la limpiadora, le voy a dejar la tarjeta del hotel por si alguna vez quiere conocerlo. Y pida el plato del día, que yo también estoy en la cocina, le puedo asegurar que la comida es excelente, los jueves sobre todo, cuando hacemos patatas revolconas con chicharrones se nos llena el restaurante, bueno, como le decía, el caso es que yo a ese mi novio, a Manolo, que ya no es mi novio, ya se lo he dicho, ¿no?, le dejé las llaves de mi casa porque yo estoy todo el día limpiando habitaciones en el hotel de Barajas, salgo de casa a las seis de la mañana y no llego hasta las doce, sí, es que vivo muy lejos, en el más allá, sí, en Móstoles, al otro lado de Madrid, el caso es que un día que llegué a casa muy tarde, sí, porque tuve que hacer horas extras, sí, aunque después no me las pagan, que me coja días, dicen, pero para qué me voy a coger días si ya no tengo novio, si ya no tengo con quién ir, antes con Manolo era diferente, pero ahora… qué por qué llevo la muleta, bueno, muy sencillo, un día en la cocina se me cayeron encima nueve botes de cinco kilos de pulpa de tomate pelado entero, que es el que empleamos para sazonar las patatas revolconas con chicharrones, fue un accidente laboral, pero en el hotel me dijeron que me daban un incentivo, un plus de laboriosidad si en lugar de decir que había sido un accidente en el hotel de lujo decía que fue en la calle, en el parque de mi casa, porque no me tienen asegurada, ¿sabe usted? Es una multinacional que tiene hoteles en los cinco continentes, los Hilton no sé qué, pero aquí en España no nos tienen asegurados a los trabajadores, no sé qué de la reforma laboral, el caso es que como me daban mil euros dije que bueno, que vale, que me callaba, que me quedaba coja porque tenía que pagar el implante del tercer molar inferior izquierdo de Manolo, mil quinientos euros con descuento, una pasta, sí, señor policía, en fin, pues es eso lo que vengo a denunciar, como le decía, lo de Manolo, señor policía, una noche llegué tarde a casa porque tuve que hacer horas extras, llegué cansadísima, no tenía ganas ni de hacerme la cena, que Manolo me haga algo, pensé, pero Manolo no estaba en casa, así que me acosté sin cenar preguntándome dónde estaría Manolo, porque Manolo sale poco, me quedé preocupada, dónde estará Manolo, me preguntaba, qué raro, si él nunca sale, si no me ha dicho nada, si no me ha enviado ningún whatsapp. Así que me metí entre las sábanas arrugadas. Manolo es un desastre, nunca hace la cama, siempre se lo digo: Manolo, estira las sábanas. Pero Manolo nunca me hace caso, así que como ya le conozco me metí en la cama sin cenar y me tapé porque estaba destemplada, ya sabe usted, la menopausia, que a algunas nos afecta más que a otras, en mi caso me quedo muy fría por las noches, por eso me tapé bien, como no estaba Manolo… Olía muy raro en la cama, pero pensé que era de Manolo, que él dice que se ducha, pero no es verdad, se ducha solo después de ver los partidos de la champions porque dice que ha sudado mucho, yo no sé cómo puede sudar viendo el furbo por la tele trincándose unas mahous, bebe una barbaridad, tres o cuatro litronas que se mete él solito cada partido de la champions, y son dos o tres por semana, con sus buenas pizzas de parmesano apestoso que le trae un ciclista casi gratis de esos que trabajan por un puñado de euros, pero bueno, los hombres son así, Manolo se ve todos los partidos de la champions, repite dos o tres veces, es que ahora hay furbo en la tele todos los días, el caso es, señor policía, que me metí en la cama porque estaba cansadísima, ya le he dicho que sin cenar, llevaba desde las doce sin comer nada porque en el hotel el turno de cocina come antes de servir a los clientes, eso sí, comemos muy bien, todo lo que ha sobrado del día anterior. Y cuando pensaba que me iba a quedar dormida en un pispás, como un recién nacido, como un bebé, yo no tengo hijos, no señor policía, no tengo, es que mi primer marido era impotente, bueno, no exactamente, porque entonces ya había viagra y mira que le dije veces que tomara viagra, pero él no me hacía caso, decía que le afectaba al corazón, que poco a poco se le pondría dura, que me quería mucho y yo me lo creía, figúrese usted, señor agente, en lo mejor de mi vida y sin que mi marido me catara, perdone usted, no sé por qué le cuento todo esto, porque la verdad es que mi marido no era impotente, qué va, ¡era marica!, ¡maricón perdido!, que es otra cosa, y se lo hacía con un amiguito en la trastienda de un bar cutre de Chueca, un antiguo amiguito del seminario, cuando me enteré, claro, le presenté una petición de divorcio ipso facto con demanda de pensión perpetua incluida, claro, aceptó sin rechistar, menudo escándalo el que se le venía encima, era consejero delegado en un banco del Opus, aquello hubiera sido muy gordo para él, gracias a eso puedo vivir ahora, todos los meses me pasa mil euros, si no, de qué iba yo a poder mantener a Manolo, bueno, perdone señor agente que le cuente intimidades, pero es que aquello fue muy gordo, se me retiró la regla, le decía que llegué del trabajo, que me acosté agotada sin cenar y que noté algo en la pierna, como si algo me pellizcara, algo áspero y húmedo que estaba entre las sábanas. Yo no soy nada miedosa, no iba a ser una rata porque en mi casa no hay ratas ni bichos, pero ya me entró cierto desasosiego, qué será eso que noto en la pantorrilla, y encendí la luz para ver qué era aquello, no fuera una sabandija o una musaraña, o una lagartija, o una malasandra, que ahora con eso de que hay que respetar a los animalitos y el cambio climático todo puede ser, puedes tener cualquier alimaña metida en la cama y no puedes hacer nada, que se enteran los ecologistas y te denuncian por maltrato animal, aunque tengas una hiena metida en la cama comiéndote los calcañares. Pues no, señor agente, no, nada de eso, ni hienas, ni sandramalas ni basandijas, ni sumarañas había en mi cama. ¿Sabe usted lo que me encontré cuando encendí la luz y abrí las sábanas? Sí, señor policía, comprenderá que esté molesta con Manolo, que en el fondo es un cielo y me hacía muy feliz, y seguro que usted quiere a su mujer y nunca jamás le haría una cosa así, por eso quiero denunciarlo, sí, señor policía, para mí fue una humillación terrible, nunca supuse que Manolo llegara a una cosa así, yo se lo perdono todo, incluso lo del furbo y los de las mahous, incluso que no te duchas tras la champions, Manolo, que eres un guarrete. Pero eso, Manolo, ¡ay!, así, en mi propia cama, donde tantos besos y alegrías nos hemos dado. Por qué, Manolo, por qué me encontré eso. Porque me encontré, y me da mucha vergüenza decirselo, señor agente, me encontré, me encontré… un támpax. Y usado.

       Yo, yo tengo el 97, mi turno —y doña Lolita deja el whatsapp y pega un bote siguiendo al policía que la acompaña a la mesa de denuncias—. Pues mire usted, señor agente, que esta mañana me han robado el monedero, un regalo de mi hija muy mono, con su cremallerita, con un dibujo de un osito, en el metro, sí. Va tan lleno, te manosean por todas partes que, al menor descuido, ¡zas!, te roban. 200€, las tarjetas y el carné de identidad, que es lo que más me fastidia, tener que renovarlo, hasta que me den cita puede pasar un mes. Sí, señora, en un Mcdonalds, por ahí han dejado su rastro, que las cámaras de seguridad lo registran todo. Sí, señora, sí, cuando se presentan denuncias conseguimos una orden judicial y revisamos las cámaras de seguridad para saber quién ha sido, para quedarnos con sus caras, para saber quiénes son los carteristas. Es un lelo, señor agente, ahora que lo dice usted, robar una cartera y gastarse solo 7,62€ en una hamburguesa es de bobos, un inocente. Será un sudaca infeliz. Y después cogió un taxi, fue dejando rastros por todas partes, que todo sale en el extracto de Bankia, incluso que había consumido unos refrescos, 2,37€, en una máquina automática de la Gran Vía. Total, ha sacado 26,7€, bueno, porque anulé la tarjeta enseguida, me lo paga el seguro, pero tengo que denunciarlo, por eso estoy aquí, tres horas de espera. Operan por la zona centro, raterillos de tres al cuarto. Viven al día, si pillan algo, mejor. Si no, pues a intentarlo de nuevo, pequeños delitos, hurtos de poca monta penados con sanciones leves. Seguramente haya vuelto a delinquir hoy mismo, después de robarle a usted. Son los problemas de una gran ciudad, la convivencia, la Puerta del Sol siempre llena de gente, perdone la demora, tenemos mucho trabajo, somos la comisaría con más denuncias de toda Europa. El centro de Madrid es de los rateros. Casi me da reparo denunciar, no sé, 26 euros, por lo menos ha comido caliente, aunque sea una hamburguesa, es que me he llevado un buen sofoco. Son dos delitos, señora, uno de hurto de cartera y otro de uso indebido y fraudulento de sus tarjetas de crédito. Su deber es denunciarlo, ha hecho bien, no se arrepienta.

DSCN3922_web        Las mesas de la sala de denuncias de la comisaría de Leganitos solo están separadas por una vidriera transparente. Doña Lolita escucha sin querer, todos los denunciantes se escuchan sin querer unos a otros. En la estación de Lago, en la Casa de Campo. Sí he perdido el móvil, un Samsung, y la documentación —la pareja feliz llega de la mano a la mesa de denuncias—. Sí, lo he perdido todo, pero te tengo a ti, cariño, le dice. Y ella le mira con ojos emocionados mientras el policía esfinge teclea con los índices: el denunciante declara la pérdida de un teléfono móvil, marca Samsung, valorado en 800€, así como la documentación en la estación del metro de Lago, en la Casa de Campo. Es que a mi padre le incineramos, figúrese, señor agente, quería que le llevarán a hombros sus amigos, eran todos tan viejos como él, fueron rumanos, que les tuve que dar una buena propina, 1000€ para que cargaran con la caja, 250 para cada uno, yo creo que era mucho, por eso se los reclamé, que me devolvieran una parte, 1000€ por llevar a un muerto, y me dijeron que ni hablar, que devolverme el dinero ni lo pensara, por eso estoy aquí, señor agente, porque me han estafado, porque llevar a un muerto no cuesta 1000€, un señor tan viejo, aunque era mi padre, ni que fuera un cantante de rock, no, que me devuelvan el dinero esos rumanos, señor agente, que después se lo gastan en cervezas y huelen muy mal, como a muerto. De Santorcaz, sí, un pueblo cerca de Alcalá de Henares, sí, al subir al autobús, 400€, se me cayeron del bolsillo, es que tuve que correr mucho porque tenía que reclamar al consulado de Venezuela la pensión de doce euros, doce euros, sí, que le pasan a mi madre, una señora muy mayor y los perdí. Manolo, que estoy en la comisaria, qué me dices, dónde estás, que me esperas en casa, bueno, Manolo, pero eso no te lo perdono, que te lleves a la cama a cualquiera… no Manolo, bueno, Manolo, me lo pienso. En una bolsa de plástico, como esta, Charcutería Dani, un poco de jamón para cenar, no, no es mucho, un tirón, pero pudimos caernos, sobre todo mi mujer, que ya tenemos 88 años, que si te tiran te rompes un brazo, o una pierna, y claro, que los señores diputados estén tocándose los cojones ahí, sentados en sus poltronas, que es lo que están haciendo, que nos están robando igual que los carteristas, unos por acción y otros omisión, pues que dimitan de sus responsabilidades, que nosotros somos ciudadanos y para eso les pagamos un sueldazo, para que trabajen para los ciudadanos. Pues no sé qué pensar. Me he llevado un sofoco, que sí, que me han robado 200€ y el carné de identidad, pero será un panchito de esos que no tienen dónde caerse muerto, aunque no le van a pillar, qué va los van a pillar. Manolo, sí, bueno, es que lo tuyo no tiene nombre, no, Manolo, sí, Manolo, si me prometes que todo será como antes, bueno, Manolo, vente a casa y salimos a cenar, no, patatas revolconas no, que en el hotel las hacemos con colorantes y conservantes sin control sanitario y los chicharrones tienen la peste porcina, y con una mahou tienes de sobra, ¿te parece?, y te duchas, sí, te duchas, aunque no haya furbo, sí Manolo, te quiero, sí.15_M

Anuncios