Ángel Aguado López

     SUS TRIPAS SE LAS COMIERON LOS TIBURONES. Al vasco Jesús Galíndez lo secuestraron los agentes de Trujillo en Nueva York y tras narcotizarle lo trasladaron a Santo Domingo. Dos meses estuvieron torturándolo sádicamente los esbirros del Benefactor, el Padre de la Patria Nueva, el Restaurador de la Independencia Financiera, Generalísimo, Primer Escritor, Dios y Trujillo. El general Arturo Espaillat, alias Navajita, el jefe del terrible SIM, el servicio de inteligencia militar dominicano, se tomó la orden del Benefactor como algo personal (“El Jefe daba las patadas, pero Arturo le escogía las botas más adecuadas para darlas” —Galíndez. MVM. Pág. 288—). Fue el encargado de darle chalina. Al vasco lo sometieron a todo tipo de vejaciones, lo interrogaron con una crueldad sin límites y le ahorcaron. Después, le abrieron en canal y lo arrojaron a la sima de Luperón, al norte de la isla de Santo Domingo, con las vísceras colgando para que el cadáver no flotara y fuera pasto fácil de los escualos. Todo eso sucedió entre el 12 de marzo y el 5 de junio de 1956.

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       Se cumplen treinta años de la aparición de la novela “GALÍNDEZ” (1989), de Manuel Vázquez Montalbán (MVM). Una obra que dio a conocer al público lector a un personaje olvidado incluso para una gran mayoría de peneuvistas. Un personaje menor, Jesús Galíndez Suárez, triturado por la voracidad de las guerras que le tocó vivir, un hombre apremiado por su compromiso con el vasquismo y deslumbrado por la figura altiva del lendakari José Antonio Aguirre, al que quería servir como fiel patriota. Su asesinato y desaparición a manos del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina provocó, a partir de 1957, el rechazo y la condena de la Administración de Estados Unidos a un régimen que, hasta ese momento, era un aliado incondicional del policía de Occidente en su lucha contra el comunismo. Gracias a la novela de Vázquez Montalbán, “Galíndez”, se desveló el mundo del espionaje que los exiliados republicanos, de uno u otro partido, realizaban para redimirse de sus faltas, agarrarse a sus sueños o, y esta era la condición principal: sobrevivir.

“No hay éxito comparable al del exilio. Y sólo los que permanecimos en el exilio interior o exterior hemos salvado la integridad”. (Galíndez. Pág. 262)

        Jesús Galíndez Suárez había nacido en Madrid, en 1915. Su madre murió unos días después del parto y a los cuatro años su padre, Jesús Galíndez Rivero, médico dentista, lo envió con sus abuelos al caserío de Larrabeobe, en Amurrio, Álava, donde se forjó su conciencia de vasco bueno, abrazando las ideas nacionalistas del PNV, emanadas de las doctrinas del iluminado carlista Sabino Arana. Regresa con catorce años a Madrid y su espíritu juvenil le lleva a participar tanto en tertulias literarias como en protestas contra la dictadura de Primo de Rivera. Se gradúa en Derecho por la Universidad Central (actual Universidad Complutense) el 20 de junio de 1936. Aún no había cumplido los 21 años.

       Veintiocho días después se produce el golpe de estado del ejército africano y estalla la Guerra Civil española. Su ardor guerrero le lleva a presentarse como voluntario para frenar, en la sierra del Guadarrama, en el Frente Norte de la capital, a las tropas rebeldes capitaneadas por Franco. Pero Manuel de Irujo, el líder del PNV, que se integra como ministro de Justicia en el gobierno de concentración formado por el socialista Largo Caballero, el 4 de septiembre de ese año, prefiere para él un destino más acorde con su valía y le designa delegado vasco, jurista, en la Junta de Defensa que, atropelladamente, se forma en Madrid el 6 de noviembre de 1936, tras el traslado (los historiadores hablan de huida) del gobierno de la República a Valencia. Durante la guerra defiende como abogado a los vascos que luchan en Madrid y en los diferentes frentes bélicos, es el Hogar Vasco, interesándose de que los suyos no sean objeto de presión por las autoridades republicanas. Obtiene el grado de teniente del ejército y en febrero de 1939, con la derrota inminente de la República, emprende el exilio a Francia y es internado en el campo de concentración de Vernet d’Ariège, desde donde, unos meses después, conseguirá exiliarse a la República Dominicana gracias a los contactos diplomáticos que había realizado durante la guerra y su condición de militante del PNV.

 

       En Santo Domingo permanece desde 1939 a 1946. Ahí estrecha relaciones con el resto del exilio español y consigue prestigio como intelectual, jurista y escritor, razones por las que el dictador Trujillo le designa como profesor de su hijo Ramfis. Esto le permite relacionarse con las altas esferas de la política trujillista y examinar las cavernas de un régimen basado en el terror, la represión y la muerte de sus súbditos. El lendakari José Antonio Aguirre le convierte en delegado del PNV en Santo Domingo y le sugiere que participe como agente del FBI, pasando al servicio secreto americano información sobre las actividades de los camaradas republicanos españoles, muchos antiguos comunistas y presuntos colaboradores de la URSS. Y por tanto enemigos de USA en la Guerra Fría que se acaba de declarar.

       Temeroso de sufrir alguna represalia por su actividad como espía y por sus cono-cimientos del terror que practica Trujillo consigue marcharse a Estados Unidos tras recalar previamente en Cuba. Llega con un baúl de documentos comprometedores para el sátrapa dominicano y tras obtener un puesto de profesor de Derecho en la Universidad de Columbia, recomendado por el lendakari Aguirre, presenta, en febrero de 1956, su tesis doctoral titulada: La era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana. Un pormenorizado análisis en el que denunciará las atrocidades que Trujillo comete sobre el pueblo dominicano y el carácter esquizoide del hijo del dictador y antiguo alumno suyo: Ramfis Trujillo. En paralelo a su empleo como profesor y escritor mantiene sus actividades de espía del FBI. Es el agente Rojas ND507.

       Galíndez informa al FBI sobre los exiliados españoles y las relaciones que estos llevan a cabo con los activistas centroamericanos de la Legión del Caribe, la organización o “ejército popular” con que la izquierda revolucionaria pretendía implantar democracias liberales en las dictaduras caribeñas y sudamericanas. La tesis doctoral provocó la cólera iracunda de Trujillo, que dio órdenes terminantes para acabar con la vida de Galíndez. Recibió in absentia su título de doctor poco tiempo después de su desaparición.

         El profesor vasco fue secuestrado el 12 de marzo de 1956, tras dar una conferencia en el salón 307, del edificio Hamilton, del Departamento de Español de la Universidad de Columbia, en Nueva York. El SIM contrató con engaños al piloto americano Gerald Lester Murphy. Con la excusa de que llevaban a un enfermo Galíndez fue trasladado, sedado, a Ciudad Trujillo, el nombre con la que el sanguinario Benefactor había rebautizado Santo Domingo. Todos los participantes en el secuestro, todos, fueron posteriormente ejecutados por Trujillo para evitar testimonios comprometedores. Sus cadáveres fueron arrojados, abiertos en canal, sin eviscerar, a los tiburones.

 

La política exterior de USA en el Caribe de los 40 a los 80

       Fue gracias a Stuart Mckeeve, un abogado norteamericano interesado en la suerte de su compatriota Gerard Lester Murphy, el piloto aviador contratado por Trujillo, que la opinión pública estadounidense conoció el caso Galíndez y la implicación de la CIA y del FBI en el mismo, denunciando al agente John Frank como el principal responsable americano del secuestro.
La red de corruptelas que Trujillo había tendido en Estados Unidos era tan opaca y enredaba a tantos políticos que el pánico se disparó en la Administración USA. Trujillo había proporcionado ayuda económica al senador Joseph McCarthy y patrocinado la campaña electoral de Richard Nixon, vicepresidente con Eisenhower en las presidencias de 1953 y 1957, e incluso el hijo de Roosevelt, Franklin Delano Roosevelt junior, estaba en la nómina del dictador. La opinión pública americana se escandalizó tanto que algunos congresistas pusieron el grito en el cielo por el uso que Trujillo daba a los fondos que recibía de USA para el desarrollo: matar a ciudadanos americanos. La prensa aireó tanto el asunto Galíndez que el gobierno estadounidense se vio obligado a reaccionar para calmar a una opinión que le acusaba de complicidad: ¡la CIA mezclada en un affaire tan feo!, cómo podía ser, el FBI…

        La excusa para castigar al sátrapa fue el intento fallido de magnicidio del presidente venezolano Rómulo Betancourt (1960), planeado por el sicario de Trujillo Johnny Abbes García [véase Johnny Abbes García, el ensayo-reportaje del poeta dominicano Tony Raful, Editora Buho. República Dominicana. 2019] el jefe implacable del SIM a partir de 1957. Aquello fue el desencadenante de las sanciones contra Trujillo a través de la Organización de Estados Americanos, la OEA, durante el final del mandato de Eisenhower y el comienzo del de Kennedy, septiembre de 1960 a 30 de mayo de 1961, fecha del asesinato de Trujillo.

       Así que la República Dominicana, sobre todo sus clases sociales más depauperadas sufrieron el bloqueo económico que los países vecinos, encabezados por USA, ejercieron contra el opresor Rafael Leónidas a raíz del atentado fallido contra Betancourt. Fue algo parecido a lo que comentaba, ¡gozoso!, el falangista Agustín de Foxá, cuando España sufrió el bloqueo y el rechazo de las democracias victoriosas tras el final de la 2ª Guerra Mundial: «Le pegaron a Franco una patada en el culo de los españoles».

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Trujillo saluda y Franco se ríe durante la visita que el dictador caribeño realizó al dictador español, en 1954. El atuendo napoleónico de Trujillo y sus poses causaron risa entre los prebostes del franquismo.

       En este caso fueron los dominicanos los pateados en el culo en lugar de Trujillo, sancionados a través de la OEA. El hambre lo pasaron ellos mientras que Trujillo proveía de fondos millonarios a los políticos opuestos a Kennedy con el objeto de que desapareciera y Ramfis, el hijo esquizoide, jugaba al polo en París (Ramfis moriría en Madrid, refugiado por su Excelencia, estrellando el Ferrari 330 GT que conducía contra el Jaguard de una duquesa, en 1969).
Pero había otro problema más para Washington: un barbudo llamado Fidel Castro.

      La política expansionista que los yanquis habían comenzado en el siglo XIX siguiendo los principios de la Doctrina Monroe: «América para los americanos», debía adecuarse a los momentos agitados que vivía el continente en las décadas de los 40-50-60 del siglo XX. El enemigo era el comunismo, en especial los barbudos de Sierra Maestra. Para frenarlo, nada mejor que fundar primeramente la Escuela de las Américas y darle una aplicación práctica, una salida posterior para todos los clientes de la Escuela con la Operación Cóndor.

«Todo poder tiende a ensimismarse y a autolegitimarse desde ese ensimismamiento, aunque sea el poder democrático». (Galíndez. Pag. 242)

       En 1946 se funda en el Canal de Panamá la Escuela de las Américas, una academia militar que tiene como objetivo, básicamente, formar a los militares sudamericanos en los métodos de represión, tortura y aniquilación de todo aquello que oliera a subversivo o izquierdista. Para ello, se contrató incluso a un experto, al nazi Klaus Barbie. Aquella doblez que los green go! practicaban ajusticiando a algunos nazis en Nuremberg, mientras que reclutaban, amparándose en su lucha contra el estalinismo, a los científicos sobresalientes alemanes para desarrollar, entre otros proyectos humanitarios, el cohete Saturno V.

«La democracia necesita un poder dispuesto a construir y practicar la doble moral, de lo contrario perece por culpa de su propia inocencia e indefensión». (Galíndez. Pág. 58)

     Fue Clinton el que cerró “oficialmente” la Escuela en 2000, aunque ahora funciona bajo el eufemismo de Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad y tiene su sede en Fort Benning, en el estado de Georgia.

      Muchos de los gobernantes de las repúblicas caribeñas y sudamericanas de ese período fueron alumnos de la Escuela de las Américas, la fábrica yanqui de propagación del recetario capitalista y cuna de dictadores sanguinarios: Efraín Ríos Mont (Guatemala), Noriega (Panamá. «Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta», comentaban en la “Compañía”, la CIA de Allen Welsh Dulles, un poder dentro del poder), Hugo Banzer (Bolivia), Roberto D’Aubuisson (El Salvador), Velasco Alvarado (Perú), Vladimir Montesinos (Perú), Galtieri (Argentina)… Y otros que no estuvieron pero que siguiendo sus consignas se aplicaron con celo en la barbarie y represión de sus pueblos: Stroessner, Somoza, Barrientos, Pinochet, Videla…

      «En la dirección del Estado crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas como innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño, la mentira, el alcoholismo, la drogadicción y el miedo irracional entre semejantes». (“The Craft of Intelligence”. Allen Welsh Dulles, director de la CIA en ese momento)

       La Operación Cóndor, o Plan Cóndor, fue una estrategia desarrollada en los países del cono sur de América (Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, etc.) en las décadas de los 80-90 del siglo pasado, con objeto de desarrollar políticas neoliberales afines a Washington, desestructurar en esos países el Estado como garante de las libertades públicas, además de promover acciones represivas contra todo conato de sindicalismo, socialismo o progresismo que pudiera ir en contra del imperialismo americano.
El principal adalid de este Plan e impulsor fue el intrigante Henry Kissinger, secretario de Estado durante las administraciones Nixon y Ford, 1973-1976. Kissinger fue uno de los mayores practicantes del terrorismo de Estado, premiado por Occidente con el Premio Nobel de la Paz en 1975.
Fruto del Plan Cóndor fueron las dictaduras brasileñas, o la chilena de Pinochet, o la argentina de Videla.

 

La Alianza para el Progreso

     Kennedy se propone “endulzar” la política exterior de USA tras el fracaso de la invasión de Cuba en Bahía de Cochinos (15-19 de abril de 1961), y promueve una conferencia en Uruguay, en agosto de ese año (Trujillo había sido asesinado dos meses antes) para limar asperezas y lavar la cara del gigante americano. A esa conferencia, la Alianza para el Progreso, asiste Ernesto “Che” Guevara. Aunque JFK sólo consiguió que, desde el reaccionario establishment demócrata, encabezado por Lyndon Baines Johnson, se empezara a planear su sustitución, o mejor aún, su eliminación [sobre las implicaciones de la CIA y Lyndon B Johnson en el asesinato de Kennedy véase: JFK El último testigo. William Reymond & Billie Sol Estes. La Esfera de los Libros. 2004].

«La política es así, abrirse camino entre cadáveres» se dice en “La Fiesta del Chivo”, la monumental obra de Mario Vargas Llosa sobre la monstruosidad del genocida dominicano.

       Kennedy fue asesinado el 22 de noviembre de 1963. El “Che” fue abatido en la selva boliviana en 1967. Fidel Castro permaneció en el poder hasta su muerte, acaecida en 2016, en su camita de La Habana.

«Los hombres de hoy nacen criminales; debo reivindicar mi parte en sus crímenes si quiero mi porción de su amor y de sus virtudes. Quise el amor puro; necedad; amarse es odiar al mismo enemigo; me desposaré, pues, con vuestro odio. Quise el Bien; tontería; sobre esta tierra y en estos tiempos, el Bien y el Mal son inseparables; acepto ser malvado para llegar a ser bueno». (El diablo y el buen Dios. Jean Paul Sartre)

 

Galíndez, la novela

       «Galíndez era personalmente un bandido y políticamente un comunista» dice el 30 de mayo de 1956, desaparecido ya el vasco, Joaquín Balaguer, el presidente títere a sueldo de Trujillo. Galíndez era un ser solitario. «El PNV había descuidado las realidades sociales, mientras el PSOE, por ejemplo, iba en sentido contrario, descuidaba las razones patrióticas y sólo se justificaba por las sociales. Ser vasco no supone superioridad alguna sobre los demás pueblos» sentenciaba Galíndez, sentencia que le supuso la reprobación de los “sabinistas” del exilio en New York. El fervor peneuvista de Galíndez sería una sorpresa tanto para su padre como para Fermín, su hermanastro menor, casi un falangista pasional en 1954, cuando lo visita en New York. «A mí los nacionalismos me ponen nervioso y casi todos los nacionalistas me recuerdan a Hitler y a Perón. Hay que ser algo simplón para ser nacionalista. Galíndez era un zascandil» pone MVM en boca del personaje Francisco Ayala, en la conversación que este mantiene con Muriel Colbert, la protagonista de la novela, la investigadora americana, víctima de sus padres, de su religión mormona, de sus amantes y de su educación, que ha venido a España para conocer los orígenes de Jesús Galíndez Suárez, un personaje olvidado, desconocido incluso por los vascos radicales de su Amurrio infantil. Una investigadora, Muriel, que ha desdoblado su tesis en pasión y casi enamoramiento y que persigue las huellas del vasco como una obsesión a lo largo de las 348 páginas del relato.

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Manuel Vázquez Montalbán en julio de 1990, en El Escorial, Madrid. Foto: A. Aguado

       “Galíndez” es una novela intensa y extensa. La prosa de Manuel Vázquez Montalbán es contundente, surge como una cascada que inunda la imaginación del lector y le arrastra sin remedo en la búsqueda de la personalidad escondida del vasco transparente. MVM realiza un ejercicio inmenso de documentación enciclopédica, una exhibición de datos, de personajes, de lugares, de acontecimientos históricos, de sucesos, de tramas complejas, de secundarios eficaces en la vertebración de un retablo humano que transforman el relato en historia y en el que la ficción se confunde con la verdad, enmascarada por la vorágine de un tiempo tortuoso y asesino.

      Galíndez, un nacionalista fuera de época, un huérfano de madre confundido por la marea de refugiados que desembarca en el Caribe, un idealista fuera de lugar, ingenuo y esforzado gudari arrastrando su doblez de espía por un territorio ajeno, hostil, desconocido, lejos de Madrid, su cuna, o de la colina mágica de Larrabeode, su bautismo de vasco ancestral.

       «…La personalidad es como una sucesión de fotogramas de todas las posibles actitudes que has asumido a lo largo de toda una vida y de pronto te fijas en una, la escoges y ésa será tu personalidad dominante, la que crees tener, porque los otros seguirán asumiendo la que ellos escogen y así te encuentras con todos los Galíndez posibles: el duro ejecutor de la República, el zascandil de Ayala, el noble patriota de los exilados vascos, el hombre secreto y lúcido… el superagente taimado.. y probablemente Galíndez era todos esos posibles tipos y ninguno de ellos».

        El poder, o sus sicarios, también están presentes en la novela. La MALDAD consustancial del ser humano encarnada en el hombre cúbico, el MALO de Robert Robarts, las tinieblas del sistema, su brazo ejecutor. Será Robarts la parte oscura, los ojos del gran hermano que todo lo vigila y de los que nadie escapa: «La inutilidad del compromiso. Lo evidente e irreversible. ¿Se ha vuelto alguna vez de la evidencia? ¿Para qué escapar de la evidencia?». Será Robarts el que diluya por las cloacas del poder los detritus vaporosos de la CIA y del FBI, el que ponga las cosas en su sitio ocultando el hedor de los gobiernos “democráticos” a la opinión pública, a pesar de la tozudez y oposición de Muriel empeñada en esclarecer la verdad, en redimirse con su revelación de su anterior vida de esclava de una secta negacionista de la vida. Muriel es el BIEN, la BONDAD enamorada de un fantasma idealizado por el romanticismo y el fracaso de una época en la que vivir o morir era indiferente. Y en el que las ideas no valían nada porque el poder, el sistema imperial, la fábrica expansionista de la Doctrina Monroe impregnaba el caribe con su ponzoña de exclusión capitalista.

      Y en el retablo novelesco que MVM ha construido artesanalmente hay también cuadros de personajes agotados y serviles, los fariseos: Don Angelito, el espía triple que cambió sus ideales de brigadista de la Lincoln por pesetas, o por rublos, o por libras esterlinas, o por francos, o por dólares. O el acomodado e íntegro profesor Norman Radclife, ese honorable representante del prestigio universitario americano, judas capaz de cambiar sus principios por otros más convenientes para el poder y para su posición social, aunque traicionara con ello a su pupila Muriel. O ese novio imberbe, Roberto, el pretendiente secundario de Muriel incapaz de comprender que solo es un accidente fortuito en el itinerario erótico de la investigadora, de la mujer. O la legión de eruditos pensadores exiliados que descargan su decepción existencial vencidos por la evidencia. O el niño aldeano, el adolescente eterno que buscó en la adhesión al nacionalismo euskaldún compensar sus carencias del cariño materno, el vasco Jesús Galíndez Suárez, el agente Rojas ND507.

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GALÍNDEZ, de MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, 1989. 348 páginas. Premio Nacional de Narrativa (España) 1991. Premio Europa-Literatura en 1992.

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